Algo de Navidad


Había pasado las últimas semanas recluido en mi cuarto, aislado de todo. Deprimido por una simple costumbre, reflejo de mi pasado lindante con lo trágico. Acepté algunos trabajos cortos y con ese pretexto, me encerré, a solas con la computadora, el diccionario y los útiles del mate.

Cuando me di cuenta era veintidós de diciembre. Pero afuera hacía frío y las nubes no se movían ni un centímetro en todo el día.

Repentinamente, tuve uno de aquellos accesos de distracción que me arrancaban de cualquier asunto en menos de un segundo, y me llevaba a divagar por el cuarto, hojear libros, cambiar la radio de estación o alguna otra acción inútil. Esta vez fue un presentimiento..

Abrí el placard.

No me engañaba. Había un perfume, un hálito jazmineo, que brotaba de entre los libros de viejas encuadernaciones, las revistas musicales amarillentas, las fotos de Science y las carpetas atestadas de textos. Era un perfume indescifrable, vagamente teñido de memorias, que volvía mágicos los objetos diversos, los frascos de colonia vacíos, las paletas de paddle, las láminas negras y brillantes del sistema solar, los álbumes familiares. Era algo lírico, como avellanas o nueces, el misterio de un regalo y las frutas abrillantadas, un árbol iluminado en la intimidad de la penumbra, algo que entraría en la mano de un niño y en tan sólo un pensamiento, pero que al instante se volvería inasible, oculto para los ojos prosaicos. Era algo como el incienso que fluye, como las líneas puras y complejas de la catedral. Algo que no brillaba, pero que iluminaba a su alrededor.

Era como el bienestar hallado después de una larga fiebre.

Era un olor de quietud, de sabiduría calma y tenaz a través de la ignorancia de las cosas.

Era algo así como.... No sé.

Tal vez Hoffman podría haberlo expresarlo mejor.


Daniel Montoya©1999

 

 

 

 

 

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