El nacimiento del Pintor


Para refutar a aquellos que detestan los días nublados, hoy salté temprano de mi catre y caminé hasta la puerta descalzo. Afuera aún no amanecía, pero las nubes no dejarían ver el sol, por lo menos, durante toda la mañana. Entonces apresté mis telas, mis pinceles, algunas acuarelas y me fui, recién vestido, las manos y la cara húmeda y en ayunas, a instalar cerca del pino. Algunos pájaros, colores difusos. Comencé a trazar rayas que serían el horizonte. El reloj dio las siete y los lienzos que cubrían el cielo comenzaron a descorrerse, llevados por alas veloces. Este aire hecho de calma y de preludios, de perfumes que se escapan, alivia todos los males: los de la carne y los de la memoria.. Eso pienso mientras pinto soles nublados y calles, techos oxidados y a nadie en el paisaje. Pinto y pienso en las corrientes lejanas y temblorosas que guían nuestro destino (aunque no creo en su existencia). Pienso en vos, tan indolente y abstracta, fuera de la experiencia sensible. Me pienso con la boca llena de arena, tratando de recitar versos inconclusos. Me pienso prisionero sin fuerzas, con la celda abierta. Pinto y pienso y no hay palabras. Sólo una línea, mas otra línea, mas tres colores y no le puedo llamar cielo. a eso. El cielo es algo vivo, para contemplar sin llanto, con los ojos limpios. Pero aquí, yo como un loco, sobredosificado de sueños, en el claro insolente de este suburbio que se muere.... ¿Cómo no clavar los pinceles en el suelo, sangrantes de impotencia, húmedos, pero no de lluvia? ¿Cómo no maldecir los días nublados?.


Daniel Montoya©1999

 

 

 

 

 

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