Nota: El protagonista de este fanfiction es Laurence Talbot, el licántropo del film "El Hombre Lobo" de 1941, en una versión alternativa ambientada en el Universo Marvel.

 

TALBOT - CAPÍTULO I

"CON LA BESTIA DENTRO"


Puedo verla delante de mi, mirándome y riéndose, con lágrimas anegando sus ojos. Es mi Vida... y yo siempre he sido su bufón.
Aunque al principio no era así, desde luego que no. Parece que ha pasado una eternidad - al menos en parte, pues he vivido más que cualquier persona normal- desde el suceso que marcó mi vida y me marcó a mi. El día que dejé de ser humano. Lo recuerdo claramente... pero a la vez es como si fuera un sueño, como si le ocurriera a otra persona y yo lo estuviera viendo desde un lugar aparte. El viaje a mi Gales natal... el ataque a Jenny y como la ayudé... la cosa que me miró con ojos humanos entre un hirsuto pelaje negro... su mordedura, extrañamente ardiente...
... y todo lo que vino después... el dolor y la rabia. La sorpresa al salir de la tumba, pues no habían podido darme muerte, ni siquiera con la plata. Ya ni siquiera recuerdo cuantas veces intenté suicidarme... siempre volvía a vivir. Una vida de vagabundo, intentando mantenerme alejado de otras personas, lo cual resultaba casi imposible.
Y al final, años después, volví a Norteamerica, colándome en un pequeño carguero. Calculé mal la duración del viaje y pese a que la nave llegó a puerto, solo yo vivía, para seguir sufriendo el dolor.
Y así hasta hoy, poco más que un mendigo, con una vida cada vez más dura. Porque al principio solo era con el plenilunio... ahora es todas las noches. Y cada vez es peor, antes el cambio era mínimo en el sentido físico... ahora espero cada noche tembloroso, pensando en lo que me espera...
Por cierto, creo que no he dicho mi nombre.
Me llamo Talbot.
Laurence Talbot.


Nueva York, a medianoche. Plenilunio.
Este hombre, en veinte años, no ha conocido más hogar que la calle.
Miradle bien, si, miradlo. No diríais que en otro tiempo tuvo una vida plena, con una familia arropándole, sintiéndose protegido y querido. Pero eso fue hace una vida, y ahora está pagando por sus pecados, con una rutina diaria de búsqueda de comida en contenedores, supervivencia, ocultándose de las bandas callejeras y de los cientos de depredadores urbanos que hay en la ciudad.
Depredadores urbanos. Son esa clase de gente que puede parecer normal pero que solo se divierte dañando a los demás. Prender fuego a los mendigos mientras duermen y otras cosas.
Pero esta noche hay otro tipo de depredador, más peligroso.
El hombre - solo, viejo, sucio- se adentra en Central Park. Central Park es un buen sitio, es amplio. La mala gente no suele entrar en él de noche, pueden perderse. Le gusta Central Park.
Camina entre los árboles. Es Otoño y la hojas cubren el suelo, como una alfombra de putrefacción vegetal abrazando a la madre tierra.
Y entonces algo exhala y observa.
Inhala.
Corre. Corre hacia su presa.
El hombre apenas lo ve venir, solo llega a distinguir una enorme figura negra que parece correr a cuatro patas antes de que las frías fauces se cierren en torno a su garganta. Intenta gritar pero solo pude emitir unos pocos gorgoteos con la boca inundada de su propia sangre. Su cuerpo queda inerte y todo se vuelve oscuridad para él.
La Bestia devora, sumida en un frenesí. Quiebra los huesos, desgarra la carne y bebe la sangre que fluye como ríos a traves de las heridas. Se permite una pausa en su festín por un momento y alza sus ojos dorados hacia el cielo, hacia la luna que parece observarlo todo con indiferencia.
Y aulla.

Al día siguiente, por la mañana...
Me despierto, desnudo y dolorido, sobre el húmedo suelo de fría piedra, cubierto de cadenas que no pueden atarme. Ahora son demasiado grandes para mi y puedo dejarlas sin problemas, no puede decirse lo mismo cuando se produce el cambio.
Este es mi hogar. Bajo esta ciudad hay una tierra de túneles y galerias. Cloacas, muchas de ellas fuera de servicio, y antiguas estaciones de metro abandonadas, en lo más profundo del subsuelo.
Mi hogar.


En uno de los muchos callejones que inundan el barrio conocido como La Cocina del Infierno, una tapa de alcantarilla se levanta y es apartada. De la negra boca que lleva a las profundidades sale un hombre, vestido con unos pantalones vaqueros, una camisa blanca, y una vieja y desgastada chaqueta de cuero. Es alto, de físico atlético, cabello pelirrojo y ojos verdes. Su rostro, marcado por una barba de unos pocos días, parece sumido en una expresión de perpetua tristeza.
Laurence Talbot, Larry para los amigos.
Se llevó las manos al bolsillo y sacó unos pocos billetes. Los contó y frunció el ceño. Volvió a contarlos.
"Crei que me quedaban más dolares", pensó
Suspiró y volvió a guardar el dinero. Puso la tapa de la alcantarilla en su sitio y dejo el callejón, entrando en la calle. Mientras caminaba tomó una gran cantidad de aire con su nariz, añorando la época en la que podía limitarse a respirar oxigeno medianamente puro. Pero ahora cientos de olores y sensaciones lo inundaban. Abrió los ojos y ahí estaba, ante él, el olor, formando corrientes visibles como faros. El olor de las personas que le rodeaban, de los animales, las plantas, los vehículos.
Era el olor de la ciudad. Un ser vivo grande y poderoso, podrido en algunos puntos, como un enorme roble próximo a la vejez.
En su particular vagabundeo va a dar ante un puesto de prensa, regentado por un viejo que por su aspecto debió ser un hippie en los años sesenta. Parecía drogado, o dormido. Allí vió los periodicos. Uno, prensa amarilla, le llamó la atención. La gente solía denostar esa clase de noticias -del tipo "Un alien se come a mi perro"- pero dadas sus experiencias, Laurence sabía que a veces, entre la basura, podía encontrarse algo de verdad. Y allí había algo, en primera página, que le llamó la atención.


EL HOMBRE LOBO DE CENTRAL PARK ATACA DE NUEVO
por Adrian Daninsky

El normalmente verde suelo de Central Park volvió a teñirse de rojo esta pasada noche cuando otro habitante de nuestra querida ciudad, un mendigo sin identificar, se convirtió en la víctima número tres del Hombre Lobo. La policia, en su ceguera, sigue afirmando que el autor de las terribles mutilaciones es un ser humano, pero nosotros sabemos que...


Pagó el periódico y siguió leyendo mientras caminaba. Se hablaba de brazos arrancados, garganta desgarrada, marcas de zarpas y mordiscos por todo el cuerpo. Faltaban organos internos. Laurence conocía bien aquello, era el modus operandi típico de un licántropo. Estaba claro que no era el único en la ciudad, a la que había llegado hace una semana.
¿Qué hace un licántropo arriesgándose a estar en una zona tan poblada como Nueva York? Larry había venido por "negocios". En sus últimos vagabundeos había oido hablar de una persona versada en ciertas artes que podrían ayudarle. Ayudarle a encontrar una cura a su condición. Aún después de tantos años conservaba unas pocas esperanzas de que la pesadilla en que se había convertido su vida finalizara. Leyó lo que restaba del artículo y hojeó un poco más el periódico. No encontrando nada más de su interes, lo dobló y lo tiró en la primera papelera que encontró. Siguió caminando hasta llegar a su destino, una extravagante mansión en Greenwich Village.
El hogar del Dr. Extraño.

Llama al timbre.
Silencio.
Vuelve a llamar.
Más silencio.
...
"¿A qué demonios huele ahí dentro?"
Nuevo intento con el timbre.
Ahora oye pasos al otro lado. La puerta se abre y tras el umbral, Larry puede ver a un hombre asiatico, no muy alto.
- ¿Desea algo, señor?
- Uh... si, yo... quisiera hablar con Stephen Strange si es posible.
- Me temo que no, señor - replicó el hombre cordialmente- Ahora mismo el doctor está...
- Está bien, Wong - dijo una voz desde el interior - Déjale entrar.
Wong se hizo a un lado y con un gesto indicó a Laurence que entrara en la casa. Su sentido del olfato se vió literalmente inundado por miles, millones de sensaciones que jamás había olido en ningún otro lugar. Eran... antinaturales, si, esa era la palabra.
Antinaturales.
Se le erizaron todos los pelos del cuerpo. Se sintió como un animal acolarrado.
Ante él se encontraba Stephen Strange, el Dr. Extraño, Maestro de las Artes Místicas y Hechicero Supremo de este universo -y puede que parte de otros-
- Laurence Talbot ¿verdad?
- ¿Como ha sabido que yo...? - preguntó Larry, sorprendido.
- Se muchas cosas, sr. Talbot.
Laurence miró al doctor y su extraña vestimenta durante unos segundos.
- Desde luego, tiene que saber muchas cosas para saber donde encontrar esa... ropa.
- Haré como que no he oido eso- replicó Extraño- ¿Para que quería verme?
- Vamos... ¿sabe quien soy y no sabe a que he venido?
- Si... pero prefiero que me lo cuente usted. El punto de vista del "paciente" es interesante.
- Usted sabe qué soy.
- Un licántropo, si.
- Me han dicho que usted conoce... cosas. Cosas que podrían ayudarme.
El Dr. Extraño no respondió. Clavó su mirada en la de Talbot y éste bajo la vista, incapaz de sostenerla. Se sintió pequeño y aislado en un gran espacio, observado por alguien mucho mayor que él. De repente, la sensación desapareció.
- Venga conmigo a la biblioteca, sr. Talbot - dijo Extraño.
Talbot siguió al doctor. Wong caminaba tras ellos, firme, como si vigilara al huesped. Entraron en la biblioteca, realmente enorme, no solo llena de libros hasta el techo. También podían verse pergaminos, grabados en placas de roca, etc... escritos en toda clase de lenguas. Laurence se preguntó cuantas de aquellas escrituras no serían humanas. Echó un vistazo a la estanteria más cercana y pudo leer vagamente los títulos de algunos de los libros que allí había: El Libro de Eibon, De Vermis Mysteriis, La Daemonogia, El Necronomicón, etc... Mientras observaba los libros pudo percibir de nuevo el olor que había percibido en la puerta, antes de entrar, pero mucho más intenso. Era el olor de algo vivo, y venía de los libros.
Mientras tanto, el Dr. Extraño hizo un gesto con la mano, a la vez que murmuraba unas pocas palabras. Larry se volvió y pudo ver como, a la señal del doctor, una docena de libros de las estanterias del otro lado de la enorme habitación salían levitando de sus sitios y se situaban sobre la mesa del centro.
- Estos, sr. Talbot- dijo Extraño- son los únicos libros en el mundo que tratan el tema de la licantropía sin caer en la superstición y el mito. Toda la historia sobre su "condición" está aquí... Los he leido cientos de veces, estudiado, incluso corregido y ampliado... y he de serle sincero...
Larry supo lo que iba a decir, las pocas esperanzas que había forjado en los últimos días se resquebrajaron.
- No hay cura.
No.
Hay.
Cura.

Habían pasado unas horas. El Dr. Extraño y Laurence charlaban. Extraño se había interesado por el caso de Larry y este se lo comentaba.
- Por lo que pude averiguar no todos somos iguales. Hay muchos tipos distintos, especies distintas, pero podría decirse que hay una más numerosa y común, a la que yo... pertenezco.
- ¿Homo lupus lupus?
- Es una forma de enfocarlo, si - dijo Talbot - Las primeras veces... eran dolorosas, pero se quedan en nada comparado con lo que es ahora. Y eran solo en el plenilunio, con la luna llena... y no eran completas. No se si me explico... parecía un tipo casi normal... pero muy peludo y con un serio problema dental. La cosa ha cambiado con los años, a peor.
- La transformación es más dolorosa y... ¿distinta?
- Más lupina. Por lo poco que recuerdo, cuando me transformo poco queda de humano, solo la forma antropomórfica básica y poco más. Y ahora la transformación es todas las noches.
- Me recuerda a alguien que conocí - dijo Extraño- Hubo una temporada que él también sufría desagradables cambios nocturnos.
- Pese a todo... eso no es aún lo peor.
- ¿Hay más?
- En los últimos años es... no se, no se como decirlo... Es como si Él, el Lobo, hubiera cobrado consciencia. Quiero decir... lo siento dentro de mi ¿entiende? Es como si fuera otro ser dentro de mi... y estoy seguro que cuando él toma el control, por la noche, él puede sentirme a mi.
- Interesante... una suerte de dualidad a nivel mental. No se menciona en ningún texto.
- Genial doctor - bromeó Talbot- Quizá este hablando con el primer licántropo esquizofrénico de la historia.
El silencio se adueñó del lugar. Laurence miró por la ventana. Ya era por la tarde y el sol no tardaría en ponerse. El tiempo pasaba demasiado rápido.
- He de irme - dijo, levantándose- Gracias doctor.
- Siento no haber sido de ayuda, pero... espere.
Extraño le tendió una especie de tarjeta de visita. Talbot no supo de donde la habría sacado, no percibió casi ningún movimiento.
- En esta dirección vive una conocida mía. Es una gran conocedora del tema que hemos tratado hoy y quizá pueda servirle de ayuda.
- Usted dijo que no había cura.
- Y no la hay... pero ella podría ayudarle de otros modos. Y de todas formas, si no hay cura es porque no se ha descubierto aún... ¿quién sabe?

Por la Noche.
El mundo para él no se rige solo por la vista, por la simple percepción del movimiento. Es un mundo de olores, irracional, donde solo existen dos clases de seres: los que puede cazar y los que no.
Le gustan los callejones, estrechos y oscuros. Buen lugar para acechar.
Las presas son abundantes. Tontas y lentas, de jugosa sangre caliente, caen fácilmente presa del pánico y apenas pueden correr.
Como la que acaba de entrar en el callejón, ajena a lo que hay allí. Mírala, mírala, es...
-... eres una estúpida Joanne.
La mujer, de unos treinta años, hablaba sola.
-... decirle eso a Roach ¿y ahora que? Perderás tu empleo...
Él se movió en la oscuridad, clavó su mirada en ella. Ella no le vió.
-... estúpida, estúpida, estúpida...
Salió a la luz y gruño. Un gruñido bajo, constante. Ahora ella le vió, allí, alzado, oscuro y poderoso, con la Muerte en sus fauces.
- Oh Dios Mio.
Y entonces llegó el ataque.
Pero no de frente, sino por la izquierda, por parte de otro licántropo que saltó de repente de entre las sombras y se abalanzó sobre la mujer. La agarró por el cuello y comenzó a sacudir el cuerpo con fuerza, hasta decapitarla. El otro se adelantó y olisqueó el cuerpo de la mujer. Su compañero gruñó y él retrocedió un paso.
Después, los dos licántropos se pusieron a cuatro patas y compartieron su presa.

En una estación de metro abandonada, algo aullaba, rugía. Cubierto de cadenas, intentaba soltarse y no podía. Y odiaba.
Odio. Te odio. Carne blanda, te odio, suelta, suelta, suelta.
...
Odio.
Cállate. Cállate. Cállate.
Carne Blanda ata a Lobo. Lobo duele. Lobo mata.
...
Te odio, te odio, te odio.
¡Calla!
¡Talbot! ¡Te odio!
¡Calla! ¡Tu eres Talbot! ¡Tu eres yo! ¡Eres yo! ¡YO!
¡YO SOY LOBO! ¡TU SOLO CARNE BLANDA! ¡TU DÉBIL, CARNE DÉBIL!
Calla... por favor, calla.
AAAAARWOOOOOOOOOOOOOOOOOO
¡¡CÁLLATE!!
...
Por Dios...
...
...cállate.

Por la mañana.
Despierto. Las cadenas me cubren de nuevo. Siento el cuerpo dolorido y me doy cuenta de que tengo varias mordeduras que aún están cicatrizando ¿Me he mordido a mi mismo? Eso parece.
Cada vez es peor, y ahora no hablo solo de las metamorfosis. No, hablo del hecho de que incluso de día lo siento dentro, revolviéndose y gruñendo como un animal enjaulado, algo que en cierto sentido es cierto.
Y la jaula está cada vez más débil.


Tras lavarse la cara, desinfectarse algunas de las heridas que aún no habían curado y vestirse, Talbot salió al exterior por el sitio habitual. Miró la dirección en la tarjeta que le había dado Extraño y se dirigió a su destino, cerca del Bronx.
Y allí estaba, en un edificio de dos pisos de aspecto viejo y destartalado. Podría verse claramente un letrero de vivos colores que parecía tan viejo como la construcción o más:

LA TERCERA ESFERA - TIENDA DE MAGIA Y ARTES OCULTAS


"No es que inspire demasiada confianza, la verdad" pensó Larry.
Aún así, entro en la tienda. El olor era similar al que había detectado en la mansión de Extraño en Greenwich Village, aunque menos intenso. La tienda era grande, pero no lo parecía dado el gran número de extraños objetos y estanterias que se agolpaban en el interior. Estaba pesimamente iluminada y una enorme capa de polvo parecía cubrirlo todo.
- ¿Hola? ¿Hay alguien? - preguntó Larry, pero no recibió respuesta.
Siguió curioseando hasta llegar a una estantería situada en una esquina al fondo del local, en la parte más oscura del mismo. La estanteria tenía una pequeña placa en lo alto: Licantropia. Destacaba un enorme libro de lomo marrón. Talbot lo cogió y abrió los ojos evidentemente sorprendido al leer el título: La Sexualidad de los Hombres Lobo. Dejó el libro en su lugar mientras una leve sonrisa se esbozaba en su cara "Ya no hay nada privado", pensó. Tuvo que reprimir una carcajada. Entonces detectó el olor tras él y oyó la voz de una mujer.
- Lo que se toca se compra Jack, te lo he...
Talbot se dió la vuelta.
- Oh, lo siento - dijo la mujer- Le había confundido con otra persona ¿Desea algo?
- ¿Usted es Rachael Shelley? - preguntó Talbot
- Si, soy yo ¿qué se le ofrece señor...?
- Talbot, Laurence Talbot - dijo mientras sacaba la tarjeta del bolsillo y se la enseñaba- El Dr. Extraño dijo que quizás usted podría ayudarme.
Rachael le miró fijamente, como si le estuviera estudiando. Ël aprovecho también para fijarse en ella. No era muy alta, de físico sorprendentemente atlético para alguien que sin duda pasaba gran parte de su tiempo diario entre libros, cabellera larga de color cobrizo y ojos negros. Vestía unos pantalones de pana raidos y una camiseta que en otro tiempo debió ser negra, pero que presentaba por el desgaste una tonalidad gris oscura. También olía bien. Talbot se sentía tranquilo y confiado con la gente cuyo olor natural era agradable.
Ella le devolvió la tarjeta mientras seguía mirándole: - Licántropo ¿verdad?
El alzó las cejas y frunció levemente el ceño, sorprendido: - ¿Como se ha dado cuenta?
- Puede llamarlo intuición femenina si quiere - dijo ella riendo- Pero todo se limita a una detallada observación. Cuando una persona se convierte en licántropo una serie de rasgos físicos quedan acentuados: Sus cejas... son casi cejijuntas y sus manos - bastante grandes, aunque no desproporcionadas- dejan intuir que tiene usted una considerable cantidad de pelo en sus extremidades. El hecho de que vista ropa ancha es un indicio claro de que su físico está en muy buen estado: ningún licántropo es un debilucho. También podría hablarle de los cambios en su musculatura facial y de su dentadura, siempre blanca, porque siempre es nueva tras cada transformación... pero podría meterme en lenguaje demasiado técnico.
- Impresionante.
- Y ahora he de preguntarle ¿en que puedo yo ayudarle? Si viene usted en busca de una cura he de decirle que debe ser el número ciento diez o así... y la respuesta es siempre la misma.
- Me temo que venía por eso -admitió Talbot- pero últimamente hay algo que me preocupa más que la posibilidad de curarme o no.
- ¿Y qué es?
- Digame srta. Shelley ¿que limites puede alcanzar la dualidad en un licántropo?

Rachael había cerrado la tienda y pedido a Laurence que la acompañara arriba, a su piso. La vivienda parecía más bien una extensión natural de la tienda: Oscura, polvorienta y llena de libros y objetos inusuales. Allí, en el salón, charlaron durante horas y horas. En un momento dado el silencio lo inundó todo, mientras Rachael pensaba. Talbot la miraba fijamente.
- ¿Y bien? - se aventuró a preguntar
Ella le miró. Sus ojos reflejaban interés y miedo a un tiempo: - Larry, he de serte sincera... he estudiado a tu especie durante años pero lo que me has descrito es... Creo que eres un ejemplar único.
- ¿Eso es bueno o malo?
- Es... ¡no se lo que es! - ella se llevo las manos a la cabeza- Larry, me has hablado de una dualidad hombre-bestia que trasciende el nivel físico y todos los niveles de consciencia conocidos y estudiados en la licantropía. Normalmente, un licántropo sigue siendo la misma persona al estar transformada, pero sus actos se rigen por el nivel más primario del cerebro.
- Los Instintos... así era al principio - dijo Talbot- Lo recordaba todo como si lo hiciera yo, aunque vagamente... pero desde hace unos años lo recuerdo todo como si lo viera en tercera persona... como si lo hiciera Él.
- Como decirtelo... la mente humana está conformada por un Yo, el consciente, y un Ello, el subconsciente. Pese a su gran influencia el Ello siempre está supeditado al Yo, uno forma parte del otro y viceversa - explicó Rachael- Pero en tu caso me atrevería decir que el Ello se ha separado completamente del Yo y ha tomado consciencia propia. Tu caso no es una simple dualidad de personalidad... no son dos personalidades distintas, sino una sola partida en dos.
- Eso suena bastante... inquietante.
- ¿Podrías pasarte mañana por aqui? - preguntó Rachael- Creo que deberiamos estudiar más este asunto.
- Claro... además creo que va siendo hora de... - Talbot se interrumpió al mirar el reloj de la pared- ¿Ese reloj está bien?
- Si, son las siete de la tarde.
- Pero... mi reloj marca las seis.
Ella comprendió subitamente lo que sucedía: - Oh Dios... ayer fue el día del cambio horario... anochecerá dentro de poco.
- ¡Tengo que irme!
- Espera, espera... tengo una sala especial en el sotano, quizá podrías...
- ¡No! No... es demasiado arriesgado - dijo Laurence mientras vestía su chaqueta y corría apresuradamente hacia la puerta- Solo tengo que llegar a las cloacas... llegar y todo estará bien. Gracias y adiós.
Cerró la puerta tras de si. Rachael se la quedó mirando, abrazándose a si misma y terriblemente asustada por lo que podría pasar.

Larry corría. Corría como si su vida dependiera de ello y así era, en parte. Quizá no su vida, pero si la de las personas que le rodeaban. Corrió y corrió hasta llegar a Central Park, adentrándose en lo más profundo, entre los árboles, evitando el posible contacto con otras personas. En Central Park había accesos a las cloacas cercanos a su refugio, llegaría a tiempo, tenía que llegar a...
El Sol se ponía y la oscuridad ganaba terreno. Entonces se dió cuenta de que ya era tarde por que lo sintió dentro de él.
Es hora Talbot. Es mi hora, hora de Lobo.
Empezó como otras tantas veces, con una sensación palpitante en la base del craneo. Siguió corriendo, tenía que llegar a tiempo para encerrarse en las cloacas, pero en su interior sabía que ya era tarde. Un intenso dolor en la columna vertebral le hizo caer de rodillas, reprimiendo un grito. Se encogió sobre si mismo, con lágrimas en los ojos y apretando los dientes, intentando resistir, pero era imposible. Y entonces el dolor cesó durante unos instantes.
Alzó la cabeza. En su rostro destacaban los brillantes ojos amarillos que miraban hacía su brazo derecho. Con un horrendo chasquido, como si sus huesos se quebraran, el brazo se estiró. Un ruido desagradable se produjo cuando los músculos aumentaron su volumen de forma antinatural. Podía sentir lo mismo en todo su ser, mientras su ropa se deshacía incapaz de contener la masa creciente de su cuerpo. Y entonces, fue como si un millón de agujas se le clavaran desde dentro: cientos de pelos surgieron de sus poros y comenzaron a cubrirle.
Se levantó tambaleante, intentado seguir su caminar, pero cayó de nuevo cuando, con otro crujir oseo, sus piernas parecieron torcerse grotescamente cuando sus huesos se redistribuyeron dando paso a una nueva articulación. Mientras tanto el pelo seguía extendiéndose, su cuerpo seguia creciendo, estirándose y deformándose.
Vomitó, y escupió una considerable cantidad de sangre. Con la poca consciencia humana que le quedaba se percató de que sus dientes flotaban en aquel fluido, al tiempo que una nueva dentadura se abría paso atravesando la frágil carne de sus encias en una mandíbula creciente, pues su rostro se alargaba, haciendo surgir un morro y convirtiendo sus fosas nasales en un hocico. Arqueó su espalda e intentó levantarse de nuevo. De su garganta solo surgían gruñidos y jadeos cuando comenzó a expulsar su esperma humano en sucesivas eyaculaciones, dejando espacio para la semilla del lobo. Dió otros dos tambaleantes pasos al tiempo que una cola surgía como extensión de su columna vertebral, llenándose también de pelo. El dolor, constante durante todo el cambio, cesó tan rápido como comenzó. Donde antes había un hombre, ahora se alzaba una imponente bestia de tres metros de altura. Caminaba erguido, pero la disposición de sus extremidades y sus proporciones daban a entender que podría caminar y correr sin problemas a cuatro patas. Alzó su rostro lupino hacía la luna... y aulló.
Libre, Talbot, soy libre. Has perdido esta vez. HAS PERDIDO.
La criatura aulló una vez más y comenzó a correr a cuatro patas entre los árboles del parque, sintiendo el viento fresco en su rostro y en su pelaje. El cambio, como siempre, había supuesto una quema de energía enorme para el organismo, que demandaba más proteínas. Estaba hambriento.
Lo que desconocía es que no era el único ser que había sufrido una transformación similar aquella noche.


CONTINUARÁ

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