LA MESA Y LA MISA
La
mesa del comedor es un lugar lleno de significado en el hogar.
Ella indica cómo se desarrolla la vida de una familia.
Si se usa como sitio de encuentro, se fortalecen las relaciones entre los
que conforman una misma familia. Cuando
la mesa no se usa con frecuencia y tranquilidad, se puede deducir que las
relaciones están frías o no existen.
La
primera Misa la celebró Jesús alrededor de una mesa en donde se servía el
Cordero pascual y allí ordenó a sus discípulos que hicieran lo mismo, a través
del tiempo, en memoria de lo que Él había hecho aquella noche del Jueves
Santo. Hay pues una estrecha relación
entre la mesa y la misa. Los
cristianos que se consagran por lo menos cada domingo para participar de la
Eucaristía, de la Misa, deben conocer muy bien lo que ella significa.
En
la mesa hay conversación llena de recuerdos, de enseñanzas y de afecto.
En la Misa el Dios amor nos comunica su Palabra de vida eterna, de
verdadera sabiduría. La sabiduría acerca a Dios y enseña al hombre a actuar con
prudencia. La sabiduría es un don
que nos permite ver todo con los ojos de Dios, con su mirada.
Con la sabiduría vemos todo desde la perspectiva de Dios, más allá de
la miopía humana. El arrogante, que es de por sí necio, no tiene sabor de las
cosas de Dios, carece del sentido de Dios, vive desorientado.
El libro sagrado de los Proverbios nos muestra la Sabiduría en plan de
dar un gran banquete al cual invita con estas palabras:
“Venid a comer mi pan y a beber el vino que he preparado; dejad la
inexperiencia y viviréis, seguid el camino de la prudencia”
(Pr 9, 5-6).
Cuando
asistimos a la Misa debemos ir con espíritu abierto a escuchar a Dios que nos
entrega su sabiduría para poder entrar en el misterio de Dios y poder caminar
por sus sendas.
La
mesa es también lugar de encuentro para compartir los alimentos que fortalecen
a las personas y las unen en la amistad. Invitar
a un conocido a comer en la casa es muestra de una gran confianza.
En la misa Dios nos sirve el gran banquete que anuncia la fiesta
definitiva en la Casa del Padre que es el cielo.
Dios es el anfitrión maravilloso que sirve para nosotros el mejor
manjar. Cristo Jesús es nuestro
alimento: “Mi carne es verdadera
comida y mi sangre es verdadera bebida” (Jn 6,55).
La sagrada comunión nos une estrechamente a Cristo hasta el punto que
“quien come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él” (Jn 6.
56). Es el pan de la unidad que nos
relaciona con Jesús y fortalece el vínculo de amor con nuestros hermanos.
Es el Pan Vivo que nos da la vida divina:
“Como el Padre, que me ha enviado, posee la vida y yo vivo por él, así
también el que me come vivirá por mí” (Jn 6,57).
Es el pan para la vida del mundo y aquel que lo coma “vivirá para
siempre” (Jn 6, 51).
El
Cuerpo de Cristo, inmolado por nosotros en la cruz, se convierte en el verdadero
banquete de la sabiduría y de la vida divina servido para nuestro bien.
La
invitación al banquete en la mesa de Dios se nos hace cada domingo en la
celebración de la misa. Aunque los
tiempos sean malos, tenemos la prudencia que viene de Dios en la realidad
maravillosa de la mesa eucarística.
Pereira,
20 de agosto del año 2000
Mons.
FABIO SUESCUN MUTIS – Obispo de Pereira