LA ESTACIÓN DEL NORTE

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I

            Jamás hasta aquel día me había fijado en alguien como aquella noche; se trataba de una pareja de criaturas encantadoras, candorosas, digna de mejores nóminas, y sin embargo... Estaban allí como si los esperase, dos personajes de ensueño entrando en la cafetería del bar de la estación, un par de jóvenes con aires extranjeros que nada más aparecer acapararon toda mi atención... La sorpresa aún fue mayor cuando, sin decir palabra, eligieron para sentarse la mesa donde yo me encontraba.

            Mientras caminaban por el pasillo las había tomado por un par de chicas nórdicas, una de ellas alta y con aires masculinos, incluso en el vestir. Mis ojos se clavaron en su figura nada más entrar: americana de cheviot con chaleco de punto y corbata de lo más clásico, pantalones negros de franela y botines del mismo color, con punteras bien pronunciadas.

            Su rostro pálido denotaba un sol de latitudes elevadas; tenía el cutis hundido hacia dentro, pero florido en los pómulos como la piel de un albaricoque. En contraste, sus labios eran extrañamente carnosos y se veían llenos de malicia; parecían hablarle sin necesidad de moverlos, y sus ojos... Sus ojos azules se adivinaban fascinadores y de mirada penetrante; al sentarse frente al lugar donde me encontraba se clavaron en los míos. Lacónicamente, musitó con evidente timidez:           

            -Hola...

            Tenía el pelo rubio y recio, con algunas vetas más oscuras, tirante y hacia atrás, lo llevaba recogido en una coleta mediante un lazo negro... Continué observando sus aires ausentes y desvaídos, incluso despreocupados, como si nada de lo que había alrededor le afectase para nada; las entradas de sus sienes resultaban más pronunciadas de lo que sería normal en una mujer... En cuanto a las manos, extendidas con laxitud sobre la mesa, también superaban en tamaño al femenino habitual; tenían los dedos nudosos, con huesos pronunciados y venas descollantes, las uñas cuadradas, sonrosadas, y las lúnulas, enormes.

            Finalmente caí en la cuenta de que me encontraba frente a un hombre extrañamente femenino; lo confirmaba la falta de relieve del pecho, algunos ademanes masculinos y su voz... Barbilampiño pero nada amanerado, se trataba seguramente del hijo de algún adinerado anglosajón en la etapa de holgazaneo juvenil, de un trotamundos vagando sin rumbo por España hasta que se agotara el dinero de sus papás.

            En cuanto a la acompañante, no ofrecía ninguna duda: una teenager enfundada en su trenka azul marino, vestida con pantalones de pana de color rosa fuerte y calzada con camperas sólidas. Su cara pálida me recordó la de Mary Poppins; dotada de ojos claros y chispeantes, su mirada siempre se mostraba atenta a las solicitudes del compañero. Los cabellos rubios, naturalmente, pero mucho más finos que los otros, más largos y ondulados, recogidos también en una cola con una simple goma; toda ella mostraba aires traviesos y vivarachos.

            Me quedé alelado mojando la pasta sobre mi taza de café con leche; debía tener los ojos como platos de tanto escrutar aquellos otros insondables del joven que tenía enfrente, mientras él permanecía ajeno por completo a todas mis tribulaciones... En efecto, algo desconocido y maravillosamente atroz al mismo tiempo estaba despertando en aquellos instantes dentro de mi corazón de solitario... No podía apartar los ojos de su mirada ausente y lejana, estaba sintiendo el flechazo en mi corazón, que empezó a latir alborotado... Todo estaba resultando diferente aquella noche en la estación; sentía otra luminosidad, otro estar, otras impresiones jamás vividas en aquel lugar extremadamente familiar para mí, ante aquella presencia tan inesperada como fascinadora. Tal vez me estaba enamorando por primera vez en mi vida, y nada menos que de un hombre como yo, algo que jamás hubiera podido prever.

            Mientras mi cabeza entraba en ebullición y todos los prejuicios de la educación encendían la roja luz de alarma, aún pude observar, pese a mi estado, cómo la chica seguía al punto cada una de las órdenes de su compañero de viaje; debía estar también embobada por él, porque fue ella quien se encargó de pedir las consumiciones en la barra, ella las trajo y las pagó, ella preparó todo para que él no tuviera otra cosa que alargar la mano. Se la veía contenta y feliz sirviéndolo, así lo exteriorizaba su sonrisa nada forzada cada vez que lo atendía en algo.

            Y mientras, él se dejaba servir con la naturalidad de quien está acostumbrado a hacerlo cada día, trasluciendo unos modos aristocráticos sin la menor traza de disimulo... Freddy y Karen, dos británicos compartiendo mi mesa una tarde de sábado lluvioso en la Estación del Norte de Valencia... Como en una imagen alegórica nos hallábamos encarrilados hacia nuestro destino, que había tejido sus hilos para enredarnos aquella noche bañada de melancólica lluvia.

            Karen era la única que hablaba un castellano medianamente entendible, y enseguida recabó de mí para informarse sobre diversos aspectos de la ciudad y del país; entablamos conversación y así pude saber que ambos eran hijos de un noble inglés. Se hallaban en España de paso, atraído Freddy por el ambiente gay valenciano, en busca de aventuras excitantes con amantes hispanos.

            Mi atención se encontraba dispersa entre la conversación con Karen -apenas salida de la adolescencia, toda ingenuidad y ternura en su hablar suave y reposado, a veces difícilmente audible, pura melodía lleno de acento nasal inglés- y el contemplar al hermano con su mirada extraviada y ausente, aparentaba hallarse en otra parte... Tuve que hacer verdaderos esfuerzos para estar por ella, pues mis intereses se encaminaban hacia el hermano, tan encantador, perdido en sus paisajes interiores, por completo ajeno a nuestra charla, desmadejado sobre el asiento, ensimismado, pero no por ello menos intrigante con su porte arrogante, un misterio masculino a resolver.

            Al hablarle de mi profesión y de mi paso por la universidad, el rostro de Karen se llenó de confianza; teníamos algo en común, ella se había matriculado de primer año en Oxford. Aproveché entonces para preguntarle qué hacía viajando en pleno curso académico por España, y con toda espontaneidad contestó que había de cuidar de su hermano y no dejarlo solo ni un momento, pues Freddy eran tan especial que siempre necesitaba de alguien a su lado que lo protegiera.

            Insistí, pues resultaba evidente que Freddy la sobrepasaba en varios años de edad, y semejante circunstancia carecía de toda lógica; entonces ella me habló con tono entrecortado de la extrema fragilidad de su hermano, de la naturaleza caprichosa e imprevisible que tenía, de su falta de voluntad para afrontar las situaciones más cotidianas... Los ojos de Karen se encendieron de amor y una lágrima asomó por ellos, circunstancia que aprovechó para abrazarlo cariñosamente.

            Durante cortos instantes, fugaces pensamientos centellearon a través de mi mente, agitada por el desconcierto... ¿El ambiente gay de Valencia? Totalmente desconocido para mí, pese a llevar viviendo allí tantos años... ¿Qué se me había perdido a mí con aquel sujeto de aires enfermizos y extravagantes, que casi dormitaba ya con una ausencia insultante, ajeno tanto a mis emociones desorbitadas como a la conversación de su hermana?

            La cabeza me daba vueltas y sentía los latidos del corazón en las sienes, me hallaba hecho un hervidero por dentro; entretanto, aquella criatura misteriosa estaba secuestrando mi cordura con su pasividad. Tenía frente a mí un millón de interrogantes, hombre frente a hombre, imposible soportar su atractivo irresistible, yo el primer sorprendido, sí, incapaz de escapar a su aura sediciosa.      

            Ganada la confianza de Karen, fue puro impulso lo que me llevó, en el colmo de la inconsciencia, a ofrecerles hospitalidad en mi casa aquella noche; a ella le pareció bien, pero fue el hermano quien hubo de consentir y decir la última palabra tras consultar su opinión. Freddy mostró agradecimiento a mi propuesta con una expresión entre maliciosa y sonriente, nada definida, como todo él.

            Cuando terminamos ellos tomaron sus bolsas de viaje y nos dirigimos en busca de un taxi; enseguida llegamos a mi casa, cercana a la estación de ferrocarril. Abrí la puerta, y al comprobar mi fiel Kabir que venía acompañado de presencia nueva para él, frunció el morro amenazante, a la espera de una señal mía de aprobación o no.

            -¡Hola, Kabir! Pasa para dentro -le dije.

            Sin embargo, leal a su sangre canina, no dejó entrar a la pareja hasta haberlos olisqueado y reconocido por completo. Hecho esto, con la mayor de las indiferencias se fue a su alfombra y continuó dormitando como si ignorase la presencia en casa de los dos forasteros.

            -Acomodaros como si se tratase de vuestro propio hogar -les dije en tono amable, más fingido que real, propio del que tiende una trampa para conseguir algo.

            Ciertamente estaba hecho un manojo de nervios; la situación era puro desvarío, fruto tal vez de mi vida solitaria y necesitada de amor. La presencia cercana de Freddy en el territorio íntimo acrecentó aún más mi interés por él, por desentrañar su secreto, por descifrar su cuerpo y sus aires ambiguos... Me hallaba fuera por completo de mi ritmo de vida habitual de profesor de Latín, siempre monotonía y situaciones previsibles, presa de unos deseos insólitos e inesperados por aquella criatura extraña que me había seducido nada más verla.

            Mi apartamento es pequeño y coqueto, suficiente para una persona sola; se accede directamente por el amplio salón, que hace también de habitación dormitorio. Además de la entrada, tiene dos puertas más: a un lado la del baño, y enfrente la que da paso a otro dormitorio y la cocina. El salón está decorado con papel en las paredes y moqueta verde oscuro en el suelo; el techo, inclinado por ser ático, le da aires de buhardilla bohemia. En un rincón se hallan los sofás y el tresillo, con una mesa camilla; en otro mi mesa de estudio con dos estanterías en escuadra llenas de libros. Una tercera esquina la ocupa mi cama, y la cuarta es un espacio ganado para el baño. Las cortinas escondían esa noche la cristalera que da a la terraza, excelente mirador de la ciudad donde suelo pasar las horas muertas en los atardeceres de la primavera, cuando la fragancia del azahar invade la urbe procedente de las huertas y naranjales que la rodean.

            Cierto metódico desorden le da todavía más ese toque acogedor que suelen tener las viviendas de las personas que, como yo, hemos elegido la soledad... Complacidos con mi generosa hospitalidad, Karen sugirió la posibilidad de tomar ambos un buen baño, lo que me pareció natural tras su largo viaje; Freddy seguía sin inmutarse ni abrir la boca para nada, lo cual empezaba ya a sacarme de quicio... Pese a todo mostré mi aprobación a su idea de bañarse, así que los dejé dueños de la casa mientras yo sacaba a pasear a Kabir, puesto que era su hora.

            Suelo dar largas caminatas con mi afgano por el Paseo de la Alameda, sobre todo durante la noche, cuando hay tranquilidad y él puede trotar y desfogarse a su gusto, que le encanta como galgo corredor que es; pero en aquella ocasión regresamos a muy escasos minutos de haber salido. Una ansiedad desconocida me dominaba, andaba tenso y con una sed loca de aventurarme en los adentros de aquel hombre ambiguo, de aquel hombre que ya tenía en casa tomando el baño, a punto para desvelarme su enigma.

            Presuroso y con la idea fija de volver a mi apartamento para resolver aquella situación, subí las escaleras a saltos; al llegar al rellano las piernas me flaqueaban y el corazón golpeaba con tanta fuerza que parecía fuera a salirse de mi pecho... Además, un nudo en la garganta me atenazaba; tenía la boca reseca, la vista nublada y los ánimos descontrolados a causa de un capricho repentino e imposible de evitar en mi mente: Freddy, el rubito, ambiguo y femenino joven que acababa de conocer en la Estación del Norte...

            Me hallaba tan fuera de mí que hube de esperar unos segundos a calmarme en el rellano de la escalera para poder atinar a introducir la llave en su cerradura; poco acostumbrado a tener visitas abrí con precaución, sigiloso, recelando de lo que podría encontrar al otro lado de la puerta. Sin embargo todo estaba en orden, el salón a oscuras, apenas iluminado por la luz que escapaba a través de la puerta del baño entreabierta...

                                                          

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