El Disco de Troya

Marco y Nuria, de nuevo en México, no logran desprenderse de la inquietud de investigar
el significado del misterioso disco de arcilla que Maya Tourova dejó en manos del profesor Struck:
ese Disco de Troya que no cesa de atraerlos a la colina de Hissarlik, en Turquía, donde
Heinrich Schliemann descubriera, en el siglo XIX, las ruinas de Ilión, la ventosa ciudad
cantada por Homero.
Philippe, en cambio, ha cedido a los imperativos de la vida prática y conseguido un empleo como
ingeniero informático en el Banco de Francia.
No tarda en ganarse la confianza de su jefe, Héctor Laville, quien confía que su brillante
empleado se convierta en una buena influencia para su hija Thérèse.
Paradójicamente, aquello que Nuria y Marco irán a buscar a Troya se encuentra a pocos metros
de la oficina de Philippe, en el Banco de Francia, la institución fundada por Napoleón Bonaparte,
especie de tesoro protegido por una serie de referencias confiadas en cuadros ausentes, que en tiempos
de Luis XIV
constituyeron una colección de pintura italiana, hoy dispersa en varios museos.
Imantados por el Disco de Troya, tanto los personajes del siglo XXI como los del siglo XVII AC acaban por
comprender que siguen los designios misteriosos de la Deidad con Cuernos, que reserva al vencedor de la
búsqueda el mayor tesoro de Occidente: la áurea Égida, la piel de la cabra Amaltea,
la formidable arma psicológica del tonante Zeus, que es también la prenda
con que la iconografía representa protegida y cubierta a la diosa Atenea.