¿Soñaban los nazis con ovejas negras?

 

"La Caída", ¿una obra de arte o el principio de una nueva pesadilla?

 

Impecable por donde se la mire, un  elenco que no deja lugar a críticas, una fotografía que impacta y llena la  vista y una construcción que ni el mismo Ridley Scott hubiera podido imaginar  mejor, ni siquiera saltándose alegremente el contexto y contenido de una  ideología que permitió la hecatombe de más de 50 millones de personas y el  trauma político más penoso de la reciente historia de la humanidad.

Inocente hasta el paroxismo, Trudl  Junge, la secretaria personal de Adolf Hitler, transita el escenario como  los personajes secundariamente escenciales de un drama de  Shakespeare, pasando por el azoramiento de no entender lo que pasa a su alrededor  - o de resistirse a creerlo - sin dar a entender que provenía de una  familia nazi-convencida y que estaba casada con un oficial de las  SS.

Alex Speer, mientras tanto  (colaborador involuntario en el libro de Joachim Fest que aporta uno de los  orígenes del filme), pasea su cara de inocencia, inteligencia y valentía al  enfrentarse con el propio Fuhrer, sin dejar ver que fué él quien  pergeñ1ó los intrincados mecanismos de exterminio de Aushwitz y  Dachau.

El Dr. Shenke es un santo. Ayuda a  los heridos y, pasmado, observa la decadencia y destrucción de un hospital;  intenta salvar vidas mientra esconde bajo su sucio uniforme de combate las  crueles experiencias que el verdadero Dr. realizó en la carne de  prisioneros "inferiores" lo que le permitió desarrollar sus teorías genéticas sobre la "raza superior".

Los generales - genocidas todos en  la realidad - comparten azorados las iras del máximo loco de atar,  encerrado en una incontestable paranoia, manifiestamente ñAnico responsable de una  derrota que parece más una mueca del destino que un derrumbe propiciado por  los tremendos errores políticos y diplomáticos del nefasto Tercer  Reich. Mientras, una Eva Braun enfáticamente venal y tonta, enfrenta la muerte con la frivolidad de algo natural e inevitable.

Las bestias (Himmler, Goering),  huyen y traicionan la confianza de su jefe. Otra bestia (Goebbels), es  impotente para evitar la masacre de sus hijos a manos de su compuestísima  esposa, en una de las escenas más terribles del filme y tan real que ni  el mismo Hirschbiegel pudo soslayar.

Detrás, como telón de fondo, la  patética inocencia del pueblo alemán, representada en un niñ1o-soldado que  presencia impávido el vergonzoso suicidio de sus padres "valientemente" decepcionados.

Y todo, absolutamente  todo, tratado con la prolijísima estética que, por momentos, nos trae a la memoria  aquellas poderosas imágenes de la Riefenstahl o la crudeza de las de Steven  Spillberg en "Buscando al soldado Ryan", en una suerte de mescolanza  ideográfica hábilmente combinada en una muestra más de la poderosa  importancia de la cinematografía como medio objetor de conciencias.

Helmut Kohl podría estar  contento. La distancia entre el nazismo y el pueblo alemán queda bién marcada y, al  decir de un artículo sobre la película publicado en The guardian de Londres  en abril, "se refuerza la idea de haber sido víctimas inocentes a los que no  les cabe ninguna culpa en lo sucedido"

¿Será cierto, entonces, que  hubo alguna vez un nazi bueno?

Deberíamos preguntarle a alguna  de las víctimas...

Nosotros, en cambio, podemos  quedarnos atónitos (como la mayoría de la concurrencia con la que compartí la  película) mientras una fría Leni Riefenstahl dice: "yo, en realidad, no  tuve nada que ver..."

Y uno se pregunta: BFSerá E9sta  otra forma de ver el advenimiento de un nuevo nacional-socialismo?

Al menos, eso es lo que parece que  nos quieren vender...

 

Daniel Migone

junio de 2005