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La punta de este l�piz. Las camas y las baldosas. Las tripas de los dem�s. El pan, las puertas y huesos. Y tu garganta expandida. Todo cruje.
Nada puede contener la huida profunda de un gemido al chocar con mi cuerpo. Todo rompe el silencio explotando ante mi tacto, estropeando mi sigilo.
Arruinando la an�nima calma - la sutil docilidad - despertando una campana que pregona que ahora y aqu� soy ruido.
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