EL CORAZON DE LA OSCURIDAD
por
Luis G. del Corral
1
Yamshira, capital de la provincia de Lacusia. Un lugar habitado por almas corruptas y perversas. En sus calles, el mal puede hallarse bajo múltiples formas. Desde las retorcidas intrigas palaciegas de la corte, en las que se juega con venenos y reputaciones manchadas, hasta oscuros callejones en los cuales se cortan gargantas con oxidados cuchillos de filo mellado. Existe un dicho que así reza: "Yamshira, donde hasta las ratas ciñen espada".
Es una urbe populosa, con grandes mercados y plazas donde se ajusticia a los condenados con la horca, el hacha, el fuego o el desmembramiento. Posee muchos templos dedicados a oscuras deidades a las que se elevan plegarias para obtener la desgracia de los enemigos y diminutas tienduchas donde los ladrones trocan por oro el producto de sus robos. Las gentes que por sus calles pululan no permanecen ociosas. Los asesinos nunca estan faltos de trabajo; como tampoco lo están los boticarios que les venden los venenos con que emponzoñar sus filos.
El honor en este lugar no existe mas que en una forma sangrienta. ¿Lealtad? Solo se rinde pleitesía al tintineo de las monedas. Quien traspasa el umbral de sus puertas llega a un mundo en que solo sobrevive el más fuerte entre los fuertes. Los aceros no conocen el abrazo de las vainas y el aire apesta a una amalgama de salitre, sudor y excrementos. En las mesas de las tabernas, cosidas a tajos, entre trago y trago, sumergidos en los humos de las antorchas y las estridentes risas de las rameras, los marinos narran fabulosas historias de tierras más allá del horizonte y los rufianes fanfarronean borrachos.
Cuando el viajero llega a Yamshira, sin duda preguntará por un lugar donde reposar y gastar unas monedas para apagar su sed y aplacar los fieros rugidos de su vientre. Se le darán muchas respuestas, y si su interlocutor conserva aún algo de piedad, una advertencia: No deambular por las tabernas y posadas del puerto. La Boca del Infierno, tal es el nombre del lugar. Los guardias de la ciudad no osan entrar en sus angostas y sucias calles, más no por temor, pues sed de sangre no les falta, sino por el buen oro que llena las bolsas de más de un capitán manirroto. Esta historia que ahora os cuento, transcurrió largo tiempo ha, cuando Shogun IV todavía era joven y su brazo fuerte...
-¡Más vino, posadero! -Quien así gritaba era un hombre flaco, de pelo sucio y largo, con ojos pequeños y oscuros y una nariz afilada y estrecha. Su faz semejaba la de una rata que caminase erguida sobre sus patas traseras.- ¡Mi garganta sigue seca! -Frente a él se hallaban un marino de cabeza calva y anchas espaldas y un hombre obeso, de carnes fofas como las de un gusano. Volvíose hacia ellos y se inclinó sobre la mesa.- Como os digo, compañeros. Ese hombre de seguro posee grandes riquezas y no echará en falta una o dos bolsas de oro y gemas.
-Eres un loco -replicó el marino-. Hay algo siniestro en ese mercader. Un primo de mi primo cuenta que cuando su extraño bajel llegó al puerto, reinaba una calma total y sin embargo ¡sus velas estaban tan hinchadas que casi reventaron!
-Si la superstición fuera oro, todos los marinos seriáis emperadores -terció el gordo-. ¿Que hay de sobrenatural en un mercader extranjero que se establece en este lugar?
-Es un brujo, seguro. -El marino aferró un amuleto que le colgaba del cuello.- Nadie sabe quien es, ni le ha visto el rostro, ni se sabe de donde viene. No puede traer nada bueno.
-Brujo o no brujo -dijo Cara de Rata-, entraré en su palacio y saldré convertido en un hombre rico.
-Eres un loco. Te robará el alma por tu osadía y vagarás eternamente entre este mundo y el pais de los muertos.
-Calma, amigo, calma -respondió el obeso. En ese momento, una moza de rubios cabellos les llevó una nueva jarra de vino, si es que vino se podía llamar a ese líquido oscuro y agrio. El ladrón puso en la mano de la moza dos monedas y la despachó con un fuerte azote en las nalgas-. Tu pellejo se está volviendo blanco por momentos. -Se volvió hacia el otro-. ¡Trae acá ese vino! Yo también estoy sediento. -Se escanció el vaso hasta casi rebosar, dió un par de tragos y comenzó a narrar a sus hermanos de borrachera las excelencias en el lecho de las pintarrajedas prostitutas del templo de Lial, la diosa del amor.
-¡Serían capaces de revivir a un muerto!
Horas más tarde, Cara de Rata se movía furtivamente entre las sombras. El cielo estaba cubierto de nubes que tapaban las estrellas, y era la primera noche del novilunio. La noche ideal para robar. Llevaba una capa negra, espada corta, un juego de ganzúas y una cuerda con un garfio de tres puntas en un extremo. Colgados del cinturón llevaba dos sacos de cuero en los que depositar el botín que esperaba obtener.
A lo lejos, escuchó el tintineo metálico de las cotas de malla y los pasos húmedos que chapoteaban en los sucios charcos de agua de lluvia y orines de perro. Rápidamente se ocultó en la oscuridad de un callejón próximo y se agachó cubriéndose con la capa. Debía ser cauteloso ahora, pues los guardias que rondaban más allá de la Boca del Infierno no tenían por que ser clementes con los ladrones que se adentraban en las calles fuera de su feudo. Tras unos minutos de angustiosa espera, siete hombres armados con lanza y sable pasaron ante él y siguieron su camino.
Suspiró aliviado y reanudó la marcha. Mientras se deslizaba hacia su destino, pensó en que con esta hazaña lograría el respeto de los jefes del Gremio y por fin acabarían los temores al veneno o a un dardo envenenado en castigo por su rebeldía. Rebeldía, pensó mientras escupía en el suelo. Si era él quien corría todos los riesgos, ¿por qué los jefes del Gremio se apropiaban de un diezmo del botín? De invertirse los papeles, estaba seguro de que no se mostrarían tan orgullosos.
Cuando por fin llegó a su destino lo observó: Muros negros con la altura de tres hombres, y tras ellos el palacio, de aguzadas y esbeltas torres blancas con pináculos de pizarra azul. Un hombre que viviera en tal lugar, sin duda debía ser poseedor de grandes riquezas. Avanzó con sumo cuidado hasta el pie de los muros y una vez allí, cogió la cuerda que colgaba de su hombro, con las puntas del triple garfio forradas de trapo para que no hicieran ruido al golpear el muro.
Se apartó unos pasos y con un giro de muñeca, la cuerda voló hasta salvar el obstáculo. Cara de Rata dió unos cuantos tirones para asegurarse de que la cuerda estaba segura y comenzó el ascenso. Luego, enrolló de nuevo la cuerda y saltó al otro lado del muro. Cayó agachado y sin levantarse, observó el lugar.
Se sonrió. Aquellos jardines, con sus arbustos de fagantes flores y sus fuentes rebosantes de agua perfumada le proprorcionaban un escondrijo perfecto. Comenzó a dar la vuelta al suntuoso edificio, buscando un lugar por el que entrar, cuando algo le golpeó por detrás, echándole al suelo. Sintió un aliento cálido y húmedo en su cuello y escuchó unos gruñidos cada vez más cercanos a su oido.
Se revolvió violentamente y tras ponerse en pie, vio a su atacante. Parecía un perro, pero tenía la piel escamosa y cabeza de serpiente. El monstruo se abalanzó sobre él. Cara de Rata, con un solo movimiento, desenvainó su espada y golpeó. El tajó resonó como si golpease contra metal. Rápidamente, giró sobre su pie izquierdo y dirigió el tajo al lomo del engendro, pero también fue inútil ese golpe.
Los adversarios quedaron frente a frente. El monstruo miraba al hombre con una extraña expresión de inteligencia en sus ojos amarillos. Rugió mostrando unos monstruosos colmillos y una larga y afilada lengua bífida que se movía como si poseyera vida propia y saltó con las patas por delante. Cara de Rata se ecó a un lado, pero no antes de que su pecho fuese marcado por las garras del otro. Tambaleándose, lanzó una estocada a su derecha, pero la espada resbaló en los dientes del engendro, haciéndole tan solo un pequeño corte en la lengua.
Desesperado y jadeante, el ladrón interpuso su acero entre él y su rival, que de nuevo saltaba hacia él. Cuando el filo apenas rozó las escamas de su costado, fue como si golpease contra un muro invisible y cayó al suelo, gimiendo de dolor. De la herida brotaban rizos de un vapor hediondo, al igual que de la espada del sorprendido ladrón. Enseguida comprendió: la sangre de la criatura que había manchado el arma al cortar su lengua, poseía algún poder extraño al que ella, sin embargo, no era inmune.
El perro-serpiente siseó amenazador y se echó hacia atrás hasta casí sentarse. El animal saltó de nuevo, pero esta vez, la espada mordió su cráneo hasta hendirlo y hacerle caer sin vida al suelo. Cara de Rata envainó su acero y tras asegurarse de que la herida del pecho no era profunda, siguió buscando una entrada.
Tras pensarlo, se encaminó a una de las torres. Si en verdad ese comerciante era un brujo, era de suponer que guardase sus posesiones más preciadas en un lugar de gran altura, desde el cual ver venir al enemigo, prefiriéndolo en lugar de una oscura cripta, expresando de tal manera su superioridad sobre el resto de mortales. Cara de Rata esbozó una mueca de disgusto. No había nada que le repugnase más que las gentes que en su soberbia se creían inalcanzables. El se aprovechaba de ese orgullo y les mostraba su error.
Sacó las ganzuas. Tras unos momentos, la puerta se abrió y traspasó el umbral. La escalera que subía retorciéndose era lo unico que veía. Subió, iluminado por los braseros colgados de la pared. Estos se inflamaban a medida que se acercaba a ellos y perdían su fulgor cuando los dejaba atrás.
No había ventanas ni puertas en aquella torre, salvo el lugar por el que había entrado y aquel frente al cual se hallaba ahora, tras una fatigosa subida. El sudor resbalaba hasta sus heridas y le producía un molesto escozor. La puerta frente a la cual se hallaba ahora era muy diferente de aquella por la que había entrado. Era al menos dos veces más ancha y alta y parecía hecha en un único bloque de piedra negra y lisa.
En su superficie había grabada en oro una estrella de cinco puntas invertida, y en torno a ella, una serie de extraños jeroglíficos cuyo significado no supo desentrañar pero que le produjeron una extraña desazón. A ambos lados del umbral había dos estatuas de tamaño colosal; representaban ambas a hombres de poderosa musculatura con turbante y taparrabos y de expresión ceñuda, con una gran espada curva -esta de metal- empuñada.
Una extraña desazón le invadió, haciéndole estremecer. Sentía que quizás no debiera estar allí, y sí emborrachándose en alguna sucia taberna, pero haciendo un terrible esfuerzo se dijo que no había arriesgado tanto para salir corriendo ahora como una vieja. Extendió la mano hacia la puerta y esta, apenas la hubo rozado, comenzó a subir silenciosamente.
2
-¡Por los cuernos de Teruk! -exclamó asombrado. La estancia estaba bañada en una intensa luz blanca que parecía emanar de las mismas piedras que la formaban. No contenía nada entre sus paredes, a excepción de una gran piedra negra de múltiples facetas a la cual un hábil tallador había dado la forma de un corazón humano. La gema flotaba a la altura de su rostro, oscilando suavemente.
Cara de Rata avanzó hasta aquella maravilla, dispuesto a apropiársela.
-¡Detén tu brazo, miserable! -Levantó la vista y se volvió. Aterrado, descubrió que los dos colosos negros habían cobrado vida. Ahora se hallaban dentro de la estancia, a escasos pasos de él, blandiendo amenazadores sus poderosas espadas.- No tienes derecho alguno a poner tus sucias manos de ladrón sobre el Corazón de la Oscuridad.
Observó que, aunque hablaban y las palabras parecían provenir de sus bocas, no despegaban los labios. Cerró el puño sobre la gema y rápidamente la guardó en uno de los sacos que colgaban de su cinturón.
Los guardianes avanzaron dispuestos a segar el cuello del intruso, pero sus movimientos eran lentos y torpes, como la roca de que estaban hechos. Tenía que alejarlos de la puerta, aun estaban demasiado cerca como para aproximarse hasta ella. Desenvainó la espada y retrocedió con cautela. Las esculturas animadas avanzaron pesadamente, haciendo temblar el suelo a cada paso que daban. No albergaba ya duda alguna acerca de los poderes arcanos del mercader. Se reafirmó en su deseo de no dejarse arrebatar el botín obtenido. Sin duda debía ser muy valioso cuando dos custodios como aquellos la guardaban.
-¡No sabes lo que has hecho, loco arrogante! -Siguieron caminando, inexorables-. Devuelve el Corazón ahora y se te permitirá abandonar esta cámara con vida.
-¡Nunca! ¡Si deseais recuperarlo, tendreis que arrebatármelo de mi mano muerta!
-Sea pues. Tuviste tu oportunidad.
Cara de Rata comenzó a sudar copiosamente; se relamió nervioso los labios. Sus rivales se habían separado y trataban de rodearlo. Eran lentos, pero sus brazos y espadas largos y él solo sostenía un filo medio oxidado. Elevó una plegaria a Teruk, el dios de los ladrones y decidió llevar a cabo una arriesgada maniobra.
Se lanzó al suelo con una voltereta, escapando por apenas el espesor de un cabello a los sables que hendieron el suelo por el que acababa de rodar. Sin parar, se levantó y corrió como el rayo hacia la salida de la cámara sin mirar atrás. Bajó las escaleras como si de una tromba se tratase, salió a los jardines y en un instante se plantó en lo alto del muro y lo sorteó. No cesó en su carrera hasta que llegó a las callejas del puerto.
3
El encapuchado se volvió asustado hacia la puerta de la taberna, que acababa de abrirse, esperando ver entrar a algún rufián deseoso de obtener la recompensa por él ofrecida. Suspiró de alivio al observar que eran una ramera y un borracho que apenas se tenía en pie. Su huida duraba varios días, desde que los jefes del Gremio fueran hallados sin vida, cubiertos por una gruesa capa de hielo. La amante de Zoltán había sorprendido al asesino y logró marcarle la cara con las uñas antes de que la quebrasen brazos y piernas.
Vió el rostro de aquel que cubrió con una gélida mortaja a la persona con la que compartía el lecho: ¡El, Ghorlak cara de Rata! Pero no era posible. Cuando eso ocurrió, justo al día siguiente de su incursión en aquel palacio, él lo celebraba con sus camaradas ladrones en el burdel del templo de Lial, gozando de su prostituta favorita. Y sin embargo, en su rostro, aparecieron cuatro surcos sangrantes, como si le hubieran arañado...
Pagó su copa con una sucia moneda de cobre y abandonó la taberna, con la cabeza agachada y cubierta. Tenía que ser la joya. Debía deshacerse de ella, pero ¿de que modo? Tras mucho cavilar, decidió que quizás devolviendo la joya a su dueño, su ira se apagase. Eso no le ahorraría problemas con los cofrades del Gremio de Ladrones, pero al menos el hechizo que sobre él pesaba perdería su fuerza.
Tenía miedo. A medida que se acercaba al palacio, una garra afilada y sanguinolenta atenazaba su ánimo. ¿Acaso así se calmaría el dueño de la joya? Quizás fuera mejor dar media vuelta y salir huyendo que enfrentarse a...
¡SHIIINK...! El inconfundible roce de un acero al ser desenvainado le hizo clavar los talones y, por puro reflejo, volverse a la vez que desenvainaba el propio. Una brisa helada le envolvió, estremeciéndole en lo más profundo de su ser. Pero más estremecedor aún fue el contemplar el semblante de quien se hallaba frente a él. Era como mirarse en un espejo, pero un espejo maléfico, de torcida mirada y sonrisa siniestra, como un tiburón frente a un naúfrago atado de pies y manos. Sus ropas, su espada, eran como siempre había imaginado que debían de ser: elegantes, con un aura de majestad; pero todo le transmitía una incómoda frialdad que le encogía el aliento.
-¿Qué clase de demonio eres? -preguntó con voz temblorosa. Alzó la espada, interponiéndola entre él y el siniestro ente.
-Uno que conoces muy bien, Ghorlak -Incluso su voz era un eco idéntico de la suya-, que hasta ahora yacia dormido y sin vida. No puedo dejar que renuncies al Corazón de la Oscuridad, condenándome de nuevo al sueño eterno.
"Eres un ingrato. Después de lo que he hecho por tí, de que tú has cumplido tus más profundos deseos, ¿así me lo pagas? No, ser mezquino y ruin, si alguien ha de morir ¡ese eres tú! -El otro atacó tirándose a fondo. Ghorlak detuvo la estocada al tiempo que se echaba a un lado y trató de segar el cuello de su rival. Este con sobrehumana rapidez, detuvo el tajo y se echó a un lado, sin dejar de interponer en ningún momento su arma con la de Ghorlak.
Este hizo una finta hacia el rostro del otro, pero su artimaña fue descubierta y evitada con un tajo de izquierda a derecha que detuvo facilmente. Trató de apuñalarle el rostro, su enemigo lo evitó agachándose y le zancadilleó, haciéndole tropezar y caer. El devolvió el golpe cuando su siniestro gemelo alzó el filo, dispuesto a atravesarle el corazón.
Ambos contendientes se levantaron y de nuevo se situaron frente a frente. Era increíble. Aquel espadachín conocía todos sus movimientos y lograba detenerlos casi antes de que se produjeran y de algún modo extraño, a él le ocurría lo mismo. Sabía en que lugar colocar exactamente su espada, como debía de moverse para golpear en el punto preciso y que sus ataques serían detenidos siempre. No podía vencer en una pelea así, debía huir, encontrar refugio. Contra tal adversario no tenía medios para vencer.
-Eso es -replicó el otro-. Témeme, necio y sucio rufián, deja que el pavor te robe el aliento, inclínate de terror, suplica por tu patética vida. -Su puño comenzó a brillar con un aura de fría luz azulada que se extendió hasta rodear por completo el arma que sostenía en la diestra.
-¡Jamás! -Llevado por el pánico, Ghorlak atacó alzando su espada sobre la cabeza. Su contrincante detuvo el torpe tajo y de improviso, comenzó a carcajearse. Ghorlak, horrorizado, vió como una gruesa capa de hielo reptaba a lo largo de su hoja. Justo cuando el frío comenzaba a entumecerle el puño, lo abrió, dejando caer el acero, que se quebró en mil pedazos al golpear en el suelo.
-¡Alto a la guardia! -Por el extremo de la calle, asomó un grupo dirigido por una mujer, atraido por el ruido de la pelea. El otro se volvió mascullando una maldición. Ghorlak aprovechó su distracción para asestarle una formidable patada en su entrepierna. Una dentellada de dolor cerró sus mándibulas sobre su virilidad, obligándole a caer de rodillas. Haciendo un terrible esfuerzo, se levantó y trató de huir. Tres de los soldados que formaban parte de la patrulla se separaron de sus compañeros y corrieron tras él. Por fortuna, ellos llevaban armadura, lo que volvía sus zancadas lentas y pesadas, más caminar velozmente que correr.
Ghorlak giró de improviso, adentrándose en un callejón. Cuando los guardias se dispusieron a entrar, el primero de ellos fue golpeado sin piedad, saltándole dos dientes. Rápidamente despojó al aturdido soldado de su espada y su daga y corrió de nuevo, hacia el mercado. Preso de una súbita inspiración, se dirigió hacia el puesto de un alfarero, arrojando su mercancía al suelo y haciendo tropezar a los guardias, que cayeron entre cacharros rotos y maldiciones. No paró hasta un largo rato después, una vez hubo llegado a las puertas del palacio del mago.
4
-Pasad por favor, mi amo os aguarda. -Le abrió la puerta una muchacha de larga cabellera dorada hasta la cintura, ojos azules y miembros gráciles y esbeltos, con una piel blanca como la leche. Sorprendido, se dejó conducir a través de pasillos y estancias ricamente ornadas con mosaicos de vivos colores y columnas retorcidas junto a las cuales se hallaban estatuas de oscuro mármol veteado de verde y blanco, cuyos brillantes miradas eran esmeraldas y zafiros, cubiertas con ricas telas.
El salón donde se hallaba el conjurador era de techo alto, con arcos terminados en punta y un pasillo con balcón que lo rodeaba en su parte superior. El techo estaba cubierto por una magnífica vidriera, cuyo dibujo azul, verde, amarillo y anaranjado era proyectado por el sol del mediodía en el blanco suelo. Era una estancia inmensa, demasiado grande para un edificio tan pequeño.
Por toda su superficie había árboles, plantas y flores exóticas y desconocidas entre las cuales se movían bestias de sigilosos pasos y revoloteaban aves de trinos musicales. En el centro había un estanque del que bebían todos los animales y a su lado, una alfombra y sobre ella una mesa con un banquete digno de un emperador.
En una silla estaba sentado un hombre de avanzada edad y luenga barba gris que vestía una amplía túnica blanca. A ambos lados, tras el amplio respaldo de su asiento, se situaba la misma pareja de colosos con los que se enfrentara la noche que robó la joya.
-Acercaos sin temor -su voz era sonora y joven, la de alguien que ha visto cosas con las que otros tan solo sueñan-. Mis gólems nada os harán si yo no lo ordeno antes.
Ghorlak se sentó en una silla frente al mago, al otro extremo de la mesa. Puso a un lado las armas que robara al soldado de la guardia y escrutó con ojos desconfiados a su anfitrión.
-Me esperabais. -No era una pregunta.
-Así es. Mis poderes me han revelado que ya os habeis enfrentado a la Sombra. -Excitado y nervioso, el ladrón se echó hacia delante.
-¿Os referís a ese demonio que casí me mata y me ha robado el rostro?
-Sí, pero antes os he de explicar de modo que lo entendais, los poderes que habeis desatado al apropiaros el Corazón de la Oscuridad. -Abrió los brazos en un gesto amplio e invitador.- ¡Comed! Os aseguro que nada de lo que veis está ensuciado con veneno. Mi criada lo ha preparado especialmente para vos.
Gorlak no se hizo de rogar y comió. Aquellos manjares en verdad eran dignos de un dios. La carne era tan tierna y jugosa que se le deshacía en la boca, y tras beber esos licores de color oscuro, aroma picante y sabor fuerte y recio, ¿cómo podría volver a envenenarse las entrañas con aquel bebedizo infecto que servían en las tabernas del puerto? Mientras llenaba el estómago, el mago, que se presentó como Pellsilaur de Deltalia -una rica y próspera ciudad del continente de Austyl, en la desembocadura del rio Feyguer-, le desveló el secreto del Corazón de la Oscuridad.
-La gema que robasteís perteneció a un rey-hechicero de un pais desconocido, situado en unas tierras más allá del océano de Oriente, donde los necios afirman que acaba el mundo, pero no es así. La gema fue creada para absorber y devorar la maldad y la corrupción que asolaban aquellas tierras. El monaca se mostró satisfecho al ver que sus arcanos saberes servían para llevar la paz a las tierras que gobernaba con justicia desde su trono.
"Mas toda la maldad, corrupción y perversidad que aprisionó en el interior de aquel talismán llegó a corromper y desbordar la prisión en que estaba encerrada. Todo aquel que ponía sus manos sobre la joya maldita veía como su lado oscuro cobraba vida propia, alimentándose de todo el odio, envidia, codicia, sed de sangre, que era capaz de albergar su alma, dando forma a la Sombra. Este doble maligno hacía realidad todos los deseos ocultos y frustrados del dueño de la joya.
Los temores y miedos del amo del Corazón de la Oscuridad son la fuente en que bebe sus poderes, un manantial que no está dispuesta a dejar que se seque. El único medio de contener a la Sombra es derrotarla en duelo singular.
-Pero, ¿cómo lo lograré? -exclamó Ghorlak-. Si lo que decís es cierto, será como luchar contra uno mismo, ¿cómo vencer en una lucha así?
-Conociendo vuestras propias debilidades -respondió Pellsilaur- y actuando en consecuencia. Solo de esa manera lograreis la victoria en un combate que hasta los más poderosos guerreros han hallado imposible de ganar.
-¿Y que pedis a cambio de vuestra ayuda? -Ghorlak alzó la mirada, receloso-.
-Tan solo una cosa: vuestra vida. -El hechicero alzó la mano, conciliador.- Deteneos, tan solo deseo un... sicario que realice las misiones que le encomiende. A cambio, yo os pagaré con oro, protección y... otras cosas -dijo, al ver las lascivas miradas que Ghorlak arrojaba sobre las sinuosas curvas de la muchacha, cubiertas con una fina gasa transparente que se ceñía a su cuerpo como una segunda piel mientras le escanciaba una nueva copa de vino-. Sherezade ciertamente sabe como complacer a un hombre. Mis estudios de lo arcano me privan de tal placer, pero sin duda vos sabreis como gozar de él.
Gorlak meditó la oferta. Si había algo que el apreciaba por encima de todo era su libertad, pudiendo ir allá donde se le antojase. Pero tambien era cierto que, desde el más despreciable mendigo al más alto de los dioses, hay cadenas que nos sujetan a lugares y gentes de la más diversa naturaleza.
Se dijo que una cosa era elegir libremente un amo al que servir por propia voluntad y otra padecer bajo una autoridad impuesta a la fuerza, como la del Gremio de Ladrones. Lo que el hechicero le ofrecía a cambio de su lealtad le atraía, en especial la joven Sherezade. La miró a los ojos y ella le sonrío. Tomaría una decisión, pero antes precisaba conocer una respuesta.
-¿En que consistirán mis tareas a vuestro servicio?
-Podreis actuar según os plazca, pero en el momento que escucheis mi llamada -la voz del hechicero adquirió un tono autoritario-,acudireis sin demora. ¿Os place entonces mi ofrecimiento?
-Me place -respondió Ghorlak. Se levantó y le tendió la mano a Pellsilaur, que se la estrechó con fuerza y firmeza. El ladrón pensó que, aunque se había encadenado a un señor, el había escogido con total libertad su cadena. Si finalmente la elección resultaba equivocada, el error sería tan solo suyo por no haber poseído mas discernimiento.
-Entonces, si me seguís -dijo levantándose-, os prepararé para la terrible lucha que os aguarda. -Se internó bajo las arcadas de un largo y estrecho pasillo, seguido por las dos estatuas animadas y Ghorlak, que, a falta de vainas adecuadas -la suya era muy pequeña- caminaba con la espada y la daga empuñadas.
5
Ghorlak observó la estancia. Según Pellsilaur, aquella cámara redonda y vacia, que apestaba a humedad y podredumbre, apenas iluminada con la luz de las antorchas, era el lugar donde los astros habían determinado que se librase el duelo, en las entrañas de la tierra. A indicación del hechicero, se había bañado, perfumado, recortado cabellera y barba y cambiado sus ropas por otras más adecuadas. Ahora, las líneas finas y afiladas de su rostro se destacaban aún más, casi como si fueran a rasgar la piel y mostrar el hueso que cubrían. Vestía camisa verde, pantalones pardos y botas altas de cuero negro. Tambien había cambiado sus armas por un sable de filo curvo y empuñadura de plata labrada con la figura de un águila, una daga de acero negro y una pequeña ballesta que se podía sujetar en el antebrazo, aunque esta última no la emplearía en su lucha.
Cuando se miró en el espejo de plata de sus aposentos -"Si me vais a servir, precisais de un lugar en el que reponer fuerzas"-, apenas se reconoció. Su reflejo le recordaba a la estatua del gran Goldeus el Noble, fundador del Gremio y héroe legendario. La estatua de oro macizo descansaba ahora en el templo de Teruk y había sido robada de la Galería de la Fama en Kotedo, la capital del Imperio de las Cinco Islas. Quizás él también estuviese destinado a realizar grandes hazañas como Goldeus. Quizás, fuera quien fuera el muerto en aquel siniestro pozo, Cara de Rata hallase la muerte y renaciera bajo otra forma.
-¿Estais dispuesto?
-Sí -respondió, sin volver el rostro-, lo estoy.
-Bien, entonces recordad mi advertencia: Vuestra Sombra alimenta su existencia y su poder con vuestros miedos y temores. Solo conociendo vuestras debilidades lograreis derrotarla. -Ghorlak atravesó la estancia, sable en mano, y descendió por el graderío hasta el fondo del pozo que se hallaba en el centro de la cámara. Se palpó la bolsa que llevaba al costado, donde guardaba el Corazón.
No hubo de esperar mucho. Un soplo de aire helado entró en el luga y se arrojó al fondo del pozo, donde tomó forma. La Sombra se hallaba ante él, reflejo siniestro de su alma y su ser. No le extrañó ver que vestía y estaba armado como él. Desenvainó su acero y, sin mediar palabra, atacó.
Como en su anterior encuentro, cada uno sabía lo que iba a hacer el otro y bloqueaba sus golpes casi antes de que el otro los asestase.
Tan solo se escuchaba el repicar del acero, que resonaba con ecos de muerte en el techo abovedado. los sables dibujaban mortales arcos de acero y odio mientras ambos contendientes se deslizaban veloces sobre las piedras buscando el modo de romper la guardia del otro. La Sombra lanzó un tajo a las rodillas de Ghorlak, que este contuvo con facilidad para luego describir un arco de abajo a arriba, hacia el rostro del otro, pero su rival lo evitó saltando hacia atrás. Agachándose, ambos se pusieron en guardia, blandiendo el sable con la diestra mientras con la otra mano desenvainaban la daga.
Caminaron de lado, en un círculo que poco a poco se fue estrechando hasta que el roce de los filos hizo estallar aquel silencio que pesaba como el plomo en un trueno de acero que relampagueaba con los destellos de las antorchas en su bruñida superficie. Pronto llovería sangre y esta manaría libre en un torrente de muerte.
La Sombra encendió sus manos con un fulgor blanco, extendiéndolo sobre sus armas, dispuesto a hacer lo que no había podido antes. En breves instantes, grandes charcos de hielo azul salpicaban el suelo. Fue llevando a Ghorlak poco a poco hasta los escalones inferiores del graderío, intentando que tropezara, poniéndose así a su merced. Mas no sucedió así, sino que Ghorlak fue subiendo, logrando una posición ventajosa. La Sombra, furiosa, intentó cercenarle los tobillos. Ghorlak lo esquivó de un salto y cuando aún no había tocado el suelo, dió una patada en el rostro de su rival, que retrocedió con una mueca de dolor... al igual que él. Incrédulo, se llevó la mano al rostro y observó sus dedos, manchados de escarlata con la sangre que fluía desde su nariz, tiñendo de escarlata sus labios.
-¡Defiéndete, miserable! -bramó la Sombra-.
-No. Ahora lo sé. Tú eres yo y yo soy tú. -Ghorlak abandonó las gradas y se situó frente a su gemelo maléfico.- Lo que uno sufre, lo sufrimos los dos, pues ambos somos el mismo ser. He aprendido a reconocer mis miedos, no debo enfrentarme a tí con la espada. Debo aceptarte como parte de mí, tal y como eres. Tal y como soy.
"Ven a mí.
-¡Maldito seas! ¡Maldito tú y toda tu descendencia, hijo de una ramera! -La Sombra cargó contra Ghorlak, aullando como un loco. El ladrón se mantuvo en el lugar, sin mover un solo músculo. Hubo un destello cegador; Ghorlak sentía como si sus pedazos se fundieran y uniesen en un nuevo ser, único e indivisible. La oscuridad, el frío, el temor seguían allí, pero ahora volvían a ser parte de él y podía usarlos en beneficio propio.
-Os felicito -Pellsilaur se acercó hasta él y le puso una mano en el hombro-. Se podría contar con los dedos de una mano a aquellos que han logrado la victoria en una lucha así. -Dió una palmada seca y uno de los gólems se aproximó con unas tenazas. Ghorlak extrajó de su bolsa el talismán que tantos problemas le había dado, y se lo entregó al coloso, que lo sujetó firmemente con la herramienta y se marchó con ella-. Será mejor que el Corazón vuelva a donde debe estar. ¿Os ocurre algo? Teneis una expresión rara.
-¿Qué hubiera pasado si...
-Habriais muerto, y la Sombra con vos, al marchar vuestro espíritu al otro Mundo. Pero ahora -le invitó a abandonar aquel lugar con una sonrisa-, creo que os gustará más la compañía de Sherezade que la de este viejo. Ella os espera en vuestra alcoba...
Ghorlak musitó un agradecimiento apenas audible y abandonó aquella estancia. Una vez llegó a sus habitaciones, mientras abría la puerta y observaba el cuerpo tendido sobre las pieles del lecho, se dijo a si mismo que al menos, en la lid que ahora le aguardaba, solo obtendría placer. Cerró la puerta tras de sí y se dirigió hacia la muchacha, que le aguardaba con una sonrisa y los brazos abiertos.