"La tentación de Jesús manifiesta la manera que tiene de ser Mesías
el Hijo de Dios, en oposición a la que le propone Satanás y a la que
los hombres le quieren atribuir. Por eso Cristo ha vencido al
Tentador en beneficio nuestro: "Pues no tenemos un Sumo Sacerdote
que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino probado en
todo igual que nosotros, excepto en el pecado" [Hb 4,15 .]. La
Iglesia se une todos los años, durante los cuarenta días de
Cuaresma, al Misterio de Jesús en el desierto (Catecismo, n. 540)."
Por tentación se entiende toda aquella sugestión interior que,
procediendo de causas tanto internas como externas, incita al hombre
a pecar.
Las tentaciones actúan en el hombre de tres maneras:
1) engañando al entendimiento con falsas ilusiones, haciéndole ver,
p. ej., la muerte como muy lejana, la salvación muy fácil, a Dios
más compasivo que justiciero, etc.;
2) debilitando a la voluntad, haciéndola floja a base de caer en la
comodidad, en la negligencia, etc.;
3) instigando a los sentidos internos, principalmente la
imaginación, con pensamientos de sensualidad, de soberbia, de odio,
etc.
Las tentaciones son pecado no cuando las sentimos, sino sólo cuando
voluntariamente las consentimos (Catecismo, nn. 1264, 1426, 2515).
Es importante comprender con claridad que la tentación sólo puede
incitar a pecar, pero nunca obliga a la voluntad, que permanece
siempre dueña de su libre albedrío. Ninguna fuerza interna o externa
puede obligar al hombre a pecar.
Por tanto, siempre podemos vencer las tentaciones, ya que ninguna de
ellas es superior a nuestras fuerzas: Fiel es Dios que no permitir
que seáis tentados sobre vuestras fuerzas, sino que de la misma
tentación os hará sacar provecho (I Cor. 10, 13).
Dios no quiere nuestras tentaciones, pero las permite, ya para
humillarnos, haciéndonos ver la necesidad que tenemos de su gracia,
ya para fortalecernos con la lucha, ya para que adquiramos m‚ritos
para el cielo.
Los medios para vencer las tentaciones están siempre al alcance de
la mano:
1) los medios sobrenaturales, que son los más importantes: la
oración, la frecuencia de sacramentos y la devoción a la Santísima
Virgen;
2) la mortificación de nuestros sentidos, que fortalece la voluntad
para que pueda resistir en el momento de la tentación;
3) evitar la ociosidad, pues la tentación parece que espera el
primer momento de ocio para insinuarse;
4) huir de las ocasiones de pecado, dado que nunca es lícito
exponerse voluntariamente a peligro próximo de pecar: supondría
conceder poca importancia a la probable ofensa a Dios y tiene, por
tanto, razón de verdadero pecado. No tengas la cobardía de ser
`valiente": ¡huye! (Camino, n. 132). |