CON LAS NARANJAS AMARGAS SE HACE MERMELADA
por Depresiv
Verano. Abuelo y yo caminamos a través de la blanda tierra de la finca hacia los naranjos. Una esquina del muro de cemento sin pintar que los rodea nos protege del calor momentaneamente. Hace un día de los de medio cerrar los ojos, de esos en los que la tierra parece más tierra y el verde más verde, si tienes la entereza suficiente como para levantar la cabeza del suelo. Miro a abuelo. Lleva un sombrero de paja, de los que ya no se ven en ninguna parte, y una camiseta blanca despintada, que le embute su abundante barriga, producto de muchas noches con brasero y manta. Si no fuera por el logotipo despintado de "SANYO", podría parecer cualquiera de los campesinos de los cuadros del recibidor, esos que se llevan los brazos al rostro, para secarse el abundante sudor de la frente. Abuelo es un hombre poderoso, no es posible deducir de su figura erguida esos setenta y pico años que dice que tiene. Se acerca al naranjal, me mira, y dice "Todavía no están maduras, pero ya podemos coger unas cuantas. Con las naranjas amargas se hace mermelada", y esa frase en su boca parece revelar uno de los grandes misterios del universo. La naranja amarga parece menos naranja cuando la toca abuelo, y el acto de recogerlas es casi un acto religioso, una adoración a la tierra. Las arranca y las deja caer. Yo me agacho, las recojo y las meto en la vieja bolsa de tela. Y entonces, abuelo tiembla un momento, con una naranja en su mano. No la deja caer. Veo su espalda, antes recia, ahora repentinamente frágil, encorvarse, y buscar apoyo en el tronco. -¿Abuelo? La naranja cae rodando de su mano. La recojo del suelo y le miro. Veo su cara, blanca, sus ojos abiertos en una expresión de angustia, la boca abriéndose y cerrándose en un boquear continuo, los brazos que se apoyan con desesperación sobre el pecho, y ese repentino mover de piernas, ese patear desesperado contra la tierra del huerto. Y el aire que no se mueve. Se me muere. Se nos muere abuelo. Y ahora es la velocidad, ahora es el correr con mis cortas piernas hacia la casa, hacia la puerta entreabierta, que parece saltar más de lo que avanza hacia mí. Ahora es el cielo incendiado, y la tierra y la casa danzando frente a mis ojos, y que no alcanzo, y que no llego a tiempo, incapaz de gritar. Y ahora es el pasillo, el pasillo oscuro hacia la habitación de mis padres, la luz encendida a través del cristal esmerilado de la puerta, que dibuja su forma definida en el suelo de parqué. Y entonces paro. Al otro lado de la puerta escucho un frotar. Y un gemir. El ruido. Ese ruido que conozco muy bien. Los susurros. Espero, con la respiración acelerada, doblo las piernas y me dejo caer lentamente contra la pared del pasillo. Entonces me acuerdo de todas las historias sobre los gemidos. Recuerdo a mi amigo Antonio, que una vez entró en el cuarto de sus padres, cuando sonaban los gemidos y los susurros. Recuerdo lo que me contaba, del horror de su familia, de los castigos, del enfado... y luego de aquella comprensión incompleta y facilona, y del señor, del señor de la corbata y las gafas al que tuvo que visitar Antonio todas las semanas. De lo que le decía, de las cosas que le hacía recordar, sonriendo al mismo tiempo que le preguntaba porqués y cómos, sobre si se tocaba, si leia tales revistas, si miraba a tales horas la televisión. Y de cómo le transformaron lentamente en una sombra. Ahora Antonio es una sombra en la clase. No mira a los ojos, si le hablas te sonríe, como si no te conociera o te tuviera miedo, se sienta y espera a que llegue la hora para marcharse a casa. Aguardo a que terminen los gemidos. Mi respiración acelerada es ahora una caricatura de mi urgencia, porque lo único que me queda es dejar pasar el tiempo. Abro la mano. Ahí está la naranja, la naranja que cayó de la mano de abuelo, pero es una naranja dulce. Y entonces sé que abuelo ha muerto.