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Aquí, a manera de recreo, os diré algo de las ceremonias y forma de sus danzas y de una sin par danzadera, según como lo vi y recuerdo. Y si falto en decir menos de lo que allí vi, será culpa mía, pues me remito a muchas gentes de pro que lo vieron como yo, entre las cuales estaba, que lo sé bien y se reía mucho, el señor de Jouvelle, llamado don Diego de Guevara. La danza tuvo lugar en lo más alto de la villa, en la calle que va a la iglesia mayor. En verdad, me parecía un sueño o una fantasía lo que vi en aquella danza, y logran más las mozas de allí que las nuestras, pues primero, a las nuestras no se les ocurriría ir a recrear a las gentes de pro sin ser llamadas, sino que haría falta rogarles mucho y acertar en el momento; y, todavía, puede ser que no lo hicieran; pero, éstas de que hablo, son sencillas y de buena fe. En efecto, ellas se pusieron en rueda, como se hace en la danza de ronda, sin tenerse por las manos, pues con una tenían el pandero y con la otra lo tocaban repiqueteando encima con los dedos. Cuando estas mozas estaban cantando, tocando y haciendo maravillas, entró en la rueda una mujer gorda y rechoncha, como un sapo, de ojos rojos, pues de otro modo no podría yo bautizarla, ya que así era, mas, por fortuna, daba buen lustre a las demás. Ahora bien, aunque no fuese bella, como habéis oído, sí era la más diestra en diversas ceremonias y gentilezas, como lo demostró muy bien. En cuanto estuvo sola en medio de la rueda, se puso a hacer maravillas sin dejar de bailar, y las demás la miraban, como si ella les mostrase y enseñase, a fin de recordar mejor para otra vez lo que le viesen hacer, e hiciese lo que hiciese, sin embargo, no dejaban las otras de cantar y seguir siempre adelante con compás, llevando una la voz y contestando las otras. Y el sapo gordo tocaba y chasqueaba con sus dedos, luego los mojaba con saliva y se frotaba la frente, por miedo de que se burlasen de ella; haciendo lo cual mostraba que sabía hacer bien los melindres y gestos que estas mujeres hacen cuando se miran en el espejo, aunque su pelo fuese negro como la pez.
Aunque si se miran bien estas cosas, eso no es más que la usual costumbre y lo más refinado hoy, pues las mozas de ahora se ennegrecen el flequillo y las cejas para dar a conocer que de tal color es la crin de la montura, como queriendo decir que una hermosa mujer morena no es fea. También sobre un fondo blanco, sea alto o bajo el negro sienta bien. Ahora bien, a buen entendedor, poco hablar y mejor obrar. Así, pues, no es de creer quien no lo haya visto qué boquita remilgosa ponía con sus labios gordos, con lo que parecía que estaba de hocico; pero su buen continente suplía a sus pequeñas imperfecciones. A veces daba saltitos de costado y pasos y contrapasos también de costado, siempre sonriendo como si el corazón le dijese «¡viva la boda! », a causa de la gran reunión de gentes de la corte que veía alrededor suyo. Os aseguro que nada hacía que pudiese desagradar en modo alguno, pues tenía un don que quien la miraba quedaba satisfecho, al abrigo y desnudo de concupiscencia carnal, lo que no es poca cosa; tenía un espíritu despejado y era un joven corazón en una jaula vieja.
En todo caso, el entendimiento estaba dispuesto para hacer cien mil gentilezas y aunque sus rojas calzas, mal ceñidas por falta de jarreteras, le hacían tener algo de mal aspecto, aparte eso, todo se pasó bien y no hubo más que contento. Esta no tenía cuidado de poner los ojos tan bajos como las mozas del tiempo presente, las cuales para mostrarse gallardas llevan las calzas tan estiradas y las piernas tan ceñidas que, solamente con mirarlas, curaría a dos enfermos más que a uno; también éstas muestran el pie bien torneado en zapatillas, sin zapatos, y luego, para aviar la casa se cuelgan un pellejo con el refajo levantado por delante, y apenas hace algo de aire se les ve la liga, la hermosa canilla y muy a menudo la rodilla; y se ponen en el pecho un ramillete, que es como un rígido dardo clavado allí en su blanco.
Ahora bien, ésta de la cual queremos hablar aquí no se cuidaba de tales locuras sino de poner, a la vez, una de sus manos en el costado y la otra detrás, como entre compadres. En cuanto a echar ojeadas, era tan buena obrera y se os encaraba tranquila, como diciendo: «Miradme, soy yo, que tan bien lo hago y que enseño a las demás lo que deberán hacer cuando, en tal asunto, se encuentren ante las gentes de pro, sin quedar más extrañadas que yo». Y así haciendo, y continuando de bien en mejor, echaba a veces suspiros y exclamaciones, según la usanza del país, como si con esto hubiese querido dar a entender que lo que hacía no era cosa de poca estima, cuando tanta gente principal tan a gusto la miraba. Entonces sudaba la gota gorda, limpiándose el sudor y se enjugaba muy graciosamente con un pañuelo mal lavado, mostrando que lo que hacía era de gran trabajo.
Tocante a saltos, giros y pasos, era el asombro y nunca he visto moza de tan ruda talla hacer lo que ésta hacía. Cuando hubo danzado sola un buen rato en aquella rueda, mostrando su buena gracia y ciencia, entonces, como capitana y superintendente con autoridad y mando sobre las demás, hizo señal a una hermosa joven para que entrase con ella en dicha rueda, lo que ésta hizo. Y a la llegada de la otra, nuestra
danzadora la saludó al estilo de los hombres, mostrándole que así se hacía; luego le dio a tener la punta de su pañuelo y le hacia muchas proezas, y a menudo, levantándole el brazo le hacía ocultar el otro debajo, haciéndole hacer lo hecho y lo deshecho, y las demás tocaban siempre sus panderetas, andando y contoneándose para hacer mejor sonar sus cascabeles, que estaban bien afinados, y respondían tan bien sus andares y sonajas al tono y voz de sus canciones que no cabía nada mejor.
Entonces se ponía, siempre bailando, las manos en jarras, en forma de reto, Y parecía que fuese a justar con aquella hermosa joven, para la cual un justador de veras le hubiese correspondido mejor; pero, al acercarse, pasaba adelante sin tocarle. En efecto, fueron tantas las habilidades hechas que parecía un sueño. Luego bailaron en dicha rueda otras dos hermosas robustas mozas que tampoco se miraban mal; creo que viéndolas se hubiese juzgado muy pronto que eran muy capaces de sostener un duro y áspero asalto, incluso un encuentro o pelea y mejores para ayudarles más a gusto a deshacer los lechos que a volverlos a hacer. Después de haber durado este pasatiempo un buen rato, saludando a la nobleza, se retiraron para ir a hacer otro tanto a otra parte.
Creo que de todas aquellas mozas no vi ninguna que no tuviera las orejas horadadas, de las que colgaban diversas chucherías como cascabeles unas, crucecitas o pendientes de plata otras, y llevaban sus pechos enriquecidos y adornados con collares y con pasamanos negros en los que había rosarios de coral, de azabache y de ámbar, según les parecía. Tampoco he visto cosa que tanto moviese a risa como aquella danza. Si así rieran de la danza de las mozas de aquí, creerían que se burlaban de ellas, pero el reír ante aquéllas que digo, es todo lo contrario, puesto que cuanto más se ríe más se contentan, ya que son de tan buena pasta y creen que se ríe uno de gusto y que la cosa place tanto a los que miran como a ellas. Por esta creencia lo hacían cada vez mejor y con más brío. Aquí pondremos fin a este propósito para proseguir nuestra materia.
Digo, pues, que unos días después de haber llegado nuestro señor el Rey a dicho lugar de San Vicente, llegó a ponerse muy enfermo, por lo cual no pudo partir tan pronto como se había propuesto, y por opinión de los médicos se retrasó la partida unos días para ver si mejoraba, pero cuanto más tiempo transcurría, peor se encontraba. Entonces los médicos dijeron que sería bueno cambiar de sitio y de aire, puesto que aquel aire marino le era contrario y porque, yendo por los campos de un lugar en otro y renovándose el aire, podría encontrarse mejor. Y esa fue la principal causa de la partida de aquel lugar. Por esta causa, se lo advirtieron al señor de Chièvres, quien también fue de parecer de partir y de hacer pequeñas jornadas, pues estaba muy contrariado con la enfermedad del Rey, nuestro señor, y no le importaba lo que se hiciese ni a dónde se fuese con tal de procurarle salud y curación.

FIN
DE LA CRÓNICA
DE CARLOS I EN
SAN VICENTE DE
LA BARQUERA



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