CARTAS
GALANTES
Con tu cuerpo cambiado por tres meses de embarazo, sentí que volvía a estrenarte; estabas más rellenita, más redonda y suave aún, con el vientre incipiente insinuando su tierno y delicado contenido, una promesa de vida, vuestra ilusión. Lo acaricié, le hablamos, de algún modo lo sentía mío también; y los pechos crecidos, qué novedades, nos amamos con la brevedad de la hora avanzada y del peligro de ser sorprendidos in fraganti en el peor momento de nuestro romance, en medio de la peor afrenta a nuestros parejas oficiales, tú sobre mí para no forcejear sobre aquella primicia, resultado de amores ajenos...
Tras un encuentro tan inesperado y feliz volvieron tus latencias y los días en blanco, hasta que recuperado de mi rotura me citaste dos meses más tarde en nuestro refugio, ansiosa, como siempre has hecho al reclamarme tras una etapa de ausencias... Fue un mal día de un mal año en que mi salud comenzaba a dar indicios de que todo lo nuestro no marchaba bien por aquellos rumbos de incertidumbre... Me estaban afectando de lleno tus intermitencias y discontinuidades al llevarme de la euforia exultante de nuestros encuentros a la tristeza más corrosiva de los períodos de silencio... ¿Te lo digo más claro? Tus ausencias me hacían sentir rabia. Cada día que te esperaba, a medida que el tiempo iba pasando y tú no aparecías, sentía dentro de mí un odio creciente. En cambio, todo se diluía como por encanto con tus regresos inesperados.
Aquella tarde me dolía el estómago y antes de que llegaras tuve que tomar un antiácido; pero además, luego lo supe, andaba realmente deprimido, ausente y sin ilusión, sin ganas de hacer nada, tú eras el único remedio capaz de sacarme de aquel estado lamentable... Tuve que acostarme mientras te esperaba, así que me encontraste en la cama, adormilado...
Subiste sin sorpresas, sin llamar y sin trucos, con cita previa convenida por teléfono. Me sacó del ensueño el ruido de la llave al abrir la puerta. Dudaste al no ver luces; con paso inusual y poco decidido, como último recurso, te asomaste a ver si me hallaba en el dormitorio...
No esperabas encontrarme allí, y menos con aquella desgana; te conté lo que me pasaba, pero como siempre callé la causa, que no era otra que tú misma y la sensación de abandono en que me sumían tus silencios, cada vez mayores, cada vez menos espaciados y más perjudiciales para mi salud...
No quisiste forzar mi desánimo y allí permanecimos, conversando como dos novios de antes, cogidos de la mano, jugando con los dedos, mirándonos, a ratos sin hablar, o intercambiando algunas impresiones... Dada mi inutilidad como amante para aquella tarde, no quisiste ir más allá pese a tus evidencias a flor de piel: tenías la mirada encendida y los labios inquietos, ansiosos, suplicantes...
Era una tarde calurosa del mes de junio, y pese a ello yo me sentía a gusto abrigado debajo de la manta; al final acabaste por traspasarme tus inquietudes y osé llevar mis manos hasta tus pechos, intentando calibrar el crecimiento que habían experimentado en cinco meses de gestación...
-Están grandes, ¿verdad? -te dije travieso, con la curiosidad de un niño.
-Están enormes, amor, si es eso lo que quieres oír. No encuentro tallas para ellos -contestaste risueña.- ¿Deseas verlos?
-Me encantaría, Moni, lo estoy esperando -sonreí pícaro.
Te soltaste una de las hebillas del peto que llevabas puesto, el otro tirante salió solo, luego desabrochaste sin prisas los botones de una blusa amarilla, apareciendo dos volúmenes superlativos acorazados en sus perfiles cónicos de alambres y ballenas recubiertos de satén blanco. Soltaste las amarras de la espalda inclinándote hacia mí, y cuando las barreras saltaron hacia arriba por efecto de la tirantez, dejaron libres ambos senos maternales, desafiando sus límites y el propio peso...
Mostraban una blancura invernal, pero los pezones y las areolas estaban más oscurecidos de lo habitual a causa del embarazo; una delicia de contemplar así, tú sosteniéndote las ropas para mantenerlos íntegramente desnudos a mis ojos, yo extasiado con aquella visión y tú llena de paciencia ofreciéndomela como compensación a tantas semanas de ausencia. Al fin me decidí y los palpé, sopesé, acaricié, amasé, jugué con ellos, y en silencio cerraste los ojos para centrarte mejor en tus sensaciones internas; tuve que incorporarme para llevármelos a la boca, entonces tú te inclinaste, facilitándome las intenciones como una nodriza. Los lamí, los besé, hice el travieso con la lengua, y tal fue el resultado de tanta delicia que empezaste a jadear. Pude ver aún cómo apretabas los labios, y con la respiración entrecortada acabaste resoplando llena de felicidad en la mirada, inexpresiva, fuera de ti misma, perdida en quién sabe qué inefables gozos de mujer camino de la maternidad...
Te cebaste sobre mis
pechos como un bebé hambriento, y yo te los ofrecí como una madre necesitada;
me sorbiste, me estrujaste, y como si tus males se hubieran desvanecido en un
instante me llevaste de nuevo a las cimas del placer... Qué escalofríos tan
derretidores fluyeron desde mis senos de madre hacia las orillas de todo el
cuerpo, Mario, espeluznante, disociador, pude sentir cómo me licuaba por dentro
hasta quedar empapada y tuve que cambiarme después, me devolviste el favor del
día de los Inocentes... Te pregunté si querías que regresara al día siguiente,
si ya estarías bien para poder disfrutarme completa, y a ti se te encendieron
los ojos y me dijiste que sí, que estarías esperándome a la misma hora, que ya
te estabas recuperando y andabas hecho un bravo ansioso de ir de correrías...
Las horas se me hicieron
interminables aquella noche y la mañana que le sucedió, esperando que llegase
el momento decisivo; apenas unas horas antes tenía pánico de que mis nuevas
formas te disgustasen, que aquellos pechos excesivos desarmonizaran con tus
preferencias, que el nido femenino y sus brañas exageradas te estorbaran la
vista, que mi cuerpo oblongo por los cinco meses de embarazo lo vieras deforme
y no caldeara ya tus sentidos, que en aquellas abundancias de sobras vieses
otra diferente y perdieras ese interés incontrolable tuyo ante mis
desnudeces...
Y sin embargo, tonta de
mí, aquellos aumentos y mis nuevos perfiles parecían excitar más aún tus ganas
por seguir pecando juntos, y no sólo eso, sino que yo misma era capaz de
sentirte con mucha mayor intensidad, como quedó patente la tarde anterior...
Volé hacia nuestro
refugio secreto con tanta premura que llegué antes de la hora convenida; al
comprobar que no estabas todavía, aproveché para recibirte como sólo una reina
es capaz de esperar a su príncipe... Cambié la ropa de calle por las prendas
más innecesarias y excitantes a tus ojos, las de las ocasiones, blancas como
las de una virgen: medias, un picardías de lo más agradable de llevar, un
collar de perlas al cuello, largo, con dos vueltas, hasta rebasarme los pechos,
y una pamela amplia para la que tuve que recogerme el pelo... Te esperé tumbada
en la cama leyendo una revista del corazón para hacer tiempo, no tardé en oír
cómo abrías la puerta...
Cuando entré en el dormitorio buscándote quedé fascinado; allí estabas, insinuando más que tapando, mostrando más que ocultando todos tus nuevos atributos de madre, con el rostro amable y lleno de la espera, los pechos apretados bajo la delicada y transparente lencería, el vientre henchido de promesas, el cuerpo exultante de fertilidades, el negro y abigarrado vellón escapando por la entrepierna, los muslos generosos proclamando suavidades bajo el final de las medias, los pies coquetos tentando preferencias por otras partes del cuerpo menos renombradas. Allí estabas, fingiendo aires de ausencia e indiferencia, bajo una pamela blanca con su ceñido ramito de flores silvestres sobre el ala...
Me acosté a tu lado, y sin pronunciar palabra abandonaste la revista para desvestirme... Nos besamos bajo la pamela, te la quité, un estorbo inoportuno, no nos soltamos hasta haber licuado nuestras bocas. Te acaricié el vientre fecundo acompañado de una de tus manos; lo ausculté, oí tus ruidos corporales acompañados de los suyos, dos pulsos mezclados, como el ritmo de una danza ancestral. Al rato cambió de postura y empezó a dar pataditas; lo mimamos juntos, lo recorrí con besos. Te pusiste como un cuadro llevando tus manos detrás de la nuca, a la vez que abrías las piernas de par en par para ofrecerme el espectáculo de tu flor fructificada, cautivadora. Te incorporaste para cabalgarme sin previo aviso con gran agilidad, y a cuatro patas me rastrillaste arriba y abajo con aquel asilvestrado sotillo de ensueño, hasta detenerte ante mis propias barbas para barrerme la cara. Qué cosquillitas en la nariz, intenté atrapar la fronda con los labios, pero escapaste para repetir la maniobra de rodillas; apoyada dificultosamente sobre las manos, me acercaste aquellos pechos ostentosos y espléndidos, un escándalo de suavidades sobre tu cuerpo menudo, dos frutos a punto de estallar de tanta tersura, y su tacto, de lo más excitante, tiré de la borla que mantenía sujeta aquella prenda tramposa a tu cuello y se desprendió, quedando libres en su desnudez. Dejaste colgados sobre mi boca aquel par de racimos maduros que amenazaban con desprenderse de tanto sobrepeso; libé en sus mieles todo el rato que maniobraste encima de aquellos labios míos que tanto ansiabas, los giraste arriba y abajo, a izquierda y derecha, bamboleantes. Y tus ojos, tus ojos, Moni, cómo brillaban de lujuria, tenías los brazos asidos a lo alto de la cabecera de la cama, las alas de tu nariz abiertas dejaban pasar una respiración alterada. Y tus labios, hinchados, se te veía desesperada de tanto placer como te recorría, qué mirada de complacencia la tuya, prendida a mis ojos que no daban abasto con tanta belleza reunida en tu cuerpo lleno de vida. No había manera que dejaras de avasallarme con tus pechos, qué debía estar pasando dentro de ti a juzgar por tanta insistencia, y por tus relinchos. Ahora tenías la mirada perdida, andabas ensimismada en tus goces, pero aún así no soltaste presa y bajaste a ocupar mi desaforada verga, en preocupante estado y a punto de romper sus barreras protectoras. Te la llevaste con una de las manos hacia aquel matorral de negruras, y sin encontrar la menor estrechez ni obstáculo alguno te hundiste encima de ella con todo tu peso, quedando así clavada hasta la empuñadura sobre el estoque de mis virilidades...
Allí te cebaste conmigo, aspirante a madre, de rodillas sobre mí, con tu suave vaivén arriba y abajo, los pechos cimbreantes, tu vientre abultado en mis manos, henchido de vida, con su forma de globo terráqueo, fijo en la posición pese al subibaja, pura sinfonía de amor, tú ensimismada dentro de tus ausencias, con los ojos entornados, y tus gemidos, lo mismo que la respiración forzada, qué regalo para mis oídos, estabas tan derretida por dentro que ya apenas notaba tus entrañas festivas albergándome, sólo tus cataclismos, uno tras de otro, me ordeñaste varias veces, no podría decir cuántas, todo ello sin descabalgarme. Qué descargas pude sentir en tus entrañas, y sin venirte abajo Moni, sólo un galope más suave con cada estremecimiento, hasta que finalmente te desmoronaste sobre mí y quedamos fundidos por los labios en un beso que más bien parecía fuéramos a robarnos incluso el aliento... Ambos permanecimos soldados en esa posición de fuerza, tú sobre mí, derramándome los cabellos sobre la cara, no sabría decir cuánto tiempo...
Cuando saliste de tu anclaje aún quedamos mirándonos extasiados un largo rato, como en los primeros tiempos, desnudos sobre el lecho acogedor, tocándonos, acariciándonos lo más prohibido, tú embriagándote en la eclosión de tu cuerpo, yo víctima de tu hechizo. Hubiéramos continuado devorándonos tras la pausa, pero la razón sugirió prudencia con tus fragilidades de madre en ciernes. Tuvimos que conformarnos con algunas adyacencias y ese contemplarnos el uno al otro sin soltar los ojos, inolvidable; sin embargo, era la última vez que entraba en tu cuerpo por los cauces reglamentarios...
Posiblemente presentíamos que se trataba de nuestro último acoplamiento, pues no había manera que llegase el momento de separarnos. Se nos hizo tarde, y tú tuviste que saltar de la cama y vestirte a toda prisa... Te despedí tras la puerta, amarrándonos de nuevo en un tierno beso final, enganchado, largo, que casi llamaba de nuevo a festejar tus perentorias novedades...
Al quedar solo me di cuenta que estaba flotando en las mismísimas nubes, el suelo parecía fallarme... ¿Me dejas que diga ahora la verdad, el secreto que aún no te he contado, Mónica? Aquella tarde me sentí más niño que nunca. Caí en la cuenta de que había cometiendo la mayor travesura de mi vida, follarme a la mujer de mi mejor amigo, embarazada de él, nada menos me lo estaba pasando bomba a costa suya, de mi amigo Juan Belmonte Zayas. ¿Sabías que de niño me hacía la vida imposible y hasta se llevó después mi primera chica? Qué ironías tiene el destino, sin querer le había devuelto su jugarreta, aquel pocacosa de Mario Sánchez Tiermas lo tenía cornudo y encabronado del mejor modo posible. Ahora sentía miedo de cruzarme con él por los pasillos armado de semejante cornamenta en la cabeza... Mi mejor venganza, Mónica querida, mi fiel amante, esposa del amigo que me robó el primer amor a los dieciséis años... Le estaba ajustando las cuentas sin haberlo buscado, era la peor de las venganzas, Moni, la peor de todas...
Ahora, ya lo sabes... Discúlpame, amor, estas pequeñeces con las que nada tienes que ver, pero pusiste en mis manos... Tú misma con tus veleidades, pero no es momento de echar nada en cara de nadie, que ambos tenemos excesivas cosas que callar...