EL GLOBO ARRASTRADO POR EL VIENTO

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Capítulo I I

            Esperé a que entrara la noche y bajé a la calle. Allí estabas, de plantón y malhumorada. Recuerdo que soltaste un suspiro de ansiedad cuando te di las buenas noches, tenías cara de vinagre y se te veía cansada. Con picardía de niño, aparentando ser más inocente de lo que ya era, traté de alargar el contacto, de sonsacarte algo, de averiguar qué hacías realmente noche tras noche en el portal.

            Tuve suerte; me acariciaste el pelo con una mano, tu cara cambió al regalarme una sonrisa de afecto, y con el pantalón doblado sobre el brazo, me invitaste a subir. Quedé cortado, mudo y sin respiración, no podía creer que hubiese logrado vencer mi timidez. La penumbra me salvó, pude disimular en ella la agitación que bullía por mi cuerpo.

            -Ven, David, sube conmigo, que te tomarás unas pastas y un vinillo de misa.

            ¡Vino de los curas! ¿De dónde lo habría sacado, si en esta familia nadie pisaba la iglesia? Subir las escaleras hasta el tercer piso todavía me aceleró más el corazón, pero la naturalidad y cortesía de mi amable vecina -a quien digámoslo de pasada, por verla siempre tan distante yo había idealizado- lograron calmarme enseguida; sí, era de carne y hueso, como todo el mundo, más de lo primero que de lo segundo, y hablaba, sí, y para mí, la primera vez.

            Yo pensaba que nos quedaríamos en la cocina y allí me serviría, pero no, contra la costumbre de los pueblos entramos en su habitación; me sentó al lado de la cómoda y puso encima una bandeja con pastas y la ampolla de vino. Sacó dos vasos y los sirvió, uno quedó para mí y el otro se lo bebió ella de un trago.

            -Tú haz como si estuvieras en tu casa, que mientras voy a arreglarme el pelo.

            Lo recuerdo como si fuese ahora; la estancia era espaciosa, las paredes encaladas, con un ligero tinte azul, las vigas de madera, pintadas de negro, y el techo de bovedilla. La cama amplia, metálica, con niquelados, algo barroca, ni siquiera podía imaginar entonces que era su herramienta de trabajo. Un armario vetusto, la cómoda con encimera de mármol blanco y su espejo ovalado completaban el mobiliario. En un rincón, la jofaina y la jarra con su soporte, revestidas de porcelana blanca y los bordes de azul oscuro. A casa de Reme, aún no había llegado el agua corriente.

            Casi sin darme cuenta se cambió de ropa, apareciendo con una bata de felpa blanca anudada por la cintura. Vino a mi lado, frente al espejo de la cómoda, se sentó y empezó a pasarse el cepillo. Para entonces ya estaba yo instalado y a gusto; su actitud amistosa me relajó, aunque la notaba algo arisca por la falta de éxito de aquella noche. La miraba de reojo, mientras ella se hallaba enfrascada con su pelo, contemplándose en el espejo. De pronto, no pude contenerme la boca:

            -¿Qué haces todas las noches en el portal, que siempre estás allí? -le espeté con curiosidad e inocencia de niño, las únicas armas capaces de vencer mi timidez.

            -Tomo la fresca.

            -¿Y en invierno cuando hace frío también?

            -No, entonces tomo el aire, David.

            Se sonreía; su tono era amable, maternal, así ha quedado registrado en mi memoria.

            -Hoy no te ha venido nadie.

            -Has venido tú, ¿o no?

            -Me las he ingeniado para estar contigo; ¿qué les haces a los hombres?

            Mi sinceridad, fruto del candor, no fue ahora atenuante suficiente para evitar su irascibilidad:

            -Lo mismo que a ti, arrapiezo metomentodo... -respondió airada.

            -Bueno, bueno, por mí no te enfades, Reme... ¿Quieres que te peine yo? Se lo hago todos los días a mis hermanas...

            Soltó el cepillo, suspiró y lo dejó encima de la cómoda con cierta brusquedad; yo lo cogí como quien acepta un reto, y casi tuve que empinarme para llegar hasta lo más alto de su espesa cabellera, pelirroja, rizada, abundante... Ella me dejó hacer, y, entretanto, se dedicó a contemplar la tierna escena ante el espejo con poco disimulado entusiasmo; se diría que estuviese experimentando en su interior una viva y honda emoción, que mis caricias sobre su pelo despertaban en ella ignoradas sensaciones de sentirse mimada, cuidada, cultivada... Sus mejillas se llenaron con una amplia sonrisa, se encendieron incluso más de lo habitual, resaltando sobre la blancura lunar del resto de su rostro; tal como aún persisten estos recuerdos en mi memoria, podría asegurar que todo su cuerpo se estaba dilatando por momentos, que los contornos de aquella mujer se ampliaron en franca expansión. Seguramente estaba conteniéndose para que yo no lo notara, o al sentirse tan extraña inhibió sus emociones, pero aún así, no dejé de entender con mentalidad de niño que mis cuidados le estaban produciendo una gran turbación.

            Seguí pasándole el cepillo una y otra vez; tomaba una mecha con la mano, y con la otra lo estiraba, lo alisaba, lo desenredaba. Finalmente empecé a cardarlo, intentando hacerle una melena espectacular, tal como gustaba de hacer a mis hermanas, aunque ellas nunca se atrevían a salir así a la calle, quedaban demasiado descocadas con aquellas melenas de león...

            Cuando terminé, la sonrisa contenida de Reme se borró; sus músculos se relajaron y entonces dio recreo a los ojos contemplándose a sí misma sobre el espejo. Se la veía magnífica con su cabellera imperial, inmóvil y hueca, el rostro medio escondido entre la urdimbre; yo no le di importancia, estaba acostumbrado a hacerlo con frecuencia, pero para ella era la primera vez, según dijo después, y toda primera vez es única y queda en la memoria como ninguna otra...

            Halagada de sí misma y del mocoso que había despertado en ella emociones tan aligeradoras, que al parecer desconocía, comenzó a descorrer con sus dedos las solapas de la bata, apareciéndole entonces un mar de blancura sobre el pecho y la promesa de dos abultamientos más abajo; allí se detuvo, pero, contra lo esperado, liberó los hombros, sacó los brazos de las mangas y quedó desnuda ante el espejo de cintura para arriba, súbitamente, como tratando de evitar algún posible arrepentimiento o dar marcha atrás...

            Mi curiosidad infantil empezaba, si no a verse satisfecha plenamente, a obtener la primera respuesta de los muchos enigmas que para mí planteaba el cuerpo de una mujer; sus pechos, los de Reme, fueron los primeros que yo recuerdo haber visto en mi vida, sorprendentes en tamaño y textura, inmaculadamente albos y lisos, con unos pezones incipientes sobre sendas areolas, amplias y de tonos virginales, tan desarrolladas que invadían de rosa pálido buena parte de aquel par de formas maravillosas, todo maternalmente generoso, aunque ignoraban el cariño cuanto sabían del deseo ajeno. Seguramente no habían recibido aún una caricia, ni un beso tierno o un amasado suave; en cambio sufrían casi a diario la avalancha de la avidez, del anhelo frenético y enfermizo, del delirio neurótico...

            Ella se contemplaba para sí, estática y majestuosa, y era evidente que le resultaba grato; posiblemente, aquella imagen inmóvil sobre el espejo era el regalo que Reme ofreció a mis desvelos para con su pelo, en todo caso se trataba de una obra de arte que ha permanecido y permanecerá en mi memoria hasta que la muerte lo destruya... En ese cuadro fantástico de mis recuerdos se observa el rostro de un niño que no oculta su asombro; los ojos lo delatan, agazapado tras las espaldas recias de Reme, igualmente pálidas y complacientes para la vista que el frente, carniabundosas, allí había dónde tocar y agarrarse, ella era perfectamente consciente, toda una explanada de tentaciones inconfesables...

            Se volvió y me tomó en su regazo con la ansiedad de una madre angustiada, intentando retenerme como si esperase algún tipo de resistencia. Pero fue al revés; la contradictoria mezcla de emociones que afloraban de mi interior, amalgama imprecisa de temor ante lo novedoso e intensa conmoción causados por el ofrecimiento inesperado de la visión del busto desnudo de Reme, desapareció al cálido y grato contacto con sus mollas, suaves al tacto, acompañadas de agradable aroma de mujer, que enseguida me recordó al de mi madre...

            Pero en sus brazos todo iba más allá, disfrutaba con la vista contemplando sus senos alborozados, el rostro que denotaba una expresión inflamada de júbilo, gozaba al encontrarme de imprevisto en tan seguro refugio, y, en el fondo de mi ser, alentó por vez primera el macho dormido que todo niño lleva dentro. Las piernas, que antes me temblaron, estaban ahora relajadas y sueltas, colgando de aquel trono inesperado; lentamente, un cosquilleo delator comenzó a descenderme por el bajo vientre hasta importunar la entrepierna. Después lo supe, el contacto físico con Reme me provocó la primera erección de mi vida, lo recuerdo como si acabase de ocurrir ahora mismo.

            Medio inocente, medio pícaro, jugué con sus pechos generosos; los amasé con manos de niño, pues a la masa del pan me recordaron. Hice travesuras con sus pezones, aunque no me atreví a besarlos; seguro que Reme lo estaba deseando ardientemente, luego lo lamenté. Todavía estoy viendo cómo ella entornaba los ojos para sumirse mejor en unas sensaciones indudablemente placenteras, a buen seguro derretidoras...

            No sabría decir cuánto tiempo permanecí allí; me despidió con un beso en la frente, sin decir nada. Los pocos pasos que separaban su portal del mío me parecieron una eternidad. No sentía el peso de mi cuerpo, flotaba como si me hallase en sueños, realmente no sabía bien dónde estaba ni a dónde tenía que ir, dudé antes de regresar a casa...

            Eran otros tiempos, pues pese a mi retraso, nadie se inquietó en la familia; resultaba habitual que los niños de mi edad nos perdiésemos detrás de cualquier esquina jugando a tantísimos entretenimientos con los que entonces pasábamos el tiempo. No hubo ni una pregunta en casa sobre mi tardanza, así que durante la cena me engolfé en revivir las escenas pasadas. Por supuesto, una vez en la cama tardé en dormirme, y el sueño me atrapó en brazos de mi galante vecina...

                       

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