LA SOMBRA DE LA
LUNA NEGRA
por Depresiv
Tenías razón, Hur, no es
posible amar a lo que nunca ha nacido. No es posible vivir
eternamente del amor de "algo" que no es capaz de amar.
Ahora, desde el interior de este templo enfermo, lamento cada
día que decidí probar los labios de "aquello", y aún
así me faltan las fuerzas para abandonar su compañía. ¿Es eso
acaso la pasión?
Pero vayamos por partes.
Era la noche del eclipse. En un pueblo perdido en medio de la
sierra, nos habíamos reunido centenares, si no miles de
jóvenes. La razón era desconocida, tal vez incluso para la
mayor parte de los que estabamos allí. Corrían multitud de
leyendas, de mitos inciertos de misterioso origen, de que allí,
precisamente esa noche, "la magia anda suelta, y todo lo
más sublime y lo más perverso puede suceder tras la sombra de
la luna negra.". La frase corría como una letanía nerviosa
por los labios de todos nosotros, se susurraba, era objeto de
burla respetuosa, o tal vez de un no reconocido terror. Teñía
las estrechas callejuelas de aquel pueblo aparentemente vulgar de
fascinación y misterio. Las llenaba de promesas, las hacía
infinitamente más atractivas de lo que sería cualquier ciudad
ese mismo día, en ese mismo momento.
Por mi parte, creía que todo aquel misterio no era más que un
inteligente montaje comercial del alcalde de aquel lugar,
dispuesto a aprovechar vete a saber qué viejo códice del siglo
XIII para atraer turismo a un pueblo por lo demás completamente
muerto. Sin embargo, mis amigos estaban allí, todos con sus
ropas oscuros y sus caras pintadas de blanco (pues tal era la
forma en la que debía celebrarse aquel eclipse). Como mínimo,
la novedad merecía aquel viaje, una alternativa al tedio de los
fines de semana en la capital.
El sol, ya enfermo, se reflejaba sobre el suelo empedrado, y
sobre todos los blancos rostros de los jóvenes, que levantaban
su cara al cielo. El espectáculo tenía algo de fantasmagórico.
La calle central del pueblo había sido transformada en una
improvisada calle comercial. Cada una de aquellas casas, de
común hogares vulgares y corrientes, disponían ahora de barras
con bebidas y música, y sus interiores se habían acondicionado
para la ocasión. Misteriosamente, todas las ventanas se habían
pintado con pintura negra, para que desde el interior no fuera
posible ver la calle. Las instrucciones eran estrictas, y
formaban parte también de aquella leyenda medio susurrada por
todos: "Cuando la luna cubra al astro rey, no debe haber un
alma en la calle, pues encubre la venida de la Bestia."
Nadie sabía a qué "Bestia" se referían esas
palabras, pero el pacto era respetado por todos. Apenas comenzara
el eclipse, abandonaríamos la calle y entraríamos en los
locales. "Otra buena maniobra comercial", pensé. Pero
me guardé para mí ese pensamiento, al ver que todos los que me
acompañaban comentaban temerosos esas palabras.
Y entonces fué cuando la ví por primera vez. Allí, en una de
las calles laterales, tan joven y tan bonita que pensé que no
podía existir nada tan hermoso. Y al mismo tiempo tan
misteriosa, tan perversa tal vez, tan esquiva. A diferencia de
todos nosotros, no llevaba ropas oscuras, ni la cara pintada de
blanco. Tenía un sencillo vestido de color azul, claramente
inapropiado para aquellas temperaturas. Pero no parecía sentir
el frío. Tan sólo miraba. Tan sólo me miraba. Apenas un
parpadeo y dejé de verla.
Faltaba poco para el
eclipse, pero saltándome toda norma, obviando la tensa espera
del resto de mis compañeros, me deslicé hacia donde la había
visto por ultima vez. Era un callejón oscuro, que doblaba un
recodo unos metros más adelante. No había puertas en aquellas
paredes, tan solo las ventanas pintadas de negro. Al final del
recodo, un muro blanco y liso. Ni sombra de aquella chica.
De repente, a mis espaldas, un alboroto, ruido de pasos
apresurados, voces, puertas que se cerraban. Elevé los ojos al
cielo
¡El eclipse! ¡Todos comenzaban a entrar en los
locales! Corrí hacia la calle principal, temiendo perder de
vista a mis amigos. Ya era tarde. Los últimos jóvenes entraban
en las últimas casas. Las últimas puertas se cerraban, y se
echaban los últimos cerrojos. Comprendí horrorizado que me
había quedado solo, en la calle vacía, con el eco de mis pasos,
la sombra de la luna negra comenzando a cubrir el sol.
Llamé a varias puertas al azar. No había respuesta.
"¿Cómo puede ser?", pensé. "¿Tan en serio se
tomaban
aquí esa estúpida advertencia que ni siquiera abren la puerta a
una persona rezagada?" Insistí, con mayor
fuerza. Nadie abría. Tan sólo se escuchaba el sonido apagado de
la música. Esperé un momento, aturdido. No podía ser que ni
siquiera mis amigos se acordaran de mí. Acabarían notando mi
ausencia y saldrían a recogerme. Pero ninguna de las puertas se
abría.
La sombra de la luna cubría ya la mitad del sol. Malhumorado,
pensé en qué haría para regresar. El coche de uno de mis
compañeros estaba en las afueras, y ni siquiera tenía las
llaves para quedarme dentro esperando a que llegaran. No podía
ser que pasara la noche a la interperie. Sin embargo, la ciudad
estaba a más de una hora en coche. No podía recorrer esa
distancia caminando.
Entonces, un brazo se apoyó en mi hombro. Con un respingo, me
dí la vuelta. Eras tú, Hur, amigo, con los ropajes oscuros y la
cara pintada de blanco, tus ojos brillantes detrás de tus gafas,
congelados en un gesto de horror.
-¿Se puede saber qué está haciendo aquí?
-Nadie me abre la puerta. Me quedé rezagado.
-Es natural que nadie abra la puerta. Están asustados. Asustados
de la Bestia.
Y en tus labios, "Bestia" tenía un componente de
respeto que no había escuchado ni siquiera entre los más
crédulos de mis compañeros. Con urgencia, me indicaste que te
siguiera. No tenía otro sitio mejor que ir. "Es un pobre
loco", pensé, notando la rapidez con la que me conducías a
traves de las callejuelas. "He aquí alguien que cree
firmemente en las leyendas". Qué equivocado estaba. Cómo
debí haber confiado más en tí.
Me llevaste a través de las últimas y más espaciadas casas,
todas ellas cerradas también, todas sus ventanas pintadas de
negro. Me condujiste hasta atravesar el viejo puente de piedra,
que surcaba el alegre arroyo de montaña. Me señalaste, por
fín, el viejo caserón en el pie de la colina, la puerta
entreabierta.
-Aquí, aquí dentro estamos seguros esta noche.
-No puedo abandonar a mis amigos.
-No seas loco. Ellos te han abandonado a tí.
Me llevaste al oscuro interior. Apenas un banco de piedra
alargado que rodeaba la habitación, unas cuantas mantas apiladas
y una vieja trampilla de madera. Cerraste la puerta y echaste el
cerrojo. Guardaste la llave en el interior de tus oscuros
ropajes.
-No debemos abandonar este sitio hasta que amanezca. Me presento.
Mi nombre es Hur.
Me ofreciste una de las mantas, y encendiste un par de quinqués,
que emitían una tenue luz anaranjada. Luego, te recostaste sobre
el banco de piedra y te cubriste con la gruesa manta.
Entonces fué cuando comenzamos a hablar, ¿recuerdas? Me
contaste que ese pueblo no era sino la entrada a otra ciudad, la
ciudad de la que forman parte todas las ciudades, pero que no
está en ningún lugar físico. Me hablaste de Silende, la ciudad
de la locura. De sus amplias avenidas alineadas por gárgolas, de
los viejos palacios, de los castillos con sus puertas secretas y
sus torres de piedra enferma, de los templos a deidades olvidadas
hace milenios por los hombres, y por las razas de antes de los
hombres. Me hablaste de guerreros que se enamoraron de demonios
en forma de mujer, y que se consumieron amando "algo"
que no era capaz de amar hasta el fin de sus días. Me hablaste
de los poetas que, encontrando la entrada a Silende, se
perdieron en sus húmedas criptas y en sus laberínticas calles,
y no reaparecieron más que años después, enloquecidos por todo
el horror que habían presenciado allí adentro. Me señalaste la
trampilla de madera.
- Por aquí se entra a Silende. Hazme caso, si valoras en algo tu
salud mental, no entres aquí esta noche.
Y dicho esto, me diste la espalda y comenzaste a dormir. "Un
loco", pensé, "pero un loco imaginativo. Y ha tenido
la gentileza de darme cobijo". Estúpido. Qué estúpido y
qué necio fuí.
Y unas horas más tarde, incapaz de conciliar el sueño, abrí la
trampilla, y procurando no despertarte, bajé los húmedos
escalones de piedra. La luz del quinqué revelaba viejos
bajorrelieves en el estrecho pasadizo. Luego, un pasillo cubierto
de murales, indistinguibles por la humedad, y después
.
No salía de mi asombro. Había salido a una plaza, a un
exterior, bajo un cielo alienígena, cubierto de nubes, pero era
de día
¡De día! Si ya era extraño haber salido al
exterior, no menos extraño era descubrirlo iluminado por un sol
apagado por las nubes. La plaza estaba rodeada de columnas, todas
ellas duramente atacadas por el tiempo, muchas de ellas yacían a
pedazos en el suelo. Edificios blancos, de techo de doble agua,
uno de ellos destacaba por su tamaño, y unas largas escaleras
que llevaban a su entrada principal. Parecía un templo, pero no
reconocía la religión a la que pertenecía. En su portada, no
se veía más que rostros repetidos de mujer.
Y subí las escalinatas, y entré en el atrio del templo, con una
piscina en su centro, sus aguas cubiertas de lodo, A su
alrededor, estatuas de mujer, con sus rostros fríos y serenos, y
sus manos abiertas. Al fondo, el altar, y frente al altar
frente al altar estaba ella, la chica del pueblo. Joven y
bonita. Misteriosa y perversa, con su leve vestido verde, agitado
por el viento. Se acercó a mí, sonriendo, y yo no pude hacer
otra cosa que mirarla. Esperar, a que llegara junto a mí, me
tocara levemente con sus manos blancas (un escalofrío, mezcla de
terror y de placer) y me susurrara al oido.
-Di a tu compañero que venga, que yo le he llamado.
¿Qué otra cosa podía hacer, Hur, amigo? ¿Qué hubieras hecho
tú ante tanta belleza? Corrí con todas mis fuerzas, atravesé
el atrio, las escalinatas, el patio, el pasillo con sus murales,
las escaleras y por fín llegué al diminuto cuartito, en el que
mi urgencia te despertó por fín. Me miraste, la decepción en
tus ojos.
-Te dije que no bajaras. ¿Qué es lo que has visto que te ha
impresionado tanto?
-Ella
La chica
Dice que te ha llamado. Que quiere que
vayas con ella.
Y entonces te levantaste, el horror surcando tu cara como nunca
lo ví hasta entonces. La mueca desencajada, en un gesto de
angustia.
-¿Es que no te das cuenta, estúpido? ¡Es ella! ¡ES LA BESTIA!
Sacaste la llave, con nerviosismo, descerrajaste la puerta y la
abriste, y saliste corriendo hacia la negrura de la noche.
Esa fué la última vez que te ví. Me llegaron tus gritos, el
sonido de la carne al ser masticada, tu angustia, tu asfixia. El
ruido de la sangre al explotar sobre la piedra. Y luego,
silencio.
Y entró ella, a través de la puerta exterior. Y se limpió la
boca de sangre.
-Bésame- me dijo.
Y la besé.
Tenías razón, Hur, no es posible amar a lo que nunca ha nacido.
No es posible vivir eternamente del amor de "algo" que
no es capaz de amar. Ahora, desde el interior de este templo
enfermo, lamento cada día que decidí probar los labios de "aquello", y aún así me
faltan las fuerzas para abandonar su compañía. ¿Es eso acaso
la pasión?