|
No es porque duela evocar su memoria.
No es el gris obscuro en tus comentarios - golpes tristes, bajos, venenosos; astillas metafísicas que me desangran -.
Nunca coartaría tu libertad aunque se rompan mis entrañas. Tienes derecho a sacarme si quieres la mejor de mis vísceras con tus frases inferiores.
No es tu boca de puta indigna de hablar de ella. Tampoco tu espíritu corto, malintencionado y negro.
Es más bien tu ceguera, tu impaciencia por ladrar. Es que no me cuides porque cuando estoy presente sigues hablando de ella.
Es tu falta de tacto al no ver que me muero cada vez que te oigo: te quiero a tí también.
La próxima vez apiádate, cubre mis oídos, regálame la opción de vendarme los ojos. |
|