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Fútbol/EL CAMPEON Una noche de marea azul
y espuma blanca A Coruña enloqueció y borró los malos recuerdos de 1994, uniformada con los colores de su equipo JAVIER OLAVE A Coruña En tres minutos, la Historia se abrió a
los pies de un equipo milagroso. Un grito brotó de 35.000 corifeos:
«¡Campeones, campeones!». Donato tenía 31 años cuando no pudo tirar el
penalti del 94, porque había sido sustituido. Ayer, con 37 -sólo Puskas (40)
y Buyo (39) fueron campeones más veteranos-, acabó de cabeza con seis años de
resaca. «Coruña, entera, se va de borrachera». Y Coruña entera se fue,
desbordando la fuente de Cuatro Caminos, el Playa Club y las arenas de
Riazor. El 94 es ya un mal recuerdo. En tres
minutos, con el público puesto en pie, con el palco puesto en pie -Rajoy,
entre Lendoiro y Vázquez-, con Galicia puesta en pie, ese cabezazo de Donato
acabó con una eternidad de miedo. «¡Campeones, campeones!». La caldera aún estaba hirviendo cuando
llegó la cirugía de Roy Makaay en el área catalana: 2-0. El dique estaba
roto, nada podía frenar aquello... Así que, una hora más tarde, «We are the
champions» comenzó a sonar a todo volumen mientras la pelota aún corría por
un césped cubierto de confeti. El partido no había terminado todavía cuando
el fondo de los Riazor blues se empezó a verter sobre la pista. García Aranda
pitó el final, temiéndose la inminencia del maremoto. En unos segundos, todo la hierba se cubrió
de gente azul. Los propios jugadores del Deportivo fueron arrollados.
Djalminha se abrió paso a puñetazos. Fran salió a hombros y en calzoncillos,
después de que le fuera arrancada la ropa. La policía abría camino a golpes y
rescataba a los jugadores de la marabunta. Unos minutos después aparecían en
el palco, semidesnudos, ebrios de júbilo, bailando ante un campo abarrotado
en el que la gente cimbreaba los largueros y arrancaba el césped y las redes.
La ciudad había amanecido blanca y azul a
orillas del Atlántico. Parecía que las aguas habían desbordado la playa de
Riazor. Una marea de gente azul con rayas blancas como espuma llegaba a
oleadas, inundando los alrededores del estadio. En el mercado de la plaza de Lugo había
que apartar globos y bufandas para encontrar los percebes y la merluza. Los
pollos colgaban inermes con bufandas y lazos azules. El mercado era una
fiesta de colores, hasta el punto de que una señora ofrecía gambas a rayas
azules y blancas. La calle que abrazaba el mercado estaba
también uniformada, con banderas a cientos, un edificio con una enorme
bufanda alrededor y otro cubierto con docenas y docenas de globos azules y
blancos. Unos jubilados, en pantalón corto y con la camiseta reglamentaria,
se exponían orgullosamente al azote de los rudos vientos del Atlántico. En la
iglesia de Santa Gema, la santa protegía el escudo del club. En los colegios, los niños se peleaban al
hacer los equipos en el recreo. La gran mayoría vestía camisetas del Depor,
así que era complicado hacer dos bandos. Mientras, por las calles, los
coches, autobuses y camiones hacían sonar las bocinas, engalanados con trapos
y tiras bicolores. Parte de la ciudad se había tomado el día libre, porque,
según se escuchaba en las calles y se leía en la prensa, el 19 de mayo del
2000 es la fecha más jubiloso del Concejo desde que María Pita repelió a los
piratas británicos de Sir Francis Drake, a finales del XVI. La ciudad había enloquecido. Se habían
convocado barras libres gratuitas de vino y cerveza para la noche y hasta un
convoy de camiones-hormigonera, cargados de vino donde debía girar el
cemento, acudió a la puerta para repostar a centenares de vecinos. La velada
coruñesa prometía simultáneamente un concierto de Juan Perro, del que nadie
se enteró. Y, en pleno lío, llegó al aeropuerto el mago y encantador de
modelos David Copperfield. El hacedor de prodigios aterrizó y se quedó
impresionado de su poder, ya la víspera de su show: las calles vacías, el
aeropuerto muerto... Todos habían desaparecido. Según se acercaba la noche, el miedo a las
meigas y los penaltis fallados se diluyó entre la riada de euforia. Los
lugares próximos al estadio se colapsaron. El ruido fue atronador cuando un
autobús se abrió paso. Pero eran los villanos. Eran azules y blancos, sí.
Eran el Deportivo... el Real Club Deportivo Espanyol. Eran los malos. Los
buenos tardaron un poco más. Eran las 19.15 horas cuando estallaba el
corazón del Occidente de España: dos Harley Davidson Electra abrían paso a
los héroes. Bajó primero Javier Irureta, y la policía tuvo que hacerle sitio.
Después, uno a uno, los hijos del pueblo -tres gallegos: Fran, José Ramón y
Dani Mallo- hasta llegar a Djalminha, el detonante de todas las pasiones, la
espoleta de un equipo casi infalible en su campo-fortaleza: sólo tres equipos
-Racing, Numancia, Zaragoza- han salido vivos de Riazor. Y unos minutos después, sin un palmo de
cemento a la vista, con 35.000 almas en vilo, empezaba el partido más
importante de los 94 años del Deportivo, la batalla más legendaria desde que
María Pita condujo a varios corsarios ingleses al Jardín de San Carlos, un
cementerio donde se enterraron piratas e ilusiones perdidas.
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