La fuerza de los debiles

 

Esta frase parece una contradicción.  En la Escritura. Dios con frecuencia insiste que la fuerza de su divino  poder se manifiesta perfecta en la debilidad.  El joven David venció a Goliat experimentado guerrero.  Los pobres profetas tuvieron que enfrentarse al poder de los reyes para hacerles serias recriminaciones.  María la Virgen es escogida para ser Madre de Dios y la anciana Isabel, al final de sus días, alcanza el privilegio de la maternidad por aquello de que para “Dios nada es imposible”.

 

Dios desconcierta porque no piensa al estilo humano.  Para los del mundo son importantes los poderosos, los perfectos, los instruidos en las cosas de esta tierra.  Dios no piensa lo mismo.  Tiene otras categorías.  Para Él los grandes son los pequeños, los primeros los que más sirven, los sabios los que conocen la voluntad de Dios y los débiles aquellos en quienes Él hace manifiesto su poder.

 

Jesús no pudo hacer ningún milagro en Nazaret porque la gente no lo recibió con fe.  Era del pueblo, la gente lo había visto crecer, conocían a sus padres y familiares, y a pesar de que quedaron sorprendidos de la sabiduría que mostró en la Sinagoga, desconfiaban de él.  Por este motivo Jesús tuvo que decir:  “No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa”   (Mc 6, 4).

 

No nos atrevemos a creer en lo nuestro.  No podemos ver el mensaje de Dios cuando es dado por personas conocidas.  No somos capaces de dar el salto de la realidad humana débil a la presencia de la gracia de Dios.  Nos resistimos a ver la grandeza de Dios en la limitación humana.  María confesó que el Poderoso había hecho cosas grandes en ella a pesar de su pequeñez.  Esa es la manera de obrar de Dios.  Nos habla por seres humanos débiles, tal vez ignorantes o pecadores.  Nos hace llegar su gracia a través de elementos naturales como sucede en los sacramentos.

 

El hombre a quien Dios elige como su profeta, sacerdote o ministro no puede dejarse llevar por el orgullo, pensando que por sus méritos puede hacer presente la acción de Dios.  Pablo entendió que su misión de Apóstol no era motivo de soberbia, sino que todo lo podía hacer por la gracia de Dios y llegó a la conclusión que el poder de Dios se muestra perfecto en la debilidad (Cf.1Co12,7-10).

 

Muchas veces nos resistimos a recibir las gracias de Dios porque no somos capaces de trascender la pequeñez humana de quien nos las entrega.  Más allá de la debilidad del hombre está la presencia salvadora de Dios que ha querido valerse de nosotros los humanos para que veamos la grandeza de su poder.

 

Pereira, 9 de julio del año 2000

+Fabio Suescún Mutis

  Obispo de Pereira

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