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Sábado, 20 de mayo de 2000

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Fútbol/EL CAMPEON

Una noche de marea azul y espuma blanca

 

A Coruña enloqueció y borró los malos recuerdos de 1994, uniformada con los colores de su equipo

 

JAVIER OLAVE

 

A Coruña

En tres minutos, la Historia se abrió a los pies de un equipo milagroso. Un grito brotó de 35.000 corifeos: «¡Campeones, campeones!». Donato tenía 31 años cuando no pudo tirar el penalti del 94, porque había sido sustituido. Ayer, con 37 -sólo Puskas (40) y Buyo (39) fueron campeones más veteranos-, acabó de cabeza con seis años de resaca. «Coruña, entera, se va de borrachera». Y Coruña entera se fue, desbordando la fuente de Cuatro Caminos, el Playa Club y las arenas de Riazor.

El 94 es ya un mal recuerdo. En tres minutos, con el público puesto en pie, con el palco puesto en pie -Rajoy, entre Lendoiro y Vázquez-, con Galicia puesta en pie, ese cabezazo de Donato acabó con una eternidad de miedo. «¡Campeones, campeones!».

La caldera aún estaba hirviendo cuando llegó la cirugía de Roy Makaay en el área catalana: 2-0. El dique estaba roto, nada podía frenar aquello...

Así que, una hora más tarde, «We are the champions» comenzó a sonar a todo volumen mientras la pelota aún corría por un césped cubierto de confeti. El partido no había terminado todavía cuando el fondo de los Riazor blues se empezó a verter sobre la pista. García Aranda pitó el final, temiéndose la inminencia del maremoto.

En unos segundos, todo la hierba se cubrió de gente azul. Los propios jugadores del Deportivo fueron arrollados. Djalminha se abrió paso a puñetazos. Fran salió a hombros y en calzoncillos, después de que le fuera arrancada la ropa. La policía abría camino a golpes y rescataba a los jugadores de la marabunta. Unos minutos después aparecían en el palco, semidesnudos, ebrios de júbilo, bailando ante un campo abarrotado en el que la gente cimbreaba los largueros y arrancaba el césped y las redes.

La ciudad había amanecido blanca y azul a orillas del Atlántico. Parecía que las aguas habían desbordado la playa de Riazor. Una marea de gente azul con rayas blancas como espuma llegaba a oleadas, inundando los alrededores del estadio.

En el mercado de la plaza de Lugo había que apartar globos y bufandas para encontrar los percebes y la merluza. Los pollos colgaban inermes con bufandas y lazos azules. El mercado era una fiesta de colores, hasta el punto de que una señora ofrecía gambas a rayas azules y blancas.

La calle que abrazaba el mercado estaba también uniformada, con banderas a cientos, un edificio con una enorme bufanda alrededor y otro cubierto con docenas y docenas de globos azules y blancos. Unos jubilados, en pantalón corto y con la camiseta reglamentaria, se exponían orgullosamente al azote de los rudos vientos del Atlántico. En la iglesia de Santa Gema, la santa protegía el escudo del club.

En los colegios, los niños se peleaban al hacer los equipos en el recreo. La gran mayoría vestía camisetas del Depor, así que era complicado hacer dos bandos. Mientras, por las calles, los coches, autobuses y camiones hacían sonar las bocinas, engalanados con trapos y tiras bicolores. Parte de la ciudad se había tomado el día libre, porque, según se escuchaba en las calles y se leía en la prensa, el 19 de mayo del 2000 es la fecha más jubiloso del Concejo desde que María Pita repelió a los piratas británicos de Sir Francis Drake, a finales del XVI.

La ciudad había enloquecido. Se habían convocado barras libres gratuitas de vino y cerveza para la noche y hasta un convoy de camiones-hormigonera, cargados de vino donde debía girar el cemento, acudió a la puerta para repostar a centenares de vecinos. La velada coruñesa prometía simultáneamente un concierto de Juan Perro, del que nadie se enteró. Y, en pleno lío, llegó al aeropuerto el mago y encantador de modelos David Copperfield. El hacedor de prodigios aterrizó y se quedó impresionado de su poder, ya la víspera de su show: las calles vacías, el aeropuerto muerto... Todos habían desaparecido.

Según se acercaba la noche, el miedo a las meigas y los penaltis fallados se diluyó entre la riada de euforia. Los lugares próximos al estadio se colapsaron. El ruido fue atronador cuando un autobús se abrió paso. Pero eran los villanos. Eran azules y blancos, sí. Eran el Deportivo... el Real Club Deportivo Espanyol. Eran los malos. Los buenos tardaron un poco más.

Eran las 19.15 horas cuando estallaba el corazón del Occidente de España: dos Harley Davidson Electra abrían paso a los héroes. Bajó primero Javier Irureta, y la policía tuvo que hacerle sitio. Después, uno a uno, los hijos del pueblo -tres gallegos: Fran, José Ramón y Dani Mallo- hasta llegar a Djalminha, el detonante de todas las pasiones, la espoleta de un equipo casi infalible en su campo-fortaleza: sólo tres equipos -Racing, Numancia, Zaragoza- han salido vivos de Riazor.

Y unos minutos después, sin un palmo de cemento a la vista, con 35.000 almas en vilo, empezaba el partido más importante de los 94 años del Deportivo, la batalla más legendaria desde que María Pita condujo a varios corsarios ingleses al Jardín de San Carlos, un cementerio donde se enterraron piratas e ilusiones perdidas.


 

 

 

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