Villa Triste

 

Es misión casi imposible en literatura sugerir ese breve espacio de tiempo que se mueve entre la niñez y la adolescencia, casi más imposible que provocar el terror, agitar la compasión o provocar la sonrisa inteligente en un lector ya avezado. Y si aumenta la dificultad de esas pinceladas es porque se entiende lógico que cuando uno tiene ya la maestría suficiente para saber ajustar las palabras a unas sensaciones, convertir la tinta en una segunda piel mecánica, maldito lo que se acuerda de las impresiones que le movían en esos años plácidos y nerviosos.

Ya bien entrada la adolescencia las cosas se suelen perfilar mejor, más por una tradición literaria que siempre sostiene, desde el Telémaco de La Odisea que ya ofrecía reacciones de rabia juvenil, que por la memoria vital de cada uno. Sin embargo se presentan siempre aspectos sordidos, conflictivos, intensos. Pocas son las páginas que anuncian una explosión de júbilo o de exaltación, las que enfocan aquella belleza que se derrama por el solo hecho de existir, que deslumbra porque no se sabe, lejos aún de esa busqueda inútil que intentamos año tras año, cada vez más subterránea. Sin embargo, unas líneas quizás al azar de una novela quizás menor siempre me han dado la impresión de topar en verdad, y las he leído con fiel idea, con regularidad, para no olvidarme.

La pluma es la de Patrick Modiano, reconocido escritor francés que se mueve desde los años 70 por ámbitos de narrativa que rescatan la ocupación francesa, las heridas que provocó -algo similar a la narrativa sobre nuestra guerra civil, pero con más garra literaria- y su peso en el tiempo. Sus protagonistas suelen ser adolescentes que observan todo con esa mezcla de ingenuidad e inteligencia que siempre acrecienta el dolor. Adolescentes márcados y difíciles, pues, que han perdido definitivamente su identidad. Sin embargo, en 1975 publica una novela que ha pasado desapercibida en medio de su obra, una novela mucho más ligera que adopta un título -y una portada en la edición francesa de Folio- enormemente pop. Ni más ni menos que Villa Triste, que aún teniendo como tema la huida y la identidad introduce personajes extraños, una ciudad de provincias, caricias del sol en las terrazas. Ya no hay aquí las tristes estaciones de tren en soledad, ni el fuerte componente histórico al que nos ha acostumbrado otras veces, ni gabardinas y lluvias -estampas que por otra parte resultan enormemente atrayentes siempre que se siga el ritmo con pulso y que la historia introduzca alguna intriga- sino que todo se resuelve en risas junto al lago, hedonismo casi snob que se opone a la tortura del protagonista, bailes en la frescura de los parques, hoteles y cafés de nombres evocadores -el Sporting, el Alhambra, la Taverne, el Cintra-, atardeceres que prometían placeres aterciopelados.

La reseña que aparece en la contraportada permite concentrar en unas pocas frases sueltas lo que despues se encontrará desarrollado. Miedo y la lujuria de que el tiempo te cubre hasta ensordecerte: "Un été des années soixante. Una petite ville française au bord d'un lac, près de la Suisse. Victor Chmara a dix-huit ans et se cache parce qu'il a peur. D'étranges personages hatent cette ville d'eau, comme ce docteur que l'on surnomme La Reine Astrid... Mais il y a surtout Yvonne, avec son dogue allemand... une recherche du temps perdu".

El protagonista regresa a esta ciudad tiempo después y observa que todo este mundo ha sido destruido, pero en la decadencia aún se hacen más bellas las imágenes que ya pertenecen sólo a la memoria, que cuesta discernir. Tras una cita de Dylan Thomas que abre la novela -Quí-est tú, toi, voyeur d'ombres?- se nos enfrenta directamente a la ruina de una ciudad y de un mundo: "Ils ont détruit l'hôtel de Verdun. C'était un curieux bâtiment, en face de la gare, bordé d'une véranda dont le bois pourrissait. Des voyageurs de commerce y venaient dormir entre deux trains. Il avait la reputation d'un hôtel de passe. Le café voisin, en forme de rotonde, a disparu lui aussi. S'appelait-il café des Cadrans ou de l'Avenir? Entre la gare et les pelouses de la place Albert-1er, il y a un grand vide, maintenant".

Pero de pronto todo se llena de vida, de juventud brutal, de la adolescencia en su estado más puro, el que deja las meditaciones existenciales para la almohada y se prepara a vivir, que es lo que le urge. Es una de las páginas más sublimes de exaltación de la luz, de la energía que se transforma en incomparable preciosismo, fuegos artificiales de belleza inútil pero deslumbradora. Ahí va: "Plus rien ne reste du grand café, de ses lustres, de ses glaces, et des tables à parasols qui débordaient sur la chausée. Vers huit heures du soir, des allées et venues se faisaient de table à table, des groupes se formaient. Éclats de rire. Cheveux blonds. Tintement des verres. Chapeaux de paille. De temps en temps un peignoir de plage ajoutait sa note bariolée. On se préparait pour les festivités de la nuit".

Modiano ha comentado en alguna ocasión la filiación cinematográfica de la novela. -"Par exemple, pour Villa Triste, en écrivant, je pensais à des images de certains films, anglais, en noir et blanc assez durs des années 60- pero sin pretender enmendarlo, a mí no me lo parece, por lo menos en este párrafo. Frases cortas, ritmo rápido en apariencia, pero que no consigue salir de los márgenes del café. No son más que estampas, fotografías, de instantes de felicidad, de intensas melodías que se apagan al instante y no se recuerdan sino muchos años más tarde. Que para descifrar su secreto, si secreto hay, se han de intentar poner levemente en palabras. No están muy lejos los mundos de La Buena Vida, de Zola o de Clyde, atrapar momentos para darles el barniz de belleza que entonces no se explicaba, sólo se sentía.

Por supuesto, no intenten conseguir edición en castellano. Sólo tengo constancia de una de Monte Ávila de hace como veinticinco años, los mismos que yo llevo leyendo la novela.

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