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La deuda del Mar"Now I wish I could
write you a melody so plain
Era la hora tanto tiempo aguardada, señalada con antelación en los mapas del tiempo. Pero, pensaba, ojalá se hubiera retrasado. Ojalá no hubiera llegado jamas. Ahora, simplemente, quería detener el tiempo y que nada sucediera. Pensó en los kilómetros que había cruzado para llegar hasta allí, un remoto rincón de la costa uruguaya, desde Buenos Aires. Sentía los brazos entumecidos y las piernas rígidas como bloques de cemento, después de haber conducido durante tres horas. Estaba nervioso como un adolescente. Como solía estarlo en aquellos tiempos en que la sensación en el vientre significaba lo inesperado. Hacía tiempo que había dejado de sentir o presentir algo nuevo. Desde los tiempos en que sucedió todo aquello; mientras sucedía, lo único que tenía sentido retener como parte de su historia. Las partes que recordaba eran en blanco y negro. Flashes de fotos antiguas abandonadas en álbumes polvorientos. Colores desteñidos y místicos. Lo último que recordaba era realmente una foto. Un niño de uno o dos años, con el pelo más bien claro y de ojos azorados, oscuros y grandes, lo miraba desde un antiguo pasillo de una casa que ya no existía. Las filas de macetas que corrían a lo largo de la pared, a sus espaldas, eran como una pequeña jungla artificial. Sin duda, hubo un tiempo en que ese niño le importó lo suficiente a alguien como para que ese alguien se molestara en tomarle una foto. O tal vez, pensaba, haya sido una de esas fotos sin importancia que uno toma para acabar un rollo. Pero, esta foto estaba dedicada. Lo cual era mucho: "a mi querido sobrino. 25/12/69". Sin nombre, ni firma. Una dedicatoria inofensiva y sin compromiso. El niño estaba allí, de pie, sin saber muy bien qué hacer, vistiendo esos pantalones cortos y una remera a rayas horizontales. La foto ha envejecido, pero la actitud, probablemente, no. Pensó que esos ojos azorados podrían seguir mirando de esa forma. Uno no encuentra todos los días a alguien perdido hace veinte años. Menos aún, si ese alguien es la única señal viviente de que uno existió en el mundo real. El chico tenía un nombre que él jamas hubiera elegido, pero esas eran las reglas del juego. No puedes tomar decisiones sobre algo si estás ausente. Siempre había pensado que su propio nombre era el final de una línea, que su propia historia lo era. Ahora, ese desconocido, que debía aparecer de un momento a otro, venía a decirle que no. Ese desconocido que había decidido encontrarse con él en aquel lugar, después de un par de abstrusas e inesperadas llamadas telefónicas, venía con la carga de un dudoso y estrafalario futuro, del cual él no quería saber demasiado. Ese desconocido parecía completamente convencido que él era su padre y que, conocerlo personalmente, invitaría a que las cosas tomaran algún sentido. La cruda luz blanca de los relámpagos se desató, demencial. El horizonte oscuro barbotaba nubes cada vez más negras. Miró hacia el agua. El acantilado se extendía a cada lado y, con la poca luz que quedaba, la espuma de las olas se adivinaba abajo en las rocas, como enormes dientes de la oscura sonrisa del mar. Entonces sintió los pasos sobre la grava, ahogados por sobre el ruido de las olas. Se volvió y alli estaba. -¡Hola! - se escuchó decir a si mismo, mieentras se reconocía en ese rostro que se acercaba, sin sonreir, con los ojos bien abiertos. No tendría mas de diecinueve años, según sus calculos. Era él mismo antes de los lentes y del comienzo de la calvicie. Un estremecimiento le recorrió la espalda y pensó que pronto perdería la voz. La misma forma alargada del rostro; los ojos grandes; el cabello lacio y claro, descuidadamente cayendo sobre la cara. Se miraron en silencio, ambos conscientes que los restos del tiempo los habían arrojado alli y, desde ese momento, no había regreso. -¿Vos sos Fernando? - Se atrevió
a pregunttar por fin. El silencio era una cosa dificil de aullentar para los dos. El silencio, martillado por las olas, llegaba y se interponía como un animal celoso. Sintió que el muchacho tenía muchas cosas que decirle, pero no sabía cómo empezar. Decidió probar: - ¿Hace mucho que vivís aqui?
Un vago temor lo alcanzó al verlo acercarse. - Sí. Está lejos de todo- dijo
el chico- PPero la vieja dice que es mejor asi. Sintió que no tenía más nada que decirle a ese extraño que había engendrado por accidente en algún lugar de su pasado. Sintió que no tenía sentido seguir de pie alli, esperando la noche. Cuando levantó los ojos, el muchacho estaba llorando. Podía notar claramente sus mejillas húmedas en la media luz tenebrosa. Con los ojos nublados por las lágrimas, Fernando extrajo el revolver de entre sus ropas y lo examinó, lentamente, como si no supiera lo que era. El tampoco supo lo que era. No estaba seguro. Probablemente era rencor o, simplemente, desesperación, o el efecto de la acumulación de ambos. En tal caso, nunca lo sabría. Tragó saliva y no rezó, porque no sabía.
Este es el cuento del que le hablé, Eloisa. Antes que las cosas del mundo borren las huellas de la infamia, me gustaría darselo a usted, para que lo guarde piadosamente entre sus cosas. Entre nuestras cartas, en lo posible. Esta historia es como una confesión y quien mejor que usted para tenerla. Qué mejor lugar que la calidez de sus cajones perfumados para que reposen estas palabras vaciadas por el tiempo. El tiempo. Inocultablemente ha pasado. Puedo ver los trazos de mi mismo en estas lineas, de una epoca en que aún no la conocía y la vida no merecia ser vivida. Ya ve, la libertad ha sido desperdiciada en mi y no creo ser injusto al decir que su amisad tambien. En todos estos años no he hecho mas que pensar en aquello y en el rostro de ese hombre introvertido y culto, que finalmente, terminó siendo mi propio rostro. El rostro odiado del enemigo. Los intentos por arrancarme los ojos han chocado con mi natural cobardía. Le escribo estas lineas desde mi soleado aislamiento en Carolina del Norte, mientras el saxo de Stan Getz dibuja volutas inpensadas en el aire de Agosto. Una de esas tardes apacibles como las de hace treinta, cuarenta años atras en otra costa atlántica, mas remota y profunda. Mas mía, quizas. Pero tan breve.¿Quién sabe si nuestras existencias no estan comprendidas en apenas dos notas de "Blue Skies"? Por lo demas, estoy tan viejo y cansado que la sola idea me da vertigo. Dejemos que la canción trepe; que el solo de piano acompañe el sonido de las gaviotas y del viento; que se lleve al auto azul sobre la grava y el sonido de mis pasos volviendo a casa aquella tarde. La sed. La desesperación. Los ojos transparentes y calmos de mi madre y su silencio. Ese silencio que todo lo sabe y calla. Cerremos los ojos. Fin Daniel Montoya©1999
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