CUANDO LOS DRAGONES VUELAN

por

Luis G. Del Corral

 

PARTE 4:

FUEGO ROJO Y MAGIA NEGRA

13-El Dragón Cautivo

...y apenas hubo traspasado el umbral, la puerta volvió a cerrarse.

El deltalio nunca había contemplado espectáculo como aquel: En una cámara cuyas paredes se curvaban más allá de su vista, con una cascada de luz que se derramaba desde cien veces la altura de un hombre, se hallaba el rescate de un millar de emperadores. Oro, plata, magníficos ropajes, estatuas de exquisita artesanía, cofres de madera tallada que podrían contener diez caballos rebosantes de gemas y brazaletes de cristal y azabache...

Sus brillantes y azules ojos no se molestaron en medir la altura de aquella colina de tesoros. Había riquezas en tal número que perdían todo sentido y razón de ser. Pero esa no era la menor de las maravillas albergadas en el lugar. Sobre aquella desmesura se recostaba una criatura de tiempos remotos cuya estirpe fuera dueña absoluta del mundo en eras pretéritas; ahora diezmada por el escepticismo, exiliada en cambiantes leyendas.

Un Alto Dragón, uno de los Primeros Nacidos en el alba de la creación.

Kalam permaneció hipnotizado por tal visión, magnífica y aterradora a un tiempo. Bruñidas, metálicas escamas azules, blancas, curvas, afiladísimas garras, majestuosas, inmensas alas. Y los ojos. Unos ojos como los suyos: Grandes como el mar, rasgados y sin pupila, inundados de negro.

-¿Quien se presenta ante Krad el Guardián? -Su voz era un horno crepitante y vigoroso, como si bosques enteros ardieran en su interior.

-Kalam, príncipe destronado de Deltalia la Blanca, Defensor y Maestro del Acero -respondió orgulloso.

-¿Y que buscáis, Kalam?

-¡Venganza! Xánatorr me ha robado la sombra y forzado a destruir a mi amiga y compañera, una de las Hijas de Danann.

-Siento la pasión y el odio en tu voz, príncipe Kalam. Toma asiento -Krad señaló con el aguzado extremo de su cola un rico trono de madera y hueso. Junto al mismo había una pequeña mesa redonda con una sencilla copa de arcilla y una estilizada botella de cristal labrado conteniendo un aromático y centenario vino-. Sois mi huésped en esta mi prisión. Y ahora, escuchad mi historia y descubriréis que hemos de ser aliados.

>>Hace largas eras, tantas que los tatarabuelos de vuestros más remotos ancestros aun no habían sido concebidos, yo moraba en el oriente del mundo, allá donde los necios incrédulos perjuran que no hay más que el salado agua de la mar. Alburia, pues tal es el nombre de aquellas tierras, habíase comenzado a convertir en lo que ahora es sin duda: El Ultimo Refugio de las razas que huían de los nacientes y voraces antepasados de la humanidad: los felinos Mayul, los escamosos Saurat de rasgos de reptil, las velludas Salamandras, los diminutos Kangur y muchas otras.

>>Yo, como noble hijo de la celeste estirpe, decidí partir como Heraldo de los Exiliados y tratar de que los Primeros Hombres comprendieran la crueldad de sus actos y la bendición de la Paz. Así, crucé el Océano Esmeralda con mi tesoro -pues ningún dragón que se precie de tal loa abandona jamás- y llegué hasta aquí.

>>Pero los hombres mortales temen lo desconocido, odian lo que temen y aquello que les causa temor, lo destruyen. Apenas plegué mis alas, un artero y taimado hechicero que hablaba con doble lengua me arrebató los secretos de la Gran Magia y me encerró aquí, tras el Sello Negro.

>>Largos milenios permanecí cautivo y mi existencia se olvidó, hasta que un aciago día...

-No entiendo -interrumpió Kalam-. ¿No podíais huir volando? -Señaló hacia el agujero en la cima de la montaña y dio un sorbo al vino.

-No -respondió Krad pesaroso-. La esencia del Sello Negro ha impregnado todo este lugar. Además, mi misión de paz permanece inacabada y ese hechicero con el corazón pútrido me robó la sombra, arrebatándome el poder. He de permanecer aquí, viendo impotente como mi tesoro es robado.

-Os comprendo mejor de lo que podéis entender, Nar-Krad. -Kalam le narró todo lo acontecido desde que le fuera entregado el mensaje del Arconte de Yamshira hasta aquel mismo momento.- No es necesario que reviváis para mí el tomento de vuestra sombra robada, pues yo mismo lo he padecido.

>>En mi tenéis no aun aliado sino aun hermano en el odio. Según me instruyó Mortantal, que tenga paz eterna, la Marca es algo que aguarda a todo aquel reo de matar a un líctor, y también el precio que hubo de pagarse para poder derrotarme.

>>Pues bien -el príncipe rechinó los dientes de puro desprecio y sus ojos brillaron con ira asesina-, juro ante todos los dioses que pagará por sus crímenes con la vida.

-Un poderoso juramento, príncipe. Pero dar muerte a un conjurador no es tarea fácil. ¿Cómo pensáis hacerlo? -Kalam apuró la copa, abandonó el trono y se despojó de la espada que arrebatara al enemigo caído.

-Con una espada. Y aquí debe haber un filo digno de ser empuñado por un Maestro del Acero.

-¡Ja, ja, ja! ¡Me place vuestra temeridad, príncipe! Creo poseer lo que necesitáis.

 

14-Mal'Stra, la Devoradora

Un destello, metal chillando contra metal. Una línea se dibujó en el masivo portón de plata. Instantes después, caía partido en dos grandes mitades. En el gran arco se dibujaba la silueta de Kalam, que empuñaba admirado un mandoble de refulgente hoja dorada; casi tan largo como alto era él, con un ancho engaste circular vació en la adornada cruz.

-Es una buena espada.

-La mejor -asintió Krad, aún echado sobre su esquilmado pero todavía gran tesoro-. Y como toda espada destinada a grandes hazañas, ha de tener un nombre, un alma que ha de ser otorgada por su amo.

-Sea. -Kalam se volvió, dejando que la agónica luz del sol que todavía llegaba hasta la prisión del dragón de derramará a lo largo del dorado filo.- A partir de hoy serás conocida como ¡Mal'Stra, la Devoradora!

-[Soy Mal'Stra, la Devoradora] -La mística voz del arma era como el gélido rechinar de la zarpa de una bestia contra cristal pulido.

Kalam traspasó el umbral y se agachó sobre la caída puerta. Una vez destruida, las sombrías líneas del Sello negro habían desaparecido. Extendió su mano izquierda. La unión de su espíritu con la demoníaca esencia del líctor ya era casi completa y no precisó gran esfuerzo. Simplemente tuvo que crear en su mente aquello que deseaba ver realizado.

Sus uñas crecieron, se afilaron, devinieron garras y arrancaron un pedazo de plata. Con la garra de su dedo meñique dibujó unos trazos, copiando el Sello Negro. Luego, encajó el disco de metal lunar en el vacío engaste de Mal'Stra. Ahora en verdad sería la Devoradora y su sustento sería el poder de la magia.

-Recordad vuestra promesa, Alteza.

-Nunca he faltado a mi palabra y nunca lo haré -respondió con ofendida solemnidad-. Ahora soy más que mortal: Soy Drákul, Heraldo del Dragón. ¡¿Que está pasando?!

Krad alzó la cabeza al tiempo que Kalam y observó...

 

15-La Oración del Guerrero

Xánatorr chilló de puro éxtasis. La magia, el poder, la Realidad torcida a su antojo. No había mayor gozo para alguien como él. El precio exigido era casi inimaginable, solo cabía experimentarlo mientras el alma era abrasada, reducida a cenizas sin sustancia y alzada de ellas como esclavo absoluto de los Dioses Oscuros. ¿Libertad? ¿Voluntad? ¿Para que, mientras la orden de sus Señores le permitieran destruir a los débiles, devorar la tierna carne de sus hijos y violar a las viudas de sus enemigos? ¡PODER! ¡PODER! ¡Matanza! ¡Masacre! ¡Blasfemo Gozo y Sacrílego Placer!

 

Como el hierro es atraído por el imán, así las sombras, libres ya dl yugo de su ladrón, fueron atraídas por una irresistible fuerza que las unió de nuevo a sus dueños. Krad desplegó sus alas y rugió, estremeciendo las entrañas de su mazmorra.

-No más palabras -sentenció Kalam-. ¡Es hora de luchar y vencer!

 

Como una flecha, Krad el Guardián abandonó su milenaria prisión con Kalam montado a sus espaldas. Apenas había comenzado el sol a ocultarse tras las montañas, pero ya el cielo permanecía oculto tras la más absoluta negrura de infernales nubes tormentosas, el restallar de los relámpagos y la cólera del trueno.

"Es cómo en el puerto de Yamshira, pero cien veces mayor". Los pensamientos del guerrero deltalio se veían forzados a gritar para hacerse oír apenas por encima de aquel fragor. Y recordó las proféticas palabras de Mortantal. Iba a enfrentarse a un poder como nunca había contemplado en su fugaz vida. Reconociendo el peligro, desterrando la mancha del miedo, se sumergió en el trance previo a la Batalla entonando la Oración del Guerrero.

-Soy un Hermano Rojo, Maestro del Acero, camino por la Senda de la Espada. Vivo para luchar, lucho para vivir, en mi alma no existe lugar para el Miedo, en mi corazón no hay lugar para la cobardía, en mi aliento no cabe la rendición. Cuando el sol de mi vida se hunda tras el horizonte, moriré como un auténtico guerrero, ¡MORIRÉ MATANDO!

 

16-Alas de Dragón

-[¡Así se habla, Amo! ¡Alzadme, alzadme y que comience la matanza!]

-Sea, Mal'Stra. Tu apetito pronto se verá saciado de muerte, ¡lo juro! ¡Observa al enemigo acudir a su muerte!

Del corazón de la tormenta, a cada golpe de trueno, recortados a contraluz de los rayos una horda de negros demonios alados se aproximaba blandiendo curvas guadañas de filo de sierra, como grandes colmillos de metal. No batían sus pútridas alas, sino que se dejaban llevar por el tempestuoso viento mientras exhalaban ululantes y espectrales aullidos.

-[Ahora! ¡Dejad que los destruya, Amo!] -Kalam, inmerso en el trance de la lucha, no se dio cuenta de que sus adversarios no eran otros que los cadáveres de los aldeanos esclavizados, marionetas de carne putrefacta lanzados por el hechicero.

Mas aquello no le hubiera importado. Eran sus rivales en la lucha, y como tales, debían ser derrotados. Una vez más, demostró que su brutal, tosco y salvaje estilo, de una sanguinaria eficacia, aumentada por su ahora demoníaca sangre y el hambre de magia de su espada encantada, era letal y mortífero.

Las guadañas de sierra, capaces de desgajar la más gruesa de las murallas, rechinaban inútiles contra él mágico filo empuñado por Maestro del Acero. Los miembros que las sujetaban eran cercenados sin piedad. De un único golpe, acabó con tres enemigos mientras se carcajeaba, llamándose necio por haber despreciado antes el poder de la Marca.

En verdad ahora era más que un soldado, más que un espadachín, ¡más que mortal! Su poder tenía un precio, pero todo lo tenía, y hasta los dioses habían de pagarlo. Y él debía pagar en rojo oro: Matar enemigos, luchar y sobrevivir otro día para matar más enemigos aún, hasta que los dioses de la guerra le llamasen por tres veces para hacer su sagrada voluntad.

¡Basta de lejanos sueños de fama y gloria! Lo importante era el presente, y en este presente ¡una batalla había de ser librada y vencida antes del alba!

-¡Krad! ¡Debemos avanzar! ¡El verdadero enemigo nos aguarda! -Sin responder, Kalam se dejó caer en picado exhalando un abrasador torrente de infernales llamas, incinerando cuanto hallaba a su paso. Los muertos vivientes no fueron más que fugaces tizones cuyas cenizas la lluvia arrastró como si nunca hubiera existido.

El dragón azul batió sus alas, remontando el vuelo, subiendo, subiendo, hasta que...

 

17-El Triunfo del Acero

Bajo él, la intangible y brumosa llanura de las nubes que, como una pradera, tormentosa y siempre cambiante, era surcada por los fulgurantes rayos, emisarios de la húmeda tempestad. Sobre su cabeza, el agonizante cielo del ocaso, empapado en la sangre de la moribunda llama de Atyr, la de la Dorada Cabellera. Y en medio, él, Xánatorr el mago, flotando como un pedazo de corteza en el agua.

Su semblante y su cuerpo habían cambiado. Si alguna vez fue humano o mortal no importaba, pues había renegado con infame placer de tal condición y borrado de su memoria todo recuerdo de la misma. Quien ahora la observara, no vería carne y sangre cubiertos por una piel oscura como noche sin luna. Su visión sería la de un amarillento esqueleto humano con duras zarpas y garras en manos y pies y grandes colmillos bestiales, con sus cuencas iluminadas por una relampagueante telaraña.

Tal fue la amenazante figura que observaron Kalam Drákul, Krad el Guardián y Mal'Stra la devoradora cuando se alzaron de entre las nubes. El dragón, pleno de ira contra quien había robado su sombra y su poder, batió lentamente las alas y escupió un chorro de rojo fuego que habría bastado para aniquilar a toda una legión.

-¡Necio! -gritó con aguda y espectral voz-. ¡Conoces tan bien como yo la ley! ¡No puede darme muerte aquel que me ha servido! ¡Su poder se volverá contra él!

Abrió su huesuda mandíbula hasta casi descoyuntarla, y un nuevo chorro ígneo, réplica idéntica del respirado por el iracundo dragón, surgió de la boca del mago. Sin embargo, tampoco hizo nada, salvo aumentar su odio hacia él. Kalam, guarecido en el hueco bajo la cresta que protegía la nuca del dragón, hablaba con su mandoble.

-¿Has comprendido? Lo harás solo cuando yo te lo ordene, no antes. -Su voz era firme, autoritaria, pero teñida del respeto que existe entre iguales.

-[Comprendo, Amo. Podéis confiar en mi] -respondió la espada viviente con un rechinante vibrar de su dorada hoja.

-Bien pues. -Kalam se irguió cuan alto era.- ¡¡¡XÁNATORR!!!

El mago vio como el guerrero saltaba desde el lomo del dragón hasta situarse frente a él. Para sorpresa del Drákul, sus piernas no atravesaron el nebuloso suelo, sino que se hundió en él hasta los tobillos, levantando rizos de niebla.

La breve distracción permitió a su rival atacar primero. Extendió los brazos y sus dedos salieron disparados como dardos, abriendo sangrantes surcos en el torso del guerrero endemoniado. Este, bufando de rabia, dejó que todo el odio y la sed de sangre acumuladas en su espíritu reventaran y manaran libres e indómitos.

Los tajos levantaban esquirlas óseas del descarnado ser del mago, que peleaba blandiendo los puños, que fulguraban verdes. Invadido por una ciega cólera, Kalam apenas esquivaba los golpes. Si alguno hallaba su objetivo, retrocedía empujado por su fuerza y respondía, avanzando y tajando con redobladas fuerzas. Mal'Stra aullaba en un éxtasis que había desconocido por millares de años.

-[¡Muerte! ¡Muerte! ¡Masacre y agonía! ¡Devoraré tu alma, aborto del Abismo!]

Un arco que desciende, un fulgor dorado, y el filo de la Devoradora hendió el cráneo de Xánatorr, que habló como si nada hubiera pasado.

-¡Loco! -rugió-. ¡Tú posees el alma de un demonio, pero nos ahora somos Legión! ¡Nadie se nos puede igualar!

-Mientes -respondió su rival con un glacial susurro-. ¡Yo soy Kalam, y no acepto la derrota! Te consideras un dios invencible, pero solo eres un bastardo miserable. Cualquier adversario puede ser derrotado. Cualquier defensa, vencida.

>>¡Ahora, Mal'Stra!

El Sello Negro giró en el engarce hasta alinear el vértice con el filo de la espada dorada. El espacio en torno a Legión onduló como agua golpeada por centenares de diminutos guijarros. El aire se espesó, tomó forma y sustancia de carne y sangre y Legión volvió a ser Xánatorr, el conjurador, con su cabeza hendida hasta el mentón. Por la mortal herida rezumó la materia gris al tiempo que Kalam retiraba el arma y con un último y devastador golpe, decapitaba a su enemigo, convertido en carroña infecta despreciada incluso por los gusanos.

-[Un bocado exquisito, Amo]

 

18-Velas al Viento

Al alba del día siguiente, Kalam permanecía a la orilla del río, al pie del puente que lo vadeaba. Ahora vestía buenos ropajes: Botas altas, pantalón de cuero y camisa de paño. Sobre los hombros descansaba una capa verde con capucha y cubriendo su dorada cabellera -ahora recogida en una larga trenza-, un sombrero de peregrino, de puntiaguda y alta copa y ala ancha. Mal'Stra asomaba el pomo tras su hombro, reposando en una sencilla vaina sin adornos.

Frente a él se hallaba Krad. El dragón azul se dirigió al endemoniado.

-¿Que haréis ahora?

-Su alma -palpó el zurrón que descansaba sobre su cadera- debe regresar a su hogar. Pretendo viajar hasta el bosque de los Unicornios. Después... ¿quien sabe?

-Largo viaje. ¿No os molesta haber perdido vuestra libertad? No solo debéis aguardar la llamada de los dioses por tres veces, también sois Drákul, Heraldo del Dragón. Jurasteis recobrar las Siete Reliquias que el maldito hechicero me arrebató cuando fui encerrado tras el Sello.

-Todos servimos a uno u otro señor. Yo al menos soy consciente de a quien sirvo. Prestando mi lealtad a vos, no hago sino servirme a mi y a mi honor. En cuanto a los dioses, todo en el universo les sirve, y yo debo penar mi culpa con el poder que han otorgado.

-En verdad sois noble, Kalam.

Inclinándose, agradeció sus presentes y cruzó el puente. Antes de perderse definitivamente entre los árboles, se volvió y alzó el puño, despidiéndose.

 

Vrudar, Arconte de Yamshira y sus burgos, permanecía encerrado bajo llave en su gabinete. la magia de la Visión requería total aislamiento y un silencio sepulcral. Acomodado sobre un asiento cubierto con pieles, se inclinó sobre el cuenco de cristal, lleno hasta casi rebosar con agua pura.

En su superficie, con colores desvaídos y transparentes, se podían ver los muelles de la Boca del Infierno, plenos de marineros cargando los últimos fardos y mercancías apresuradamente antes de partir con la primera marea de la mañana y un raro a la par que favorable viento de popa que apresuraría el viaje del navío rumbo al nordeste.

Junto a la pasarela, un hombre alto, delgado y musculoso pagaba su pasaje al capitán.

Así que estaba ahí el asesino de su maestro. Por su causa, ya no podría intrigar más para arrebatarle sus poderes y convertirse a su vez en conjurador y nuevo amo del Libro del Destino, ahora en posesión del Guardián. En la imagen, el observado se volvió mirando hacia Vrudar, que observó inquieto la furia contenida en el rostro tatuado de blanco.

-Se que me veis, puerco canalla y malnacido. Os advierto: a partir de hoy, vos y yo estamos en guerra. Una guerra que no cesará hasta que os tenga postrado a mis pies, implorando una piedad que gustoso os negaré.

En menos tiempo del preciso para contarlo, sus pies hollaron la cubierta, se levaron las anclas y las flameante velas desaparecieron más allá del horizonte...

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