Cuando decidí retirarme a mi finca de Gheorghieni, casi un castillo cercado por el río Toplitj, viejas posesiones que mi familia había aprovechado en contadas ocasiones, para dedicarme al estudio del derecho romano y la filosofía oriental, no imaginé que me viera envuelto en una historia tan enrevesada.

Allí, mi noción del tiempo logro ajustarse enseguida a las estaciones, y por ello no recuerdo cuanto tiempo llevaba ocupándome de mis tareas intelectuales, pero sí que era otoño porque cuando mi mirada se desvió hacia los ventanales observé, al mismo tiempo que a esos horribles jóvenes que habían ocupado mi retiro y me habían despertado de mis meditaciones con un horrible estruendo, el revolar de las hojas púrpura entre los sicomoros y los fresnos. En nuestra precipitada salida, mi fiel criado Boris, de paso algo escueto, y yo logramos alcanzar a uno que sólo pudo balbucear ante nuestros gestos señalando una máquina negra y, diremos ya todo, estéticamente reprobable, algo así como "turistas…caramelos…Madrid" .

Lo cierto es que se zafó de nuestros empujones y nosotros subimos su infernal aparato a casa. Tras arduas investigaciones descubrimos que podía reproducir los sonidos que tanto nos habían molestado. Sin embargo, y extrañamente, nos subyugaron de inmediato: una voz extraña que se deshacía en ecos como los que conseguía yo en mis excursiones a los montes Harghita, casi como las psicofonías que investiga mi hermano Vladimir, unos sonidos de olas que me recordaron al Báltico, una melancolía que reflejaba como un espejo mi estado de ánimo, una electricidad como la que uso para sus experimentos mi abuelo Viktor.

Nos llevó un día entero organizar ideas y localizar al tal Madrid en nuestro Atlas. A pesar de que su edición es de 1917, quizás las cosas hayan cambiado desde entonces, lo localizamos como capital de un extraño país de la Europa Occidental. Las historias que mis abuelos contaban de esos países siempre eran abominables.

A pesar de ello, nuestra fascinación era tanta que, una mañana de invierno nuestro carruaje se despidió de la finca mientras un sol perezoso lamía las tejas. Madrid nos pareció una ciudad inhumana, y más inhumanos todavía los ambientes ruidosos que tuvimos que estudiar antes de que Boris descubriera en un cartel una palabra que pudimos interpretar como alusiva a nuestra búsqueda: "Los Caramelos…en Concierto". No fue tarea menos ardua localizar el lugar en que ejecutar el secuestro. Una breve consulta nos señaló a un zagal moreno y alto. El pequeño pinchazo, la caída en brazos de Boris, el pasillo que se nos abrió hasta llegar al carruaje con la excusa de que debía darle el aire fueron tomados con naturalidad. Tardó cuatro días de viaje Charlie –así dijo que lo llamáramos- en ver el estudio que mi hermano, el de las psicofonías, había montado en el ala izquierda de nuestra mansión. Mi traductor, un loco de la familia al que le había dado por los idiomas hizo bien su trabajo: "¿Sabes como funciona esto?" Creía saberlo. "¡Tienes que grabar todos esos sonidos que escuche, atiende –puse en marcha el infernal aparato-, quiero muchos sonidos! Entendió que era la única forma de que lo dejara libre.

Sin embargo, el tiempo que estuvo conmigo no pareció en exceso molesto. Estuvimos de caza por los montes Harghita, reimos en las tabernas de Tîrgu Mures disfrazados de viajeros ingleses y nos desbravamos después con sus bellas mujeres. En un tumulto de lenguas fuimos hablando de la dorada California en sus ensayos de "La Ciudad del Surf", de brillantes amigos que lo acompañaban en noches de soledad como Errol Flynn o Isadora Duncan –je, je no le dije que fue amante de mi señora tía-abuela Loretta von Wistmichteng-, me contó de la excitación de su ciudad en los 80 a los acordes de un grupo de cazurros que él llamaba Los Ilegales, me reafirmó en mi búsqueda de lo oriental al cantar que buscaba un "Centro de gravedad permanente" o del deseo de dejar los malos espíritus con la varita de "El poder de la radio" y de "Vete, pájaro malo".

Poco antes de partir me confesó: "Voy a dejarte una última canción. Hablaré de donde voy a estar dentro de poco, el único lugar en el que no nos cubre la nostalgia, el único donde se puede ser completamente feliz". No quise despedirme y le encargue a Boris que lo llevase a ese Aeropuerto que cantaba. Al bajar esta mañana encontré que había utilizado mi colección de fotos para hacer una carpeta que guardara ese artefacto circular en el que puedo escucharlo. Él me enseñó a copiarlo, y quizás le haya llegado a usted ahora. Yo me limité a entregarlo a mis amigos más íntimos para que disfrutaran de su audición.

Me enseñó también cómo podía escucharlo. Y ahora, mientras lo espero, el aire de la finca adquiere una finura especial, las melodías resbalan por las paredes y se despierta la belleza. Siento ganas de escapar a todos esos paraísos que Charlie me mostró. El día va naciendo y no sé si es porque lo ilumina el sol o por la luz de la música.

Ha pasado un año desde que llegó aquí. Sé que vuelve a ser otoño porque veo como la cinta de plata del río transporta el dorado de las hojas. Empiezo a oír entre la voz de Charlie el fragor del avíon que lo aleja y, cuando éste se ha perdido, un ritmo que se mezcla con el aire que entra por los ventanales, completamente abiertos.

 

Ludwing von Menesterrist Frauden-Historfenn, duque de Baviera, barón du Plateau de Haute-Saône, señor de Lucerna.

 

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