VELOCIDAD DE FLUJO

--¿Pero qué dices? --gritó Kid a su cliente, un segundo antes de arrepentirse de ello--. ¿Es que no tienes sentido común? ¿Cómo se te ocurre...? ¡Oh, Dios!

--No te ofusques, Kid --le comentó su más antiguo cliente, el señor Norris. Su icono permanecía impasible, pero el "hacker" podía imaginar la sonrisa sarcástica que en estos momentos estaría naciendo en su semblante--. No es que haya dejado de confiar en ti, sino que...

--Sino que ya no confías --atajó Kid, envarado--. ¿Quién te va a proveer mejor que yo, John? ¿Julius? ¡Ese no es capaz de encontrar ni a su madre en medio de un montón de putas, por amor de Dios! ¡No puedes dejarme!

--No se trata de Julius, Kid. No te pongas así --la voz de Norris sonaba tranquila, como la del que ya ha tomado una decisión importante que no va a ser cambiada. En ese momento, Kid entendió.

--Es ese nuevo ordenador, ¿verdad? --dijo, tras una pausa. Su voz sonaba más calmada--. El servidor de Softron.

--Compréndelo, Kid. Es el futuro --explicó con un asomo de disculpa su excliente--. Y la cuota de conexión es mucho más barata que lo que tú cobras.

Aquello lo zanjaba todo. Él podría ser el mejor proveedor de información del mundo, pero si un cliente alegaba que no estaba de acuerdo con el precio, la conversación había terminado. Y el caso de Norris era especialmente preocupante. Él era un cliente con dinero, de los que se pueden permitir tener a su propio "hacker" personal, o un contrato con el mejor (Kid). Que se vendiera a aquel nuevo engendro digital era una señal, un peligroso signo premonitorio de que había malos tiempos asomando el culo tras la siguiente esquina. Ya que, si él huía, ¿qué iban a hacer los pequeños usuarios?

La desbandada sería tremenda. La gente necesitaba proveedores, de eso no había la menor duda. En un mundo dominado por la posibilidad del acceso directo a la información, el que podía pagarse un teléfono móvil con pantalla interactiva y conexión directa podía conseguir las mejores oportunidades, simplemente por el hecho de pujar antes. Las mejores ofertas de trabajo, los pisos más lujosos, puestos en colegios privados para los niños... Cualquier cosa. La cuestión estaba en telefonear primero. Kid había conocido casos verdaderamente patéticos de hombrecillos de negocios llorando ante su puerta, desesperados por encontrar una dirección en la Red que les salvara de la quiebra. O amas de casa que protestaban porque todos los pescados estaban reservados cuando ellas llegaban con su carrito a cuestas al supermercado.

La gente necesitaba estar informada, y lo necesitaba al momento. Y ahí era donde entraban los especialistas, gente como el Kid, hábiles rastreadores del mar de los sargazos electrónicos, siempre a la caza del dato perdido.

Y hasta entonces esa necesidad les había mantenido por sí sola en la cresta de la ola.

--Está bien, John --escupió Kid, con evidente mal humor--. Ya nos veremos por ahí.

--Oye, Kid, lo siento. Ya sabes que siempre...

Para cuando Norris hubo completado la frase, el Kid ya tenía apagado su equipo.

Mierda.

Reposó la cabeza en un hombro mientras dejaba que su vista se perdiera en los entresijos del circuito que aún se secaba al sol. Entonces era verdad. Para alguien que trabajaba al pie de la máxima actualidad, levantarse un día y descubrir que había sido relevado, que se había vuelto anticuado, era el peor de los desastres.

Recordó el día en que compró su primera terminal directa. Tenía apenas diecisiete años, y gastó todos los ahorros que tenía en el aparato más moderno y rápido de aquel entonces. Cuando tuvo necesidad de espacio, y por lo tanto de plantearse conservar o no la antigua terminal con la que había dado sus primeros pasos en el mundo de la informática, la decisión no fue fácil. Aquel viejo aparato le gustaba, pero ahí precisamente radicaba su defecto; era viejo. Antiguo, pasado, jubilado. Tras un momento de vacilación, cerró la tapa del cubo de la basura y se alejó de su pasado y de los sentimentalismos sin permitirse un segundo momento de nostalgia.

Con sólo diecisiete años, y ya había descubierto la clave para sobrevivir en el mundo de la información: rapidez y actualización constante. Lo que jamás imaginó fue que él mismo pudiera llegar a ser susceptible de verse afectado por los mismos principios.

Y así, dejándose llevar por la inercia de años de trabajo tomando decisiones inmediatas, hizo algo de lo que jamás hubiera sido capaz hasta ese momento.

Cogió el teléfono, y llamó a Julius.

sigue...

Evan

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