CUANDO LOS DRAGONES VUELAN
por
Luis G. Del Corral
PARTE 2:
YAMSHIRA
3-El Sello del Arconte
Cuando el lacayo entró en el establo tras la posada, aguardó unos instantes a que sus ojos traspasaran la penumbra del lugar. Caminando lentamente por el interior se acercó hasta uno de los pesebres, ocupado por una montura y su jinete.
Miró en su interior, examinado a la criatura, que era cepillada por un hombre. Un unicornio de blanquísimo pelaje y ojos azules, con el largo, retorcido y puntiagudo cuerno característico de su raza en medio de su testuz. Volvió a mirar a su amo, un hombre joven y delgado pero musculoso, de dorada y larga cabellera y ojos azules por entero, a la par que alto.
El había de ser el destinatario del mensaje que portaba, pues los unicornios solo acompañaban a un tipo de gentes muy determinada, cuya marca principal era su amor por la aventura y la Maestría del Acero.
El hombre se volvió, notando la presencia a sus espaldas y aguardó a que este hablara.
-¿Sois Kalam?
-Yo soy -asintió con voz baja y susurrante. Observó la librea azul y blanca del heraldo y prosiguió-: ¿Que desea de mí el Arconte de Yamshira?
Sin mediar palabra, le fue entregado un rollo de pergamino tres veces lacrado con el sello del arcontazgo: tres líneas onduladas representando el mar y sobre ellas el refulgente disco del sol naciente. Kalam se aproximó al ventanuco sobre el pesebre para leer el mensaje con mayor claridad.
Quebró la cera de los sellos y desenrolló la misiva. El mensaje, escrito en una exquisita caligrafía que sería la envidia de cualquier humilde amanuense, así decía:
Hemos sabido de vuestra presencia en Yamshira por el capitán de los jinka, a uno de cuyos oficiales salvasteis la vida de perecer acuchillado por la espalda cuando cumplía con su deber.
Conociendo vuestra reputada Maestría, rogamos vuestro auxilio en un asunto del cual depende la paz y unidad del Imperio de las Cinco Islas. Lo delicado el asunto impide que los sables de los samrarr tomen parte en él y nos han forzado a buscar la ayuda de gente de armas ajena nuestro Sagrado y Divino Estandarte.
Acudid esta noche a El Dragón y la Doncella, en la calle de la Puerta. Tan solo tenéis que mostrar esta misiva a su entrada y os franquearán el paso hasta el lugar donde se os aguarda.
Kalam despidió al heraldo, no sin antes poner en su mano un aptel de plata, pagando su servició, pues así los fueros de diezmos, impuestos y peajes-.
El mensajero abandonó al establo, siendo abordado a varias calles de distancia por un amenazador individuo de anchas espaldas, vestido con botas, pantalón y chaleco de cuero negros. Aferrándole por el hombro, le forzó a encararse con él.
-Dime, ¿has entregado un mensaje a un espadachín que monta a lomos de un unicornio?
-S... sí -respondió, intimidado por la lúgubre presencia de aquel hombre de feroz rictus.
-Bien. -Dejando marchar al otro, el hombre de negro sonrió. Las intenciones del Amo eran claras: acabar con todos aquellos a quienes mendigase su ayuda el necio gobernante de aquella ciudad donde hasta las ratas ceñían espada.
4-Duelo a muerte en la Boca del Infierno
Kalam dudaba. la noche anterior, los hechos acaecidos -que incluían dos rufianes malheridos y a la hija virgen que ya no lo era de un mercader- le habían decidido a abandonar Yamshira lo más pronto posible.
Su intención era embarcar rumbo a las costas de Austyl y visitar Deltalia, su ciudad natal y rendir sus respetos a la gran tumba en la cual reposaban los embalsamados cuerpos de sus padres. El invierno se hallaba próximo. Un retraso en la partida supondría esperar hasta la bonanza de primavera o arriesgarse a una casi mortal travesía, desafiando la húmeda furia de Aigalep, diosa del mar.
Estaba claro que el Arconte le ordenaba que acudiera a la cita. Desobedecer significaba poner precio a su cabeza y quizás la muerte por holocausto.
Decidió emprender el viaje. Hacia largo tiempo que no visitaba su tierra y la añoraba. Sentía curiosidad por saber las reacciones del pueblo tras su repentina y sanguinaria desaparición, y esta era una magnífica ocasión para averiguarlo.
Dudaba que los brazos del Arconte alcanzaran las salitrosas y portuarias callejuelas de la Boca del Infierno. Los jinka no osaban penetrar en ese húmedo, sucio y sanguinolento nido de ladrones, asesinos y rameras. ¿Como si no los manirrotos capitanes iban a llenar sus bolsas de oro para volver a vaciarlas, llenarlas a rebosar de nuevo y una vez más dilapidarlas en los grilletes del vicio hedonista?
Con una sonrisa en los labios, se dispuso a montar a lomos de Mortantal y abandonar raudo y veloz aquella populosa y corrupta urbe.
Xánatorr pronunció las palabras de poder ante el Trigrama que representaba la Balanza. En uno de sus vértices se hallaba la runa de la Espada. En el otro, la de la Magia. La Espada comenzó a latir con un vibrante fulgor dorado, desequilibrando la balanza en su favor. Poco a poco...
La lucha había comenzado.
-¡Sois el quinto capitán a quien acudo! -exclamó furioso-. Responded sin titubeos: ¿Podéis conducirme hasta Deltalia sí o no?
-Podría... mas no lo haré. -El viejo marino alzó sus arrugadas manos.- Aguardad guerrero, es evidente que hay algo que vos no sabéis.
-¿Que queréis decir, viejo?
-Esta mañana un mercader nos reunió a todos los capitanes que fondeamos nuestras naves en la Boca del Infierno. Nos dio buena plata por no embarcar a un "guerrero de cabello y piel doradas y ojos azules que cabalga a lomos de un unicornio blanco". Tales fueron sus palabras.
>>Firmamos incluso una carta comprometiéndonos a ello. No hallareis aquí nave alguna que os quiera sobre su cubierta.
Maldiciendo, Kalam tomó la decisión de partir rumbo a alguno de los puertos más al sur. Nadie le forzaría a ir donde no deseaba si podía evitarlo. Ya iba a subir al lomo de su hermana en la aventura, cuando un amenazador rufián de negras ropas, con dos sables al cinto y voz retumbante, se aproximó.
-Me han dicho que vos sois Kalam. ¿Es cierto que habéis recibido un mensaje con el sello del Arconte?
-Sí, yo soy. ¿Que deseáis?
-¡Vuestra muerte! -Ante sus espantados ojos, aquello que creía carne y sangre mortales cambió su forma como barro húmedo en las manos del alfarero. ¡Maldita la magia y malditos sus esclavos! Desenvainó su pesada espada de batalla y bramando su grito de guerra, se abalanzó sobre el cambiante engendro.
Ahora su rostro y piel eran oscuras y duras como cuero gastado, con dos gruesos brazos de nudosos músculos y una cola que blandía amenazadora, erizada de agujas óseas. Con un solo movimiento, empuñó sus sedientas hojas y las cruzó, deteniendo el mandoble y desviándolo. Rugiendo, la criatura se abalanzó sobre su rival.
Kalam soltó la espada y aferrando a su rival se dejó caer de espaldas aprovechando para sí la arrolladora carga al tiempo que apoyaba los talones en el pecho de la gárgola. Extendiendo las piernas, lo arrojó hacia atrás. Inmediatamente, aferró de nuevo su acero y se levantó. Medio incorporado, el demonio no pudo evitar un largo tajo que le cruzó la espalda, rezumando un fluido del color del ámbar.
Mas el hijo de la magia también era un hábil luchador, y barrió su cola contra la pierna de su enemigo, que mantuvo el equilibrio a duras penas, pero aún así logrando interponer su filo entre él y su rival.
La lucha fue terrible y sin piedad. La ira y los sables de la demoníaca gárgola refulgían como centellas en la tormenta, repicando contra el acero rival como el badajo contra la campana. Era la encarnación de la lucha, la batalla fluía por sus venas, su existencia consagrada al combate. En su ser se hallaba la destreza más pura, y no se contenía al usarla.
Kalam, sin embargo, poseía el más codiciado tesoro de un guerrero: La Maestría, obtenida como en los Tiempos Antiguos: luchando por su vida. Era un Hermano Rojo, uno de los guerreros más fieros que existían. Las enormes espadas de la Fraternidad eran la muerte forjada. Un solo golpe de un Hermano habilidoso podía partir a un hombre por la mitad como a un leño podrido.
Su estilo era bestial, siempre imprevisible. La Fraternidad Roja era temida por desdeñar la defensa. Su inexistente estrategia era simple y mortífera: Una ofensiva tan devastadora que sus adversarios no pudiesen atacar.
Carecía de sutileza, su credo era la purísima fuerza bruta y podía matar de un único golpe. Solo necesitaba una brecha en la defensa de su enemigo. Comenzaba a acusar el cansancio. Aquel duelo debía terminar cuanto antes con su victoria.
La gárgola acometió, intentando traspasar la guardia de Kalam. Varios de sus fieros ataques resbalaron sobre la túnica de malla que le protegía, siendo secundados por su cola, hallando carne que sangrar. Kalam, fatigado, intentaba de nuevo alzar su arma.
Se deslizó, esquivando un nuevo coletazo de su rival y descargó sobre aquel miembro todo el peso de su filo cercenándola casi entera. El demonio lanzó un aullido de dolor, retorciendo con sanguinolentos espasmos el miembro mutilado.
Sin detenerse, Kalam blandió su mandoble y golpeó, hendiendo la carne de su adversario desde el hombro hasta la cintura, descuartizándolo. La criatura se desplomó sobre los húmedos adoquines. Apurando su último aliento, llamó a su verdugo.
Este, receloso por el infernal vigor del caído, se volvió hacia su astada amiga, que inclinó el cuerpo asintiendo. No percibía peligro mortal alguno en los deseos del demonio moribundo.
Apoyado en la espada, hincó la rodilla y se inclinó.
-Gracias por darme la libertad. -Su voz sonaba rota, entrecortada y ronca, como piedras entrechocando una contra otra.
-¿Me agradeces que te de muerte? ¿Por qué? -Kalam no sabía que pensar.
-Solo la Segadora podía liberarme de la esclavitud, tal era el pacto.
El demonio expiró, y Kalam suspiró aliviado. Mas su tranquilidad fue efímera como nieve en una fragua.
5-La Marca del Demonio
Mortantal relinchó nerviosa. Era pleno mediodía, pero de todos los rincones del horizonte surgieron el aullido de los vientos, rampantes y oscuras nubes de tempestad ennegreciendo el cielo, arremolinándose en un torbellino que giraba amenazante sobre la mar, que se alzaba embravecida e indómita.
Kalam observaba la hipnótica danza de las cambiantes figuras en el corazón de la tormenta. Dioses, demonios, aves de trueno, mudaban su ser una y otra vez, hasta que el trueno rugió salvaje sobre el puerto de Yamshira, sobre la Boca del Infierno.
Entonces el rayo descargó toda su ira sobre Kalam, aún arrodillado junto al demonio muerto. Líneas de blanquísimo fuego marcaron su piel, arrancándole un sonido para el cual no hay palabras. Luego, cayó.
Mortantal observó a su amigo y protector. Allí donde el relámpago había ardido, unos blancos y enrevesados tatuajes les señalaban. Demasiado bien sabía el destino que le aguardaba, pues infalible era la memoria racial de antiguas eras de su pueblo.
La fuerza, el vigor y la vida del guerrero serían tres veces superiores a las de mortal alguno. Vería imágenes y escucharía sonidos a los cuales otros se hallaban ciegos y sordos. Podría realizar prodigios y hazañas más allá de lo humano. Era a la vez una recompensa por su victoria y una pena por la vida segada: Tres veces sería llamado por los dioses y tres veces habría de obedecer su voluntad. la tercera determinaría el destino de la humanidad...
6-El Dragón y la Doncella
La calle de la Puerta nacía en la Gran Plaza de Yamshira y cruzaba los barrios de herreros y orfebres hasta morir al pie de la Ciudad Prohibida -habitada por la nobleza, el clero y los altos oficiales del ejército-, desembocando en la calle del Escudo, que circundaba la muralla que separaba a los poderosos de la mísera y no menos corrupta y perversa plebe que malvivía a sus pies.
En la esquina de ambas, bajo una gruesa lámpara de aceite, el caminante podía observar una enseña que representaba a una voluptuosa y virginal muchacha entregando sus favores a una reptilesca y alada criatura con un exagerado y descomunal miembro viril. El Dragón y la Doncella era el burdel de mayor fama en toda Yamshira e incluso de las septentrionales Kadoshu y Takawer venían amantes del placer carnal a disfrutar de las lujuriosas atenciones de sus cortesanas.
En sus perfumadas y lujosísimas alcobas, aristócratas, ricos mercaderes y todo aquel que poseyese el oro suficiente podía hallar el placer que más gozo sensual le causara.
Sin embargo, no era eso lo que buscaban los embozados que en aquellos momentos traspasaban su umbral. El hombre que había deshonrado a su hermana se hallaba allí. Le habían seguido durante toda la jornada, e incluso había contemplado su terrible duelo con el demonio cambiante en el puerto y su pavoroso final.
Deslizaron su mirada hacia las escaleras por las cuales subía acompañado de una de las rameras. No le siguieron. Sabían donde hallarle cuando abandonara el lugar...
El suelo de la habitación se hallaba cubierto por espesas alfombras, y las paredes, ocultas del suelo al techo por ondulantes cortinajes de seda. Del techo pendían gigantescos candelabros de altas y gruesas velas olorosas. En el centro de la espaciosa estancia, tendidos sobre mullidos almohadones de pluma, Kalam y el Arconte de Yamshira observaban la hipnótica danza de las muchachas a su alrededor.
Con sinuosos y felinos movimientos se despojaron de las finas y transparentes gasas que cubrían su cuerpo para luego cruzar sus brazos tras el cuello de los hombres y atraer sus labios y piel hacia los suyos. Kalam se dejó llevar por el deseo carnal. ¿Quien sabía cuando volvería a disfrutar del calor de una mujer?
Tras el placer, el hombre que gobernaba la ciudad con acero y sin piedad, se volvió hacia el otro mientras con un suspiro despedía a las muchachas.
-Bien. No gusto de protocolos así que os hablaré claramente. -Su voz era la de alguien educado para imponer su voluntad sobre otros, acostumbrado a hacerlo.- Hace más de un año que no se reciben mensajes de un fuerte al norte, en la frontera con las Ard-Nal. La guarnición, que había de ser relevada, no ha regresado.
>>Considerando el lugar donde está situada la guarnición, envíe a... digámoslo así, un conocedor de saberes arcanos.
-Un hechicero, queréis decir -interrumpió Kalam. Su interlocutor frunció el ceño irritado, asintiendo en silencio y prosiguió.
-Tampoco volvió. Ese fuerte es más importante de lo que podáis imaginar. Os pagaré vuestro peso en oro dos veces si viajáis hasta allí y averiguáis la razón de su silencio.
Kalam, que se había escanciado una copa de la mesa sita entre ambos, se atragantó con el vino, sorprendido por la desmesurada oferta. Limpiose los labios con el dorso de la mano y suspicaz, observó al Arconte.
-Vuestra oferta, noble Vrudar, hiede a negra brujería -respondió Kalam con tono cortante y furia contenida. Alzando su brazo, mostró los serpenteantes glifos que lo cubrían y se extendían por toda su piel-. Este es el castigo y el homenaje por dar muerte a un Líctor, un demonio espadachín... que antes de atacarme, quiso saber si había recibido un mensaje de vos. ¿Y si vuestro precio no alcanza a comprarme?
-Seriáis libre de marchar, pero entonces el Gobierno del Pueblo de Deltalia recibirá indicaciones precisas del lugar donde hallar al príncipe heredero, último miembro vivo -Vrudar recalcó siniestro la palabra- de la destronada familia real.
Ira y asombro apretaron los dientes de Kalam, endureciendo su gesto. ¿Como, cómo había logrado averiguar quien era él en realidad?
-Antes que Arconte de esta ciudad, fui espía y pasé largo tiempo en vuestra corte. Vuestros ademanes y educación no son los de un mercenario errante, aunque viváis una vida tal. Vuestra alta cuna es evidente.
Kalam le miró fijamente y con su sempiterno tono susurrante, respondió:
-Sea. Mi espada es vuestra, Nar-Vrudar. Se reconocer una derrota cuando la sufro. Partiré mañana al alba. Tan solo necesito saber una cosa.
-¿Cual?
-El camino hasta el fuerte.
7-Las Espadas de la Venganza
La muchacha juntó las manos por encima de su cabeza y comenzó a danzar, balanceando un incensario que colgaba de una larga cadena de oro sujeta a sus tersas muñecas por un suave aro del mismo precioso metal. El fragante y embriagador humo la envolvía, semejando una lasciva diosa del amor surgida de entre las nieblas del deseo.
De los tres hombres, solo uno era ajeno a la seductora fascinación que la mujer ejercía sobre sus acompañantes. Cuando vio como aquel que buscaban descendía por los escalones de mármol, arrastró a los otros tras de sí. Recuperaron sus armas y ciñéndose capas y capuchas, salieron a la fría noche con venganza en su mente y sangre en su voluntad.
Le siguieron en silencio, ocultándose en las sombras, reprimiendo su ansia. Una pelea en los barrios altos de la ciudad, en los que constantemente se oía alo lejos el metálico paso de la guardia, no era conveniente. Los aceros cruzados, el agónico gemido del moribundo y apenas muerto su eco, siete lanceros y dos opciones: entregarse a su sanguinaria justicia o emprender la huida.
De repente, el hombre al que seguían comenzó a correr, siendo secundado por sus perseguidores. Su mayor vigor le permitió distanciarse y sumergirse en la negrura de un callej...
-¡Detente hermano! -Mientras desenvainaban sus curvos sables y dagas, el aludido continuó su frenética marcha sin hacer caso. Su carrera frenó repentinamente a la altura del callejón cayendo su cuerpo sin vida hacia un lado mientras la cabeza rodaba sobre los adoquines.
Los otros vieron un largo y pesado filo goteando sangre tras el cual se hallaba Kalam.
-Solo lo preguntaré una vez: ¿Quienes sois?
-Tus verdugos -respondió el más alto de los que restaban con vida-. Por deshonrar a nuestra hermana, derramaremos tu sangre.
-¿Vuestra hermana? -Kalam alzó las cejas al comprender tales palabras-. Ya recuerdo. ¿Acaso es deshonra que una mujer posea voluntad y escoja con quien compartir su lecho?
-¡Vas a morir, perro deltalio! -Ambos hermanos se separaron, intentando atacar por dos flancos al hombre que había robado la doncellez de su hermana. La lucha fue fugaz y mortal. Dibujando un arco de arriba a abajo, Kalam hendió el cráneo de uno hasta los hombros. Esparciendo sus sesos, levantó de nuevo el filo y aprovechando el impulso, con la punta del mandoble abrió las entrañas del otro, que cayeron al suelo con un viscoso chapoteo.
Rápidamente, limpió el acero, lo cruzó de nuevo a su espalda y raudo como el viento, abandonó aquel lugar, deseoso de dejar tras de sí cuanto antes las puertas de aquella urbe de sangre, intrigas y negra hechicería.