"La otra dimensión"

En algún Lugar 20 de diciembre de 2004, 17:44


Estaba en algún punto entre las estaciones de Atocha y Chamartín, de nuevo tuvo la sensación de que alguien le seguía, se detuvo, soltó la maleta, se giró en redondo, buscando los ojos que había sentido, poco antes, fijos, en su nuca. Tenía un cuarto de hora justo para llegar a la estación, subir al tren y llamarle, continuó su marcha con paso decidido, se fijó en lo cambiada que estaba Madrid, por fin entró en la estación, se dirigió hacia la taquilla para comprar su billete; diez minutos después se sentó, le telefoneó, habló con él durante escasos dos minutos, le dijo que estaba bien, se acomodó en el asiento, y cerró los ojos.

Una hora después se preparó para bajarse en la estación de destino, notó de nuevo aquellos ojos mirándola, se despreocupó al ver a un vejete mirarla de arriba abajo, desnudándola con los ojos, le sonrió, sujetó la maleta y se dirigió a la plataforma del tren para bajar.

El tren se detuvo, me cercioré de que no había nadie fuera, esperándola, ella bajó, yo la seguí, tropecé con una señora al hacerlo, solo la perdí un segundo de vista, pero cuando la busqué con la mirada ya no estaba, había desaparecido completamente, la estación estaba llena de gente, así que subí de nuevo a la plataforma del tren para buscarla desde un punto elevado, llamé a mi compañero, que me dijo que la había visto dirigirse a la salida pero que también la había perdido. Hicimos detener el tren, el otro equipo lo registró hasta el último rincón, allí no estaba, tampoco había salido de la estación, hicimos dos rastreos, incluso con perros, y siempre se detenían en el mismo espacio, en el mismo punto como si hubiera desaparecido de golpe, pasando a otra dimensión, nadie entendía como una mujer tan despistada había sido capaz de despistar a veinte hombres preparados para seguirla sin ser vistos, nadie entendía como los había sabido localizar, cómo de hecho había desaparecido, estuvimos quince días vigilando la estación, echamos mano de las grabaciones de seguridad de la estación, nada, ni una sola imagen de ella, absolutamente nada, de hecho probamos en otras estaciones, por si había conseguido despistarnos y subir de nuevo al tren. A día de hoy nadie sabe como desapareció una mujer que no pasaba desapercibida para nadie, los hombres la miraban con deseo, las mujeres con envidia, y nosotros con extrañeza. En fin, me obsesioné tanto con aquél caso que mi jefe acabó obligándome a coger vacaciones.

Hoy la vi, joder, no me lo podía creer, cojo de casualidad un tren, y la veo allí, sentada, con la misma maleta, la misma ropa, y con cara de ausencia total, aproveché que solo ocupaba uno de los cuatro asientos, y me senté frente a ella, me miró durante un instante y al hacerlo vi que el color de sus ojos había cambiado eran de un verde mediterráneo en un día claro, pensé en el día de su desaparición, los tenía demasiado rojos, tanto que no parecían unos ojos de mujer, sino más bien de una bestia sanguinaria.

Le sonrió, lo recordó perfectamente, era uno de aquellos hombres que la habían seguido cuatro días atrás, la miraba con curiosidad, como no creyendo que fuera la misma persona, sacó un Lark del bolso, lo encendió, y comenzó a fumar tranquilamente. “Disculpe señorita, no se puede fumar en trayectos de menos de siete horas”, le dijo el revisor, solicitándole un billete que no tenía, ella lo miró un momento a los ojos, le sonrió y pensó que estaría bien que aquél tipo se perdiera por un par de horas, “no estoy”, murmuró expeliendo el humo, el revisor se marchó, siguió revisando los billetes del resto de pasajeros, y cuando volvió a pasar por allí camino de la cabina de la locomotora vio un asiento vacío en donde se encontraba ella, pero aún así sintió como los pelillos de la espalda se erizaban.

“¿Cómo lo hizo?” – se atrevió por fin a preguntar Mario.

“Tengo un amigo que me enseñó a pasar desapercibida, a no ser vista cuando no me apetece, o a dejar de ser vista, simplemente lo deseé, y ustedes dejaron de verme.” – aclaró Julia con una sonrisa.

“Sí, ya, ¿pero cómo?” – Preguntó molesto Mario – “¿no pensará que me voy a creer que por su voluntad usted dejó de ser vista incluso por las cámaras de seguridad de la estación?”

“Así es” – intentó cortar Julia la conversación – “No quiera saber más, le podría costar muy caro obtener cierto conocimiento, como me costó a mi en su día, entiéndame, es un consejo, no una amenaza”

Julia encendió un nuevo pitillo, miró a aquél tipo que la persiguiera cuatro días atrás, parecía que por él habían pasado veinte años, en vez de los pocos días que hacía que no le veía y no se dejaba ver. Recordó como se lo había cruzado en tantas otras ocasiones, lo miró directamente a los ojos, se le veía impaciente por conocer su secreto, sopesó la posibilidad de que pudiera o no convencerlo para que se olvidara de todo, pero un gesto de su mentón le dio pie a comenzar a hablarle sobre su amigo. Le contó cómo lo había conocido, y cómo se había ido enamorando poco a poco de él, de sus sorpresas de su forma de hablar, de sus profundos ojos verdes, y cómo quiso no pasar ni un solo segundo lejos de él, a medida que le iba contando la historia vio como el tipo aquél iba sonriendo, al fin y al cabo solo parecía una historia más de amor entre un hombre y una mujer, y entonces se detuvo, escogió las palabras adecuadas, miró con curiosidad al detective, sabía que por mucho que lo intentara, no conseguiría convencerlo de que no quisiera saber la verdad, pero aún así lo intentó. “Por favor, no me deje continuar, lo que le diga a partir de ahora podría costarle la vida, no ya la salud, sino la vida”

“Continúe, por favor, no temo a nada” – consiguió articular Mario, mientras sonaba el estribillo de ‘cruz de navajas’ de Mecano por la megafonía del tren.

Julia lo miró con algo de tristeza en los ojos, y entonces lo soltó todo, pero lo hizo de una forma misteriosa: “Solo tiene que pensar en un lugar a donde le encantaría ir, y desear desaparecer con toda la intensidad de su corazón”, dicho lo cual, intentó quedarse dormida, mientras escuchaba la conversación que mantenían dos chicas unos asientos más allá… “Me suena mucho esta canción, ¿sabes el nombre?” – Preguntaba la primera – “Sí, es Sin Documentos, de Los Rodríguez” – le contestaba la amiga. Julia, cerró los ojos, se abandonó y comenzó a ver aquellos ojos verde profundo que tanto le atraían, sintió el sol cálido de enero a pesar de estar en diciembre, sonrió y se durmió.

Algo la hizo despertarse, era la megafonía del tren, ‘proxima parada Ávila’ decía una y otra vez, sujetó su maleta, miró al asiento que se suponía había ocupado el tipo aquél de su sueño, se acercó a la plataforma, miró hacia fuera buscando a su hermana y los enanos, pero antes de que pudiera bajarse del tren, alguien la sujetó por la cintura, la atrajo hacia sí, y le gruñó con suavidad al oído, recordó que no viajaba sola, se giró, miró los profundos ojos verdes de él, y después de decirle que se verían en “Las Moradas” se apeó y se perdió entre sus paisanos abulenses, le encantaba volver a casa por Navidad, la sensación era única, y aquella Navidad no volvía sola, se giró para mirarle una vez más, y no le vio, como era costumbre en él, había desaparecido por un rato, pero aparecería después, para perderse con ella, como hacían siempre.

Alguien tiró un periódico de Madrid en una papelera, en una esquina de la portada bajo la fotografía de un cuerpo tumbado en el suelo se podía leer: “Madrid: Dos drogadictos en plena ansiedad atracan y matan a Mario Postigo…”



© Karl H

Hecha: 15/12/2005
Actualizada: 16/12/2005

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