Erasmus, el duende


 

Erasmus ha traído esa estatua que parece terriblemente viva. La ha depositado cerca del fuego adonde puedo verla en todos sus relieves, cada uno de sus detalles inscriptos en la piedra. Miro en la cuenca de sus ojos. No puedo negarlo, poseen un destello inconfesable, real.

Le digo : Erasmus ¿Cómo han permitido los dioses que talles con tus manos de mortal esa divina obra ? ¿No temes, acaso, atraer su odio sobre ti ?. Imagino que estarás de acuerdo en que es una monstruosidad.

El sonríe desde su ceguera y responde : No te inquietes por mi, buen amigo Escipion. La ira de los dioses mes es lejana. Ellos me involucraron en tan desmesurada empresa que, en definitiva, no he contemplado mas que en sueños. En el alba, una voz dijo : "¡Mírala, mortal !. Es el testimonio que darás a los hombres, para cuando el tiempo haya borrado todo vestigio de vuestros altares y nuestros nombres ya no sean invocados para dar vida a los campos, ni a la simiente en la mujer y las llamas del fuego vestal no asciendan al firmamento". Sabes que comencé la tarea ciego y anciano. No podía negarme a los dioses. Dediqué mis últimos años a esta sola obra y juré no morir en paz hasta no dar con su fin.

Después, el resto de nuestro diálogo es inconexo. Difícil convencer a un espíritu que regrese a su tumba.

Cuando al filo de la luz, él parte, la estatua permanece junto al fuego, casual, sin importancia.

Daniel Montoya©1999

 

 

 

 

 

 

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