CUANDO LOS DRAGONES VUELAN
por
Luis G. Del Corral
0-Recuerdos de Egolg
Le llamaban el Príncipe de las Fábulas. Sus obras escritas se vendían por cientos de miles y eran leídas en decenas de lenguas en los cinco continentes. El suyo, por mucho que los advenedizos proclamasen, no había sido un éxito repentino, pues antes de lograr fama y fortuna, dio forma a sus historias entre los amantes de la Fantasía que la cultivaban por puro amor, sin esperar a cambio nada más que almas afines que lo compartieran.
Fue en las páginas de La Taberna de los Trovadores donde se unió a otros locos juglares, exploradores de los sueños, donde sus creaciones tomaron forma definida. Una obra sólida, verosímil, creíble. Tanto que muchos de sus lectores, aterrorizados, no sabían que pensar. Cuando le preguntaban por la secreta fuente en que calmaba su sed de sangre y acero, se ajustaba sus oscuras gafas y respondía:
-De mi memoria y mis recuerdos. -Y no decía más, sonriendo enigmático, como si disfrutase de un gozoso secreto que solo él conocía. Y así era, pues nadie sospechaba que sus palabras contenían la más pura verdad.
Si el común de los mortales evoca momentos de su vida, el Príncipe recordaba sus otras vidas en otras eras y otros mundos. Otros planetas y otras realidades donde el acero es ley de muerte y de vida y quien lo empuña, forjador de su propio destino.
Sus evocadoras narraciones no eran sino la añoranza de quien había sido, su biografía cósmica. Había vestido la piel y sufrido el dolor y gozado los placeres de muchos hombres, y de criaturas que no eran hombres. Todas únicas y singulares, mas ninguna como aquella que vivió en el Mundo de Egolg, cuando fue Kalam Drakul. Muchas aventuras corrió, haciendo enemigos y amigos allá por donde caminó, y pocas muertes fueron tan lloradas como la suya y tan fieramente vengadas...
PARTE 1:
EL LIBRO DEL DESTINO
1-Pluma blanca y pluma negra
Invisible a cualquier ojo que no tuviese el permiso de su Ígneo Señor, aquel lugar era una mágica loa a la suprema y ardiente pureza de las llamas. De danzante fuego carmesí eran sus paredes y la gran cúpula y de hierro candente el suelo. En el centro de aquel infierno de calor, humo y cenizas, se hallaba un inmenso altar de oro macizo, labrado con serpenteantes glifos que fluían con vida propia, y sobre él un grueso tomo de gran tamaño.
En el plano habitado por los mortales, el objeto que el hechicero tenía ante sí no era más que un vulgar montón de pergamino encuadernado en cuero con una gruesa cerradura de plata alquímica, la casi legendaria Argenta de místicos poderes.
Mas allí, dentro del Círculo de Poder, al otro lado del Velo, en el Reino donde era Amo y Señor y su poder supremo, era su más útil herramienta en su constante búsqueda de arcana sapiencia y poder terrenal: El Libro del Destino.
Sin que él lo supiera, sus páginas se habían convertido en una droga vital para su codiciosa alma. Conocer lo que otros hacían en aquellos instantes, saber quienes eran, violar sus momentos de mayor intimidad como a una virgen indefensa. Poder hacerlo una y otra vez, sin que la ignorante masa que eran ellos lo supiesen ni pudieran hacer nada por saberlo, alimentaba su desmedido orgullo. Sentíase como un dios mutilado y prisionero en efímera carne mortal, y ello avivaba y enfurecía sin mesura el rugido de su abrasadora sed de poder.
Con un fluido ademán, encajó el amuleto que sostenía en la zurda en la moldura de la cerradura de Argenta y pronunció una única y sencilla palabra:
-Ábrete.
Obediente, la cerradura chasqueó metálica y con un ruido de engranajes, se abrió. El mago retiró el talismán y volvió a colgarlo de su cuello. De una bolsa pendiente de su cinturón extrajo una cajita de madera lacada que contenía un bloque de tinta y dos plumas, una blanca de búho de las nieves y otra negra de cuervo.
La posó sobre el altar, en un hueco que antes no existía. Abrió el Libro del Destino excitado, con una curiosidad que nunca le abandonaba. En su primera página nada había, pues en blanco se hallaba. Levantó la tapa de la cajita, dejando que la tinta se fundiera. Asió la pluma negra y mojó su punta.
Se forzó a calmarse, desterrando el ansía de su mente. Los tres millares de June que habitaban el Libro despreciaban la grosería y las malas maneras. Xánatorr, pues así se hacía nombrar el mago, debía cuidar su caligrafía, que había de ser exquisita e impecable, sin error posible ni permitido.
Con pulso firme, escribió sus palabras, concentrado en dotarlas de poder:
<<He sabido de la búsqueda de mi enemigo. Deseo conocer si logrará la ayuda que con tanto afán ruega y yo le he impedido hallar>>
La pluma blanca se elevó, flotando en el aire. Bebió de la tinta, oscureciendo su cañón y trazó su respuesta en rasposos signos.
<<Sí. Vuestro enemigo logrará una poderosa espada mercenaria para que haga su voluntad>>
<<¿Quien es? Muéstramelo para que sepa a quien he de destruir>> -En verdad, se dijo Xánatorr, había de ser un extraordinario luchador para que el Libro le calificase de poderoso. Y hábil, lo cual le convertía en diez veces más peligroso.
Con ávida curiosidad, escudriñó los fugaces detalles de los grabados multicolores que se dibujaban en nuevas páginas del Libro. Cuando hubo terminado, las páginas retrocedieron con un crujiente rumor hasta los primeros trazos de la respuesta a la pregunta de su Señor.
El dibujo, que se extendía por dos páginas enteras, mostraba una ciudad de albas y brillantes murallas, húmedas y relucientes de agua de mar. Estaba construida a ambos lados de la gran desembocadura de un río de corriente mansa y tranquila y anchísimo caudal.
La mayoría de los edificios eran pequeñas casas blancas de adobe de una o dos plantas, con techo plano. Los hogares de los poderosos alzaban sus paredes de oscuro basalto sobre ellos, y al fondo, el Palacio Real. Colosal, macizo, robusto. En el puerto, las naves cansadas por la travesía, se dejaban mecer frente a los almacenes, tabernas y posadas en las que pululaban navegantes, rameras y rufianes.
Bajo la imagen, en grandes letras, el nombre de aquella magnífica y populosa urbe:
DELTALIA
Vaya... así que el soldado de fortuna provenía de la más rica ciudad de Austyl, el continente del sur. ¿Que habría llevado tan lejos de su hogar a uno de aquellos hwânlor?
En una de las múltiples terrazas del palacio, Xánatorr distinguió una figura. Volvió la página para observarla con más detalle, esperando ver el rostro mercenario comprado por su enemigo.
Asombrado, vio que aquellos no eran los repulsivos rasgos colmilludos ni la gruesa piel verde de una e aquellas criaturas. Tampoco eran las negrísimas facciones de las tribus humanas -a las que el mismo pertenecía- que habitaban selvas y junglas de aquella tierra.
Aquel hombre era humano, sí, pero de piel blanca que el sol austral había teñido de dorado. Sus cabellos, rubios y refulgentes, caían largos y sueltos hasta la cintura, flameando libres a la brisa dela mañana. Los ojos eran almendrados, sin iris ni pupila ni otro trazo de color salvo un brillante y luminoso azul celeste.
Cubríase con una túnica blanca hasta el muslo, de mangas cortas, pantalones del mismo color y calzaba frescas sandalias. Sobre aquellas ropas debía llevar la túnica de malla de acero con capucha y el yelmo abierto que reposaban a su lado, sobre una mesa de oscura madera con incrustaciones de ámbar.
Apoyaba las manos sobre el pomo de una afiladísima espada de doble puño, mirando más allá del horizonte. Era alto y delgado, aunque de músculos firmes, fuertes y bien torneados. El cuerpo de un luchador nato.
Al igual que en la imagen del Deltalia, bajo el magistral retrato figuraba el nombre de aquel joven guerrero:
KALAM
PRINCIPE HEREDERO DE DELTALIA
2-Maestro del Acero
Xánatorr alzó sus gruesas cejas, asombrado. Sus estudios de las artes taumatúrgicas le habían aislado durante docenas de años de los hechos del mundo, pero aún en su ignorancia no pudo sino interrogarse por aquella espada de sangre real convertida en errante soldado de fortuna. Buscando la respuesta, volvió sus oscuros ojos hacia la página de la derecha, donde comenzaba la narración que hablaba de aquel luchador.
<<Ultimo superviviente de la Familia Real Deltalia, único, verdadero y legítimo heredero de su trono. Desde la cuna fue criado en la Senda de la Espada, siendo el trigésimo séptimo miembro de su familia en alcanzar la honra de la maestría del Acero.>>
Volvió la página. Las palabras eran acompañadas de coloridos dibujos que ilustraban los hechos narrados. Cuando una persona hablaba, las letras surgían de su boca y se derramaban hasta ocupar obedientes las líneas en blanco bajo ellas...
<<Huyó de su hogar navegando a través del mar de sangre de la rebelión que acabó con el poder de su familia y que lo puso en manos del Gobierno del Pueblo, una liga de notables que la plebe escoge libremente cada tres años profanos.>>
Xánatorr gruñó disgustado. ¡Aquello iba contra las más elementales leyes de la naturaleza! ¡Emperadores y Reyes en los tronos y plebeyos acatando sus órdenes! ¡Así había sido siempre y así debía ser! Procuró calmarse y continuó leyendo...
Las siguientes hojas glosaban el vagabundeo de aquel príncipe sin tierra entre la multitud de islas que formaban el gigantesco continente-archipiélago de Marenia hasta su llegada al Imperio de las Cinco Islas. En su peregrinar, decía el Libro -y decía verdad, pues imposible le era mentir-, Kalam se convirtió en un Defensor, cumpliendo así con el deber que le habían inculcado los filósofos y espadachines encargados de su educación como la mayor obligación de alguien por cuyas venas corría sangre de reyes: Proteger al débil y al indefenso.
El hechicero se llevó la zurda al velludo mentón, pensativo. Un auténtico Defensor, Maestro del Acero, y nacido para reinar. Vrudar no podía siquiera imaginar la inmensidad de su fortuna cuando contara con la ayuda de tal guerrero. Una vez más, los dioses jugaban con los mortales, gozando con sus tribulaciones.
Terminó de leer lo escrito en el Libro del Destino y tomó de nuevo la pluma de cuervo, escribiendo cuatro ideogramas:
<<¿Donde está? ¿Qué está haciendo?>>
Tras leer la respuesta a su pregunta, resolvió que lo mejor era recurrir a la Balanza de la Batalla. No le importunaría -no más de lo necesario para que no desconfiase-, velaría por que su viaje fuera tranquilo y sin sobresaltos, le permitiría cumplir con la misión encomendada por el otro. Incluso llegaría a dotarle de un poder como no podía imaginar. Tal era el oneroso precio que exigía la Balanza.
Después... los platos se equilibrarían y entonces su rival, obligado por el poder del sortilegio, debería pagar el precio establecido por la Balanza de la Batalla: su derrota