CUANDO LOS DRAGONES VUELAN
por
Luis G. Del Corral
PARTE 3:
LA MINA DE ORO
8-El Mundo de los Sueños
Mortantal, al otro lado de la hoguera, se despertó al sentir el fluir de las corrientes de la magia. Como una de las Hijas Vírgenes de Danann, podía ver lo que los simples mortales ni siquiera intuían. Era la suya una estirpe a medio camino entre dioses y mortales, y por tanto, la memoria racial que en otros resulta fragmentada bajo el disfraz de brumosas ensoñaciones, en ella permanecía fresca y clara como el agua.
Así, no le fue difícil conocer el significado de los fluyentes glifos que ahora cubrían la piel del guerrero dormido bajo las ramas del árbol. Cerró los ojos, y apelando a los poderes que su retorcido cuerno albergaba, se dispuso a prevenir al hombre que yacía sin conocer lo que le esperaba.
En la etérea Marca entre la Vida y la Muerte, se hallan las siempre cambiantes Tierras del Sueño. Bajo nubes carmesíes rotas por crujientes relámpagos negros, un navío de osamentas, con velas de amarillenta y pútrida piel, hendía el espeso Mar de la Sangre. Cuando las gigantescas espadas que hacían las veces de remos batían la vida derramada, el mar chillaba y gemía y maldecía a su eterno verdugo.
El barco se hallaba ahora parado. Su capitán y único tripulante así lo deseaba. Sobre su cabeza, cada vez más próxima, descendía Mortantal galopando a su encuentro.
-Kalam, he venido a advertirte -sus palabras no eran pronunciadas, sino que enviaba su pensamiento puro y directo a la mente del otro-. Has sido marcad...
-Ya me lo dijiste. Recuerdo tus palabras: La Marca del Líctor me ha hecho menos que divino pero más que mortal. Y agradeceré todos los consejos y enseñanzas que de la memoria de Danann vengan a mí.
-No, mi impetuoso amigo -su voz era dulce y suave, la voz que hubiera poseído de haber nacido mujer y no unicornio-. Has sido marcado una vez más con el Trigrama de la Balanza.
>>No hay tiempo para que comprendas todo su significado, pero sí para que sepas que al final de este nuestro viaje te aguarda una lucha contra el rival por naturaleza del Acero que ahora encarnas. Una lucha que no podrás evitar ni rehuir.
-Camino por la Senda de la Espada, soy un Hermano Rojo, Maestro del Acero. Vivo para morir en la lucha. En mi alma no existe lugar para el miedo.
-No es una simple intriga urdida por el Arconte, Kalam. Se trata de algo más, lo percibo. No se trata solo de las artes negras que tanto te repugnan. El poder al que te vas a enfrentar es mucho más terrible que todo lo que has visto en tu breve y azarosa vida de vagabundo.
El guerrero contuvo una agria respuesta. Desde que ella se uniese él en la aventura que le llevó hasta el Bosque de los Unicornios cegado por el brillo del oro con que un artero mago sedujera su entonces codiciosa alma, había comprobado la infalibilidad de su percepción de lo arcano y mágico.
-Mortantal, tan solo puedo seguir la Senda del Acero. Algún día he de morir, y cuando ese sol se hunda en el horizonte, exhalaré mi ultimo aliento como un auténtico guerrero. ¡Moriré matando!
9-La Voz de los Muertos
Apenas unas horas tras el amanecer, Kalam vio por primera vez las Marcas, la franja de tierra que al norte de la provincia de Lacusia lindaba con las montañosas Ard-Nal, las Tierras del Dragón, cuna de mitos, hogar de leyendas y tumba de héroes.
El camino era bueno y cumplía todos los fueros al respecto: ancho, de tierra apisonada, con grandes cedros plantados a ambos lados de la calzada, mojones miliarios que indicaban la distancia a los pueblos y aldeas más cercanas, con rodadas cuidadosamente eliminadas... Las vías del Imperio de las Cinco Islas eran uno de sus mayores orgullos y uno de los pilares sobre los cuales se asentaba su unidad.
Sin embargo, algo hizo estremecer al guerrero. Todo parecía normal, tranquilo.
-Demasiado silencio. No me gusta.
-¿Tú también lo has notado? -Mortantal piafaba inquieta. Aquella ominosa sensación les había hecho detenerse junto a un gran peñasco a la izquierda del camino. Su cuerno zumbaba frenético-. Volvamos atrás. ¿No deseabas visitar tu tierra?
-Di mi palabra -respondió tajante-. Además -añadió con una sonrisa torcida-, siento curiosidad. Y te recuerdo que tu misma me has dicho que me aguarda una lucha que no podré evitar.
>>Y no quiero hacerlo. Pero basta de palabras. Continuemos.
Ninguno lo dijo, pero ambos lo sabían. Incontables veces habían sentido la pesadez de piedra, el espeso silencio que viene con la muerte. Aquel era un paisaje engañoso y sin vida. El seco aroma de las cenizas hirió su sobrenatural y agudizado olfato, el hediondo dulzor de la carne muerta.
Apenas habían avanzado un kar(*), cuando la alargada bóveda que los cedros y bambúes gigantes formaban sobre sus cabezas se abrió como si un puño colosal la hubiera destrozado con un único y furioso golpe. Árboles y plantas no eran más que renegridos y agrietados pedazos de madera carbonizada. Las mismas piedras parecían haberse fundido y derramado sobre la tierra, herida con largos y profundos surcos que dejaban a la vista sus entrañas.
Kalam tiró suavemente de las crines de Mortantal -pues en señal de amistad e igualdad montaba a pelo- y bajó al suelo. Sobre el terreno yacían al menos trece osamentas humanas limpias de carne, con los huesos reducidos casi a polvo salvo algún que otro cráneo.
-¿Que ha pasado aquí?
-Pregúntaselo a ellos, Kalam.
-No. Odio la brujería y todo lo que representa.
-La sangre del demonio fluye por tus venas. Cuanto antes lo aceptes antes podrás vivir con ello -le reprochó su amiga-. La magia es buena o mala según quien la emplea.
>>Si mis poderes fueran oscuros, ¿te habría dejado morir en el Bosque de Danann cuando intentaste arrebatarme mi cuerno?
El ahora guerrero-brujo suspiró. No le gustaba admitirlo, y tenía muchos y buenos motivos para ello, mas ella tenía razón. Desmontando, se agachó y trató de recordar las apresuradas lecciones aprendidas en aquellas pocas jornadas.
Primero buscó una calavera completa. Mientras con una mano la sostenía a la altura de los ojos, contrajo la otra hasta que los nudillos palidecieron. Extendió el dedo meñique y con la uña grabó las runas que formaban la palabra ajax, "verdad".
-Con el Poder que la Negra Sangre me da, Yo te invoco. Ven, álzate, abandona el País Profundo y acude a la tierra de aquellos que nacen y mueren. Abre tus oídos pues mi Voz y no otra Escucharás. Rinde tu Voluntad pues a mi y a ningún otro amo rendirás pleitesía. ¡Habla, Yo Te Lo Ordeno!
>>¿Que ha pasado? ¿Quien te dio muerte?
-FUEGO ALADO, GARRAS QUE HENDÍAN LA TIERRA COMO EL ACERO AL ROJO LA NIEVE. LA SOMBRA DE AQUEL QUE DORMIA Y NOSOTROS DESPERTAOS Y FUE ROBADA SU DUEÑO VERDADERO POR XÁNATORR EL CONJURADOR.
-¿Es esa la razón por la que la guarnición relevada no volvió a Yamshira?
-EL EMPERADOR DESCONOCE LA EXISTENCIA DE LA MINA. VRUDAR TIRANIZÓ A LOS ALDEANOS QUE VIVEN PROXIMOS AL FUERTE Y LOS HIZO TRABAJAR EN SUS POZOS. EL CAPITAN DEL FUERTE PRETENDIA REVELAR ESTA TRAICION. EL ARCONTE ENVIO ENTONCES A XANATORR, PERO SUCEDIÓ...
-¿Que sucedió? ¡Responde, es tu Amo quien lo ordena! -Por la frente de Kalam resbalaba el sudor. Le costaba mantener la concentración para que el sortilegio continuara siendo efectivo. A duras penas, logró mantener el lazo que retenía al espíritu sujeto al mundo mortal.
-AL ABRIR UN NUEVO POZO, LOS ALDEANOS ESCLAVIZADOS HALLARON UNA CAMARA DESCONOCIDA AL PERFORAR SIN SABERLO UNA DE SUS PAREDES.
>>EN UNO DE LOS MUROS HABÍA UNA GRAN PUERTA CION UN SELLO. EN SU CODICIOSA IGNORANCIA, LOS CAPATACES ORDENARON SU PAERTURA Y SE DESENCADENÓ UN HORROR QUE LLEVABA LA MUERTE CONSIGO.
Kalam jadeó. Ya no podía seguir por más tiempo. Con un gesto, de los signos trazados en el hueso borró la runa 'uhag, transformando ajax en jax, "muerto", y la calavera volvió a ser un mero pedazo de carroña limpia de carne.
-No lo digas -alzó la mano acallando a su compañera-. Ahora se lo que me aguarda. Conozco al enemigo y se como derrotarle.
-Siento dudar de ti, Kalam, pero...
-Silencio. Puede que tengas razón después de todo. La bondad de la hechicería reside en quien la usa. -Subió de nuevo a lomos de su compañera y aferrándose a sus crines, continuaron la marcha-. Ahora, háblame más de la Marca del Líctor. La vida de mi desconocido adversario será efímera y fugaz.
10-Xánatorr
No tuvieron que marchar mucho tiempo más. El bosque continuaba en un silencio pesado, desolador. Las nuevas percepciones que le daba su demoníaca sangre intranquilizaban a Kalam. Allí actuaba una fuerza que le mundo no había conocido en miles de años, y que en malas manos podía destruirlo todo tal y como lo conocían. El príncipe sin trono se repitió por enésima vez, que como Defensor, su sagrado deber era proteger a los indefensos de todo mal que les acechase.
Más adelante, a dos kar, entraron en una aldea rodeada por huertos de árboles frutales. Más allá, se vislumbraban los muros de piedra de un fuerte junto al ancho y poco profundo vado que cruzaba un río que nacía en las montañas de las Ard-Nal y marcaba la linde entre Lacusia y las Ard-Nal al norte y la provincia de Kanil al oriente.
Antes de entrar en la aldea, Kalam descendió al suelo. Mientras se ajustaba el yelmo y las carrilleras, se volvió autoritario hacia Mortantal.
-Espérame aquí. Esta lucha es mía.
-¿Y si me atacan? -Una vida de paz en su bosque natal la habían tornado recelosa y desconfiaba del mundo exterior.
-Abre los ojos de una vez, Mortantal. No siempre estaré a tu lado. Va siendo hora de que aprendas a defenderte por ti misma.
-Lo siento, yo...
-No te preocupes. Volveré. Con lo que me has enseñado, y lo que averigüé antes, la derrota del hechicero es cosa hecha. -Sin más, giróse de nuevo y atravesó las callejas del lugar.
El gran portón permanecía abierto, dejando ver el gran espacio abierto entre los barracones, establos y las estancias del capitán. En cuanto hubo traspasado el umbral, Kalam desapareció del plano mortal...
...y se halló en un lugar como jamás había visitado. Las paredes y el abovedado techo eran de ardiente fuego y el suelo lo formaban grandes adoquines de hierro al rojo. Su nueva sangre le escudaba, tornándole insensible al sofocante calor, evitando que su carne ardiera.
Vio un grueso altar de metal precioso sosteniendo un pesado tomo. Tras él, se hallaba un hombre con las oscuras facciones de las tribus humanas de Austyl. Sus masivos músculos parecían apunto de reventar su tensa piel, cubierta tan solo con un taparrabos y una camisa sin mangas. Tenía la cabeza rapada y una espesa perilla cubría su fuerte mentón. Cuando habló, su voz sonó educada, firme y bien modulada, con un tinte de burla.
-Alteza -rodeó el ara e hizo una profunda reverencia-, os aguardaba, pues el Libro del Destino me habló de vuestra llegada. Mi nombre es Xánatorr y os doy la bienvenida al lugar donde seréis derrotado. ¿Puedo hacer algo por vuestra regia persona?
-Sí -respondió sin inmutarse-. ¿Quien sois, que pretendéis y que enemistad os enfrenta al Arconte de Yamshira?
-Sea -asintió-. Como condenado os concederé tal último deseo.
>>Quien soy ya lo sabéis. En cuanto a mis intenciones, perdonadme si nada os digo. Respecto a ese gusano de Vrudar, tan solo os diré esto: Cuando un discípulo, y Vrudar lo era mío, osa dar órdenes a su maestro, ha de atenerse a las consecuencias.
>>Y ahora batámonos, aunque vos conocéis tan bien como yo el desenlace de esta lucha.
Con un repentino ademán, Xánatorr alzó dos dedos y estiró el brazo. Un cegador brillo estalló sobre su cabeza, Mas no era la vulgar sombra de un hombre mortal la que la magia dibujaba sobre el fundente suelo de metal.
Frente al príncipe guerrero se alzó un dragón de negrura y oscuridad que abrió amenazante sus fauces, culebreantes a la ígnea luz de aquel lugar. Por puro instinto asesino, Kalam desenvainó su gran espada y la blandió en un arco de arriba a abajo.
El acero traspasó a su adversario como si no existiera. Kalam exhaló un gruñido de frustración mientras observaba al mago carcajearse de su fracaso. Le dolía como espadachín y como Hermano Rojo, pero tenía que usar sus nuevos poderes.
Se deslizó a un lado, evitando por apenas el espesor de un cabello las garras del Dragón Sombrío. Su pecho subía y bajaba sudoroso inflamando su aliento mientras intentaba concentrarse, buscar un foco para la energía que bullía ahora en sus venas. Retorció de nuevo su cuerpo cuando la criatura escupió un helado rayo blanco que siseó contra el suelo levantando nubes de vapor.
-¡NegraSombra! -exclamó al tiempo que lanzaba la palma de su mano hacia delante. Los tatuajes cobraron vida, y como una serpiente blanca, reptaron por su piel cruzando el espacio, tendiendo un puente entre él y la luminosa esfera que todavía permanecía alzada sobre Xánatorr-. ¡NochEterna!
La mágica cuerda rodeó la luz, cubriéndola, ahogándola, reduciéndola a la nada. Con un húmedo chasquido, regresó hasta su señor, reposando de nuevo sobre su piel. El Dragón Sombrío había desaparecido, pero aquello no parecía sino divertir al conjurador, con aquella irritante sonrisa burlesca que parecía grabada a fuego en su negro rostro.
-Erráis si pretendéis usar artes arcanas contra mí. -Hablaba como si Kalam fuese un niño ignorante, consciente de que alimentaba su rabia-. Es de pésima educación y una necedad. Yo jamás me enfrentaría a vos con la espada, Alteza.
Kalam avanzó, descargando un demoledor tajo que hubiera reducido a sanguinolenta pulpa a cualquier hombre nacido de mujer. Sin embargo, el pesado filo rechinó en el aire, intentando forzar un escudo invisible. Kalam resoplaba como una bestia furiosa, los labios contraídos, la piel perlada de sudor.
-¡Necio! -Xánatorr hablaba con sádico gozo ante el fracaso de su enemigo-. ¡Eres mío y no lo sabes! El líctor al que diste muerte era mi esclavo. Al marcarte con su esencia vital, es como si fueses el líctor mismo. Un demonio no puede atacar a su amo ¡y tú tampoco!
>>Ahora, obedecerás la ley de la Balanza de la Batalla. Rinde tu espada y tu voluntad a tu Amo y Señor. Bien. Y ahora, escucha y obedece: Esto es lo que harás...
11-Sangre de Demonio
Kalam lloraba. Lloraba como no había derramado nunca negras lágrimas de duelo, ni tan siquiera cuando hubo de segar decenas de vidas para huir de su propio hogar durante las revueltas que derrocaron a su familia y le convirtieron en un guerrero errabundo y sin patria.
Apoyado en sus talones, sostenía sobre su regazo la cabeza de Mortantal, que agonizaba, su vida derramándose a través del horrible muñón sobre el cual se hallara antes su largo y retorcido cuerno, fuente de su poder y vida.
-No llores... se que no eras dueño de tu voluntad.
-¿Por qué no huiste, por que no salvaste la vida?
La hija de Danann permaneció callada un momento, reuniendo fuerzas para exhalar su último aliento.
-Solo así la Balanza quedaría equilibrada... de nuevo. Solo así... serías libre. -El calor de la vida abandonó a Mortantal. De sus ojos, hocico y boca fluyó una luz plateada, lunar, que se elevó hacia el cielo. Kalam pudo ver el alma de su querida amiga galopar alto, hacia las eternas paraderas del cielo, donde siempre había un lejano horizonte hacia el que viajar y nadie conocía la palabra... dolor.
Incineró su cuerpo y arrojó las cenizas a los cuatro vientos. Luego, endureció su gesto, sediento de venganza. Recordando el parlamento de la calavera, encaminó sus pasos hacia el sendero que ascendía hasta la entrada a la mina. Le habían marcado la piel, convertido en un ser con el corazón de acero. Ya no habría más poesía para él que el entrechocar de las espadas ni más cantar que el lamento de las viudas y huérfanos, ni conocería más amante que la muerte.
La entrada a la mina no era más que un estrecho y apuntado arco con el espacio justo para que mientras una larga fila de esclavos entraba, otra saliera, cargando sobre sus abatidas y crujientes osamentas sacos llenos a rebosar con el dorado metal causante de su desgracia.
Vigilando aquella procesión de fatiga y lamentos, había un numeroso grupo de líctores, idénticos en sus rasgos al que diese muerte Kalam en el puerto de Yamshira. Cubríanse con un taparrabos y se armaban con espada de dos filos y un gran escudo redondo de piedra que cubría del cuello hasta las caderas.
Cuando divisaron al furibundo guerrero enfundado en una amplia túnica de malla de acero y tocado con un yelmo abierto con carrilleras, uno de ellos se plantó en medio de la senda. Observando la dorada piel de su rostro, descubrió los blancos arabescos que cubrían toda la piel del guerrero, desorbitando sus ojos de rabia al tiempo que empuñaba el arma y se parapetaba tras el escudo.
-¡A mi! ¡Es el asesino de nuestro hermano!
Bramando con sangrienta furia, Kalam empuñó su mandoble y comenzó a tajar, entonado el cántico de batalla de la Fraternidad Roja. Al brutal salvajismo que le invadía en el frenesí de la lucha, se unía ahora el poder del demonio, tornándole casi imparable.
Su espada de batalla, casi tan alta como él, cortó por la mitad al primer líctor que se le enfrentó como si fuera un leño pútrido. Vociferando, cargó contra el resto de diablos espadachines, volteando el filo sobre su cabeza. Decapitó a uno y resquebrajó el pétreo escudo de otro, que acometió, atravesando la malla de acero que protegía al guerrero.
Kalam sintió la cálida humedad de su sangre derramada, redoblando su ira. Un velo de carmesí cólera cegó su razón. Solo había una idea fija en su mente: ¡Matar! ¡Matar! ¡¡MATAR!!
Una de las gárgolas logró trabar su espinosa cola con las piernas de Kalam, arrojándole al suelo de espaldas. Aun desde esa posición, el enloquecido guerrero, en su rabia asesina, logró descargar todo su peso en los hombros y prolongarlo hasta su sedienta arma. En un arco de izquierda a derecha, cercenó la pierna de uno, pero el golpe fue demasiado para el fatigado acero, que se quebró.
Desechándolo, rodó sobre si mismo, esquivando cinco filos, se alzó de un brinco y rápidamente se hizo con las armas de dos de los caídos. Para él no eran sino meros cuchillos, juguetes -a pesar de que muchos pagarían su peso en oro por tales armas-, pero no le importaba. ¡Era un Hermano Rojo! Solo pedía enemigos y una muerte en combate, espada en mano. Lo demás no importaba.
Con dementes carcajadas, se arrojó sobre la gárgola más cercana. Cruce de aceros, intercambio de golpes, estocadas, fintas... Kalam no supo cuanto había durado aquel encuentro, pero la victoria le encontró resollando como un animal, alzado sobre la ambarina sangre de no menos de diez de sus enemigos. Su desdén por la defensa mostraba una piel con multitud de heridas. Pero ya su reciente y diabólico poder se manifestaba sanando su cuerpo. Para alguien que desconociera su naturaleza, aquellos cortes tendrían no momentos, si no semanas.
Miró a su alrededor. Los aldeanos habían desaparecido, huidos seguramente al inicio de la pelea. Con un último trago de aire, alzó las espadas y exclamó:
-¡He vencido, mago! ¡He vencido! ¡Mándame cien, mil enemigos! ¡Los mataré a todos y después beberé tu sangre!
12-El Sello Negro
-¡No! ¡Mis líctores destruidos! ¡Maldita sea la Marca! -Tal era el precio que la balanza le había exigido para inclinar la Batalla a su favor. El hechicero sintió como del cáliz obtenido del asta de Mortantal emanaba una eufórica alegría por la victoria de su amigo.
Xánatorr había acudido de nuevo alas páginas del místico Libro del Destino para conocer el devenir de lo que acontecía y se había encontrado con una escena que nunca había esperado ver en su soberbia. Magia y Acero eran enemigos naturales, y la Magia fluía ahora por el alma etérea del guerrero. Su propio poder se volvería contra él. Sí, se dijo nervioso. Magia y Acero irreconciliables eran.
-¡Príncipe iluso! ¡Ya te he derrotado aunque no lo sepas!
Pasó la página. La de la izquierda mostraba a Kalam despojándose de su túnica de malla, reducida a chatarra durante el combate, quedando desnudo salvo un taparrabos de cuero y unas botas. La desechada vaina del mandoble yacía a sus pies junto al yelmo, un mero pedazo de metal aplastado. La miniatura inmediatamente debajo le mostraba ciñéndose una corta -para él-. La tercera dejaba vislumbrar sus espaldas adentrándose en la mina, vacía ahora de miserables esclavos. En una mano sostenía una de las linternas de aceite que estos usaban para iluminar su camino bajo tierra.
En la página derecha, los dibujos mostraban al guerrero deambulando por galerías y pozos con un rumbo definido: Abajo, siempre abajo. El mago volvió a pasar la página sabiendo lo que iba a desvelar. Y así era.
Kalam sostenía ante sí un pedazo de oro puro no en forma de pepita, sino de gruesa barra, larga como su brazo. El saco permanecía lleno a rebosar de docenas de barras, idénticas a la que empuñaba, y había muchas más. ¿Qué clase de mina era aquella?
Alzó la linterna y escudriñó el túnel. Delante de él, el espacio se ensanchaba y pudo observar que el suelo no era vulgar roca y tierra, sino bien talladas y encajadas losas de metal. Desenvainó la espada al tiempo que lamentaba la perdida de su hoja y avanzó.
Tras unos cuantos pasos, el túnel se convirtió en una amplia cámara con un largo y apuntado arco que contenía un inmenso portón metálico, todo ello ¡de plata maciza!. En su superficie pudo distinguir un círculo que parecía más tallado que grabado. Sin prestarle mucha atención, posó en el suelo linterna y espada y apoyado contra las hojas, empujó. Inconsciente todavía del sobrehumano poder de sus músculos, no pudo sino sorprenderse cuando los goznes giraron sobre sí suaves, silenciosos, sumisos.
Recogió luz y acero, y apenas hubo traspasado el umbral, la puerta volvió a cerrarse.
-¡Malditos los Siete Infiernos! ¡Maldito su negro poder! -En la nueva página del Libro del Destino no había nada. nada salvo un sencillo dibujo, un círculo en cuyo interior había un triángulo con el vértice hacia abajo y dentro de este, otro con el vértice hacia arriba.
<<No hay magia mortal ni inmortal que traspasar pueda el Sello Negro. Ni mago, ni demonio, ni dios pueden destruirlo. Tan solo el Omnipotente Creador de Todo lo Que Es pued...>>
Xánatorr se volvió iracundo. Si el Marcado lograba una alianza con el prisionero, existía la posibilidad cierta y real de la derrota. Preso de una repentina determinación, se mesó brevemente su velludo mentón y comenzó un ritual de Poder. A su modo, él también era un guerrero. Un soldado del Arcano Saber, y no entregaría la victoria a sus muchos enemigos sin antes presentar batalla.