“Duk y el mejunje verde”

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Duk se volvió de nuevo hacia aquél hombre bajito de flequillo recortado a tijera linealmente sobre la frente y profundos ojos negros, le sonrió, e intentó hacerse entender por enésima vez mediante gestos. Aquél chamán, si es que lo era, lo estaba consiguiendo volver loco, en dos ocasiones le había dicho que el hombre blanco se encontraba hacia el norte y en tres que hacia el sur, la impotencia se iba metiendo entre su cuerpo y su alma, y por fin tras soltar un enorme suspiro profirió uno de aquellos tacos que le habían hecho famoso en más de una taberna de garimpeiros, el chamán le miró con tristeza, se dio la media vuelta y lo dejó allí, con lágrimas en los ojos y la profunda creencia de que nunca saldría de aquél chambo comunal yanomami, volvió a recostarse en la tumbona, e intentó relajarse meciéndose lentamente, cerró los ojos, suspiró, y por fin, tras cinco o seis minutos se relajó.

Estaba medio adormilado, cuando escucho el segundo grito de terror, algo ocurría, no les entendía pero tenias claro que era de índole perjudicial para él, por fin lo escuchó de nuevo, ¡¡¡aucas, aucas!!!

Saltó de la hamaca, corrió hacia su equipo con la imperiosa necesidad de coger su viejo fusil, lo buscó bajo las trescientas toneladas de chorradas que había ido adquiriendo por el camino, y cuando por fin lo halló se dio cuenta de que llevaba demasiado tiempo aperreado en la hamaca, lo había descuidado tanto que la herrumbre se había hecho presa de él, maldijo la humedad del amazonas, buscó su revolver, y recordó que lo había tirado al río un día de desesperación total por no pegarse un tiro o pegárselo al chamán de las narices. Cuándo se quiso dar cuenta era el único ser vivo en el chambo, se encontró cara a cara con dos aucas, los miró intrigado, demasiado intrigado, pensó que como tenían costumbre, le matarían por ser tan blanco como ellos, no les culpó, el hombre blanco les había hecho demasiado daño en el pasado, se giró, volvió a la tumbona, se estiró completamente y esperó el flechazo de rigor.

Así fue como empezó todo, lo tomaron por loco, y lo dejaron tranquilo, a su aire, estuvieron dos horas buscando a las mujeres de la aldea yanomami, y como no las encontraron, se lo llevaron con ellos de regreso a su aldea, ahora estaba sentado sobre los pies, atado a un mástil, simplemente esperando, no se le ocurrió abrir la boca para nada, ni siquiera para quejarse cuando los niños del poblado fueron a tirarle de la barba, ponían una cara extrañada completamente, no entendían porqué él tenía pelos en la cara, les resultaría probablemente cómico, “cómico y loco, ambas cosas me van salvando por el momento” – pensó.

Dos semanas después estaba casi integrado en la comunidad auca, lo malo era que ese ‘casi’ lo estaba volviendo loco, durante aquellos catorce días había tenido que copular con siete indígenas de diferentes grupos étnicos, no es que copular le resultara desagradable, lo desagradable era que a aquellas mujeres se las usaba para ampliar la tribu, supo que si quedaban preñadas de él, cuando parieran serían abandonadas en la selva, y la idea no le hacía la menor gracia, nunca quiso tener niños, y menos con desconocidas, y menos aún tenerlos que dejar en medio del Amazonas, con unos individuos que por mucho daño que le hubiera hecho el hombre blanco cada vez que salían, volvían con la cabeza de algún agricultor o maderero. Así que decidió marcharse, y hacerlo a lo tonto, dando un pequeño paseo, de una hora, como todos los días.

Sin duda alguna escogió un mal día para largarse, llovía con tanta intensidad que cuando salió a dar su paseo matutino enseguida despertó las sospechas de toda la comunidad, por primera vez desde que estaba allí, uno de los aucas que lo había capturado lo siguió de cerca, así que tuvo que volver a su chamizo justo una hora después de salir, calado hasta los huesos y con una cara de idiota impresionante, pensó que lo intentaría cuando dejara de llover, y cuando se quiso dar cuenta andaba por la aldea con un taparrabos, sin barba, y con un arco y flechas envenenadas, al parecer aquél era el año de más lluvias que recordaban los aucas, el río creció tanto que acabaron viviendo en las copas de los árboles, y una noche, allí encaramado, mientras enseñaba a una linda mujer de ojos claros qué era una felación, vio a lo lejos una montaña demasiado conocida para él, sintió que podía ser libre, eyaculó en la boca de la chica, era lo que hacía últimamente para no preñar a nadie, prefirió pasar por gilipollas que seguir mandando mujeres recién paridas a la selva, sabía que tres de los niños que rompían el silencio de la noche con sus llantos eran producto de aquella forma extraña de ampliar el grupo que tenían los aucas, se sentía tan atado que lloraba todos los días, miró hacia abajo, vio un gran caimán merodeando su árbol y decidió zambullirse junto a él.

Después de nadar bajo el agua unos doce metros, intentó salir a la superficie bajo un gran matorral, sus ‘amigos’ aucas estaban matando al caimán, se lo comerían, y se extrañarían de no encontrar nada de él en su interior, no sabía si lo buscarían o no, se despreocupó completamente, y buscó una de las canoas que había labrado últimamente para moverse por el río, la encontró, se montó y remó en dirección a la montaña con la ilusión en los ojos, con la idea fija de llegar como mucho en dos años a su soleada casa en Málaga, y entonces vio una linterna, escuchó un disparo, algo le quemó la tetilla derecha, maldijo en voz alta, “me cago en tó lo que se menea, hostia puta” – gritó cabreado.

Dos semanas después se despertó en el hospital de la base militar de Raposa Serra do Sol, una enfermera brasileña de amplio escote fue lo primero que vio, le sonrió, intentó moverse y sintió que estaba atado, imaginó que habría delirado y lo habrían atado, pero todo se le vino abajo cuando un capitán del ejército brasileño comenzó a insultarle, llamándole indio andrajoso, intentó hablar y un soldado le propinó un golpe con la culata de su fusil, las cosas se le ponían turbias de nuevo, antes de cerrar los ojos sitió como alguien se colocaba sobre él, notó la húmeda vagina en contacto con su pene, y cuando se corrió se despertó.

“Tienes que dormir más, cuidarte más, antes cuando me colocaba sobre ti te despertabas a la primera” – oyó decir a su pareja, le sonrió con agradecimiento, pensó que por fin estaba de nuevo en casa, y que al fin y al cabo todo había sido un jodido mal sueño, pero entonces abrió los ojos para mirarla, y vio con preocupación que no conocía a aquella mujer que seguía cabalgando sobre él, que le hablaba con tanta naturalidad, y que parecía conocerle a las mil maravillas, la miró tan de seguido que ella supo que no la reconocía, se inclinó sobre él, lo besó en los labios, alargó la mano y apretó un botón en la pared, aparecieron dos tipos, uno de ellos le inyectó algo, y volvió a quedarse dormido, pero antes escuchó con nitidez como recriminaban a la tipa aquella, se suponía que él debería estar en la calle, como el resto de los indultados por Juscelino Kubitschek, después volvió a caer en un profundo sueño.

“¿A qué estamos?” – se preguntó inquieto, nada más despertar, miró a su alrededor, se fijó en las grises paredes metálicas que le rodeaban, estaban tan sucias que no tenían un color definido, pero parecía que alguna vez habían sido caquis, o marrones, intentó moverse, y comprobó con alegría que no estaba atado, claro que también comprobó que estaba en movimiento a pesar de estar completamente tumbado sobre el suelo, pensó por un momento en que podía ser un efecto secundario del inyectable, pero lo desechó cuando vio moverse la lámpara sobre su cabeza.

Duk se levantó como pudo, notó que estaba bastante débil, había adelgazado bastante, y la ropa que llevaba estaba tan sucia como el resto del barco en el que iba, supo que era un barco casi al instante de ponerse de pie, abrió la puerta del camarote, salió a cubierta y miró con alegría el mar, – ¿o era el Amazonas?, – Estaba tan metido en aquella pregunta que no oyó acercarse al tipo que tenía a su lado, lo miró de arriba abajo, era más bajo que él, delgado, barbudo, rubio, de ojos azules como el atlántico, intentó hablarle, pero tenía la garganta tan seca que no pudo, el marino le dio un tazón con sopa caliente, le sonrió y le hizo un gesto para tranquilizarlo. “Antes de hablar, mejor te aseas, no es por nada pero hueles que apestas” – le soltó a bocajarro el marino. – “Ven, sígueme”

Duk siguió al tipo aquél por medio barco, cuando entraron de nuevo vio que todo estaba demasiado limpio, demasiado blanco, aquella blancura le dañó los ojos por un momento, los cerró y abrió varias veces para aclimatarse a tanta luz de golpe, entró en un camarote inmaculado, comenzó a llorar casi al instante de sentir el chorro de agua caliente bajarle por la espalda, el marino se quedó junto a él, tranquilamente, esperando a que terminara, pero dejándole a su aire completamente. Salió de la ducha media hora después, se dirigió al lavabo, pilló una de las maquinillas de afeitar que el marino le había puesto sobre la mesa, y comenzó a quitarse aquella maraña que le llegaba por el pecho, cuando terminó se miró al espejo, y la imagen que vio le asustó, parecía que había envejecido cien años, tenía la piel agrietada, quemada por el sol, la delgadez le había marcado profundas arrugas en torno a los ojos, se quedó un buen rato mirándose, haciéndose a la idea de que aquél reflejo que le devolvía el espejo era la suya.

“¿Tanto ha cambiado?” – Le preguntó el marino desde atrás.

“¿Parece que tengo 39 años?” – Le respondió dándose la vuelta. Y supo por la expresión de aquél marino que no, que parecía que tenía sesenta, quizá setenta.

“¿En qué año estamos?” – preguntó con curiosidad.

“En 1958” – soltó el marino de golpe – “Diciembre de 1958”

“Ah, entonces no tengo 39 años, sino 42, joder, cómo pasa el tiempo” – maldijo.

Miró al marino, como esperando una explicación, lo único que recibió fue un itinerario, el barco iba rumbo a Málaga, España, si quería podía llegar hasta allí con ellos, se pagaría el pasaje trabajando en cuanto tuviera fuerzas, o si quería podía quedarse en uno de los puertos en los que harían escala, de todas formas tendría que trabajar. Duk miró al marino con aire jovial, le sonrió y le dijo que sin problemas, que siempre había trabajado para pagarse sus viajes y que el de vuelta a casa no sería menos, iban caminando por el barco mientras hablaban, cuando se quiso dar cuenta estaban ante el camarote de la enfermería, entró despreocupadamente, se sentó en la camilla, miró al marino, y supo que algo raro iba a pasar, no obstante no le dio tiempo a reaccionar, sólo sintió que el mundo se movía por entero, después cayó a plomo, con la conciencia totalmente perdida.

“Está demasiado débil, desnutrido, a este tipo hay que dejarlo en un hospital, en tierra, no creo que aguante el viaje” – fue lo primero que oyó, el médico y el marino charlaban tranquilamente junto a él, intentó levantarse de la camilla, pero fue imposible del todo, realmente estaba débil, pero por nada del mundo quería quedarse en tierra, intentó hablar, y volvió a desmayarse.

El cartel de una enfermera con un dedo en la boca fue lo primero que divisó, se maldijo por no haber podido aguantar sin desmayarse, miró de nuevo el cartel, no era como los que había en los hospitales españoles, la enfermera era negra, y el uniforme diferente, intentó incorporarse, pero alguien le sujetó, “aún estás demasiado débil, gallego”, joder, no lo podía creer, estaba en Cuba, se removió intranquilo en la cama, intentó mirar al médico que le atendía, y al hacerlo vio al marino junto a él.

“Nos quedamos en puerto una semana más, si te recuperas te vienes con nosotros, sino, te quedas en Cuba y sales por tus medios” – le largó el marino de nombre desconocido – “así que céntrate en recuperarte, y deja de intentar levantarte, tienes justo una semana para estar tumbado recibiendo mimos, después nos vamos porque tú te vienes chaval, en este país todo se está volviendo del revés”.

Cinco días después Duk no estaba del todo bien, pero se daba largos paseos por el jardín de aquél hospital cuya construcción le recordaba tanto a las que había visto en Cádiz, pasaba largas horas al sol y al aire libre, leía e intentaba recordar qué había pasado durante los dos años que tenía en blanco, su recuperación era lenta, pero no tanto como preveía esperar por el estado en el que había llegado al hospital. Sólo una cosa más le preocupaba, pagar la cuenta del hospital, de hecho últimamente le preguntaban muy a menudo si disponía de crédito suficiente para hacer frente a los gastos que estaba teniendo, el marino no había vuelto por el hospital, y de hecho comenzaba a pensar que no volvería a verle, supo que estaba equivocado el sexto día de estancia allí, llegó, pagó la factura, lo cogió por un brazo, lo llevó a parte le entregó ropa, y lo sacó del hospital como si le fuera la vida en ello, cuando llegaron a la calle, notó que algo ocurría, la gente estaba inquieta, sabía, porque estuvo en 1954 allí que los cubanos eran gente apacible, que desconocían la palabras ‘tener prisas’, intentó ver algo que le diera una pista, pero el marino conducía como todo el resto, como loco, camino del puerto, llegaron y embarcaron, y entonces supo que un tal Fidel Castro había comenzado la marcha hacia La Habana para derrocar a Fulgencio Batista, el único mulato que podía entrar en el Copacabana, ya que el resto de gente de color lo tenía expresamente prohibido.

Supo por el marino que todas sus cosas estaban empaquetadas en alguna parte de la bodega, no lo entendía, según sus recuerdos lo último que había pasado es que alguien le había disparado cuando intentaba escapar del poblado auca, y de allí lo habían llevado a una base militar brasileña, después no recordaba absolutamente nada más, sus cosas se habían quedado en el chambo yanomami, algo empezó a no cuadrarle en absoluto, y quiso saber de qué cosas hablaba el marinero, así que acabó bajando a la bodega del barco a buscar sus cosas, aquellas que por pura lógica deberían estar perdidas en algún punto de la selva amazónica.

Se quedó pasmado ante la gran cantidad de piezas de barro que componían su equipaje, no entendió que hacía tanto cacharro embalado con tantísimo mimo entre sus bártulos, él siempre había pensado que la mejor forma de viajar era ligero de equipaje, por lo que no entendía como se le había ocurrido acarrear tantísimas piezas de barro por la selva, si es que las había llevado por la selva. Desembaló completamente una de ellas, le echó un vistazo, y se quedó pensativo durante varios minutos. Le extrañó que el barro aún estuviera húmedo después de pasar una semana en el puerto de La Habana, sabía, porque se le había metido en el cuerpo, que la humedad del Amazonas era terrible, pero de ahí a que el barro aún permaneciera húmedo había un salto cualitativo importante, decidió llevarse aquella pieza al camarote para ver si al verla recordaba algo, y dicho y hecho, la dejó sobre la mesita de noche, bien afianzada para que el bamboleo del barco en alta mar no acabara con la existencia física de la pieza, le echó un último vistazo, y se marchó hacia la sala de máquinas, a ocupar su puesto de trabajo junto al marino al que le debía tanto.

Acabó su turno doce horas después, agotado volvió a su camarote, antes de entrar tocó el mamparo de separación del habitáculo que ocupaba, y lo notó demasiado caliente, no entendía a qué era debido, pero el agotamiento que tenía encima hizo que sus reflejos no estuvieran tan alertas como siempre, abrió la puerta para acceder al camarote, estaba deseando tumbarse y descansar, “ya me ducharé mañana” – pensó mientras entraba camisa en mano, se quedó paralizado en la puerta, el cacharro de barro tenía una extraña luminiscencia verde, de él manaba un calor tibio pero profundo, y entonces lo recordó todo de golpe.

Se despertó en la enfermería, intentó hablar y le fue imposible, algo le ocupaba la boca, se incorporó, miró al médico y supo que algo más había pasado, miró en su derredor y vio al marino tumbado junto a él en una improvisada camilla. El médico le sacó el tubo que le ocupaba la garganta, y después de un rato consiguió hablar.

“¿Él fue el que me encontró, verdad? – le preguntó al médico, aún sabiendo la respuesta.

“¿Usted que cree?” – le respondió el médico con un gesto de rabia – “¿Qué lleva usted en esos tarritos? Nadie ha sido capaz de acercarse a ellos, no he podido analizarlos, y sin un análisis concreto no podré saber como afecta estar en contacto con lo que sea que lleva en su interior” – le explicó.

“¿Le suena Machu Pichu?” – intentó explicarse Duk.

“Sí, claro, la ciudad inca sobre una montaña, la conozco, es todo un misterio cómo se construyó, cómo los incas pudieron mover aquellos bloques inmensos de piedra a aquella altura” – dijo algo molesto el médico – “¿Pero qué tiene que ver Machu Pichu con lo que nos traemos entre manos?”

“Todo” – respondió Duk con una amplia sonrisa en el rostro – “He descubierto cómo se construyó, y tengo la sustancia que usaron los incas para convertir el barro en piedra, o la piedra en barro, como quiera, el transporte del barro es bien simple, por la montaña que usted quiera. Será el descubrimiento del siglo tras la penicilina.”

El médico miró al esquelético Duk con una mirada de incredulidad – “Vamos túmbese de nuevo, aún delira” – Le comentó intentando que volviera a la camilla.

"¿Hay algún tipo de piedra en el buque?. Se lo demostraré" – Insistió Duk

El médico lo miró intrigado por una parte, y bastante cabreado por otra, pero pensó que dejándole hacer su demostración quizá se calmaría y lo dejaría tratarlo de una vez. Pocas veces se había topado con un enfermo tan poco paciente.

"Vale, yo le doy piedra y usted lo transforma en barro. ¿Es eso lo que quiere demostrarme?" – Preguntó buscando un ápice de paciencia en lo más profundo de su alma – "Pero haremos su experimento con una condición, salga lo que salga, se comportará usted como dios manda y me dejará tratarlo, sin poner impedimentos de ningún tipo, está aún demasiado débil para andar haciendo pruebas con dios sabe qué sustancias. ¿Hecho?" – Apostilló.

“Hecho” – Aceptó Duk con alegría.

Mientras media tripulación se concentraba en cubierta para ver como aquél loco, que el marino había recogido de una calle de Manaos, "transformaba" un bloque de granito en barro, Duk bajó a la bodega a por una espátula metálica y un bloque de plomo que debía ponerse en el pecho como parapeto. Cuando subió, su ego se amplió de tal forma que parecía que iba a explotar de alegría.

"Señores, van a ver algo que el hombre no ve desde hace siglos, la transformación de un bloque de piedra en simple barro" – dijo dirigiéndose de forma cómica a los congregados para acto seguido tomar un poco de aquél mejunje verde con la espátula y extenderlo sobre la piedra, se dedicó durante un buen rato a extender el producto verde sobre el bloque de granito, tras media hora, se alejó, le echó un vistazo y se apartó, se sentó sobre los talones de los pies, las rodillas en tierra, y esperó pacientemente.

Los congregados esperaron casi durante una hora a que el producto hiciera su efecto, tras el cual el capitán dio por terminada el experimento, se fue a su camarote y abrió el libro de bitácora.

Duk tenía la boca abierta, no entendía porqué el mejunje hecho con la mezcla de varias plantas amazónicas no surtía efecto, se le desencajó el rostro, pensó en los dos años que había tardado en conseguir la fórmula de aquellos indios desconfiados, pensó en el hambre que había pasado, en las largas marchas por la selva, descalzo, con un taparrabos como única vestimenta, las lágrimas le asomaron a los ojos, “tanto pasado para nada” – comenzó a musitar cada vez en voz más alta y amargada. En un momento dado y sin que el médico pudiera hacer nada, se levantó, fue a la bodega, hizo un ato con todos los cacharros de barro, lo subió a la cubierta, y se deshizo de todo tirándolo por la borda, acto seguido tiró el resto de los instrumentos que le habían servido para protegerse de la luminiscencia verde que manaba de la mezcla de yerbas y se entregó a los cuidados del médico.

El capitán le visitó dos días después en la enfermería, el marino seguía mal, pero se iba recuperando, hablaron sobre los tres años que había pasado en plena selva amazónica, con sueños cada vez más locos, se acostumbró a charlar con el capitán mientras el marino se iba recuperando, el bloque de piedra seguía sobre la cubierta, con el mejunje sobre él, un mejunje viscoso que nadie se atrevía a tocar, entre ambos pensaron en mil maneras de deshacerse de aquello sin tener que tocarlo, pero el peso del bloque de granito y las consecuencias que podía tener tocar el mejunje para la salud de quien se acercara demasiado, hizo que descartaran todos y cada uno de los métodos que se les iban ocurriendo.

La noche estaba endiabladamente jodida, les había pillado una tormenta entre las Canarias y la península, el barco se movía de tal forma que los platos y copas peligraban sobre la mesa del comedor de oficiales, el mayordomo del capitán daba de vez en cuando pequeños grititos, hecho este que hacía sonreír a los allí congregados, el marino se había recuperado completamente, y lo estaban celebrando, cuando entró el segundo de abordo con la cara descompuesta.

"Señor, tiene que ver lo que está ocurriendo en cubierta" – fue lo único que se atrevió a decir mientras miraba a Duk.


el mejunje parece hacer efecto...



Todos subieron a ver qué era aquello que tanto turbaba la tranquilidad del segundo de abordo, y vieron como el bloque de granito se iba deshaciendo poco a poco, licuándose, volviéndose una especie de barro blanco con algunas partículas oscuras, un golpe de mar lo arrastró de un lado para otro, y antes de que nadie pudiera decir nada, desapareció por uno de los costados de la embarcación.

Duk recordó entonces qué era aquello que últimamente le rondaba la cabeza, algo que faltaba en el proceso de ‘despetrificación’, como el llamaba a convertir la piedra en barro, era algo tan simple como agua, no importaba como fuera el agua, solo y exclusivamente agua, sonrió, y pensó que la penicilina también se había descubierto por casualidad, luego se dio media vuelta y volvió al comedor de oficiales, para seguir con la celebración. Nadie se atrevió a pronunciar una sola palabra hasta que el capitán habló.

"Tengo dos cuadernos de bitácora, uno oficial, otro personal. ¿Dónde quiera que ponga lo que acabamos de vivir?" – Le preguntó a un Duk excesivamente tranquilo.

"En el oficial no, sólo serviría para que la selva se llenara más aún de desalmados con ganas de hacer negocio a costa de hacer lo que fuera" – contestó con tranquilidad Duk, llenándose la copa de vino.

"De acuerdo, se hará como guste, sólo pediré a los presentes que nadie cuente lo que ha visto, sino no tendría sentido hacer una anotación en uno u otro libro. Cambiaremos la tripulación casi al completo en los diferentes puertos por donde pasemos en la próxima travesía. Así no podrá haber corroboraciones" – sentenció el capitán, dando por concluida la conversación.

Tres semanas después Duk desembarcó en el puerto de Málaga, se despidió de todo el mundo, y se internó en la ciudad camino de la catedral, pensando en coger un taxi que lo llevara a su casa, notó que la ciudad había cambiado en algo, pero no supo ver en qué. Quizá por eso seis meses después volvió a marcharse, esta vez camino de Taití, pero esa es otra historia…

"Bueno, esto es parte del Libro de Bitácora personal de un viejo marino, como te prometí te leería algo, ahora quiero que te relajes, te duermas y mañana veremos si vamos a La Cala o a Cantarriján, vamos Sara, compórtate" – dijo Ana cerrando el libro que pocos días antes había adquirido como curiosidad. Salió del cuarto, lo depositó sobre la encimera del cuarto de pinturas, encendió el portátil y abrió el Messenger, vio que Karl no estaba conectado, “probablemente esté escribiendo” – pensó. Entró en el trivial en línea en el cual solía entrar a divertirse, y se quedó pasmada al leer una pregunta.



Invitado_Trivial_Bot : 92. Nombre completo del redescubridor del ‘proceso de despetrificación’ que en 1958 tiró su descubrimiento por la borda, dejándonos sin sus beneficios…

           Invitado_Trivial_Bot: Aquí tenéis una pista: Duk...


Machu Pichu      Un detalle de Machu Pichu      Una imagen distinta de Machu Pichu


¿FIN?




© Karl H

Hecha: 21/11/2005
Actualizada: 23/12/2005

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