El Ojo de Seth

 

El Ojo de Seth

 

 

 

                             

 

 

 

 

Ilustraciones de Ana H

Texto de Karl H

 

Ilustración de Ana H

Texto de Karl W

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La violencia con que la arena se metía por cualquier rendija del fuerte francés emplazado en medio del Sahara hacía temer al capitán Dubois que como en otras ocasiones al final de la tormenta tuvieran que reconstruir el fuerte.

 

Llevaban allí encerrados casi dos semanas, según recordaba desde que estaba destinado allí, nunca una tormenta había durado tanto ni había sido tan violenta, su preocupación se centró en el agua cuando el cabo Bertrand apareció con la noticia de que la cubierta de madera del gran pozo que les abastecía del preciado elemento había volado y la arena se estaba colando por la boca. Dubois pensó rápidamente en una solución, hizo juntar toda la tela que había en el fuerte, se cosió con la máquina que un industrial loco había dejado allí dos años antes como prueba de que volvería, pero tardaron demasiado en poner aquella máquina en movimiento, y más aún en coser la tela, cuando fueron a tapar el pozo, la arena casi lo cubría.

 

"Bertrand haga recuento del agua que nos queda, raciónela, será la única forma en que podamos salir de esta maldita tormenta e ir al oasis de Al-Qalam" - ordenó Dubois con voz autoritaria.

 

Doscientos treinta y seis kilómetros al este del fuerte francés, Sara ponía toda su atención en el terreno circundante, sabía que lo que buscaba debía estar allí, se había gastado sus últimos dirhams en conseguir información y equipo, había conseguido evitar la tormenta que desde el sur amenazaba con tragárselo todo, volvió a otear el horizonte, y lo que vio no le gustó un pelo, se ocultó tras una gran duna, y pensó que probablemente si no estuviera sola en la inmensidad del desierto egipcio habría intervenido, pero dejó pasar la caravana de esclavos en dirección oeste, supuso que se encaminaban al oasis de Al-Qalam, pensó que debía ser prudente, antes o después también ella debería pasar por allí para abastecerse de agua. "Será después, mucho después, a la vuelta" - susurró en voz baja.

 

Sara se había educado en las montañas, estaba acostumbrada a que la climatología no fuera precisamente su amiga, pensó un momento que nadie la creería cuando volviera a su aldea natal y contara sus aventuras, se levantó con agilidad del suelo, se acercó al camello, lo montó y tiró de las riendas para ponerse de nuevo en marcha.

 

Yamo gritó de nuevo al sentir los granos de arena sobre la desnudez de su espalda, no podía dejar de pensar en el hecho de que no volvería a ver su tierra porque su hermanastro lo había vendido a los tratantes de esclavos por cuatro camellos y una vieja espada, la cuerda a la que iba atado se tensó más de la cuenta y volvió a recibir un tirón del tipo aquél que iba sobre el camello, su fuerte cuerpo se tensó, cada uno de sus músculos se preparó para la caída, intentó cubrir el rostro bajo el brazo derecho, y así fue como vio a lo lejos otro de aquellos tuaregs que seguía su camino hacia el este, alejándose de ellos.

 

"No, de eso nada, no me he educado para ver como se esclaviza a nadie, al fin y al cabo todos somos iguales, todos tenemos alma, y sino la tenemos, no importa, qué diferencia hay entre la un hombre de piel blanca y otro de piel negra, ambos tienen ojos, nariz y boca, y ambos mueren si se les dispara" - Sara no conseguía dejar de pensar en la hilera de esclavos que había visto, y que por una de las decisiones más prudentes de su vida, había dejado a su espalda - "Pero yo nunca he sido prudente, ¡que le den!"

 

Tiró de la rienda hacia la derecha, se encaminó hacia el sur, y comenzó a dar un rodeo, de forma que en dos horas estuviera a la espalda de los esclavistas, la arena golpeaba con fuerza su atlético cuerpo, pero lejos de pensar en bajar los brazos, pensó en sacar sus pistolas y apretar el paso de su montura. Una hora después divisó el oasis de Al-Qalam y cerca de él a los esclavistas, oyó las risas de aquellos hombres mientras se divertían, pensó que los dejaría confiarse, buscó con la mirada a los esclavos, estaban encadenados a dos palmeras, los obvió un momento, se acercó a uno de los guardias y le cortó el cuello con su navaja toledana, tapándole la boca para que no la delatara, acto seguido, se dirigió al centro del campamento, y en perfecto árabe pidió ser acogido por sus moradores, sabía que las leyes de la hospitalidad impediría a los hombres aquellos hacerle daño, comió con ellos, bebió té, y se retiró a un lado a descansar, bueno, a hacer como que descansaba.

 

Exactamente cincuenta y dos minutos después de haberse retirado, Sara se levantó buscó las llaves de las cadenas que apresaban a los hombres de color, y cuando las tuvo se acercó hasta ellos.

 

"Calma, os liberaré a todos, pero por favor, no hagáis ruido" - les susurró cuando estuvo junto a ellos.

 

Dicho y hecho, lo que no esperaba fue lo que ocurrió entonces, pensó con tristeza que los hombres nunca cambiarían, los cautivos al verse libres se apoderaron de las armas de los esclavistas y los mataron a todos ellos, después se enfrentaron con ella, le echaron en cara su comportamiento como huésped, y la habrían matado sino llega a ser porque uno de ellos se encaró con el resto y los acusó de ser unos desagradecidos. "Yo te acompañaré allá a donde Alá te lleve, paisha, y mataré a cualquier hombre que quiera hacerte daño"  - gritó Yamo con decidida presteza.

 

Sara dejó de lado a aquellos desagradecidos, tomó una de las vejigas de buey que le servían para transportar el agua, la llenó, hizo que su camello bebiera hasta saciarse, se montó en él, y se alejó de allí con la misma rapidez que había llegado, dejando a Yamo bastante rezagado. En un par de ocasiones miró hacia atrás y lo vio seguirla, así que optó por esperarlo, hizo un alto en el camino, encendió un fuego, se acercó a él y esperó a que aquél hombre llegara para compartir su comida.

 

"¿Y ahora como le explico yo a este tipo que soy una mujer?" - la pregunta no hacía más que darle vueltas desde que se había detenido, aquél era un mundo de hombres, que ella estuviera allí sólo podía significar para ellos que buscaba marido o algo peor. Aún seguía pensativa cuando Yamo llegó, la miró, se acercó al fuego y la dejó petrificada.

 

"Paisha, sé que eres blanco, que no eres tuareg, un tuareg nunca habría hecho lo que tú, pararse a liberar a unos inmundos esclavos, y sé algo más, pero no quiero molestar a tu espíritu con mis palabras, puedes confiar en mi, no te haré daño, te debo la vida" - fue lo primero que dijo incluso antes de sentarse. Se le veía sudoroso, agotado por el esfuerzo.

 

Sara sacó un poco de carne salada de su talega, la partió en dos y le tendió la mitad al tipo aquél de tan, aparentemente, buenas intenciones. Comieron en silencio, Sara no bajó la guardia en ningún momento, y pronto se dio cuenta de que las intenciones de Yamo eran buenas, ya que él se relajó completamente, se estiró junto al fuego y se echó a dormir.

 

Dos días después Sara, creyó reconocer una de las rocas que con forma de cabeza de león se veía en uno de los acantilados que le habían descrito que existía en el camino antiguo de los faraones. Miró con curiosidad la zona, allí no había ningún río, ni restos que hicieran pensar que lo había habido tiempo atrás, pensó que quizá todo aquello que le habían contado no sería más que otro bulo de los que corrían por El Cairo para sacarle el dinero a los blancos que desde todo el globo acudían allí en busca de tesoros antiguos, sacó sus viejos prismáticos de una de las alforjas, y oteó las rocas durante un buen rato.

 

"Nada, malditos sean esos egipcios" - farfulló para sus adentros.

 

Yamo la miró con ojos extasiados durante unos segundos, retiró la mirada cuando sus ojos se cruzaron.

 

"¿Qué ocurre, Yamo?" - Se interesó Sara al verlo nervioso.

 

"Si estás buscando la cueva de Ra, yo sé donde está, pero también sé que todo el que entra en ella no sale jamás" - comentó Yamo con inseguridad.

 

"Muéstramela" - exigió Sara.

 

"Paisha, según la leyenda ningún hombre que entre en ella saldrá para contarlo" - intentó excusarse Yamo.

 

"Perfecto" - exclamó ella, segura de que lo que buscaba estaría aún allí gracias a las supersticiones y las supercherías que hablaban de maldiciones con respecto a la cueva - "Llévame a la entrada, te demostraré que puedo entrar y salir tantas veces como quiera de esa cueva y de mil más, si lo haces tu deuda conmigo quedará saldada"

 

El capitán Dubois miró el oasis con impaciencia, llenaron todo lo que les sirvió para almacenar agua, lo subieron en uno de los carros que habían llevado hasta allí, y comenzaron su larga marcha hacia El Cairo, entre el oasis de Al-Qadam y la ciudad de El Cairo no había una sola gota de agua que llevarse a la boca, por lo que decidió que racionarían la poca que podían transportar, después ordenó la marcha.

 

Cinco días después y por un error de cálculo, el agua era tan escasa como las fuerzas de sus hombres, y entonces fue cuando Bertrand comenzó a hablar de un pequeño río al sur en el que podrían solucionar sus problemas de agua, Dubois le ordenó callar, sabedor de que aquél río no existía, pero lo único que consiguió fue que lo ataran y lo subieran a un carro, para acto seguido seguir el camino viejo de los faraones.

 

Yamo había mostrado la entrada de la cueva a Sara, después se sentó a esperarla, y aún seguía esperándola, habían pasado casi dos días, y en la primera noche había estado a punto de salir corriendo cuando los espíritus del valle comenzaron a rugir, pero se había quedado, su curiosidad por ver qué pasaba era mayor que su miedo.

 

Bertrand divisó un negro sobre uno de los riscos que había a los pies del riachuelo, se encaró el fusil, y de un certero disparo lo despeñó, sus hombres rieron con fuerza, estaban todos casi desnudos, refrescándose con aquellas aguas transparentes, incluso habían obligado al maldito capitán Dubois a  beber aquella agua que según él no existía y que trago tras trago expulsaba como un estúpido patán, que al fin y al cabo es lo que era.

 

Cuando se hizo la noche algunos de sus hombres comenzaron a tener vómitos, Bertrand lo achacó al hecho de que habían bebido demasiado aprisa después de estar un día entero sin beber, y no prestó más atención.

 

Al atardecer del tercer día, Yamo miró hacia abajo, era entonces cuando comenzaban los ruidos, los gruñidos, los alaridos de los fantasmas, pero hasta entonces no se le había ocurrido mirar para ver si conseguía ver a alguno, no sabía por qué aquél día lo hizo, y lo que vio le dejó aturdido, un destacamento francés se aproximaba al risco sobre el que se encontraba en ese instante, sus ropajes eran viejos, estaban deshilachados, sucios, vio como uno de aquellos soldados se encaraba un fusil y disparaba, junto a él alguien gruñó y vio como un hombre negro, como él, se despeñaba hasta caer en un río que sabía con certeza que no estaba hacía dos días, al igual que el fantasma del hombre negro. Yamo sintió un escalofrío recorrerle el cuerpo, notó el gélido viento que desde la cueva salía, como cada noche, se apartó un poco, pero continuó mirando hacia aquellos soldados que parecían haber salido del pasado, de algún pasado demasiado reciente. Pensó en el batallón que había desaparecido del fuerte de Al-Qadam cuando él era pequeño y que fue objeto de habladurías durante bastante tiempo, recordó que incluso en una aldea cercana habían sacado una canción que contaba como la ira de Seth había acabado con la ocupación de los extranjeros, mientras pensaba esto, los vio acercarse hasta la falda del risco en el que se encontraba, vio como uno de ellos estaba atado, sobre un carro, y la curiosidad le pudo, comenzó a bajar para saber.

 

Sara miró por última vez al cada vez más nervioso Yamo, después comenzó a internarse en lo que parecía una cueva, pero que en realidad daba paso a un estrecho pasillo, encendió el farol de petróleo que llevaba y así pudo continuar a lo largo del pasillo sin pegarse ningún porrazo. A medida que caminaba fue teniendo cada vez más calor, y la sensación de que no se internaba sólo en una montaña, sino en el tiempo, se miró las manos, las tenía sudorosas, algo le rozó la mejilla izquierda, se detuvo en seco, y alargó la mano en la que llevaba el candil para ver de qué se trataba.

 

"Jeroglíficos de la cuarta dinastía, qué curioso..." - pensó mirando el estupendo papiro que a manera de cartelón colgaba del techo - "Que ningún hombre en su sano juicio turbe el sueño de Seth o su maldición caerá sobre él" - leyó, para acto seguido pensar que aquello no iba con ella.

 

Continuó su camino, pensando que a la vuelta debía coger aquél papiro, debía valer una fortuna en el mercado negro, nada menos que una maldición falsa, se echó a reír al pensar en la cantidad de incautos que se habrían dado la vuelta al llegar a aquél punto, su risa se propagó por el pasillo, y curiosamente no le devolvió eco alguno. Sara no notó aquella extraña curiosidad, y continuó su camino hasta que un gran muro de piedra le impidió seguir su camino, buscó detenidamente algún tipo de soporte, de cerrojo que abriera aquél muro, pensó por un momento que también era mala suerte, se inclinó para buscar en el suelo, y vio que el pasillo estaba empedrado, que lo que pisaba no era la roca de la montaña, sino un pulido empedrado que no había visto en ningún otro lugar, su color era verde, de tono jade oscuro, sin una mancha, perfecto, sólo aquel suelo valía su peso en oro, volvió a inclinarse, y al hacerlo puso el talón en una falsa loseta, el muro comenzó a abrirse sin hacer un solo ruido, sin que el polvo que había sobre él se moviera siquiera, pensó que los egipcios eran mejores constructores aún que los romanos, más sutiles, no pensó nada más, cogió la lámpara y traspasó el dintel del muro, tras lo cual este se cerró de golpe, con toda la brusquedad del mundo, dándole un susto de muerte, delante vio otro papiro colgado del techo, y detrás de este otro muro.

 

"Nada material podrá cruzar esta puerta" - leyó con voz segura – "Umm, ¿a qué se referirá con material" - pensó en voz alta mientras comenzaba a dejar en el suelo sus pistolas y la ropa, cuando estuvo desnuda se acercó a la puerta, y para su asombro la halló abierta, la empujó con suavidad, y entendió que tampoco necesitaría el farol, lo apagó y lo dejó atrás, miró el pasillo dorado que se abría ante ella, estaba perfectamente iluminado por antorchas, una cada metro más o menos, y en ambas paredes, el suelo también era de color dorado, su tacto era cálido, demasiado cálido para que pensara en que se trataba de oro o algún tipo de piedra, comenzó a caminar tras echarle un vistazo al material más de cerca.

 

El largo túnel desembocaba en un gran salón con dos puertas, una a la derecha y otra a la izquierda en el centro grabado en diferentes colores vio el ojo de Seth, era enorme, pensó que estaba cerca de su objetivo, pero que una de las puertas le llevaría a una muerte segura, y la otra a la gran sala de Ra, o quizá las dos la llevarían a la muerte, miró la de la derecha, la derecha en la mitología egipcia era algo positivo, la izquierda representaba malos augurios, sonrió giró hacia la izquierda y entró en otro gran pasillo, se quedó pasmada al ver que estaba construido con lapislázuli, pero no era cualquier lapislázuli de él salía una especie de luminiscencia que iluminaba el pasillo completamente, allí dentro parecía de día. Dejó de pensar y comenzó a caminar, y al hacerlo sintió frío, un frío tan intenso como nunca antes había sentido, el vello se le erizó, los pezones se le endurecieron, y los dientes comenzaron a castañetear. Se controló en el acto, se detuvo, y supo que en Egipto no hacía frío, por lo tanto aquello debía ser algún tipo de truco de los viejos constructores, continuó caminando con paso resuelto, y cuando creyó que estaba a punto de llegar a su objetivo se dio cuenta de que estaba de nuevo en la sala de la que partía el pasillo.

 

"Mierda, me he pasado una puerta, he andado todo el tiempo en línea recta, no he girado, así que en algún punto me he pasado una puerta" - se gritó a si misma - "Por otra parte, si no he girado, no puedo estar en el mismo salón, sino en uno construido exactamente de la misma forma que el anterior, jajajaja, serán, no es igual…"

 

 Yamo llegó junto a los soldados franceses, miró dentro del riachuelo, vio que el hombre negro al que habían disparado estaba dentro, en el fondo, lo miró detenidamente, y supo que aquél hombre padecía una enfermedad muy contagiosa que años atrás había diezmado las poblaciones del sur, pensó que la vida no dejaba de tener una suerte de lógica, el muerto mató a sus asesinos, el hombre del carro se negaba a beber, vio como lo apartaban de mala gana, le daban patadas en los riñones y los testículos y por último el hombre que había disparado al hombre negro se acercaba a él y le cortaba el cuello mientras el resto reía, continuó junto a ellos media hora más, hasta que se aburrió de verlos ‘divertirse’, entonces miró al risco, pensó en aquella mujer que lo había liberado de los tratantes de esclavos, y supo que había muerto, no obstante se había prometido que la esperaría cinco días con sus noches y estaba dispuesto a cumplir su palabra, volvió a mirar a los soldados franceses tras un rato pensando y descansando, sus vómitos eran horribles, sus cuerpos estaban llenos de llagas, sonrió, y comenzó a escalar de nuevo el risco hacia la entrada de la cueva.

 

Sara se acercó a la única puerta que tenía aquel salón, la abrió sin ninguna dificultad, y no pudo seguir, se quedó completamente paralizada, intento desviar la mirada, pero no pudo, así que decidió fijarse en todos los detalles, memorizarlos, y al tomar aquella decisión, comenzó a oír una voz en su cabeza.

 

"El ojo siempre había estado allí, justo en lo alto de una gran columna, el paisaje que se veía era bien diferente, grandes manadas de todo tipo de animales se movían por aquél territorio, hombres de todos los colores habitaban aquella tierra, hablaban un extraño lenguaje y adoraban al Gran Ojo de Seth, nunca nada había molestado a aquellos seres de apariencia grácil, la mayoría de ellos eran altos, delgados, atléticos, y gozaban de una excelente salud. El tiempo lo pasaban entre juegos, totalmente despreocupados, así fue siempre hasta que uno de ellos se las ingenió para molestar a Seth, su idea era jugar, la característica que lo hacía diferente al resto de los humanos era su curiosidad, un día se sentó ante el Ojo de Seth y comenzó a hacerle preguntas de difícil explicación para una mente tan corta de inteligencia, de forma que sus ‘porqués’ continuos comenzaron a agotar la paciencia de Seth. El gran dios comenzó a montar en cólera, y entonces a uno de aquellos porqués de aquél estúpido ser contestó con otra pregunta: ¿Acaso quieres saber lo mismo que yo?, la contestación del muchacho fue una afirmación que hizo temblar la columna en la que estaba el Gran Ojo de Seth, al temblar la columna, y como si en ella estuvieran sujetas todas las cosas de aquél mundo, los animales huyeron aterrados, los hombres comenzaron a caer, enfermos, las plantas que había por todas partes se secaron de golpe, y la oscura y fértil tierra se tornó arena, casi todas las montañas excepto esta en la que te encuentras se convirtieron en dunas, parte del agua del lago comenzó a correr hacia el norte, arrastrando la fértil tierra a su paso. Lo que queda ahora de ese lago, los hombres lo llaman Nilo, la tierra que arrastró en un primer momento desde este valle lleno de vida forman sus orillas, Seth permitió que los pocos hombre y mujeres que vivieron después de que la columna se moviera disfrutaran de algo de lo creado, y yo, ingenuo muchacho que quiso jugar con un dios fui convertido en el guardián del Gran Ojo de Seth, a ti, como a tus antecesores haré dos preguntas, tus respuestas serán tu salvación o tu maldición. He dicho."

 

Sara esperó a que el guardián del ojo formulara las dos preguntas, se concentró todo lo que pudo para no dar respuestas erróneas, dos días después aún seguía allí, esperando sus preguntas. El sueño comenzó a mermar su pensamiento, supo entonces que el guardián la haría desfallecer, y cuando la viera totalmente con la mente obnubilada haría dos preguntas, Sara pensó que la mejor forma de no ceder al cansancio sería recordando su niñez en las montañas en donde se había criado, así que relajó completamente su cuerpo, dejó de pensar en que se podía equivocar al responder a las preguntas, y viajó con la mente hacia las nevadas montañas de su tierra, recordó las historias que sobre brujas y brujos le contara su abuela después de insistirle lo indecible, sintió el frescor de la montaña, recordó como se tumbaba en su piedra famosa para ver pasar las nubes y soñar con sitios lejanos, con aventuras que vivir, se metió completamente dentro de sí misma, y así aguantó el paso del tercer día, cuando oscureció escuchó de nuevo la voz del Guardián en su mente.

 

"¿Crees que como obró Seth estuvo mal, al castigar a todos los hombres por la falta de uno solo de ellos?" - Preguntó el guardián por fin. - "Responde mujer"

 

"No soy quien para enjuiciar si Seth obró bien o mal, sólo soy una persona que busca su camino" - se oyó responder Sara sin pronunciar palabra.

 

"Sé que has venido buscando el Gran Ojo de Seth, una de las joyas más preciosas de la historia, sé que vienes en pos de riquezas, y podrás tenerlas todas si permaneces como guardián del Gran Ojo de Seth, ¿quieres ocupar mi lugar, o prefieres salir de aquí desnuda?" - inquirió con maldad el guardián.

 

"Prefiero salir desnuda, me sentiré muy recompensada si salgo de aquí con vida" - se oyó de nuevo contestar, Sara.

 

Y entonces ocurrió algo, ante sus ojos pasaron las historias de todos los hombres que la habían precedido, todos llegaron y escogieron las riquezas, y todos se convirtieron en polvo, en arena, notó cómo la montaña se movía bajo sus pies, sintió miedo por unos segundos, luego se abandonó, se relajó de nuevo, y supo que su pesadilla se había acabado.

 

Escuchó y vio los fuegos artificiales por la ventana, pudo moverse de la cama en donde había estado paralizada desde no sabía cuánto tiempo, y entonces recordó cómo había empezado todo… Recordó como habían comenzado los fuegos artificiales, cómo podía oír el estallido de los cohetes en el cielo, cómo intentó hacer un esfuerzo y levantarse de la cama, como había pensado que ya era tarde y se iba a perder la fiesta, sintió cómo de repente se había dado cuenta de que no podía moverse, cómo algo la mantenía pegada a la cama, cómo había flexionado las piernas para retirar las sabanas, y cómo no había sido posible, porque algo no marchaba bien, no podía moverse, se obligó a prestar atención, recordó cómo había respirado profundamente y abierto los ojos, también recordó como a su mente llegaron oleadas de pánico, la habitación estaba a oscuras, a medida que las luces de colores se filtraban por la ventana pudo descubrir que él estaba junto a ella, su verde mirada fija en sus ojos, y cómo le susurraba con aquella voz que tenía, que sí, que era un brujo, y se lo iba a demostrar. Volvió a mirar al rincón en donde lo había visto la última vez antes de que todo su cuerpo se paralizara, no lo vio, se levantó intentó acercarse a la ventana, pero él la detuvo, la sujetó por la cintura y volvió a morder sus labios, ella se relajó, no se entregaría nunca, él lo sabía, pero mientras se divertirían, al menos hasta que en una próxima vida se reencontraran para vivir en una cueva sin que nadie los intentara llevar a un manicomio.

 

¿Fin... ?

 

© Karl H y Ana H

Creada: 25/03/05

Actualizada: 06/06/05

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