Mark Ryden, un artista de la gula

¡¡¡¡¡Ohhhh!!!!! ¡¡¡¡¡¡Qué impresión le habrá dado al amable lector de Le Touriste edición virtual enfrentarse a esto que le ha caído en suerte con sólo apretar un click!!!! ¿¿¿A qué no hay de ponerlo de fondo de pantalla, con la de cosas que deben ustedes de tener??? ¿¿¿¿A qué da miedo???? Por lo menos a nosotros aquí nos lo da. Más que una película gore, oiga.

El arte occidental se ha basado siempre en dos claves a la hora de trasladar a un medio físico la percepción del artista, con la varita mágica del pincel o la pluma: había de ser una representación de la realidad tangible -o imaginada como tangible- y era necesario entre todos los elementos una adecuación al entorno. Lo que en literatura se llama decoro, vamos.
En nuestro siglo XX -aunque ya no estemos, ése será siempre nuestro siglo- las cosas comienzan a cambiar. Las vanguardias meten bulla y el dadaismo, por ejemplo, se carga el decoro de un plumazo construyendo poemas con elementos tomados al azar. Ya desde su inicio con la leyenda urbana del diccionario y el cuchillo. En la pintura Dali y sobre todo Magritte trabajan con acumulaciones imposibles de elementos, sobre todo este último, sea por su apropiación de un espacio común inadecuado en Le Durée Poignarde, sea por la descompensación entre el tamaño de los objetos en Les Valeurs Personelles.
En el arte pop de la segunda mitad los referentes ya no son aspirados desde la realidad sino filtrados a traves de una de sus representaciones. Los collages de Hamilton no intentan reflejar la realidad de forma directa sino a través de páginas de revistas, de recortes, de pegamento, con lo cual no existe realidad tangible, y si la hay, no le interesa al artista. Únicamente le interesa observar como se ha descompuesto -también en el sentido fisiológico-. Y sí que existen proporciones, pero son unas proporciones de segunda mano
Warhol tampoco intenta captar a Marilyn como haría Boticcelli con una diosa, le es mucho más real la fotografía que antes ha hecho eterna su belleza, o Roy Lichtensteisn con el cómic. Miles de ejemplos.
Sin embargo, ambas desmesuras no se habían dado nunca juntas. El surrealismo respetaba la realidad aunque la desajustara, el arte pop respetaba la proporción, aunque no le interesaba la realidad. Y ahora, ratón, volver atrás y vayan a la primera imagen, la que han visto al entrar. Lo primero en lo que fija uno su mirada es en esa niña fuera de perspectiva -en gentil manierismo-, una niña de ojos grandes como las de Margaret Keane. Es decir, que es a partir de ella como hemos de medir el resto de la composición, pues bien, el niño tumbado a los pies del Cristo o las niñas que pasean -con toda la placidez del mundo ambos- no están en la misma dimensión que la niña de la caja o que el osito que se vuelca amenazador en primer plano.
Pero es que el entorno no es menos horripilante: animales desconocidos, pulpos circenses, niños cuadrados. Lo que para los autores pop era la publicidad, el cómic o las fotografías, para Ryden son los juguetes, el juego. Pero resultan tan falsos como los referentes de segunda mano de sus maestros. Con el añadido de que esa apariencia de realidad se resuelve en una alegría tan exagerada que no produce más que una insanía que marea. Ni proporciones ni realidad. Y el hombre acostumbrado a las normas occidentales puede suplir la que falta, pero las dos a al vez, uuufffffffff...
Pasen al segundo cuadro que después hay más, una niña -o muñeca pianista- envuelta de un sonrosado bebé apoyado en un trozo de carne -uno de los iconos preferidos de Ryden, como se observa aquí abajo- y por juguetes que son producto directo de una pesadilla de Tim Burton. Pero es que además no cabe la posibilidad de encontrase en un soberbio mundo de fantasía como en el primer cuadro porque aquí la apertura al exterior deja en el ánimo un ambiente más viciado e insano todavía.
¿Pero
quién es este Mark Ryden? Pues el retoño de una familia muy
creativa que nació el 20 de enero de 1963 en Medford, Oregon, y
que se crió y pasó su adolescencia en California. Allí, en
Pasadena, vive actualmente en un castillo mágico, donde se le
puede ver en las noches rodeado de esqueletos, baratijas,
juguetes de saldo y de ropavejero y santos, que le sirven de
inspiración para sus espesos universos. No es extraño, su padre
Keith, era restaurador y pintor de coches -piensen lo que
significa eso en la California de los 60- siempre pendiente de
proyectos y siempre animando a sus cinco hijos a que lo
secundaran en su arte. Y además tenía el ejemplo de su hermano
mayor, un notorio artista underground en la contracultura
californiana.
Lo
cierto es que la plana mayor de la inteligencia americana se lo
disputa y sus cuadros son atesorados por gentes como Leonardo Di
Caprio, Ringo Starr o Bridget Fonda. Y no sólo eso sino que
complace a los fashion victims más pobretones -relativamente,
todo hay que
decirlo- con cajitas tan
monas como las que hay aquí debajo o con bolsitos como el que
presento inmediatamente después, que no me digan que no irían
ustedes rechulas con él a cualquier sesión del Ocho y Medio o
el Barbarella, o del Apolo o el Mond, si son ustedes más
mediterráneas, y pasarían por ser lo más cool de esa semana.
En cuanto a la cajita, pues guardando en ella las sustancias
estupefacientes que de cuando en cuando les da por tomar y
sacándola a la vista del público asistente, así, como el que
no quiere la cosa, pero con conciencia de que se lo han de ver,
notará que causa admiración entre los más peterpanescos
del lugar,
es decir, todo el aforo. Sin embargo nuestro Mark Ryden es mucho
más inteligente que lo que se podía esperar por el nivel
intelectual de sus seguidores -Ringo Starr creo que es el que lo
tiene más bajo, después de hacer una película de cavernícolas
o algo así- y sus declaraciones y entrevistas siempre son
jugosas y dignas de una reflexión mesurada sobre la función del
arte en medio de todo este desbarajuste de mundo en el que
estamos inmersos. Desde luego una cuarta parte de sus ideas
están dedicadas a la infancia, pero claro, es que es el único
refugio posible -como antes la morada del mecenas- en un mundo es
que todos se frotan las manos cuando llegas a adulto y calibran
como te van a poder putear más.
Vamos
con unas cuantas perlas
. Sin
saber ni una palabra de inglés y tirando de traductor del
Google, entro en materia. Hablando de la infancia confiesa que
"Todavía recuerdo la alegría que sentía con el dibujo,
pintando y construyendo un mundo propio cuando era un niño.
Estaba libre. Intento recobrar esa sensación que tenía cuando
niño, y creer en la magia, jugar, soñar. Los niños ven cosas y
sienten cosas que no alcanzan los adultos.
Como adulto, hay muchas barreras que te impiden estar en ese estado creativo. Me siento desafiado constantemente por esas barreras. Es duro mirar el reloj y el estado de nuestra cuenta corriente. Es duro no ahogarse en los problemas de convivencia y en todos los pensamientos negativos que desinflan nuestra motivación para crear. Si pueden acumular fuerzas para conseguir ir más allá de todas estas cosas y para confiar en sus corazones, la creativiad puede ser milagrosa. Pueden ser transportados a otra existencia".
Aparte
de eso nuestro amigo tiene clara su conexión con el surrealismo
-"se debe confiar en el subconscieente
y en las
fuentes desconocidas que pueden golpear ligeramente en la
imaginación"- y con la transrealidad del pop -"puedo
conseguir tanta inspiración de una pintura clásica de
Jacques-Louis David como de una cubierta de cómic de Daniel
Clowes. Intento no juzgar que la una es más legítima que la
otra"-. Y como buen artista pop se siente extasiado ante el
mundo del cine,que le permite encontrar iconos que ya hayan sido
sancionados como bellos por el mainstream. Ahora, entre esta
sanción, él escoge la más mórbida y misteriosa, la que
estraga la inteligencia tanto como la sensualidad. ¿adivinan
cuál de estas señoritas de aquí arriba es Cristina Ricci?
En cuanto a las influencias,
nuestro californiano destaca el batiburrillo en el que ustedes
estaban pensando: "cuadros de insectos, pinturas de
Bouguereau y de David, libros acerca de Pheneus T. Barnum,
películas de Ray Harryhausen, viejas fotografías de gente
extraña, libros de niños acerca el espacio y de la ciencia.
ilustraciones médicas, música de Frank Sinatra
y Debussy, televisión, Jung y
Freud, Red y Stimpy, Jose Campbell y Nostradamus, Ken y Barbie,
alquimia, masonería, budismo".
En definitiva, su obra se resume en unas sabias palabras que definen la única escapatoria en este mundo de locura que nos ha sido dado: "Para mí el mundo está lleno de temor y de maravillas. Esto es lo que yo pongo en mis pinturas". Pues con esta breve reseña ya conocen a Mark Ryden, un poco extravagante, quizás -les he obviado las pinturas más horripilantes, con la muerte entre los juguetes y la alegría, como en un moderno carpe diem- pero perfectamente normal, respetado por sus vecinos más elegantes y honrado ciudadano americano. Pero ¿a qué sigue dando miedo?
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