Dichos y escritos


Debo reconocer que siempre me ha impresionado esa foto de Foucault, en que aparece con un megáfono, avanzando al frente de una manifestación. La foto es en blanco y negro, aclaremos, y ha sido reproducida en variadas oportunidades por los diarios y sus hijos dilectos: los suplementos literarios. Ignoro cuando fue tomada, pero imagino que fue antes de 1984.

¿Qué me impresiona? No lo sé. Tal vez la densidad de la historia que nos mira sin parpadear desde el papel.

Tomado en la actitud exacta, definitiva. Sin sonreír siquiera (en contra de aquellos que pensaban que su risa podría haber sido un símbolo, una señal). Habló de todo y lo reconstruyó tras de si. Los intérpretes crecieron de su obra como esporas. Las charlas de café no fueron las mismas después de trastocadas las palabras y las cosas. Tampoco las clases en la Universidad. Se tomó conciencia de la necesidad de vigilar y castigar. Luego los biógrafos y los especialistas hicieron el resto, a hombros de la Gran Bestia de las Comunicaciones. Fagocitando palabras eternamente, desmenuzándolas, limpiándolas de contenido como a peces y dejando el envase frente a las cámaras. Miles de focos transmitiendo a través de millones de antenas a billones de ávidos vampiros el envoltorio abandonado de las palabras. Conservas en vídeo. La imagen invertida que se crea en el fondo del ojo persiste como un velo junto al humo enmohecido del último cigarro de Lacan.

Allí estuvieron también, caminando muy cerca, los representantes de la comunidad gay. Como flores robadas y aun sin marchitar. Su pelo flotaba en el viento de la ausencia.

No puedo quitar de mis oídos la voz del megáfono (¿el mismo megáfono, tal vez, que adorna la tapa de "Music for the Mases" de Depeche Mode?). Esa voz nos recuerda que somos una idea, un pensamiento. No basta toda la existencia para completarlo. Algunos son sólo un balbuceo. Probablemente inútil. Recuerden el rostro de arena en las paredes de todos los hospitales psiquiátricos de Francia.

Pero el que más me impresiona, de baja estatura y vistiendo un sobretodo gris, es Jean Paul Sartre, que asoma a su lado, perplejo.

 

Daniel Montoya©1999

 

 

 

 

 

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