Prohibir y seguir prohibiendo
(Experiencias
en la Biblioteca Nacional)
Por Daniel
Migone - 1999
Abro el diario el 15 de febrero y leo, asombrado, que se limitará el ingreso de los estudiantes a la Biblioteca Nacional. Para esto, se utiliza un cierto eufemismo que consiste en prohibir el ingreso a la sala de lectura con material propio, obligando a la consulta de libros de la institución. Con esto, se pretende limitar el ingreso a los chicos que llevan sus propios apuntes y que en número de más de 800 por día, pueblan la sala de lectura, estudiando y quizás, perturbando a quienes se supone investigan o consultan "en serio". Siento un raro malestar y trato de recordar mi experiencia en la Biblioteca, intentando determinar qué es lo que puede haber sucedido.
Recuerdo que en ocasión de estar ocupado en un proyecto de investigación para el IUNA, tuve que ir a la Biblioteca Nacional en busca de un material muy importante que allí debía hallarse. Varias veces había atravesado sus puertas como ávido consumidor de los diversos espectáculos que se ofrecieron pero nunca había intentado utilizar la sala de lectura o -menos aun- consultar libros. Llegué un mediodía de invierno, lluvioso y frío, zapateando en las lajas de la imponente explanada sobre la que se asientan esas enormes columnas que soportan la insólita estructura del edificio más caro de Buenos Aires. Expulsé el agua de mis zapatos y entré. El hall aparecía como una extraña combinación de asamblea universitaria con recital de rock. Cientos de chicos y chicas con apuntes y libros bajo el brazo se apiñaban en desordenada cola, riendo y bromeando, mientras esperaban el turno de ingresar. Al centro del hall y en un mostrador circular, dos empleadas entregaban, mecánica y displicentemente unas fichas de cartulina que había que llenar y devolver en otro mostrador, donde un guardia armado (?) entregaba, a cambio del DNI, un taloncito cortado de la propia ficha y una tarjeta magnetizada que, luego descubrí, no servía absolutamente para nada. Después, subir. Un segundo paso en la odisea hacia la cultura. El ascensor (hay dos, pero funciona uno solo) se atestaba en cada viaje. "Consultas", decía el cartel sobre un grupo de 3 computadoras. Más allá, otro grupo de tres máquinas sobre una mesa redonda. Estas no funcionaban. Aquéllas se rodeaban de sendas colas de jóvenes que continuaban con las mismas bromas, en el mismo lenguaje seco, duro, críptico, de los adolescentes. La gran mayoría pasaba a la sala de lectura recorriendo los pasillos entre las mesas en busca del lugar ideal donde sentarse. Delante de mí, en la cola de las consultas, dos chicas cuchicheaban mientras tecleaban distintas combinaciones en la PC.
-Lo que hay acá ya lo tenemos, vamos - dijo una.
-Pará, bo... - cortó la otra - Capaz que encontramos algo divertido... - y cambió el rubro de la búsqueda.
Comencé a molestarme pero me contuve. Por fin, abandonaron. Me instalé en la máquina y logré encontrar lo que buscaba. Me identifiqué con el número del talón de la ficha que llené en la entrada y realicé el pedido. "Espere y será llamado por el nombre" rezaba el cartel titilando en la pantalla. Esperé.
A mi izquierda, colgando del techo y repartidos por lo que parecía un bar de club, se destacaban varios televisores en los que se proyectaba una saltarina lista de nombres, números de pedido y sectores de reclamo.
En los asientos almohadonados se acomodaban más chicos y chicas charlando animadamente. Más atrás, rodeando un espacio que a las claras ocultaba los baños, se extendía el mismo salón con más sillas y una que otra mesita ratona. Todo estaba muy sucio; lleno de envases arrugados de chocolates y galletitas, papeles, vasos de cartón pisoteados, migas, trozos de sandwiches mordidos y abandonados, puchos apagados contra el piso y algún charquito de gaseosa derramada, mojando los pringosos vidrios de las mesitas. Al final del pasillo, unas máquinas expendedoras, origen de la inmundicia que decoraba la estancia. Un cartel colgando: "No hay monedas" decía, y más abajo: "Ponga el importe justo". Bufando, me senté a la única mesa vacía, tratando de no perder de vista los televisores donde se suponía que en breves instantes aparecería mi nombre y mi clave. Vana ilusión. Por fin, a los cuarenta minutos exactos desde que hice el pedido, aparecieron mis datos. Me incorporé y apuré el paso hacia el mostrador.
Una mujer, muy seria, me ordenó:
-Talón...
Le tendí el taloncito y desapareció. Regresó al rato con una tarjeta en una mano y varios libros en la otra.
-Pase al otro lado - ordenó de nuevo.
Para cumplir con el mandato debía rodear el mostrador y entrar a la sala de lectura, atravesando unos postes detectores de metales frente a los cuales se ubicaba una silla con un señor muy serio que portaba otra arma.
-¿Qué lleva ahí? - peguntó señalando mis cosas.
-Un cuaderno, mi agenda... un video... - contesté, turbado.
-No se puede entrar con aparatos.
-No es un aparato - aclaré - Es un video, una cinta...
-No puede ingresar con eso - y desvió la mirada para controlar a dos chicos que entraban esgrimiendo unos libros y un paquete de papas fritas. No les dijo nada.
-Y... ¿Qué hago?... -pregunté.
-Déjelo allá, en los "lockers".
-Escuche, es un video... Estoy haciendo un trabajo que...
-No puede entrar - y se levantó abandonando el puesto pero sin dejar de vigilarme.
Fui a los "lockers" y dejé el video. Esta vez pasé sin drama.
En el mostrador, la empleada charlaba con un compañero, ambos dándome la espalda.
Carraspeé, pegué saltitos y tamborillé los dedos en el mostrador. El se acercó y tomó mi talón sin decir nada. Buscó entre pilas de libros y tarjetas, hasta que encontró la mía.
-El tomo que pide no está - dijo.
-Perdón... ¿No está? - inquirí, perplejo.
-No.
-Pero en la máquina no aparece "en consulta"...
-Puede ser. No digo que esté en consulta. No está.
-¿Quiere decir que está perdido?
-Puede ser. No sé. ¿Quiere consultar otro?
-Sí, de hecho solicité dos libros... El otro...
-El otro está en el sector de investigadores, en el tercer piso.
-Pero... ¿Cómo hago?
-Vaya y solicítelo - y se volvió de espaldas, dejando el taloncito sobre el mostrador.
A esa altura, la frustración, el hambre y el constante bullicio de los estudiantes pululando por todo el salón, habían logrado exaltar mi ira.
-¡Escuche! - grité - ¿Me puede explicar cómo hago para conseguir el material que necesito para mi investigación?
Ella me miró, diría que con cierta ternura, y muy mansamente me dijo.
-No sé, señor - y salió de la escena masticando un grisin.
Me fui. Que digo, huí, jurando no volver más.
Pero volví.
No creo que sea necesario decir que en la sala de investigadores no hay una base de datos con los títulos que poseen; que en la hemeroteca el bullicio es igual al del salón principal con el ingrediente de no tener buena luz; que los ejemplares están destrozados en su mayoría, cuando no faltan páginas o capítulos enteros; que los libros "perdidos" son muchos y curiosamente corresponden a títulos muy difíciles de conseguir en otro lado; y etcétera.
Una Biblioteca Nacional carísima y espectacularmente fea e incómoda, llena de problemas, de burocracia y de desidia, que más se parece a una gran trituradora de papel que al "Gran centro de reflexión y pensamiento..." que propone el actual Secretario de Cultura y Medios; en la que se abusa del lector o investigador de todas las formas posibles.
Una Biblioteca donde se evaporan los fondos que se le destinan en maniobras que nunca son aclaradas y donde se nos perjudica a todos descuidando un acerbo cultural que, de perderse, será imposible reconstituir.
Desde allí, desde la desorganización y el caos, desde la desidia y el descuido, desde el mal trato y la burocracia, es absurdo prohibir el ingreso de los estudiantes (o de cualquiera) con material propio. Es como darle una aspirina a un enfermo de cáncer. Es cierto que quizás le duela la cabeza, pero su enfermedad es otra, y mucho más grave. Es probable que los estudiantes, con su desenfadado trajinar, compliquen el normal desenvolvimiento de la tarea de la Biblioteca; pero eso no es importante.
Lo
importante es, en todo caso, estar bien organizados; separar claramente las
zonas de estudio de las de trabajo; cuidar el trato a los libros, las personas,
el catálogo; prevenir el robo, la costumbre de pisotearlo todo, los abusos
de poder.
Considerar, en definitiva, que la Biblioteca Nacional, más que un gran
centro de reflexión, es y debe ser el corazón de nuestra cultura,
recibiendo y proyectando el saber universal en beneficio, precisamente, de esos
chicos que, aun con sus costumbres tan extrañas a nosotros los mayores,
son los sacrificados buscadores e implementadores del futuro de la Nación.
Si no, sigamos prohibiendo. Total, es más fácil prohibir que enseñar. Porque enseñar implica un esfuerzo colectivo, una negociación permanente entre la duda y la certeza, de la que se aprende, que agota el intelecto pero fructifica en experiencia y cultura, que una vez "aprehendida" hace muy difícil prohibir. Y la Biblioteca existe para enseñar.
Esta nota fue publicada en ATREVETE – mayo de 2000