JESUS MISERICORDIOSO

 

Muchas personas al leer los Evangelios quisieran ver a Jesús con una actitud más afectuosa y más tierna.  Lo ven como el Maestro que enseña, como el profeta que habla en nombre de Dios, como el varón que se entrega a la muerte con una gran entereza de ánimo.  Quisieran verlo sonriente y muy cercano de los hombres.  Para entrar en el corazón de Jesús hay que leer con atención los rasgos de la personalidad de Jesús que, con espontaneidad y delicadeza, nos muestran los autores sagrados.

 

San Marcos en el capítulo sexto de su Evangelio nos presenta a Jesús misericordioso, lleno de sensibilidad y con detalles humanos sorprendentes (Cf.  Mc 6,30-34).

 

Los Apóstoles regresaron cansados después de cumplir la misión que el Maestro les había confiado.  Ellos fueron de dos en dos y visitaron las casas predicando la conversión y cuidaron a los enfermos y poseídos del demonio.  Le contaron a Jesús su experiencia, lo que habían hecho y enseñado y Él les dijo:  “Venid vosotros solos a un sitio tranquilo a descansar un poco”.  Mucha gente los acosaba y los seguían hasta el punto de que no encontraban tiempo para comer.

 

Jesús se preocupa por sus Apóstoles y quieres que tengan una pausa reparadora en su trabajo y los lleva en la barca a un sitio tranquilo y apartado.  ¡Qué delicadez y qué preocupación la que muestra Jesús por los suyos!

 

Quienes leen el Evangelio con la preocupación del hombre de la producción no perciben esta actitud misericordiosa, llena de solicitud.  Jesús, como su Padre quiere que los hombres se recreen, descansen, tengan un tiempo para recobrar fuerzas, para reflexionar, para gozar de la alegría de compartir con los amigos.  Las máquinas se paran para que el motor no se funda.  Los animales reposan para recobrar fuerzas.  Los hombres no podemos ser esclavos del trabajo ni podemos exponernos al peso psicológico de la presión de los compromisos diarios.

 

Hoy podemos escuchar a Jesús que también nos invita a valorar el descanso.  Nos dice que debemos tomar en serio nuestra labor, pero que debemos sacar el tiempo para tener un espacio de libertad, de rejuvenecimiento espiritual.

 

La misericordia de Jesús va más allá.  Cuando la gente lo acosa y ve la multitud que tiene hambre de su Palabra y que busca su consuelo, “siente lástima de ellos, porque andaban como ovejas sin pastor; y se puso a enseñarles con calma” (Mc 6,34).  Él vino al mundo para darnos a conocer el amor misericordioso del Padre.  Él, por el misterio de su encarnación, se acercó a nosotros para darnos la mano.  Él apareció como el Pastor solícito por la suerte de cada una de sus ovejas.

 

En la persona de Jesús se vuelve realidad la promesa del profeta Jeremías quien después de reprochar, en nombre del Señor, la actitud de los malos pastores del pueblo que dejan perecer las ovejas del rebaño de Dios, dice:  Yo mismo reuniré el resto de mis ovejas, de todos los países a donde las expulsé, y las volveré a traer a sus dehesas, para que crezcan y se multipliquen.  Les pondré pastores que las pastoreen: ya no temerán ni se espantarán y ninguna se perderá – oráculo del Señor- (Jr 23, 3-4).

 

Nuestra fe y esperanza están puestas en el amor infinito que Dios nos tiene.  Jesús se ha hecho uno de nosotros, se compadece de nuestra debilidad, se acerca a nuestra miseria para salvarnos con su mano bondadosa y segura.  Dejémonos tocar por su afecto delicado y por su inmensa ternura

 

Pereira, 23 de julio del año 2000

 

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