"Katubellar, el gato sin botas"

En algún Lugar, 29 de noviembre de 2005 y 30 de septiembre de 2006


Pepito caminaba lentamente por el borde de la acera, iba, como otros días, camino de la escuela, sin ganas, con algo de frío, y con el pensamiento puesto en la playa que acababa de dejar pocos días antes, iba pensando en lo bueno que sería haber nacido gorrión, perro o gato, cuándo escucho una voz que le decía ¿de verdad te gustaría ser gato por un día?

Miró en dirección a la voz, y allí plantado sobre sus almohadillas traseras vio un enorme gato negro, iba a continuar su camino, ya que como todos sabemos los gatos no hablan, y claro, quién iba a prestarle atención a aquél flacucho animal, cuándo oyó de nuevo la voz, esta vez el gato no solo le hablaba, sino que lo miraba fijamente con sus ojitos verde bribón...

“¿No sabías que algunos gatos hablamos? jajaja, marramiau” - Escuchó la risa del gato que lo miraba ahora con una enorme sonrisa

Pepito pensó en la oportunidad que se abría ante él, y no lo dudó, me encantaría ser gato, dijo en voz alta, y si alguien hubiera pasado por allí habría visto algo que os contaré a continuación...

“Dentro de lo que cabe ser gato es bastante bueno” - escuchó Pepito de nuevo en su cabeza – “Claro que no siempre, corre, el perro del barrio viene hacia nosotros, corre” - oyó gritar al gato negro

Pepito sonrió, su madre le había dicho que no corriera jamás si un perro le atacaba, ya que lo consideraría una presa fácil, se giró para mirar al chucho al que tantas otras veces había atado latas al rabo, intentó plantarle cara, y entonces la ropa y la mochila cayeron al suelo… ¡Era un gato!

El pelo se le erizó en la espalda, en vez de hablar lanzó un maullido de espanto, y corrió en pos del gato negro, sin saber a ciencia cierta hacia qué lugar se había dirigido, corrió con todas sus fuerzas y cuándo pensó que ya el chucho lo tenía entre los dientes vio una verja de barrotes delgados, se coló por allí, y se dedicó a sacar la lengua al chucho.

Cuándo se cansó de hacerle burlas al enorme y tonto San Bernardo de la señora Maruja, de la que también se reía casi todos los días, decidió explorar el lugar en el que se había colado. Dio media vuelta muy decidido, y entonces el mundo se le vino encima, a un lado estaba el chucho, al otro un señor uniformado con gorra, lo conocía bastante bien, era el guarda del Alcázar de su ciudad, Córdoba, un lugar lleno de piedras viejas, plantas y fuentes, aburrido como sólo podían ser los lugares a donde le llevaban de excursión en el cole, intentó dar la vuelta, pero el tipo aquél se lo impidió, lo sujetó por el pelo de la nuca y lo llevó con él en contra de su voluntad, por un rato temió por su existencia gatuna, sonrió cuándo vio al gato negro, y escuchó de nuevo su voz tranquilizadora.

“Tranquilo, ¡¡Katubellar al rescate!!” – le oyó carcajear mientras hacia tropezar al guarda metiéndose entre sus pies, y claro, en dos segundos estuvo libre de nuevo, corriendo tras su nuevo y divertido amigo.

“Me llamo Pepito” – consiguió decir minutos después a la sombra de un enorme sauce llorón – “¿Qué haremos hoy?”

“Te enseñaré el mundo gatuno, jugaremos, nos divertiremos, dormiremos al sol en algún tibio tejado, y robaremos comida en algún lugar insospechado sino encontramos nada en los cubos de basura de cierto restaurante muy especial” – comentó jocoso Katubellar.

A Pepito aquello de buscar comida entre los restos de la basura le pareció asqueroso, poco limpio, y por primera vez entendió aquello que le decía su madre de que debía comer toda la comida que le ponía porque otros no podían hacerlo, no obstante Katubellar comenzó a brincar a un lado y otro tras una enorme mariposa, y se olvidó pronto, imitó a su amigo, persiguió a la mariposa por los jardines del alcázar de los reyes cristianos, que era el lugar en el que se encontraban, estuvo brincando hasta que se cansó, y entonces decidió dedicarse a mirar a los extranjeros, que cámara en mano lo fotografiaban todo mientras atendían la explicación del guía turístico de turno. Pepito no podía entender nada de lo que decían, a pesar de haber estudiado inglés el curso anterior, no había prestado demasiada atención y sólo sabía decir “I am Pepito”

Pepito se encaramó a un árbol mientras Katubellar echaba una siesta, poco después de haberlo hecho pensó que siempre le habían dado miedo las alturas, pensó en llamar a Katubellar, y cuándo intentó pensar en gritar un leve maullido salió de su garganta gatuna. Sin quererlo estaba en una aprieto, se dio la vuelta, puso el rabo en dirección al suelo, y se sujetó con las manos de la rama a la que se había encaramado, las uñas se le clavaron en la corteza por puro miedo a caer desde aquella altura, volvió a maullar, intentaba pensar en voz alta, pero nada conseguía, sólo aquellos maulidos de espanto.

Katubellar abrió los ojos, miró en dirección a dónde Pepito parecía estar en un grave aprieto, rió con fuerza, y le dijo a su nuevo amigo.

"¿Hay miedo eh?"

La sorna con la que oía Pepito a Katubellar le ponía histérico en vez de ayudarle, vió como se levantaba, se movía hacia el sol y volvía a echarse la siesta, por un momento odió a aquél gato, y sin saber cómo quiso volverse para afearle su conducta, se soltó de la rama y cayó junto a Katubellar, de pie, sobre las cuatro patas.


"Eso no se le hace a un amigo" - protestó indignado Pepito mientras en la cara de Katubellar aparecía una amplia sonrisa gatuna. "¿Te has soltado, no?" - le respondió después de un rato - "Pues es lo que importa, que aprendas que no todo te será dado, si no que tienes que aprender algunos trucos, ¿cómo te burlarás del tonto perro del barrio si temes subirte a un árbol, Pepito?"

"Anda, tienes razón, desde hoy no temeré subirme a los árboles, gracias por tu enseñanza amigo" - confió Pepito en Katubellar.

"Te enseñaré otra cosa, a conseguir comida gratis, mucho mejor que la del basurero, comida casera, calentita, del plato de otro bobo perrito de la ciudad, marramiaú" - sonrió Katubellar.


Pepito y Katubellar se dirigieron hacia el puente de San Rafael, cerca de allí vivía un señor que tenía un perrito faldero, de esos de agua que tienen muy malas pulgas, gruñen y ladran mucho, pero nunca muerden porque se les van las fuerzas en el ladrido, Katubellar asomó la cabeza por la puerta de la casa, vio al malhumorado perrito jugando con un gatito de trapo, y aunque lo mordía con fiereza no le dijo nada al respecto a Pepito, si no que con mucho sigilo entró en la casa, se subió al aparador, y desde aquella altura preguntó a Hut.

"¿No te gustaría jugar con un gato de verdad, chucho andrajoso?"

"Guau, guau, guau, guauuuuuuuuuuuuuuuu" - comenzó a ladrar primero y a ahullar después Hut con todas sus fuerzas a la vez que saltaba para agarrar la cola que Katubellar le ponía unas veces cerca y otras lejos del hocico.

Hut odiaba a Katubellar, en dos ocasiones se había metido entre las piernas de su amo y le había hecho caer, y todo para quitarle la comida, intentaba con todas su fuerzas atrapar a aquél descarado gato, pero pronto comenzó a cansarse con tanto salto, no obstante no cejó en el empeño de atraparlo cuándo Katubellar saltó del aparador a una silla y de esta a la mesa camilla que había cerca.

"Te daré un gato de verdad para que puedas entretenerte si me permites llevarme tu comida" - le ofreció Katubellar.

Hut miró con desconfianza a Katubellar, no se fiaba lo más mínimo de él, le conociá desde hacía casi cuatro años, y jamás tuvo un buen gesto hacia el resto de los animales, era demasiado egoísta e iba a lo suyo, pero bien pensado, igual esas características eran las necesarias para que le entregara al gato que había visto asomarse por la puerta mientras intentaba agarrarlo.

"Ummm" - pensó un momento, para acto seguido aceptar la propuesta de Katubellar - "De acuerdo, me quedaré con tu amigo con una condición"

"¿Cuál?" - preguntó Katubellar con una sonrisa en la boca.

"Que tu amigo esté conforme" - ladró Hut con inteligencia.

"Lo estará, no te preocupes" - contestó Katubellar muy seguro de si mismo - "Pepito, ven hoy comeremos caliente" - pensó acto seguido.

Pepio miró en dirección a dónde se encontraba su amigo con el perro hecho una furia a sus pies.

"¿Cómo acercarse a semejante chucho sin arriesgar el pellejo?" - se preguntó.

"Vamos, ven, yo no te engañaría, ¿no pensarás que te voy a usar para entretener a este tonto perro mientras le robo la comida, verdad?" - Escuchó de nuevo la voz de Katubellar en su cabeza,

Pepito no se había planteado aquella cuestión, pero gracias a la pregunta de Katubellar lo hizo, ¿y si le usaba de entretenimiento para robar la comida? pensó que podía ser una posible solución al estado en el que se encontraba sobre la mesa, y pensó que ante tal situación cabían dos posibles soluciones, una dejarse atrapar por el perro, confiando en Katubellar, la otra atraer al perro hacia la puerta para que Katubellar pudiera escaparse, ninguna de las dos soluciones le gustaban lo más mínimo, al fin y al cabo tendría aquellos dientes demasiado cerca, estaba pensando en aquela cuestión cuándo vio al señor Marcial acercarse a la puerta de la casa llave en mano, el señor Marcial era amigo de su abuelo, un señor simpático que le explicaba muchas cosas cada vez que visitaba a su abuelo y los tres salían a la sierra, entendió que tenía que tomar una decisión, meterse entre los pies del señor Marcial para hacerle caer y que el perro se acercara a ayudarlo, o bien dejar a Katubellar en aquella situación, al fin y al cabo él se lo había buscado. Aprovechó que el señor Marcial se agachaba a acariciarlo para meterse entre sus pies y hacerle caer, aquella acción fue más un reflejo que algo hecho a posta, incluso estiró las patas para sujetarlo cuándo comenzó a caer, vio por el rabillo del ojo a Hut acercarse a toda velocidad con los afilados dientes fuera, parecía estar rabioso, así que comenzó a correr en dirección a la Mezquita.

Poco tiempo después apareció Katubellar con un trozo enorme de salchicha, se reunieron y dieron buena cuenta de aquél manjar, después corrieron entre los pies de los turistas que cámara en mano lo fotografiaban todo, para acto seguido salir hacia la calle, y tumbarse en una elevaión de la misma en donde unos chicos mayores comían tortilla y bebían cerveza, reconoció el bar y estuvo a punto de ir a pedir una tapa cuándo una chica lo sujetó con una mano y comenzó a acariciarlo con la otra, su cara le resultaba conocida, pero no sabía de qué, un chico se acercó con un plato sopero de plástico lleno de agua, y por fin pudo beber, no lo hacía desde el desayuno

"¿Desayuno?, ¡qué palabra tan rara!" - se oyó decir.

Katubellar apareció poco después, le había perdido la pista unos minutos antes, juntos entraron en el barrio judio, fueron a parar a unos contenedores que creía recordar, pero no sabía de cuándo ni dónde, arañó a otro gato para hacerse hueco, y junto con Katubellar comenzaron a comer aquella exquisita comida, poco antes de anochecer se dirigieron de nuevo al Alcázar para dormir.

Oyó unos pasos furtivos, abrió un ojo justo en el momento en que alguien le cogía por el pelo del cuello e iba a parar con otros gatos al fondo de un saco, pensó que quizá fueran las personas que se dedicaban a retirar a los animales perdidos o abandonados de la calle y a darles una casa de acogida, pero lo que oyó le hizo reaccionar como al resto de los gatos, poniéndosele los pelos de la espalda de punta, todos erizados maullaron casi al unísono con voz lastimera. Aquellos desaprensivos pensaban anudar el saco y tirarlo al Guadalquivir desde un puente, intentó arañar el saco con toda sus fuerzas, pero nada conseguía por los nervios que tenía. Su cuerpo chocó poco después contra el metal del suelo de un coche.

Sintió que el agua fría del Guadalquivir poco después, se iba filtrando por el pesado saco, sus hermanos gatos maullaban lastimosamente, entonces recordó quién era aquella muchacha que le había acariciado,la había visto unos días antes en la estación del tren, con su maleta, mientras él iba, junto con ¿su padre? a esperar a ¿su madre?. Pensó que quizá era mejor morir, aunque temió hacerlo ya que su vida no había sido todo lo buena que hubiera querido, aún sentía haber dejado caer al señor Marcial, pensó que si pudiera dar marcha atrás para evitarlo, lo evitaría, y sin saber cómo se encontró delante de un gato negro de cara granuja y golfa, oyó unos ladridos miró a su derecha y vió al perro de la señora Maruja dirigirse hacia el gato, no lo pensó, sacó el bocadillo de su desayuno y se puso en medio para evitar que el enorme perro atrapara a aquél gato del que tenía un leve recuerdo, le dio de comer de la mano y lo acarició, mientras que por el rabillo del ojo vio como unos laceros atrapaban al gato. Sonrió feliz, era su primer día de colegio, y decidió que aprovecharía cada día como nunca antes los había aprovechado.

¿Continuará…?

© Karl H

Hecha: 15/12/2005
Actualizada: 16/12/2005
Última actualización: 05/10/2006

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