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ArbolNo recuerdo nada de mi, excepto que soy un árbol. La semilla voló desde algún ignoto lugar y se introdujo en lo profundo de ésta tierra. Desde entonces ha estado creciendo, despacio, sin interrupción, enviando sus retoños hacia arriba, hacia la superficie, hasta alcanzar las copas de los demás árboles; enviando la savia a cada rincón; creciendo hacia el aire enorme y abierto; dejando atrás el pasto, la vida que se arrastra en silencio; buscando el rocío primario. Entonces fue que tuve conciencia de mi. No soy más esa semilla. Ahora es simplemente un recuerdo amable, delicioso; una sensación de la oscuridad de la tierra negra en mis raíces. Ahora soy un árbol y no sé qué esperar. Como dije, no sé nada de mi. Ignoro si los demás saben algo de mi. Yo lo ignoro todo de ellos. Lo que sé es que el espacio que ocupan mis ramas y mi tronco, mis hojas y los pelillos delicados de mis raíces me pertenece de forma indeclinable. Sé que las capas de lluvia y los embates del sol del mediodía me dan vida y me destruyen. Sé que de ello debo tomar una ventaja mineral. Sé que debo alcanzar las alturas del techo azul con esas ventajas. Sé que debo dar refugio a los gusanos que se ocultan en intrincadas y minúsculas galerías en mi corteza y a las aves que construyen nidos de hojas secas y plumaje caído en mis brazos extendidos. Sé que debo dar, porque así lo invoca algún anciano mandato de mi savia. Sé lo que puedo recibir. Pero sigo sin saber nada de mi. Daniel Montoya©1999
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