Parte I - Preparación


El puerto a oscuras.

El puerto oscuro de Valparaíso en el setiembre moribundo. Abajo, el nido de luces de la bahía y la masa descomunal de los barcos anclados. A esta hora un viento indeleble lame las laderas, sembradas de luciérnagas morosas. El ascensor ha cerrado. Deberé tomar por los callejones laterales que giran sin fin, hacia abajo; hacia las tabernas de marineros, húmedos de deseo y alcohol; hacia la risa desencajada de las putas y los carteles rojos; sorteando a los ladrones y las baldosas sueltas.

Nadie en las calles, ya cerca de medianoche. El asfalto mojado y las persianas bajas de los negocios. Camino despacio, con y sin rumbo. Casi perdido. Doblo a la derecha, tomando calles que suben.

En el Club de Jazz La Curva, un cuarteto eléctrico de guitarra melancólica. El espíritu de Metheny entre el tabaco y la humedad rancia. Un saxo reo y dolorido que esparce sus brillos y ronquidos sobre los cristales detrás de la barra. Manchas encima de la madera terrosa que extraña el barniz. Me acomodo en una mesa contra la baranda del entrepiso de madera. Desde aquí puedo ver claramente a los músicos.

Alguien, en una mesa al lado, a través del humo, logra pedir otra cerveza, tomando por la manga al mozo que pasa apático. Si fuese menos tímido debería hacer lo mismo. Pero sé que no lo haré. Sobre las mesas se desgastan los últimos trozos de vela, mientras trato de relajarme en la dura silla marinera. Escucho; me dejo envolver por las notas como arrojadas al aire por azar; una música demasiado grande para las paredes descascaradas. Los colores de "La habitación del artista" matizados por la banda de sonido de Casablanca. Enciendo un cigarro de menta y pienso en lo que me gusta. Pienso en la música: cálida, relajada. Pienso en el suelo detrás de los Andes, una extensión de montañas y desiertos con ciudades que guardan a quienes alguna vez creí amar. Pienso en lo de siempre. Mis pensamientos son una serpiente nostálgica. Como el jazz o el rap, una interminable sucesión de notas o palabras para llenar el vacío dejado por Auswitchz o por el exilio. El tipo de la mesa de al lado me habla. Dice "ése que está tocando es mi profesor de saxo". Asiento con la cabeza y el tipo me sonríe desde una borrachera amorfa.

He olvidado el nombre de las cosas, de las personas. Sólo persisten como formas dentro de mi. Formas que discurren y retornan de la nada a cada instante para hacerme saber que es mejor tenerlas lejos. Entonces logro conectarme con el mozo que pasa, y le tiro de la manga llamándolo. El me mira con su mejor cara de sueño, no sé bien si enojado por el tirón o por mi forma de llamarlo. En éste lugar "mozo" significa otra cosa. Pido disculpas, pero no puedo evitar que el tipo de al lado se de cuenta que soy argentino. "Sí, no hay duda. -dice, atropellando las palabras y sonriendo en estado de gracia- Lo supe enseguida. Todos los argentinos cometen el mismo error". "¿Qué error?" -le pregunto- pero el tipo está a mil kilómetros de distancia, rumbo a los volcanes y los grandes lagos. Sacudo la ceniza del cigarro ya sin prestarle atención. Trato de concentrarme en los músicos y en el deseo ardiente de una fría y comprensiva cerveza.

De alguna forma, presiento que ésta noche de viernes marcará el resto de mis noches.


Sala de espera

A las tres de la tarde, el taxi me dejó en la puerta del aeropuerto de Mendoza con una fastidiosa valija negra, un diario enrollado y mis lentes de sol. No llevaba abrigo, convencido de la bondad del clima chileno. En el Hotel del Fundador había olvidado mi último artículo, recién comenzado, un par de slips y la STAR 235 de Kodak, que era tan simpática para viajar y tomar paisajes. No podía ser menos después de los setenta dólares que había debido pagar por una mala noche sin sueño, colgado de los canales de cable, mirando un documental sobre escaleras mecánicas.

Por la mañana, apenas despierto, había desayunado, buscado una cabina telefónica y discado el número de Berenice. Había atendido su madre, así que corté, en bien de mi salud gástrica. Lo intenté un par de veces más, inútilmente. Entonces decidí dar unas vueltas por la ciudad. Peatonales, gente, vidrieras, peatonales, acuarios, calles iguales a todas las calles atadas a mi memoria. Subí a lo alto de la terraza de la municipalidad, todo flores amarillas y mosaicos rojos, y desde allí pude ver los Andes. Una masa azul ordenada contra la línea del horizonte sin ningún motivo aparente. La paz de las rocas altas protegiendo las llanuras resecas desde el aire.

La frustración no se disipó y regresé agotado, sudando y con el tiempo justo para tomar un baño y salir disparado para alcanzar el avión.

En la sala de espera, ancha y larga, se entrecruzaba el calor antinatural de setiembre y el aburrimiento ancestral de los desconocidos. Rostros con barba rojiza y pipa de tabaco al tono, como sacados de algún documental de la National Geographic; mujeres de acento indefinible con sus maridos viajantes, absortos en periódicos infinitos; niños de irregular edad especialmente entrenados en aporrear equipajes ajenos y llorar por golosinas de nombres impronunciables; empleados de líneas aéreas convencidos que la American Airlines es otra forma de colonialismo; lectores de "El nombre de la rosa", cruzados de piernas y ecos de los `80 en la música funcional; ruido de turbinas que se alejan; envoltorios de caramelo-souvenir y pasajeros del vuelo 768 de Aerolineas Argentinas con destino a Santiago de Chile, favor de acercarse a la puerta de pre-embarque. En ese momento, Berenice vuelve a casa. Su madre le cuenta de ese degenerado que llamó tres veces por la mañana y después colgó sin hablar. Felliniano.

Esa noche no nos encontraríamos para ver "Tango Feroz", ni la siguiente, ni la siguiente. Yo había decidido que nuestras existencias se separaran allí, después de ese último café en La Zona y las últimas caricias osadas en el ascensor, ese miércoles por la noche. "Mañana tengo que trabajar", murmuré y me fui, sin sentir culpa, dejándola jadeante y sin rimmel. Había tomado una decisión inaplazable y clara. Algo había hecho "click" dentro de mi y se había encendido un nuevo estado de conciencia (al menos, así lo creía). Para ello debía apagar otros estados. Era la primera vez que me ocurría y no estaba mal. Yo era Icaro y Jano, el dios de los dos rostros, y era un Ave Fénix mutante que no necesitaba fuego alguno para renacer.

Autocompasión

fragmento de fax.

"Estimado David: Encuentro que tus fax`s son muy interesantes, pero carecen de la suficiente elocuencia como para adivinar tu real estado de ánimo. Por otra parte, ¿qué se supone que debo hacer con el dinero que me pediste? ¿Crees acaso que lo tengo?. Hablando en serio, el giro va aparte y llegará 24 Hs. después de ésta comunicación. Cosas de los medios, vos viste."

"En otro contexto, tu mujer insiste en saber tu paradero y yo insisto, no sé por cuánto tiempo más, en decirle que no sé nada, como me pediste. Podrías por lo menos informarle a tu amigo los motivos de tu abrupta partida y por cuánto tiempo durará. Debo reconocer que ella tiene algo de convincente, no sé. Me doy cuenta cuando la veo irse (¿ja, ja! Es una broma)"

"Bajo cuerda te cuento que han comenzado algunos problemas en el diario desde que te fuiste y parece que nos involucra a todos. Las circulación ha caído y alguien en la cúpula organizó un desvío de fondos que se ha convertido en vox populi. Se comenta insistentemente una presentación en quiebra y los de la imprenta ya han comenzado con algunas reuniones. Sinceramente, no me gusta nada todo esto. Ahora me doy cuenta que lo que decías antes de irte no estaba tan errado. Quedamos en línea. Este fax se autodestruirá en cinco minutos. Chau. Guillermo. 28-IX-93."

En éstas horas, con el verano tan cerca, reincido en pensar en Berenice. Hace tiempo que no se nada de ella. Hace tiempo que ella no sabe nada de mi. Esto es como un enorme periodo de descuento, gratuito, sin final, adonde todas las cartas han sido jugadas, y sin embargo, aún no sabemos qué ganamos ni qué perdimos. Y ni una maldita foto conmigo.

Después de las nueve, salgo a caminar por la Avenida Madrid, de una punta a otra y justo antes de llegar al canal de Viña, bajo hacia la playa. A esa hora hay poca gente, y me quedo quieto, sentado en la arena, respirando las olas y admirando los colores de que es capaz el cielo. Los colores a veces me reflejan, a veces me muestran nuevas posibilidades. Sobre todo aquí, que no conozco a nadie y a veces ni siquiera entiendo lo que me dicen.

Cuando estoy sólo descubro que, en realidad, no hago otra cosa que extrañar. Descubro que Berenice no tuvo la culpa de nada, y hasta la amé alguna vez. Probablemente ella hizo lo mismo. ¿Cómo puedo saberlo?. Pero no es eso lo que importa. Lo que importa es que ella esté allá, culpándose y sufriendo, si es que la conozco lo suficiente, por cosas imaginarias como los sentimientos que cree tener y por los que supone en mí. Ese es su error. Pero yo nada puedo hacer. El dolor es un ensayo de la muerte y esta es su parte. La mía está siendo revisada y reescrita a cada instante. Improviso la letra a sabiendas y el público no responde como esperaría.

Las relaciones humanas deberían poder construirse sobre una base más sólida que la de los sentimientos. Durante siglos, el hombre construyó sociedades enteras sin necesidad de ellos, excepto el odio y la venganza, en base a contratos de sangre y propiedad. Porque, al fin y al cabo, ¿qué somos si le confiamos a nuestros sentimientos el cuidado del futuro?. Pienso que los sentimientos se volvieron importantes en nuestro siglo con la divulgación de la mitología de Viena y las novelas por entrega. Pero sé que Sigmund Freud y Charles Dickens no reconocerían su desatino, de la misma manera que Goëbels jamas hubiera reconocido que los habitantes de sus campos de exterminio también eran humanos.

Sin embargo, no fue la falta de sentimientos -la incapacidad de amar, digamos- lo que me llevó lejos del único ser en el que creía -pienso. Fue la incapacidad de mentir lo que me hizo esto. La imposibilidad de mentir en cuestiones tan básicas como el dinero, el sexo o la religión. Porque ¿cómo podría haber vivido veinticuatro horas al día, trescientos sesenta y cinco días al año atado a ella, sin poder decirle que no es la única mujer a la que deseo; que el dinero que gano, en realidad, nunca me alcanza y sobrevivo la mitad del mes de prestado; que adoro gastar en cosas estúpidas que, al final, me son inútiles; que no creo en la felicidad alcanzada a través de los objetos y que sí creo que Dios, no solamente es un invento del clero, sino que se nos aparece bajo la forma de demonio para poder conseguir buena prensa?. Ella se hubiera horrorizado ante éstas cosas, o, en el peor de los casos, no me hubiera prestado atención. En cualquiera de los casos, debería mentir. Debería haber buscado la forma de explicarle que una relación tiende a cristalizar los códigos, las formas, los espacios. Después de un año la cristalización a tomado todo y es tarde para irse, doloroso quedarse y la única salida es hacia adelante: transmitir la frustración a la generación inmediata, la cual debería encargarse de solucionar el problema. Pero no lo hace. La vida termina siendo burocracia inerte.

Es así que decidí buscar éste páramo en mi existencia, me digo. Lejos de todo; una cara nueva en un lugar nuevo; nuevas cosas por hacer o dejar de hacer; pero, sobre todo, olvidar. Olvidar meticulosamente cada segundo que me ha precedido y que me depositó aquí. Olvidar reflexiva y sabiamente. Esto mismo escribí en una carta al único amigo que sabe donde estoy, carta que, por cierto, aún debe estar conmigo en algún rincón del placard del hotel.

Cuando comienzo a sentir frío, me voy.

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Una version posible de los hechos indica que el tiempo se deslizaba sublime, ideal. El momento A precedía a B con entera confianza. Nada podía retrasar la llegada de C ni el ritmo que antecede a D se veía afectado. Sin embargo, la línea recta se vio turbada por el choque de finisimas partículas extrañas que interrumpieron su discurso... y algo cambió. La línea se quebró sólo por unos instantes, pero el daño estaba hecho. La mayoría de las partículas volvieron a su cauce natural sin mas vicisitudes que algún desajuste en una conversación acalorada donde los argumentos se diluyeron o el corte de transmisión de un canal de TV. En otros casos fue peor. Algunas de las partículas se establecieron sin remedio en vías paralelas. Muchos no notaron que bebieron su café dos veces. Una vez allí, las partículas debieron continuar su trayecto, en la única dirección posible: hacia adelante, sabemos. Pero el contexto, los carriles por donde esas partículas viajaban, había cambiado definitivamente.


Daniel Montoya©1999

 

 

 

 

 

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