Ya eran cuatro meses de interno y para la unidad de psiquiatría aun no había una explicación, no tenían un diagnostico para tan repentina demencia. Desde el día que entró al sanatorio, a bordo de una patrulla y luego de pasar tres días con sus noches sentado en una banca del parque de Miraflores, no había recibido visita alguna y pese al esfuerzo del personal no lograba contactarse ningún pariente. Era poco lo que hablaba, pero ya todos en el sanatorio conocían la rutina de sus días; en las mañanas desayunaba y realizaba sus ejercicios físicos con los demás internos, paseaba por los alrededores de la fuente y se sentaba en una de las bancas, justo bajo un viejo laurel, a leer sus libros de poemas hasta llegada la hora del almuerzo, luego del cual se dirigía a su cuarto para organizar, aunque no existiera la necesidad, cada uno de los libros de su improvisada biblioteca. Colocaba un poco de agua a calentar en una vieja tetera, mientras se daba un baño para luego vestirse de saco y corbata, atuendo que no le tomaba mucho tiempo escoger de los dos sacos y tres corbatas que gentilmente el cocinero, con quien había entablado una gran amistad, le había regalado. Una vez vestido y perfumado, con la colonia barata que el anterior huésped había olvidado al partir, ponía dos sillas enfrente de su coja mesa de madera, la cual cubría con una curtida manta blanca que hacia las veces de mantel, encima de ella y en una botella de vino con un poco de agua colocaba una rosa, que cambiaba cada vez que el rosal de la parte posterior del jardín se inundaba de ellas, dos platos y dos pocillos de te disparejos y nada mas había encima.

Allí estaba él, sentado a la mesa justo a la hora del te, a media luz frente a la pared blanca de su cuarto, preparaba dos tazas de te y leía poemas que había escogido en la mañana, nada lograba interrumpirlo, le leía a las sombras que caprichosas se dibujaban en la pared, hacia breves pausas para tomar un poco de te y continuaba con su lectura hasta llegar la noche, cuando recogía la mesa para dirigirse al comedor e irse, como de costumbre, temprano a la cama. Solo el domingo, día de visitas, él no preparaba el te, se sentaba toda la tarde en el balcón del tercer piso a fumar unos cuantos cigarrillos y dejar pasar la tarde sentado en una mecedora.

Un martes, cuando ya casi ajustaba seis meses en el sanatorio, sintió un gran bullicio que por primera vez logró sacarlo de su cuarto a la hora del te. En el primer piso bajaban de la vieja patrulla a una mujer, vestida con un sucio traje de flores, era joven pero su apariencia dejaba ver que llevaba varios días en la calle lo cual le sumaba algunos años, la habían encontrado en la Estación Jardín del Tren; hablaba en voz muy alta como si estuviera rodeada de mucha gente, aunque estaba sola. Él la reconoció enseguida y desde el balcón le grito: "Anita". La mujer volteo, lo miró y guardo silencio, se había quedado sin palabras; solo sus lágrimas dejaron entender que lo reconoció. Desde entonces a la hora del te él lee sus poemas en compañía de ella, pero no están solos, con ellos están atentas la sombras del recuerdo; esas que ella le envió para que le acompañaran en tantas tardes de lectura, y los sonidos del silencio que él le devolvió con la promesa de esperarle.

f.m.

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DEMENCIA

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