Otra flauta magica


 

Era gris, en forma de lágrima, con líneas anaranjadas en el lomo. Seis agujeros. Y yo tocaba por entre la vegetación viva y silenciosa, sobre las aguas oscuras de la piscina, sintiendo la brisa densa y húmeda que descendía de las laderas del Uritorco. El sonido primitivo, animal, limpio como una gota de sangre, invocaba a los demonios, los reales y de los otros.

Ellos atormentaban mi paz provinciana descolgándose de los hombros, hablando en lenguas, llenando con sus llamas los ambientes apacibles de la hostería, adonde descansábamos de nuestros paseos diurnos. Bebían substancias de colores alarmantes, contaban historias atroces, salpicadas aquí y allá de alusiones obscenas, carcajadas obscenas. Y yo tocaba. Prisionero sin voluntad de sus danzas demenciales. Así, hasta que el sueño (o el aburrimiento) separaban mis labios de ese desconocido instrumento de tortura.

De esa forma, arruinaron mis vacaciones y amenazaron con extender su maleficio al resto de mi vida.

Afortunadamente, un domingo de marzo, mi ahijada tomó la flauta entre sus manitas y ensayó sus propiedades golpeándola contra el resistente suelo de la cocina.

Daniel Montoya©1999

 

 

 

 

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