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Fútbol/EL CAMPEON JON RIVAS La Liga de Irureta, mi
Liga También es mi Liga.
Aclaremos: nunca he sido seguidor del Deportivo ni pertenezco a ese
misterioso listado de accionistas que tan celosamente guarda Augusto César
Lendoiro. Soy del Athletic, que para eso nací en Bilbao. Me agrada, eso sí,
que un equipo de la periferia futbolística alcance un honor tal y rompa el
monopolio del eje Madrid-Barcelona. Evidentemente, preferiría que el título
se fuera más al Este, pero de momento no parece que vaya a ser así. En su día, lamenté profundamente que el
Super Depor de Arsenio Iglesias perdiera aquella Liga del penalti de Djukic.
Como cualquier aficionado al fútbol puedo decir dónde estaba en aquel
infausto momento. Hace años la pregunta era: ¿Dónde estaba usted el día que
mataron a Kennedy? Después se pasó a preguntar: ¿Dónde estabas cuando
Armstrong pisó la Luna? Tras el fiasco de Riazor, los futboleros pueden
decir: Cuando Djukic falló el penalti yo estaba en tal sitio, o en cual. Yo
aquel día estaba en el Parador de Santillana del Mar, en Cantabria. ¿Y usted?
Pero a lo que íbamos. Es la Liga de
Irureta, pero también es mi Liga. Al menos en una parte infinitesimal, porque
Javier Iruretagoyena Amiano debutó en un banquillo sentado a mi lado. O
mejor: yo estaba sentado a su lado, aunque llevara más tiempo de banquillo
que él. Fue en 1981, a principios de octubre. Irureta llevaba poco tiempo
retirado del fútbol, después de terminar su carrera como jugador en el
Athletic. Vivía -y vive- en Neguri, aunque ahora tenga como domicilio
eventual la habitación de un hotel con vistas al mar en A Coruña. No tenía
ganas de ejercer su profesión de ingeniero industrial y recibió la oferta de
dirigir a uno de los equipos infantiles del Club Deportivo Getxo. No era una
cuestión de dinero, ya que no cobraba, sino de empezar a practicar como
maestro de futbolistas sólo unas semanas después de conseguir el título de
entrenador nacional, precisamente en Fadura, el campo de ese club. Aceptó.
Con modestia, como siempre. Corrió la voz de que Irureta iba a
entrenar al Getxo infantil y acudieron casi 200 chavales a probarse para
tener el honor de jugar en su equipo. Hizo la selección, se quedó con una
veintena de niños y comenzó su trabajo. En octubre debutó. Llovía en
Amorebieta, viejo y destartalado campo de Urritxe, y nos esperaba el Ikesi,
el equipo de un colegio. Era el primer partido de Irureta en la Liga infantil
de Vizcaya después de varios amistosos. El delegado de su equipo, Damián Ayo,
no pudo ir porque tenía trabajo. Fui yo. Casi no podemos jugar porque se me
olvidó que el Ikesi vestía de amarillo como nosotros y las camisetas de
recambio se habían quedado en Fadura. Al final, encontraron otras y salimos
al campo. Ganamos. Entonces Irureta no llevaba gabardina, ni
bebía agua compulsivamente cuando las cosas iban mal, ni se moría de nervios
por dentro. Pero era un hombre sencillo, modesto, normal. Como ahora. Al día
siguiente, camino de San Mamés para ver al Athletic, viajando en el coche de
su mujer, un Mini Morris verde con el techo blanco, pinchamos. Irureta no
tenía gato y quienes íbamos con él tuvimos que levantar el coche a pulso para
que Jabo colocara la rueda de repuesto en su sitio. Qué honor. Contribuí a
que el futuro campeón de Liga arreglara un pinchazo. Después, Irureta circuló sin ayuda, y sin
pinchar. Primero en la selección infantil de Bizkaia, luego en el Getxo de Tercera
División, más tarde en el Sestao. Todavía se acuerdan en la localidad fabril
de los cohetes que celebraron el ascenso a Segunda División aquella tarde
frente al Palencia, y la posterior campaña en la que estuvo muy cerca el
ascenso a Primera. El Sestao jugó el playoff para subir y se le cruzó el
Celta en el camino. Más tarde vino el Logroñés y su rocambolesca destitución
cuando a Marcos Eguizábal le calentaron la cabeza con ínfulas que aquel
equipo de perfil bajo y buena clasificación no podía permitirse. «Se va todos
los días a dormir a Bilbao». Fue la excusa oficial. Luego al Oviedo le metió
en Europa y con el Racing consiguió una clasificación que ni los socios más
veteranos recordaban. En Bilbao no tuvo mucha suerte. La afición
estaba dividida después de unas elecciones cruentas y se le criticaba hasta
por masticar chicle. Cayó sin poder demostrar nada. Más tarde llegó una buena
temporada con la Real Sociedad, un gran año con el Celta y dos temporadas que
ahora fructifican en A Coruña. Y entre medias, regreso de vacaciones a su
casa de Getxo donde le espera la familia, y visitas esporádicas a su Irún
natal, sobre todo por San Marcial, donde no se mete en polémicas pero se
viste de escopetero para desfilar en El Alarde con la compañía de Meaka. Como
cualquier persona del pueblo. Sencillo, normal, pese a la vorágine que
envuelve el deporte-espectáculo del fútbol, como si todavía fuera aquel joven
aprendiz de futbolista profesional que les hacía los recados en el campo a
Luis y Adelardo. «Tómala y llévasela», le decía el sabio de Hortaleza sobre
el césped incipiente de aquel incipiente estadio Manzanares. Así que ahora
que la Liga es del Deportivo, me alegro por Jabo, y me enorgullezco de haber
sido el primero que se sentó en un banquillo con él.
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