Jueves, 24 de mayo de 2001
Avalancha de biografías sobre una leyenda tan hosca

como genial

CARLOS FRESNEDA. Corresponsal

NUEVA YORK.- Bob Dylan ha decidido escapar a la

barahúnda de su 60 cumpleaños y volver a interpretar

su eterno papel de ídolo huraño y esquivo. «No tiene

ninguna intención de aparecer en público», ha

despachado secamente su portavoz, Elliot Mintz. No fue

nunca muy dado al compadreo, y se cuenta la anécdota

de hace cuatro años, convaleciente en el hospital con

una grave afección cardiaca, cuando recibió un

telegrama de aliento de su ex batería Winston Watson.

«¿Sabes?», le confesó Dylan a Watson, «Ningún otro

músico de los que ha tocado conmigo en estos 40 años

se ha interesado por mi estado de salud». Llegado el

caso, muchos de ellos tampoco se habrían dignado a

aparecer en el entierro... La historia la narra Howard

Sounes en la última y polémica biografía de Dylan,

Down the highway, uno de los ocho libros recién

publicados que intentan destripar el enigma del

cantante sexagenario.

A Dylan, por lo visto, no le ha gustado nada el libro,

trufado de secretos de familia, como el de su

matrimonio y su hijo en los años 80. Sounes, que se

entrevistó con 250 amigos, ex amigos y enemigos del

cantante, ha dibujado un retrato bastante sombrío:

hosco, insociable, desconfiado, obsesivo, prisionero

de sí mismo. Howard Sounes explora, como nadie lo

había hecho antes, el lado humano -o inhumano- de Bob

Dylan. El accidente en moto de 1966, en su opinión,

dejó una imborrable cicatriz en el alma del cantante:

su laconismo y su introspección dieron paso a un

sentido amargo de la vida, redimido algunos años más

tarde con su renovada fe en el cristianismo.

 

Pese al recelo del protagonista, Down the highway

figura ya entre las mejores biografías «no

autorizadas» de Bob Dylan, compartiendo honores con

otro libro imprescindible que se reedita estos días:

Behind the shades, de Clinton Heylin. Este último es

un viaje mucho más musical, con capítulos que indagan

en sus fuentes folk de la adolescencia y en su

meteórico ascenso entre 1961 y 1967. Del éxito

prematuro e imberbe a su retiro espiritual en

Woodstock, Behind the shades indaga también en las

sucesivas resurrecciones de Dylan: con The Band en los

años 70, como predicador en los 80 y como infatigable

trovador en los 90 gracias a ese disco con ribetes

mágicos (Time out of mind). Otro libro reciente,

Razor's edge, de Andrew Muir, es un recorrido por

todas las actuaciones de Dylan en los últimos 20 años.

Positively 4th street, de David Hadju, sitúa a Dylan

en su contexto y narra el nacimiento del folk rock.

Para nostálgicos, nada mejor que Early Dylan: galería

de fotos en blanco y negro con inconfundible sabor

años 60.

 

 

 

 


La Vanguardia
La leyenda de <Bob> <Dylan> crece imparable en su 60 aniversario

ESTEBAN LINÉS

Barcelona

<Bob> <Dylan> cumple 60 años convertido en mito y

leyenda. El aniversario ha servido para ensalzar la

figura artística y la claroscura personalidad del ya

considerado sin discusión gran poeta del rock. A estas

alturas nadie duda de su condición de genio, de

portaestandarte generacional, de revulsivo musical y

de letrista innovador.

 

Todo eso pasó hace muchos años en la vida de Robert

Zimermann. Un judío de Minnesota, afincado en la Nueva

York inquieta de los años sesenta y ensalzado a los

altares musicales cuando decidió cambiar la guitarra

acústica por los sonidos eléctricos. Posiblemente sólo

Elvis Presley y los Beatles se encuentran a una altura

similar en cuanto a trascendencia popular y

sociológica, dimensión que se amplifica al tratarse de

un artista vivo, en activo y con incuestionable peso

cultural. A <Bob> <Dylan> se le ha biografiado y

escanerizado por pasiva y perifrástica y parece haber

unanimidad en el trazo de los rasgos de su currículo:

cantautor que abrevó en Woody Guthrie y Hank Williams,

ortodoxo cantante de protesta ("Blowin' in the wind",

"Masters of war"), incómodo cantante protesta

("Subterranean homesick blues"), introductor de la

psicodelia y del surrealismo en la poesía rockera,

saboteador de las convenciones folk cuando introdujo

la electricidad en su horizonte artístico (Newport,

1965), inmenso e introspectivo literato a partir de su

disco "Blonde on blonde".

 

La de Dylan es la carrera de la desproporción. Porque

de la misma manera que lo más restellante de su

patrimonio musical se clausuró prácticamente a

mediados de los años 70, su fama y leyenda ha ido

aumentando en progresión geométrica. Es más, la

amplificada rumorología sobre su probable candidatura

al premio Nobel de Literatura adquiere las mayores

proporciones de diez años para acá, es decir, en un

periodo caracterizado por un desolador ímpetu

creativo.

 

Anteayer, el perspicaz crítico musical de "The Times",

David Sinclair, reflexionaba sobre las paradojas que

sustentan la carrera del último Dylan: "Me maravilla

cómo es posible que Dylan no se preocupe de ensayar

con sus músicos cuando hace un directo. ¿Cómo es

posible afirmar honradamente que tiene una voz apta

para cantar?, ¿cómo es que no ha escrito más de media

docena de canciones medianamente presentables desde

1975? y ¿cómo es posible que alguien que se ha

dedicado desde hace 40 años a ser músico profesional

siga siendo tan mal instrumentista?". La respuesta no

está en el viento pero sí en la condición del genio.

 

Desde que en 1975 publicó aquel asombroso "Blood on

the tracks" -como todas sus obras icónicas, una pieza

adelantada a su tiempo y además tierna y asequible

como pocas-, la carrera discográfica, su producción

tangible, ha ido decreciendo progresivamente. Fue un

periodo convulso en donde su vis pública -giras,

conversiones religiosas, fanfarria mediática-

sustituyó al arte con mayúsculas.

 

La peligrosa tendencia del cantante finalizaría hace

cuatro años aproximadamente con la publicación de "Out

of the time", ejemplo de su tercera madurez

compositiva y, también, prueba tardía pero irrefutable

de cómo a una edad casi provecta Dylan por fin

descubrió que cantar y cuidar, mimar, su música no era

tarea despreciable.

 

Fiel a su secretismo e indiferencia, al bardo parece

que la efeméride no parece preocuparle. Ningún acto

conmemorativo, apenas la edición de un par de discos

como homenaje. En el lapso del último año, la obra
dylaniana se ha circunscrito a la publicación de "The
essential <Bob> <Dylan>"; a la versión por él firmada
de "Return to me", un clásico de Dean Martin que
aparece en la banda sonora de la serie "The sopranos",
y "The times have changed", el tema incluido en el

filme "The wonder boys" y que se hizo con una
estatuilla en los últimos Oscar.

<Bob> <Dylan> nunca ha sido gran vendedor
discográfico. Su último disco publicado en España,
"Best of <Bob> <Dylan, vol. 1", lleva tabuladas 11.000
copias, y de su espléndido "Out of the time" (1997),
la cifra sube a unas irrisorias 28.000 copias. Paulina
Rubio, Chayanne, Sabina, OBK o King Africa le
adelantan por derecha e izquierda.


 La Vanguardia, 24-5-2001

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