GUERRA IMPERIAL Al piloto le parecía increíble pues apenas podía ponerse en pie, y empezaba a creer que se lo habría tragado la tierra. Cada vez mas nervios, el horda motorizado daba vueltas de un sitio a otro, frenético. Buscaba por toda la planta, era difícil perderse allí, pues todo estaba a la vista. Todo. Seguía dando vueltas, cada vez corría más deprisa de un sitio a otro y derrapaba más deprisa, aceleraba, derrapaba, dandose la vuelta, de nuevo otra vez. Estaba volviéndose completamente loco, aceleraba, derrapaba, hasta que, en una de las rápidas pasadas, un brazo salió oculto detrás de una de las columnas sujetando un cuchillo y cortando la garganta del motorista, saliendo este y la moto despedidos. Era por supuesto el brazo de Bruce. Pero lo cierto es que esto había sido un grave contratiempo. Bruce miró su reloj. Había pasado ya mas de una hora desde la supuesta recogida. Cayó en la cuenta de que no tenía el detector, por lo que nunca podrían encontrarle. Salió corriendo precipitadamente hacia su posición de regreso a casa. Sus piernas pesaban ahora demasiado. Lo vio desde lo lejos. La nave que se encargaba de la búsqueda y recogida se alejaba ahora. Sus enormes focos daban los últimos latigazos por el suelo rasante para atisbar a los escasos supervivientes. Había llegado tarde. Hincó las rodillas en el suelo. Intentaba gritarles. Pero no le escuchaban. Veía como se alejaba lentamente. Y se iban sin él. De nuevo se levantó, siguió corriendo en dirección hacia la nave gritando, pero jamás le oirían. Los focos se apagaron. Ya no habría más búsqueda. Estaba vivo pero no habría vuelta a casa. Hasta los malditos hordas habían recogido ya y se habrían metido ya en su nave madriguera. Solo quedaba soledad y desolación, y miles de cadáveres a su alrededor. Permaneció largo rato parado, sin hacer nada. Llorando como un niño, de rabia y desolación. Aunque qué podía esperar. Maldecía a todas voces, pero era inútil. Tras largo rato se levantó. Su esperanza de vida era prácticamente nula. A menos que le gustara la carne de horda putrefacta. El paisaje que había dejado la cruenta batalla era desalentador pero siguió caminando largo rato hasta caer rendido. De pronto abrió los ojos. No sabía muy bien donde estaba. Deseaba con todas sus fuerzas que no fuera mas que un mal sueño. Deseaba despertar en la habitación de su hotel en Damis, cuando se alistó, y poder mandarlo todo al diablo, y seguir con su trabajo de repartidor. -Si.... repartidor galáctico. Ja ja ja. Las lágrimas caian por su rostro ahora. Abrió los ojos. El espectáculo era el de un campo de batalla ya olvidado como cientos otros que hay esparcidos por todo el universo. Metales por todos sitios. Y él había colaborado a todo eso. ¿Por qué habría participado en esta absurda guerra? ¿Quien le obligó? Y sobre todo. ¿Por que luchar del lado de la república?. Mejor que del lado de las hordas sí, pero por qué exactamente. Por qué no luchar por él mismo, y por sus compañeros de escuadrón, que le guardaban las espaldas. Por Harry, Bobby y todos aquellos reclutas que cómo él, luchaban por dinero, o quien sabe por qué motivos personales, pero que compartieron sus balas con las suyas, y su sangre fue derramada con la de los demas. Por esos merecería haber luchado ¡Que espaldas le guardaron sus jefes, cuando ni siquiera fueron capaces de llevarle a casa cuando se había dejado hasta las tripas en esta maldita de guerra¡ --Siempre con su jodida misión... Fase uno, formación con tres movimientos... anden uno al siete... cubrir todo el cuadrante.... repetir la operación.... a la mierda con todo. Algun dia volveré, Bobby, y los demás y haremos un ejercito juntos y lucharemos contra la república y las hordas a la vez y les meteremos metralla por los sesos... Y mientras decía esto, su cuchillo punzante se clavaba en su estómago y estaba dispuesto a hundirlo, si no hubiera oido esa estúpida risa, que oyó detrás de sus espaldas. -Mira, Bob, a este le metieron una buena ración! ¡jaja!Levantó un segundo la vista. Un espectáculo increíble tenía ante sus ojos. Entre los escombros de la guerra, los cadáveres, restos de robots y demás artefactos, unas personas, una especie de vagabundos estaba husmeando entre los restos de metal de las naves y restos de robots. La persona que lo dijo era mayor, tenía unos sesenta y cinco años y llevaba un aspecto mugriento y pordiosero. Tenía el pelo gris y largo, y una ridícula cinta roja en la frente. Él y otros parecían interesados en recoger los deshechos de la guerra. Parecían carroñeros humanos. Cogía un trozo de metal de aquí, un arma automática semiestropeada... --¡Una aeronave¡, una aeronave¡, y la he encontrado yo, jajaja. --¡Viejo¡, déjeme ver, que como este averiada... --Está perfecta, y la he encontrado yo. --No tiene mala pinta, habrá que llamar a los demás si queremos llevárnosla. Bruce estaba anonadado. No daba crédito a lo que veían sus ojos. Le costaba creer que existiera aquella forma de vida, allí, en aquel planeta inhóspito y desamparado. Pero lo cierto es que de alguna forma ya no estaba solo. Se acercó cautelosamente. El viejo le miró. Comenzó a dar gritos despavoridos. Un grito entre molesto y cómico. Estaba como fuera de sí. Y finalmente dijo. --¡Richyyyy¡, ven a ver esto, ven a ver esto! --Espero que sea algo importante, viejo, porque ya has terminado enfadándome. El viejo agitaba la mano insistentemente reclamando la presencia del otro. --Qué tenemos aquí. Bruce no fue capaz de mediar palabra. --Vaya chico... ¿te han abandonado? De pronto comenzaron unas risas descontroladas, casi estridentes. Las carcajadas no paraban. Bruce optó por hablar. --Así es, puedo saber quienes sois. Continuaban las carcajadas. --Chicos, venid tenemos compañía. Los demás vinieron, tenían todos la misma pinta de mugruentos, pero parecían estar todos locos, con unas vestiduras pobres y extrañas. Todos tenían un aspecto bastante cómico. --Así que, quienes sois? Pregunto de nuevo Bruce. Un par de ellos comenzaban a acercarse. --¿No puedo preguntar? ¿Me lo vais a decir o tendré que averiguarlo? Los tenía casi encima, le miraban de manera extraña y tenían dibujada una extraña sonrisa. --¿Se puede saber...? Bruce no dijo nada más. Un garrotazo de uno de ellos dejó inconsciente al pobre Bruce, que se despertaría más adelante, atado a un palo de pies y manos como un animal, al que transportaban mientras los extraños habitantes de allí, no paraban de decir tonterías. Seguía siendo de noche. Mientras se despertaba, pudo ver como se le acercaban a una especie de campamento con hogueras y fabricado de hojalata y restos de naves espaciales. Rivers |