Jueves, 24 de mayo de 2001

 

 

DYLAN, UN «ABUELO» EN PIE DE GUERRA

El cantautor urbano por excelencia cumple hoy 60 años, y lo

celebra con diversas recopilaciones de sus temas más

emblemáticos y una nueva gira europea

 

FRANCISCO CHACON

 

CUMPLEAÑOS EN LA CUMBRE. Le quedan todavía muchas batallas por

librar. Su palabra, su voz y su guitarra han marcado a diversas

generaciones, especialmente a aquella que creyó en la utopía. Y

hoy, cuando Bob Dylan se convierte en un mito sexagenario, desde

las figuras más imprescindibles del rock hasta los nombres que

se afanan en renovar su lenguaje (léase Beck) realizan

imaginarias reverencias ante su legado. Discos, libros y

conciertos conmemoran un acontecimiento que, para muchos, es un

síntoma de la madurez de la música pop y, para otros, el espejo

de su estandarización definitiva. Quien crea que Dylan quizá no

esté en plena forma a estas alturas ya puede despejar sus dudas.

 

 MADRID.- Aquel pálido joven que dejó atrás la América profunda

para perderse por las calles del Greenwich Village mira en la

actualidad de soslayo la era del segundo Bush. ¿Imaginaba

entonces que se convertiría algún día en el abuelo del rock? Bob

Dylan sopla hoy las 60 velas de una tarta de cumpleaños rellena

de poesía urbana y de memoria social, de recuerdos comprometidos

y de personalismo a ultranza.

 

 Con él, llega insospechadamente a la tercera edad toda una

generación: la que hizo suyas consignas como «Demasiado viejo

para el rock and roll, demasiado joven para morir», la que

lanzaba piedras para protestar por las atrocidades de Vietnam,

la que practicaba el amor libre y después se rindió ante los

postulados más conservadores.

 

 Su emblemática voz nasal, que aún guarda ecos de los días

folkies, volverá a sonar en directo en la enésima gira europea

del trovador contemporáneo por excelencia. ¿Alguien pensaba que

iba a celebrar de otra manera su condición sexagenaria? Su nuevo

tour, que no incluirá España, se iniciará en Trondheim (Noruega)

el 24 de junio y, tras recorrer 23 ciudades de ocho países,

finalizará en Taormina (Italia) el 28 de julio.

 

 Precisamente, Nueva York fue escenario el pasado sábado de un

gran concierto-homenaje a su figura, en el que algunos de los

más fervientes seguidores de su influyente estela, como Tom

Petty o Graham Parker, interpretaron algunos de sus

incontestables himnos.

 

 Las ediciones discográficas se suman también al tributo

orquestado en todo el mundo. El próximo lunes, se publicará en

España el doble álbum The essential, una recopilación que se

pretende definitiva -hasta la fecha- y que, como no podía ser

menos, arranca con Blowin' in the wind. A partir de ahí, toda

una sucesión de clásicos no ya de la carrera de Dylan sino de la

música popular de la segunda mitad del siglo XX (y de la primera

del XXI): The times, they are a-changin', Maggie's farm, Mr.

Tambourine Man, Like a rolling stone, Knockin' on heaven's door

o Hurricane. Una selección de 36 temas de entre los 453 que ha

compuesto a lo largo de su ejemplar trayectoria: desde sus

desnudos orígenes acústicos hasta el reciente Things have

changed (de la película Jóvenes prodigiosos, de Curtis Hanson),

con el que obtuvo el Oscar a la mejor canción.

 

 También revisa su coherente legado, con grabaciones en vivo

realizadas en Japón, Bob Dylan live 1961-2000.

 

 Hasta los miles de consumidores que sustentan uno de los

fenómenos culturales de la temporada en Estados Unidos, el boom

de la serie televisiva Los Sopranos, tienen en Return to me, de

Dylan, uno de sus estandartes sonoros.

 

 Sólo el autor de letras como «¿Cuántos caminos tiene que andar

un hombre antes de que se le llame hombre?» o «Cuando no tienes

nada, no tienes nada que perder; eres invisible ahora, no tienes

secretos que ocultar» puede concitar elogios tan apabullantes y

procedentes de figuras tan imprescindibles como: «Es un poeta

cow-boy» (Willie Nelson dixit), «Fue el primer punk» (Lou Reed)

o, especialmente, «Todo el mundo le debe algo a Dylan, desde los

cantantes de hip-hop, pasando por Marvin Gaye hasta Anarquía en

el Reino Unido, todo bebe de sus raíces porque él ha cambiado la

música pop» (Bruce Springsteen).

 

 Si hay un año clave en la extensa andadura de Robert Allen

Zimermann, su nombre verdadero, ése es 1965. Fue entonces cuando

sus fans se quedaron atónitos al comprobar cómo el adalid de la

contestación acústica osaba presentarse ante ellos nada menos

que con una guitarra eléctrica. Temblaron las etiquetas, los

progres de la época se rasgaron las vestiduras... y su

estridencia abrazó el rhythm and blues de forma desatada. ¿Había

dejado de tener efecto la explosiva combinación de marihuana y

Rimbaud? ¿Se trataba de un golpe franco en las mismísimas

narices del establishment? La respuesta, lo dijo él mismo,

estaba en el viento.

 

 No fue, en cualquier caso, la única vez que este mito viviente,

auténtico alma mater de la legendaria película Pat Garrett and

Billy The Kid, resquebrajó las estructuras del show business.

Después de los coqueteos fronterizos de Desire, tuvo que

aguantar las punzantes críticas que se mofaban de un Dylan

acusado de convertirse en un muñeco diabólico más de la

delirante ciudad de Las Vegas.

 

 Su encuentro con Jesucristo, las sesiones de grabación con el

guitarrista Mark Knopfler, su unión temporal a los Heartbreakers

de Tom Petty y a Grateful Dead, su entrada en el Rock and Roll

Hall of Fame, su deambular de productor en productor (Arthur

Baker, Daniel Lanois, Don Was) y sus constantes giras marcan los

últimos años de un artista objeto de tesis en las universidades

norteamericanas.

 

Jueves, 24 de mayo de 2001

 

 

DYLAN EN LA CARRETERA

 

 

MARIANO ANTOLIN RATO

 

Contaba Allen Ginsberg que una tarde visitó con Bob Dylan el

cementerio de Lowell, Massachusetts. Es donde está la tumba de

Jack Kerouac. Regresaban paseando hacia el pueblo al caer el sol

y Ginsberg se puso a recitar unos poemas -y cuando narraba esto,

durante su estancia en Madrid en el año 1993, Ginsberg

ejemplificó la escena declamando unos versos con aquella voz

suya de profeta siempre al otro lado-.

 

 Dylan le interrumpió. Recordaba, dijo, aquellos poemas. Se los

había recitado un amigo de Minnesota, cuando estudiaba en la

universidad a finales de la década de los 50, calculaba. Nunca

los había olvidado, desde el primer momento llamaron su atención

poderosamente, explicó, y, aunque no recordaba quién era su

autor, estaban en la raíz de la letra de sus primeras canciones.

Puede que en las de todas las demás que había escrito. Se

trataba de uno de los cantos del extenso poema de Kerouac México

city blues.

 

 Que Dylan es un heredero de los beat se ha repetido desde

siempre. Lo que quizá convenga destacar es la presencia del

blues, tanto en ese poema de Kerouac, como en tantas y tantas

canciones de Dylan. Y eso desde el Poor boy blues, de su primer

disco, de 1962, hasta Dirt road blues, del último hasta el

momento, de 1997. Y entre esas canciones, separadas nada menos

que por 36 años, algunas tan memorables como Subterranean

homesick Blues, Tombstone blues o Living the blues; y son sólo

tres de las muchas inspiradas en el blues que compuso.

 

 La soledad de los vagabundos del blues, la del country -el

blues de los blancos pobres, se le ha llamado- constituye una de

las principales fuentes del rock. Con Dylan, aquel primer rock,

lleno de castillos en el aire, fantasías irrealistas,

autocompasión y clichés sentimentales disfrazados de emoción,

quedó roto. Cuando abandonó su faceta primera de cantante

protesta muy especial -especial porque nunca fue autor de

canciones que nacían de la experiencia colectiva expresada a

través de un individuo, sino un individuo altamente sensible a

los acontecimientos del momento-, Dylan manifestó una habilidad

pasmosa para hablar de las necesidades de los de su edad,

rebeldes como él.

 

 Y tras una desgraciada etapa allá a comienzos de la década de

los 80, cuando soltaba prédicas insoportables de cristiano

renacido, ha continuado demostrando que, en una época donde se

considera peligroso el uso de los sentidos para algo que no sea

recibir información, los sentimientos, tantas veces heridos, se

mantienen con vida. Y sin ironías ni distanciamientos. Desde

dentro mismo de la tradición del que ha decidido moverse, aunque

siempre ansíe un lugar tranquilo.

 

 Es la tradición de alguien que expresa todas sus dudas y

contradicciones, toda su confianza y desesperación, y consigue

hacer arte con ellas, música apasionante, letras cargadas de

mensaje y cosas por decir. Un arte que algunos llaman poesía -a

Dylan lo han hecho doctor honoris causa de poesía en algunas

universidades y ha sido candidato al Premio Nobel de

Literatura-. Precisamente, el arte del Tiempo inmemorial -como

se ha traducido el título de su último disco, Time out of mind-

de los que siguen en la carretera para que otros, en sus camas,

puedan imaginar un mundo inmenso y misterioso donde habitan, sin

detenerse jamás, los auténticamente valientes.

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