Un futuro promisorio
(o cómo H. G. Wells se convirtió
en profeta)
Recibo más
de 20 e-mails diarios cuyos contenidos son solo chistes y pavadas de toda
índole, incluida la entrometida publicidad "Web". Generalmente los
tiro sin leer, vaciando inmediatamente la carpeta de "elementos
eliminados" para poder concentrarme en aquellos que sí me interesan y que
contesto o guardo con esmerada prolijidad.
Sin embargo, más de una vez me siento atrapado por alguno de esos y mi
curiosidad me impulsa a leerlos.
Este decía:
"La gente que ingresa a las universidades el día de hoy, nació en
1989..."
Me interesó y seguí leyendo:
"... Para ellos ha existido solamente un Papa... El Sida existió toda
la vida... La Guerra de Malvinas está tan alejada como la de la Independencia...
Muchos de ellos no saben o no recuerdan que alguna vez la TV era en blanco y
negro y que había que levantarse y acercarse al aparato para cambiar de canal
(y con sólo 3 a elegir)... Etc. etc.
¡Bah!, dije y lo tiré.
Días después, consternado por la noticia del insólito
fracaso de una promoción de estudiantes de la Universidad de La Plata, lo recordé; y un delgado hilo de
sudor frío recorrió mi espalda.
Es cierto - pensé - pero la realidad es más grave aún de lo que ese e-mail
agregaba:
"... No saben o no recuerdan la Guerra Fría y el muro de alambre de
púas, cemento y balas que dividió a Europa por casi 50 años..."
¿No saben?
¿No recuerdan?
¿Quieren saber, recordar?
¿Pueden?
Ante estas preguntas me asaltaron nítidas imágenes de mi pasado, mi infancia,
mi adolescencia.
Sentado en las rodillas de mi abuelo, escuchaba por enésima vez el nombre de un
país que el anciano se esmeraba por señalar en un globo terráqueo de cartón:
Corea, decía, dónde se libra una cruel guerra "civil-mundial"(como él
la llamaba); y otro nombre aun más difícil para mis cortos cinco años: Dien-Bien-Puh. Otras imágenes
pugnaban por aparecer: Las de interminables discusiones en el sucio y
desprovisto bar de la Facultad de Ciencias Exactas de la UBA, allá por 1966,
sobre las implicancias de Hiroshima (la bomba atómica de 1945... ¿recuerdan?)... o las escenas de películas que me contaban
(parcial y tendenciosamente, por cierto) los horrores de la guerra del ´39... o las imágenes de las charlas con mis padres, a la hora de
comer, en las que se hablaba de la escuela, se solicitaban permisos y se
negaban caprichos con abundante argumentación de por qué sí o porqué no.
Además, miles de palabras. Palabras de textos infaltables habitando bajo el
brazo del adolescente de entonces y que hablaban del pasado, de lugares
lejanos, de reflexiones universales, de historias difíciles, de pensamientos
famosos; puentes, al fin, entre mi realidad de entonces y otras realidades
anteriores o extrañas pero que por obra y gracia de la sana información,
también eran mías.
Pero una imagen privó sobre las otras. Fue el claro recuerdo de la novela de H.
G. Wells " La máquina del Tiempo".
Allí, el protagonista viajaba en una máquina inventada por él mismo a un futuro
lejano, harto de los conflictos y la violencia que el debutante siglo XX le
ofrecían a cada vuelta de esquina.
Allí mismo, en su propio espacio vital, pero 30.000 años después, encuentra la
civilización de los despreocupados Eloi; felices,
huérfanos de memoria, de responsabilidades, de historia. Tal es el grado de
lavado de cerebro que hasta sus nombres han olvidado. Son jóvenes, bellos,
viven del ocio y del juego, atendiendo - únicamente - a sus necesidades más
elementales: comer, reproducirse, transcurrir...
Pero nada de esto es gratis. Bajo tierra, agazapados, los Morlocs
cuidan de esta alegre civilización superficial debido a que finalmente son su
mano de obra y su alimento... después de hacerlos trabajar en sus minas de
energía... se los comen!!!
De pronto tuve la horrible sensación de estar allí, como el personaje de la
novela, pero sin el aliciente del ingenuo amor de Weena
y sin poder apelar a la máquina para regresar al cómodo refugio de mi siglo XX
(¿o XXI?)
El espacio que se abre entre la juventud de hoy y la historia es cada vez más
ancho y cada vez más profundo. Cada vez más parecido a esa tétrica visión del
autor de 1899.
Naomi Klein, en su
voluminoso "No Logo" nos instruye sobre
algunas de las causas por las que se forma ese abismo.
Conspiración, enfatiza ella, desbrozando las mil y una estratagemas a las que
apelan las marcas y las omnipotentes empresas multinacionales para convertir la
cultura de siglos en algo banal, en algo "cool"
(eufemismo que podría traducirse como "canchero"*,
"imprescindible", "esencial" o, quizás, todo al mismo
tiempo), algo necesario al propósito ulterior y fundamental de su imperio.
Lo "cool" implica que lo que sea esté vacío
de contenido, de historia, de proyección. Lo que hoy es "cool", mañana no será nada, girando vertiginosamente
hacia otra moda, otro artículo de dudosa calidad u otro tema aún más "cool", más "nada".
Y de esto se impregna la mente de muchos de nuestros jóvenes.
Lamento no pertenecer a esa generación, a esta vivificación actual de los
personajes delirados por Wells. Sería quizás más
feliz. Estaría libre, como los Eloi, de dejar grandes
espacios abiertos en mi mente sin estigmas ni remordimientos, dedicándome
exclusivamente al ocio y al placer de consumir y no pensar. No tendría
la memoria llena de injusticias, de
impunidades insultantes, de acuerdos rotos, de proyectos abortados, de futuro
incierto; sentimientos que sin duda son condición actual del humano acontecer y
nos acongojan produciendo la adrenalina necesaria para la lucha y el sostén de
las magras libertades.
Wells remata su novela con el regreso de Alex, el
protagonista, al 1900 declarando que piensa volver a ese mundo injusto y
degradado y hacer algo por los débiles Eloi. Lo hace
potenciado por el amor, condimento esencial de cualquier emprendimiento,
llevando por todo equipaje tres libros extraídos de su copiosa biblioteca.
- "¿Cuales tres libros?" - se pregunta Philby,
el amigo abandonado; quedando la pregunta flotando en el famoso final abierto.
Esa misma pregunta me ha venido preocupando desde que leí la obra allá por
1960.
Podrían ser cualquiera tres. Aún aquellos que todavía no se han escrito. No lo
sé.
De lo que sí estoy seguro es que con un poco de esfuerzo, con libros, memoria,
ardua lucha y mucho amor, se puede llenar el abismo e impedir que los hijos de
esos que hoy están ingresando en las universidades sean los Eloi
de un futuro peligrosamente cercano.
Daniel Migone
Mayo 7 de
2002
*: "canchero en Argentina, "chulo" en España