LOS PERROS
Liturgias compartidas
-Te gusta mirar, te encanta observarnos, ¿eh? Cómo te descompones, pichurrín, míralo, se derrite como la nieve al Sol, qué enderezamiento; pues te vamos a dar gusto, bribón, lo que va a pasar ahora no lo podrás olvidar nunca. Te vamos a dar una lección sobre lo poco que sois los hombres frente a una mujer, frente a dos mujeres, pichón, te vamos a demostrar lo que somos capaces, te vas a regalar como un caramelo en el fuego, menosqueperro, de esta te vas a acordar mientras vivas. Vas a arrepentirte de habernos conocido, maldecirás mi nombre, desearás haberte perdido el día que me viste la primera vez... Mirón, vamos a jugar ante ti, y tú vas a tener la gloria y la desgracia de contemplarnos... Sufre, bribón, sufre a través de la vista, colitieso, fúndete como la cera...
Engalanadas con sus mejores lencerías, blancas como dos novias, se aprestaron para amarse ante mis ojos llameantes. Lucían medias blancas con encajes en los muslos, ligueros blancos y guantes de satén del mismo color como excusa para poder desnudarse las manos; estaban perfectamente maquilladas y peinadas para su encuentro, y, por si faltaba algo, un collar de perlas adornaba el cuello de ambas.
La vieja hizo ademán de llevarse algo a la boca; se trataba de una píldora, de un Seguril, y luego comenzó a beber a sorbos todo el contenido de una jarra de agua fresca... No me exigieron la desnudez en aquella ocasión, pude seguirlas con mi ropa de calle...
Andrea se arrebujó sobre el sofá del salón, y enseguida la vieja fue en su busca. Quedó de pie frente a ella dándome las espaldas con su cuerpo confuso; tenía como siempre las nalgas pletóricas, su pelo de nieve a lo garçon destellaba a la escasa luz de la estancia. De pie y en posición dominante sobre Andrea, le encajó el sexo contra su cara sin titubear un momento, exigiendo que lo festejase...
La vieja empezó a girar los glúteos y, mientras tanto, sin musitar una palabra, con obediencia ciega, Andrea la devoró literalmente, sujetándola por la cintura para no impedir sus contorsiones... A la par, mostrando una indiferencia insultante, la vieja continuó bebiendo y bebiendo sin parar. Tan pronto dejaba escapar alguna risita maliciosa como un suspiro de alivio.
Entretanto, Andrea estaba engolfada en aquella sima lampiña como sólo podría imitar la caniche favorita. Su lengua ansiosa intrigó a lo largo y ancho del augusto portal, labios contra labios, ciega de amor sobre aquellas carnes inciertas; allí prosiguió hasta que a la vieja le fallaron las piernas, víctima del frenesí de sus entrañas glorificadas...
Tras un breve reposo, ambas sobre el sofá, la vieja se recuperó y empezó a besar a su consorte en la cara, devorándole la boca para llenarse de sus propios aromas. Pero aquello no duró mucho, enseguida la hizo tumbarse sobre la gran alfombra del salón, sin abandonar en ningún momento su actitud dominadora y exigente...
Con Andrea tendida de espaldas, la vieja se arrodilló sobre ella para encajar sus femeninas entrañas sobre uno de los espléndidos senos de la yaciente sumisa. La alemana lo apretujó entre sus manos, y macerada como se hallaba por dentro la vieja, comenzó el sorprendente proceso de la penetración del modo más insólito que pudiera haberse imaginado. La añosa dama, apoyada con los brazos sobre el suelo, empezó a subir y bajar su cuerpo, de modo que los pechos de Andrea se convirtieron en delicados y blandos penetradores...
Qué expresión de vicio se reflejaba en el rostro de la vieja, estaba sublime, diabólicamente sublime. Mientras Andrea apretujaba el seno elegido con ambas manos para facilitar la engullida, la vieja continuó arriba y abajo llenándose de blanduras; luego el otro, y tras la porfía, ambos quedaron relucientemente húmedos para lo que iba a venir después...
De nuevo se encajó la vieja sobre uno de los salientes ya macerados, hincándose sobre él hasta desaparecer a mi vista. Cerró los ojos igual que un místico en meditación, concentrándose ensimismada. De pronto, como si esperase algún acontecimiento extraordinario, la expresión de Andrea cambió, mostrándose risueña y gozosa. Su cuerpo experimentó un leve temblor, un placentero estremecimiento. Un hilillo de áureo líquido comenzó a escapar del ensamblaje, un leve reguero de tibia orina refulgía a la tenue luz de la estancia. La vieja se estaba vaciando sobre Andrea, abandonándola así a las delicias más placenteras, a juzgar por la expresión de su rostro ... Pronto empezó a elevar las rodillas invadida por el gozo, y tendida bajo la vieja como se hallaba, sus piernas dejaron entrever una suave contracción...
Victoriosa sobre la sumisa y entregada pareja, la enigmática anciana estaba dosificando su cargadísima vejiga sobre los pechos de Andrea; a sus pezones, dos antenas vivas rematando el par de plácidas colinas, les bastaba con recibir el cálido chorro para transmitir suficiente excitación y encumbrar a la dueña sobre el propio cuerpo...
Repitieron la operación con el seno inatendido. Nuevos derretimientos, qué felicidad en el rostro de Andrea. La vieja, rampante sobre ella, se manifestaba como la perversión entrada en años con su cuerpo indefinido y misterioso...
No les bastó torturarme con tales juegos ante mi vista, porque la vieja volvió a su sometida espaldas arriba para cabalgarla sobre las mismas grupas. Aunque la maniobra era más dificultosa repitió la operación, hondonada sobre hondonada. Difícil imaginar cómo llegaron a encajar de nuevo, la vieja aún tenía reservas suficientes como para descargarse otra vez e infiltrar los chorros de su lujuriosa orina sobre las sensibilidades más escondidas de Andrea, contra el mismísimo abrigo anular de la retaguardia; a su cálido contacto, ella respondió con nuevos estremecimientos y una expresión despavorida, fuera de sí misma y del mundo, ensalzada sobre las cimas del eretismo...
Cuando Andrea volvió a la consciencia, la vieja seguía triunfante sobre su montura, inmóvil como una estatua. Ya recuperada, se giró debajo de ella y, sin decir palabra, fue a buscar la femenina hendidura de su consorte para devorarla de nuevo. Enjugó primero las relucientes gotitas de orina que, como rocío de madrugada, aún se resistían a separarse de las formas abizcochadas. Libó en ellas llenándose de su néctar, y mientras se hallaba engolfada sobre aquella flor como la abeja en plena recogida, la vieja dejó escapar sobre su rostro una nueva catarata de transparente líquido...
Andrea no sólo no lo esquivó, sino que con cara de gloria se aprestó a gozar bajo el potente chorro, increíblemente largo, inagotable, hasta que poco a poco fue cediendo en medio de su resplandeciente rostro... A las últimas gotas corrió de nuevo a enfrascarse sobre aquel manantial alegre, enjugando con labios amorosos los otros labios agotados por las delicias en una tierna escena llena de adoración hacia su dueña, hacia su única dueña...
Y entonces, yo, sin poder soportar más el gozoso sufrimiento de contemplarlas, me destemplé una vez más ante su vista; quedé ridículo e insignificante con la bragueta de los pantalones calada, pero me sentía feliz y privilegiado de poder presenciar los ritos del amor prohibido y sus secretos de lujuria...
Al darse cuenta de que me había mojado como un niño, no dejaron pasar la ocasión y se rieron de mí y de mis flaquezas masculinas hasta hartarse. Me sonrojé, y eso aún subió más el tono de sus risitas y comentarios. Me vi tan poca cosa, me sentí tan insignificante ante ellas, que repudié haber nacido hombre, hombre varón, tan vulnerable a sus perversidades...
Pero poco a poco, día a día, me iba apercibiendo también de que, conociendo al detalle sus secretos, las tornas podrían llegar a cambiar con el tiempo... Eras mis primeros destellos de rebelión, las primeras chispas de libertad que brotaban de mis adentros... Ellas estaban tan convencidas de su superioridad que no alcanzaron a verlas...
Al verme mojado, la vieja farfulló enfurecida:
-What's this? Hey, what's this? Why did you do
it? Ugggh...! That insignificant man...
Sus ojos echaban centellas de rabia incontenible, y, furibunda, pareció enloquecer. Andrea se echó a sus pies, pero ningún gesto de comprensión o de piedad salió de aquella anciana aureolada de misterio. Llena de rabia hizo una mueca incomprensible para mí, pero no para Andrea, quien desnuda como se hallaba le ofreció las nalgas arrodillada sobre el suelo. La vieja se enfundó entonces un viejo uniforme militar, cubrió su cabeza con una gorra de plato y, tomando un fuste entre sus manos comenzó a descargarlo sobre aquel par de volúmenes dominados por la blancura...
Hice ademán de ir a proteger a la víctima, pero Andrea misma me lo impidió con su imperiosa mirada. Uno tras otro los golpes se fueron sucediendo con increíble violencia, mientras la vieja, mostrando un semblante rencoroso, no dejaba el menor resquicio a la compasión...
Una y otra vez restallaron las descargas sobre aquellas grupas adorables, entregadas a su castigo sin exteriorizar la menor resistencia ni el más mínimo gesto de dolor. Al contrario, Andrea volvió hacia atrás la mirada para mostrar a su verdugo unos ojos llenos de agradecimiento. Enternecedor, las carnes flageladas fueron tomando una tonalidad rojiza cada vez más intensa, y, cuanto más laceradas se hallaban, con más ira se descargaba la vieja.
Qué espectáculo, qué excitación me invadió, por fin se abrió la piel en jirones, y de lo que antes fueron aterciopeladas y albas delicadezas comenzaron a brotar gotitas de sangre, luego sendos hilillos de un rojo brillante, y cuanta más sangre corría sobre las posaderas de Andrea más enrojecidos se mostraban los ojos de la vieja y más descontrolados descargaba los golpes, presa de su arrebato colérico, hasta que de pronto gritó:
-Now you, now you, now you, stupid!
No pude reaccionar ni defenderme, se hallaba enloquecida y yo congelado ante sus frenéticos impulsos. Me desvistió destrozándome la ropa violentamente hasta dejarme completamente desnudo, e incontrolable buscó el miembro erecto para golpearlo. Más que mofarse se desternillaba a cada impacto sobre mis virilidades; tan paralizado estaba que, sin darme cuenta, ya las tenía atadas al extremo de una cuerda, a la que anudó previamente un ladrillo macizo de dos agujeros. Soltó entonces un alarido terrible, fuera de sí, y sin pensárselo dos veces ni darme tiempo a reaccionar lanzó el lastre por la ventana abierta, tres pisos por encima del jardín...
En un instante comprendí que era hombre capado e intenté detener la cuerda que se iba para abajo irremisiblemente. Pero era tal su movimiento caótico y el pánico que me invadió que resbaló entre mis dedos. Aún rió otra vez la vieja llena de histeria ante mi desesperación, Andrea puso cara de espanto y yo quedé estático y rígido como una estatua, presa del terror... En el silencio de la noche se oyó el estrépito del ladrillo al romperse contra el suelo... Experimenté un profundo alivio... Ni yo, ni Andrea, que mostraba un rostro desencajado, podíamos imaginar que la cuerda tenía la longitud justa para no arrastrar consigo todas mis externas virilidades... La vieja, pese a todo, aún había sido clemente con nosotros y, en el fondo, sentíamos agradecimiento hacia ella...
Me flojearon las piernas, y un sudor frío salió de mi piel por todo el cuerpo. Eran los síntomas de una gran turbación, fruto del intenso horror vivido en breves instantes que a mí se me hicieron interminables, todo un infierno que felizmente ya estaba superado. A consecuencia del pánico vivido mi miembro se enfundó entonces en su abrigo protector hasta desaparecer como un caracol bajo su concha, y tan breve quedó que hasta se me hacía molesto. Apenas se notaba su presencia, estaba arrugado e insignificante, adimensional. La vieja volvió a reír escandalosamente al contemplar tan deshonrosa retirada. Andrea rompió entonces su ciega sumisión, y despertados con tan terrible escena sus instintos maternales, vino a enjugar mi sudor con sus labios, protegiéndome como a un bebé.
La vieja irrumpió entre los dos violentamente para separarnos, presa del furor. Tomó a Andrea por los cabellos y se la llevó arrastrando hasta el cuarto de baño...
Encendió la luz, e inesperadamente se abalanzó sobre sus nalgas malheridas para pasar a besarlas llena de fervor. Era sólo un juego de equívocos consentidos, al final lograba comprender que no se trataba más que de estrategias para provocarse el delirio amoroso.
No hicieron falta palabras para la reconciliación. Con sus propios labios la vieja le embebió la sangre y luego la recorrió con la lengua aplicándole el vulnerario de una abundante saliva. Yo volvía a contemplar la escena y, mientras tanto, ellas se enfrascaron en su insólita ceremonia de expiación...
Cuando la dieron por terminada la vieja abrió los grifos de la bañera e introdujo dentro a su consorte tumbada. Se despojó del uniforme militar, e igualmente desnuda como Andrea dejó que el agua tibia fuese ganando espacio... De nuevo reinó el silencio, interrumpido solamente por el chorro del grifo batiendo contra las aguas tranquilas...
El nivel fue subiendo poco a poco; mientras tanto, ellas se devoraban con la mirada, sin siquiera parpadear, como dos diosas. La vieja se puso a acariciar los cabellos de Andrea, que ya empezaban a mojarse por la nuca. Entregadas una a la otra, se besaron largamente sin soltar sus labios prendidos, ni siquiera cuando el agua los rebasó. La vieja continuó arrodillada fuera de la bañera, y Andrea dentro, ya por completo sumergida. Ello no fue obstáculo para prolongar su beso mortal. Al fin la vieja se vio forzada a soltar presa víctima de la asfixia, pero Andrea siguió sumergida a la espera de un posible indulto.
Aquella mujer vetusta cerró entonces los grifos y todo quedó en un silencio expectante, ella contemplando la agonía de su propia consorte, y Andrea con la dulce sonrisa de la muerte en la mirada sin hacer un sólo gesto, ni un ademán de pretender salvarse, ni un movimiento para evitar su fatal y cruel destino, sólo pretendía dar satisfacción a la voluntad de su ama, los ojos abiertos viéndonos bajo el agua, con la expresión de un mártir que se entrega por la causa, feliz de encontrarse ya con su final en esta vida; a sabiendas de que yo no podía hacer nada mejor que contemplar sus rituales, esperanzado con el presentimiento de que algo sucedería en el último instante, no me perdí un solo detalle de aquella tierna escena de amor...
Sin embargo, parecía que ahora todo iba en serio, porque los labios de Andrea dejaron entrever bajo las aguas una ligera cianosis. La vieja se hallaba ida, sus ojos saltaban fuera de las órbitas. Introdujo las manos en el agua y empezó a acariciar a su ajusticiada, completamente entregada a la muerte y a los designios de la dueña. Los tonos azulados fueron ganando terreno bajo las aguas, en sus labios, en las uñas, pero ni aún así pude captar un ademán de supervivencia, ni una mueca de dolor o sufrimiento. El rostro de Andrea se veía radiante, feliz y gozoso de su suerte...
Pasados varios e interminables minutos la vieja abrió el desagüe y el nivel comenzó a bajar lentamente...
Hubo que reanimarla; la vieja corrió en busca de una mascarilla de oxígeno, se la aplicó y, en cuanto desaparecieron los tonos violáceos de aquel cuerpo laxo y desmadejado, comenzó el más tierno y regalado boca a boca que jamás haya podido contemplar en mi vida...
Andrea volvió de los umbrales de la muerte para resucitar en medio de los mayores delirios de amor... Sus lívidas mejillas se encendieron de un vivo rosado, los labios del fuego que sólo la pasión puede hacer brotar, los ojos chispeantes de ambas relucían nuevamente excitados por sus lujurias... Y yo, contemplativo, sin poder hacer otra cosa, seguí allí como mudo espectador de aquel panorama de locuras ....