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El limite superior
Marin hizo una señal para que guardara silencio. El se apoyaba boca abajo, a unos metros de la cerca electrificada, el primer obstáculo antes de la Muralla. Contuve la respiración y traté de mirar hacia donde él señalaba. Una sombra se escurría adelante por entre los pastizales. Tomó sólo unos segundos para los laser rastreadores encontrar el cuerpo y carbonizarlo. Una pequeña nube de vapor subió desde el suelo. No hubo un grito ni un movimiento, sólo el olor de la carne quemada. Pensé seriamente en retroceder, pero cruzar nuevamente la corriente de agua helada, apenas sabiendo nadar, tampoco me era atractivo. Me arrastré hasta Marin, unos minutos después, cuando había logrado recuperar algo del aliento. El sólo miraba, petrificado en la leve luz del amanecer. A veces su bigote renegrido se sacudía con un insulto dicho en voz baja. Teníamos que cruzar.
Ese era un punto del cual ya no podríamos volver atrás y
lo sabíamos. Aunque fuera, quizás, el último punto.
El último lugar adonde pronunciar la palabra esperanza. Detrás
sólo quedaba el desierto de Calexico Sabíamos que mas allá,
probablemente, nos esperaba algo menos que la simple muerte: la desintegración,
como ese ejemplo allí, a tan sólo unos metros adelante.
Pero si lo lograbamos, si atravesabamos la Muralla y conseguiamos Si no lo intentabamos, nunca sabríamos cuánto se nos negaba. Seguimos arrastrandonos por
horas entre los matorrales, en silencio. Cada quince minutos escuchabamos
el susurro del laser sobre nuestras cabezas y a veces, aqui y allá,
un leve quejido o un grito ahogado.Una leve explosión. Nunca sabiamos cuando podía ser nuestro turno. Al llegar a la cerca comenzamos a cavar, con las manos, un tunel en la tierra reseca, indefensos a todas las miradas mortiferas del muro. Cavamos por horas, o al menos, eso nos pareció, inmóviles cada vez que uno de los haces de luz azul se acercaba. Hasta que el sol dió de lleno sobre nosotros, y no habíamos logrado cavar siquiera veinte centimetros. Los matorrales resecos no eran
demasiada protección y sólo era cuestion de tiempo hasta
que las maquinas nos encontraran y nos aniquilaran. Asi que nos dejamos
caer exhaustos, de cara al cielo, mientras la luz del amanecer Entonces fue que escuchamos el rumor a nuestro alrededor. Un rumor denso proveniente de los pastizales, como de muchos cuerpos arrastrándose. Miré inquisitivo a Marin, pero él tampoco parecía entender lo que sucedía. Como siguiendo una orden silenciosa
y secreta cientos de cuerpos se levantaban desde los matorrales; miles
de ellos, como surgidos de la tierra. El laser comenzó, inevitable y ciegamente, a hacer su trabajo. Los cuerpos, sin embargo, se avalanzaron sobre la línea guardada por la cerca electrificada. Una inconcebible mixtura de formas oscuras y ropas deshilachadas se dirigían como atraidos por un antiguo magnetismo hacia su propia aniquilación. Marin y yo nos quedamos inmóviles mientras los miles de refugiados pasaban a nuestro lado, cargando como una manada hambrienta hacia las cercas. En silencio, no como lo haría un ejercito o una muchedumbre enardecida, si no en un masivo silencio. Un silencio animal y patético, más terrible aún que cualquier fragor. Caían por cientos ante la Muralla y los guardias corrian en todas direcciones, probablemente tan sorprendidos como nosotros, gritandose entre sí y disparando hacia abajo, hacia el campo raso adonde los cuerpos se apilaban. Algunos lograban atravesar las cercas sólo para caer de bruces contra la muralla. Cuerpos de zombies que seguían avanzando, ciegos e insensibles al fuego y los disparos. Nubes de negro vapor subían desde el suelo. Algunos cuerpos rodaban sobre los matorrales resecos y encendían hogueras involuntarias antes de desaparecer. Al ver ésto, decidimos retroceder, pero la presion de la muchedumbre no nos dejó avanzar demasiado. El humo comenzó a envolvernos y comenzamos a correr en distintas direcciones, en busca del río; en busca del camino de regreso; tratando de salvar, aunque más no fuera, la simple existencia. Perdí a Marin entre el humo y la muchedumbre. Comencé a gritar, a dar vueltas en círculo. La arremetida se hizo infinita para mi. Perdí el sentido del tiempo y el espacio y, en cierto momento, sólo fui capaz de distinguir haces de luz roja y azul cruzando veloces sobre las nubes de humo, cuerpos amontonados en mi trayectoria y retazos de la Muralla dominando el horizonte. Como si esta hubiera crecido y extendido hasta abrazar todo el mundo y el universo. Caí de rodillas y lloré, menos por el humo y el terror que atenazaba mis sentidos, que por la desesperación de mi estado, al cual estaba condenado, al parecer, eternamente. De vuelta al deseo de no estar pero estar; a la lucha inútil por los restos de la miseria, por los restos de futuro. De vuelta a la desesperación y el abandono; a la sordera de Dios. Ignoro si alguno logró
alcanzar la muralla, de esa muchedumbre que prefería morir contra
un cerco de alambre antes que seguir cargando con sus vidas. La luz de
la tarde me alcanzó, junto a otros sobrevivientes, dentro de la
caja Desde las rejas ví pasar
los campos desiertos y todo el espacio azul. Un niño llevando una
mula pasó como un suspiro al lado del camión que casi lo
atropella. El muchacho se volvió y levantó el puño
en un juramento, mientras Detrás de la aparente quietud del mundo, la gente se mueve; silenciosamente, pero se mueve. Daniel Montoya©1999
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