LOS CUMPLEAÑOS DE LUISA

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Capítulo I I I

            Pero mi mente fue incapaz de descansar; eran demasiadas emociones en poco rato y una charla demasiado intensa como para que pudiera encontrar tranquilidad suficiente. Y soñé, soñé uno de esos pocos sueños que más tarde se recuerdan sin dificultad. Llovía intensamente, caía un aguacero torrencial en medio del estruendo de los truenos y el resplandor de los relámpagos; en medio estaba yo, asustada, empapándome de aquel agua, llenándome del olor de lluvia fresca y tierra mojada. Caía una verdadera cortina líquida que en poco rato se hizo río, un río caudaloso, ancho y profundo, y empezó a inundar cuanto encontraba a su paso, inconmensurable, vivo, turbulento, lleno de remolinos, de vórtices, girando en un sentido o en otro... Yo me había convertido en uno de ellos y daba vueltas y más vueltas; qué extraño, no me mareaba, era fantástico, giraba y giraba alocadamente para poder avanzar. Observaba los demás torbellinos en sus aproximaciones, en sus alejamientos, extraordinario, qué danza tan vertiginosa, asombroso; pero no todo era caos en la turbulencia, se apreciaba cierta regularidad. Los remolinos que giraban en sentido opuesto manifestaban una cierta atracción, y, tras varios intentos, conseguían acercarse unos a otros; una vez tangentes friccionaban por la superficie externa. Parecían morderse, atacarse, jugar en medio de la vorágine, y finalmente acababan siendo absorbidos uno en otro, el pequeño en el mayor, formando un único vórtice de tamaño superior que a su vez marchaba arrastrado por la corriente hasta toparse con otro y así sucesivamente...

            Los opuestos se devoraban unos a otros, en cambio, los que giraban en el mismo sentido no mostraban atracción, y, si por un casual llegaban a encontrarse, la fricción provocaba en ellos repulsión, de modo que salían rebotados; tras alejarse, en su movimiento caótico, volvían a encontrarse, provocando un nuevo distanciamiento, hasta que el impulso era lo suficientemente fuerte como para alejarlos de una vez por todas, o encontraban en su camino otro remolino de giro opuesto y terminaban siendo engullidos... Yo misma, como vórtice que era, jugaba a los encuentros, y en ellos sentía una honda emoción cada vez que se producía la fricción, el placer de arriesgarse en el acercamiento, remolino por aquí, remolino por allá, impresionante, engullir o ser engullida, chocar con otro igual y salir repelida, así andaba yo, en sueños, cuando uno enorme se me tragó arrastrándome hacia un fondo inexistente, y con esa sensación tan habitual de caída en que suelen terminar tantas pesadillas, desperté, hallando la calma al verme flanqueada por mis amigas...

            La luz de la habitación había disminuido notablemente, eran ya los últimos rayos del día que se filtraban por la persiana bajada; nos había pasado la tarde sin enterarnos de que existía el tiempo... Emilia salió de la cama, y, de pie, me sorprendió:

            -Querida Leo, sería una injusticia que después de tanta teoría nos separásemos así, nosotras en la gloria y tú en los infiernos. Mientras dormías, Luisa y yo hemos preparado algo que no te decepcionará. No hay moro en la costa, el marido de Luisa está de viaje, de modo que todo se junta para que podamos celebrar tu ceremonia de iniciación en los misterios del gineceo. Es inútil la resistencia. Esta va a ser tu gran noche, nuestra mejor noche, cariño...

            Se la veía autoritaria, segura de lo que decía. Luisa sonreía cómplice, y yo, de media pieza, adormilada todavía, fui incapaz de contestar ni imaginar siquiera qué podían haber tramado. Emilia dio dos palmadas, como una matrona, mayestática, y Luisa acudió para colocarse a su lado. Tomándome cada una de un brazo me levantaron sin brusquedades. No pude resistirme a sus miradas y obedecí, me dejé conducir hasta el baño. Las dos estaban radiantes. No puse impedimento, aunque intuí que se trataba de alguna pequeña perversidad por sus ojos pícaros y maliciosos. Mi sumisión pareció envalentonarlas, un silencio expectante reinaba en toda la casa. Las tres estábamos tensas.

            Pero no fueron más que unos instantes de indecisión; un sonoro beso al alimón en cada una de mis mejillas quebró el silencio, y las tres rompimos en risotadas hasta liberar la tensión interna. Ellas andaban visiblemente emocionadas, tenían los ojos húmedos y mostraban una sonrisa agridulce. El baño de la casa de Luisa era enorme, tenía una gran piscina circular en el centro; me metieron en ella y yo las dejé hacer mansamente, como si fuese una víctima propiciatoria camino de su sacrificio, eso les dio valor para seguir adelante con sus planes. Nos pusimos las tres dentro del círculo y Luisa soltó el agua, ni fría ni caliente, tibia, apetecible para el tiempo, después añadió un espumante aromático; Emilia aún me sujetó por si intentaba escapar, aunque no hacía falta en absoluto. Cuando menos podía esperarlo, tan alelada estaba, me desnudaron tirando cada una de los tirantes de mi bañador negro.

            Siendo justa de carnes sin llegar a delgada, y con una silueta agradable, podría haberme sentido molesta por el complejo que siempre me han producido los pechos, más bien abundosos, algo exagerados para el resto del cuerpo. Nunca me ha gustado enseñarlos, ni siquiera a otras mujeres, me siento ridícula, no puedo evitarlo. Con los hombres, la oscuridad había sido hasta entonces mi aliada; sin embargo, en esta ocasión me sentí aliviada, como si hubiera soltado un peso de encima. Emilia se quedó mirándolos, después comenzó a palparlos, pero una mirada inquisidora de Luisa bastó para que retirase sus manos; para mí fue el anticipo de una delicia inminente.

            Nos hallábamos las tres cogidas por los hombros, y yo desnuda en medio de ambas; era como vagar por otro mundo. El agua subía de nivel rompiendo la quietud con su murmullo; entretanto, Emilia desnudó a Luisa y Luisa hizo lo mismo con Emilia. Las tres nos tumbamos en el agua crecida, había sitio para todas y aún sobraba. Jamás había conocido un estado de felicidad semejante, estaba invadida por una paz interior casi mística, de claustro monacal.

            Luisa cerró los grifos y así volvió el silencio, sólo interrumpido por leves chapoteos. Había un ambiente de cripta, o al menos a mí me lo parecía, como los del colegio en las ceremonias de las flores durante el mes de mayo, de solemnidad o acontecimiento importante, y por esta vez yo era la catecúmena. Sin embargo, en el estado de relajación en que me encontraba, cualquier inquietud o temor ante lo desconocido me eran ajenos.

            Cuando más ensimismada estaba, ellas se pusieron de rodillas y empezaron a bañarme como si aún fuese una niña; sus manos me recorrieron el cuerpo con tan poco pudor como excesivo cuidado, haciéndome sentir alguien importante. Cómo me miraban con sus sonrisas cómplices sin quitarme los ojos de encima; la espuma aromática incitaba a seguir la llamada del placer, y ellas tan almibaradas, una a cada lado, pasando y repasando sus manos, qué estremecimientos provocaban en mi interior, qué impresión de peligro y de andar bordeando el abismo de sus pasiones recién encontradas me provocaban, las tres compartiríamos el mismo secreto...

            Me dieron la vuelta para atender mejor las particularidades del dorso; no hubo rincón de mi piel que ellas dejaran sin recorrer, sin pasar sus dedos traviesos, que se detenían indulgentes disimulando un suave masaje allí donde mayores emociones suscitaban... Tolerando sus cortejos me sentía una diosa a la que ellas estaban dando culto, el culto de lo femenino... Y aunque era plenamente consciente de que me estaban regalando con sólo una primicia de lo que después podría venir, ya me sentía más que pagada, y si todo hubiese terminado allí para mí ya habría valido la pena; verme obsequiada y mimada de aquel modo era más que suficiente, mucho más de lo que mi pobre imaginación podía exigir.

            Una vez estuve limpia y perfumada atendimos a Luisa, y así pude conocer lo gratificante que resultaba deslizarse con las manos sobre su cuerpo bañado; Luisa embarazada, con el vientre pletórico, como un sol, qué delicia resbalar sobre su piel, mujer sobre mujer, lo que hasta ahora me había perdido, qué suavidades, qué senos, aún más desarrollados que los míos, incitadores, qué negruras las de sus ápices, hubiera hecho como Emilia, devorarlos, y estuve a punto de perder la compostura, pero Luisa mostraba un rostro tan lleno de inocencia y felicidad que me frené. Sin embargo me detuve en ellos cuanto quise y nadie dijo una palabra; la palpé donde y cuanto se me antojó sin recibir por ello ningún reproche, me hervía la sangre, deseé a la mujer, comprendí el disloque de Emilia por aquel vientre tan fecundo, por Luisa en metamorfosis, como una reina de la fertilidad, con todo su encanto multiplicado, mis ojos se abrieron a una nueva realidad para disfrutarlo y las manos despertaron de su ignorancia para acariciarlo, hasta entonces había sido ciega y manca, peor aún, ignorante de las excelencias de lo femenino...

            Cuando terminamos con ella le tocó el turno a Emilia; primero se recogió el cabello, aún estaba más tentadora así, el pecho liso sin más detalles que dos botones estirados sobre sus leves prominencias, suavemente sonrosados, se recostó, empezamos a perdernos en carantoñas sobre ella, qué diferencias respecto a Luisa, falta de mollas, con la osamenta insinuada por todo, sin embargo yo la encontraba encantadora, con su propio sello, la recreamos igual que antes hizo ella con nosotras, de pronto recordé el detalle de Emilia y lo palpé, se me había pasado por alto, antes ni reparé cuando se desnudaron, su entrepierna totalmente limpia de cualquier pilosidad, delicadamente lampiña, con las yemas de los dedos percibí su relieve, sus salientes, sus entrantes, y ella perdida en delicias, con los ojos entornados, se dejó llevar, sentí ansias de ver su calvero y acariciarlo a la luz, podía penetrarla, sí, qué diría ella, no, no era aún el momento, ellas me lo recriminarían, se rompería el encanto de nuestros candores aparentes, era mejor dejarlo, ya vendría una ocasión más adecuada, y aún así, qué tentaciones, qué esfuerzos para contener mis ímpetus, tanto me aguijoneaba la curiosidad, no pude evitar abrir sus labios y sentir el tacto disgregador de las partes más blandas y delicadas, cálidas en comparación con el agua tibia, maceradas por la humedad, ante aquella audacia mía Emilia se volvió discretamente de espaldas para salvar la situación, qué compromiso, estaba entusiasmada, qué habían tramado para mí aquellas perdidas, para las tres...

            Todo fue un ritual sin norma, una verdadera ablución, una purificación de nuestros cuerpos para la ceremonia que vendría después, casi al estilo pagano, pensé, sí, mi cabeza estaba tan ligera ahora que hasta podía cavilar, las vestales romanas debían hacer algo parecido en sus templos antes de pasar a los sacrificios, a la liturgia de sus cultos a los astros y a las viejas deidades, realmente me sentía una de aquellas vírgenes, no notaba la pesantez de mi cuerpo ni era consciente del paso del tiempo, me hallaba fuera del dominio de las dimensiones...

            Al alzarnos para salir del agua no me perdí el detalle que ansiaba contemplar, el sexo imberbe de Emilia, apenas visible por hallarse ella de pie, pero aún así una maravilla, la espuma jugando por las estribaciones de su monte de Venus, resbalando que cubría aquí y destapaba allí, las pompas del jabón llenas de irisaciones, su mejor adorno, extraordinario, deshaciéndose como mis ilusiones de verlo completo en su desprotección, tuve que apartar la vista para disimular, no quise aparecer grosera y excesivamente curiosa a sus ojos, ni romper el encanto de nuestras ingenuidades...

            Me secaron gentilmente con tanto primor y la misma impudicia como me bañaron; Emilia se adelantó para sacar provecho de mis senos, una perdición para ella, era evidente, lo que me había perdido hasta ahora, luego les tocó a ellas el turno, las tres de pie, juntas, la piscina vaciándose y haciendo ruido de desagüe, nosotras riéndonos de sus bufidos, envueltas en las toallas, jugando a enrollarnos con ellas, las tres en una sola, después resultó dificultoso deshacer el refajo, Emilia se envolvió como una momia y luego, al tirar nosotras del extremo, se puso a girar como un trompo, qué barbaridad, qué risotadas soltamos, todo un escándalo, parecía que aún estuviésemos en el Colegio de las Teresianas...

            Y, aunque relajadas, por dentro sufríamos la tensión de estar viviendo algo trascendental, comprometido, incluso peligroso, yo la más ignorante de todo ello, tan despreocupada como siempre, aunque ahora algo menos. Emilia rompió el silencio, desde que se inició el baño ninguna habíamos soltado una palabra:

            -Bueno, chicas, ahora hay que vestirse adecuadamente para la ocasión, y como nada estaba previsto habrá que invadirte el armario, Luisa, a ver qué nos puedes prestar. No lo dejaremos vacío, no te preocupes, sólo unas naderías para enamoradas.

            Su tono y sus palabras lograron impresionarme; soy fácilmente influenciable, aunque también suele durarme poco. Confieso que sentí miedo en un primer momento, pero no tardé en recuperarme y volver a mi estado anterior, justo cuando volvían ellas con cuatro trapos en las manos. Las muy pícaras no me dejaron acompañarlas; qué estarían tramando, me preguntaba yo mientras tanto, mi iniciación en sus gozos de mujeres, no podía ser otra cosa. Las tuve que esperar allí mismo, en el baño; fui tonta de dejarme, siempre obedeciendo. Cuando lo pienso... Acabamos hechas tres pingos, pero allí era otra cosa, tres sacerdotisas del amor femenino; por supuesto, no tuve que mover un dedo, ellas lo hicieron para mí, por eso cedí en todo. Realmente me vencían con sus palabras, con sus galanteos, con sus miradas que hablaban más que cualquier discurso por largo que éste fuese. No podían faltar las medias, las tres con medias, yo blancas, Luisa negras, Emilia rojo suave, yo una especie de enagua corta, una faldilla de encajes transparente, suelta, también blanca, como los guantes de gala, en terciopelo, de dónde los habría sacado Luisa. Esperaba que protegieran de algún modo mis abundancias, pero quedé defraudada y desvalida, sólo me ciñeron a la cabeza un pañuelo de seda ¡blanca!, el color de la pureza, ya era harto evidente, para recogerme algo mi melena corta y castaña, algo ondulada de natural.

            Luisa se aplicó una especie de canesú ligero en seda negra, abierto por delante, como para disimular su preñez, eso sí, buenos pendientes de plata, el metal de la Luna, por tanto de la mujer, igual que Emilia, plata colgante en sus oídos, en mala hora la más tapada de las tres, con un body travieso lleno de transparencias, alto en los muslos y hasta con vuelos, pero aún así molesto para mis ansias de ver lo que hacía menos visible, yo desprovista y ella tapada, con las manos castigadas sin poder tocar y la vista sin poder contemplar, me quejaba de vicio, qué más podía desear si las tenía a las dos sirviéndome en todo y para todo. Me dio coraje, porque encima pidió que la peinásemos; la verdad es que su pelo y ella misma lo merecían, y yo con guantes, tuvimos que hacerlo, Luisa y yo, soltarle la melena, cepillarla, montársela recogida con gracia, una especie de moño, tirante por la delantera, como les gustaba a las abuelas. Quedó guapísima, para mí irresistible, que sufría en medio de la alegría... Sus ojos claros me fascinaron entre horquillas disimuladas y moldeados, nunca los había visto así; sentí su llamada de fuego encendiendo mi corazón sin remedio, era pasión lo que despertaban en mí, pasión por la mujer, incierta y desconocida... Volví a sentir miedo, esta vez más agudo e intenso; noté mis pechos desnudos y sus ojos acariciándolos, me estremecí, sentí el precipicio al lado mismo, y su llamada ineludible...

            Luisa se dio cuenta y me distrajo; estaba tan segura del efecto de sus palabras que para distraer mi atención me besó a hurtadillas, y así siguió entreteniéndose hasta que terminamos de peinar a Emilia. Una vez quedamos listas me llevaron otra vez al salón, escenario de sus recientes diabluras; llegamos cogidas las tres de la mano, yo en medio para variar, parecíamos trillizas. Luisa desenrrolló la alfombra central, que estaba recogida para el verano, y la extendió entera. Emilia le ayudó, pero a mí no me dejaron colaborar, yo era su mirlo blanco; luego hicieron que me sentara sobre la superficie recién revestida.

            -Espera un momento, cariño; quédate aquí que ahora mismo volvemos contigo.

            Mientras regresaban, aproveché para cambiar la postura inicial, que se me antojó poco delicada. De rodillas, apoyé las nalgas sobre los talones, estirando el empeine de los pies; era más adecuado y discreto que antes, más a tono con la situación, diría que hasta más femenino. ¡Qué sorpresa me dieron al regresar con lo que menos esperaba! Un par de fuentes de comida, fruta especialmente, galletas y champán frío. Tan metida estaba en aquella situación que hasta había olvidado el hambre. Ciertamente era tarde, la medianoche no debía andar lejos. Pero mis amigas se desvelaban por mí, el resto resultaba irrelevante.

            ¡Qué escenas tan derretidoras se sucedieron a continuación sobre aquella alfombra persa, con qué demostraciones de extremada exquisitez me regalaron y nos regalamos las tres! Antes me bañaron, me secaron y me vistieron, ahora me alimentaron sin yo pedirlo, las dos desviviéndose por hacerlo se sentaron a mi lado y empezaron con las galletas; no, no me dejaron ni siquiera tocarlas, sólo tuve que abrir la boca y tomarlas poco a poco. Pacientes, ellas esperaban a que las fuese comiendo, y yo dudando de a qué lado y a cuál de las dos mirar; entretanto, Luisa se las ofrecía a Emilia, y Emilia a Luisa. Las había rellenas de chocolate, otras con su guinda en medio, horadadas, de barquillo, rollitos, tan crujientes, de vainilla, tan gansas, de coco, todas del mejor surtido; pedí champán para mi boca reseca. Estaba exquisito, frío y en su punto, fue estremecedor; llenaron mi copa y ellas la suya, a continuación brindamos con entusiasmo:

            -Por ti, querida Leo, por nosotras; por las tres amigas de ayer, de hoy y de siempre. ¡Salud y amor! Por la mitad femenina de la humanidad.

            -Por nuestra superioridad -añadió Luisa.

            Yo, que nada dije, bebí primero pasando mi copa debajo del brazo de Emilia, entrelazándonos como dos novios en el banquete nupcial, pero esta vez en versión femenina. Nuestros ojos volvieron a encontrarse; sentí de nuevo su mirada punzante, atravesándome. Percibí sus fuegos, pero Luisa le había exigido contenerse. Primero era lo primero, el rito, luego cambié de par; qué diferencia de mirada la de Luisa, mucho más blanda y comprensiva, sus aires radicales no eran sino apariencias para protegerse, así que bebí y mis ánimos se doblaron, después vinieron ambas para situarse frente a mí y pasaron a las frutas... Imposible imaginar una pillería semejante, quién lo hubiera pensado, aprovechando que llevaba el pelo recogido y mis oídos quedaban libres con el pañuelo blanco a modo de diadema, me colgaron varios pares de cerezas como pendientes, por eso a mí no me pusieron plata en ellos. Una vez tuve compuestos los oídos de modo tan imprevisto empezó lo bueno; se me acercaron y empezaron a mordisquear las cerezas, y después mis lóbulos, haciendo como si fallasen en el intento de dar con los frutos, una por cada lado. Qué estremecimiento vital experimenté, qué corrientes agradabilísimas empezaron a recorrerme el cuerpo al contacto de sus labios cada vez más osados; bajaban por el cuello a la espina dorsal, a lo largo de los brazos y de las piernas, concentrándose en los pechos, en el plexo solar y en las puntas de los dedos de las manos y de los pies, qué cosquilleo electrizante al huir del cuerpo hacia no sé dónde, como si por allí se me fuesen las fuerzas, sus bocas húmedas jugueteando con mis orejitas, qué exceso de fantasía femenina, todo delicadeza, cómo se entretuvieron sin soltar prenda, y yo despertando a su juego, enfundada en los guantes, sentí la necesidad de tocarlas, de acariciarlas, pero tuve que resignarme, me estaban vedadas, lo mío era la sumisión, la femenina sumisión, así que cerré los ojos para centrarme mejor en mis sensaciones. Emilia se soltó primero, y después lo hizo Luisa; se miraron satisfechas tras constatar los delirios y las impaciencias que habían logrado provocarme. Enseguida pasaron a las fresas; Emilia tomó una entre los labios y se la mostró a Luisa, golosina vegetal sobre golosina animal. Frente a frente acercaron sus bocas y se partieron medio fruto para cada una, en la tangencia se encontraron, y, acarameladas, confundieron sus besos con la masticación de la fruta...

            Ahora me tocaba a mí, así lo hicieron entender con un gesto; Emilia de avanzadilla, qué emoción, por fin nuestros labios se encontrarían. Y lo hicieron, acompañados de sabor a fresa, qué primor, por fin Emilia podía disponer de mí y yo de ella, pero sólo los labios afrutados, qué diferencia de los labios masculinos, sin barbas pinchosas ni pieles abrasivas, todo suavidad, no se hubiera soltado Emilia con sus labios finos, tan recogidos en comparación con los de Luisa que la sustituyó después, crecidos durante la gestación, y ciertamente no tan delicados como los de Emilia, pero con Luisa colaboré en un detalle que ellas no habían previsto, en vez de compartir la fresa a medias se la tomé entera ayudándome con la lengua a modo de cuchara, luego se la devolví tal cual, le encantó mi travesura, nos la fuimos intercambiando, Emilia vino entusiasmada a participar, la seguimos pasando de una a otra hasta que Luisa se la comió, estallamos en risas, luego vino otra, Emilia empezó la ronda, ahora fui yo quien se la comió, después el resto de las fresas, hasta acabarlas, entonces llegó el turno de las uvas de Corinto, en sazón, estaban deliciosas pasando de labios a labios, de mujer a mujer, era como un sueño pero real, no podía resultar tan maravilloso, pues lo era, las tres íntimas jugando con las brasas de nuestras pasiones femeninas, al abrigo de los hombres, solas, no necesitábamos nadie más...

            Y luego vino más champán, y seguimos con más galletas, que lo importante ya no era el hambre ni la sed, sino saciarnos de nosotras mismas, libres del deseo de la posesión y demás simplezas masculinas, no podíamos caer en sentimientos tan primarios. Nada nos hubiera parado, estábamos embaladas; en la confusión, Emilia aprovechó para decirme al oído que se moría de ganas por poder disfrutar de mis pechos, tan sueltos, tan libres, decía, déjame disfrutar de lo que yo carezco, Leo, son dignos de admirar, cómo me gustan, Leo, parecen hablar, míralos, al moverte se balancean unas veces hacia el mismo lado, en otras cada uno se va por su cuenta, pero están condenados a vivir juntos para siempre, sí, Leo, no tienen la firmeza de los de Luisa y caen lánguidos, pero con gracia, lo que te falta allí te sobra aquí, por eso son dos monumentos, y aunque tengas complejo de ellos te hacen desear, Leo, me vuelven loca, dirás que no hay motivo para tanto y soy una lela, pero no puedo resistir más sin gozarlos, Leo, me tienes encandilada...

            Luisa se había percatado de los susurros de Emilia; tan encendida estaba la larguirucha que alzó la voz y le llegaron a la otra. No sé cuál de las dos ardía más, porque Luisa se colgó la primera de uno de mis senos, el de su lado, y Emilia no desperdició la ocasión para colgarse del suyo, me convirtieron en una madre amamantando sus gemelas. Ahora empezaba a estar orgullosa de mis senos, no pude hacer sino acariciarlas con las manos vestidas de terciopelo y apretujarlas contra mi pecho, lo demás lo sentía dentro. Nuevo intercambio de estremecimientos, mi cuerpo hecho un marasmo por sus intrigas, cómo empujaban las dos, con qué denuedo me succionaban ambos pezones, parecía que pretendiesen engullirme toda la abultada masa en sus bocas minúsculas; qué ecos, qué idas y venidas de corrientes placenteras me recorrían el cuerpo de parte a parte, jamás un hombre podría hacerme disfrutar de un modo semejante, ni siquiera parecido, nada tenía que ver aquello con las discretas tibiezas que hasta entonces me habían dado ellos, si es que alguna vez me enteré, aquí y ahora no había egoísmos, ni prisas, ni brusquedades, ni pieles curtidas o indelicadezas, sólo entrega absoluta por parte de las tres, que más femeninas no podíamos estar, tan tiernas y asequibles, deslizándonos tranquilamente por la senda de nuestras debilidades recién encontradas...

            Qué tacto comprometedor, el de sus labios ávidos contra mis pezones, qué respiraciones se oían, las suyas y las mías, tan alteradas, todo el volumen de mis senos relucientes de sus humedades, no podía más, me estaba desmoronando por momentos, pensé que se trataba de un mareo; qué infeliz, era la agonía de mi cuerpo a punto de estallar de tanto placer, creí que no lo resistiría, y ellas sin darme tregua, me faltaba el aire y la vista se me nublaba, mis sentidos ya no eran fiables. Una riada de gozos sacudió mi cuerpo en eclosión, desde la raíz de los cabellos hasta las puntas de los pies me contraje en espasmos gloriosos como un ajusticiado... Qué convulsiones, pensaba que no cesarían jamás, y en medio del cataclismo ellas redoblaron sus ímpetus; supliqué que me dejasen en paz, grité "basta" y sólo entonces se soltaron a regañadientes, tal vez para poder contemplarme en aquel estado caótico, orgullosas de haber sido capaces de catapultarme a semejante deliquio...

            Caí de espaldas, porque todo me fallaba, resultó maravilloso; jamás hubiera imaginado que la mujer fuera capaz de inducir en la mujer semejante derretimiento...

            Emilia se acercó con su cara radiante de felicidad:

            -¿Ves, tonta mía, la sensibilidad que hay escondida en este par de cuencos de amor? Y tú que te avergüenzas de ellos y los disimulas bajo jerseys amplios o camisas sueltas... ¡Ay, amor, cómo sois las mujeres cuando sólo pensáis en los hombres...!

            Tenía toda la razón del mundo, y para aliviar su recriminación se acercaron las dos a darme un casto beso en cada mejilla. Sí, ahora ya formábamos un triple matrimonio; yo andaba recuperándome de sus distracciones y ellas me contemplaban, adornadas con sus ropas casi inexistentes. Luisa exibía un vientre enorme y dos pechos en competencia con los míos al suave roce de su canesú, que apenas ocultaba nada; la densa y exuberante vellosidad de la entrepierna, como un aplique de su cuerpo, resaltaba más aún la seda negra y las medias, tan arreglada como si hubiese pasado por una sesión de peluquería. Y al lado Emilia, la más deseada por mí y también la menos desnuda, hasta su peinado la hacía más apetecible, le daba un aire de madurez, de madre múltiple, sí, exaltaba su feminidad, con la frente despejada y adornada de algunos pliegues incipientes, los ojos finos y vivos, la nariz afilada y los labios apenas pronunciados, todo era justo en ella, hasta para ocultar lo que yo más anhelaba ver, la desértica anfractuosidad de su sello de mujer...

            Mientras recuperaba el tono vital perdido no me perdí un detalle de ellas; en realidad, ninguna de las tres nos quitábamos el ojo de encima, éramos un trío de amantes en el interludio de nuestras correrías amorosas que sólo estábamos dando tiempo a las siguientes. Inesperadamente, Emilia me sugirió que hiciera cimbrear mis pechos desnudos; concédenos ese privilegio, dijo, danos ese capricho, Leo, vaaa, y yo cortadísima, Luisa me indicó cómo hacerlo alzando sus brazos y ladeando el tronco, mira, Leo, asíííí, con qué pereza lo hicieron dado su peso y volumen enormes, va, ahora tú, Leo, que los tienes majestuosos y ya se te ha ido el efecto de la anestesia, qué graciosas, comenzamos a reír las tres otra vez, yo me solté de nuevo e imité a Luisa, pues tenía razón, más ligeros y sueltos daba gusto verlos moverse, ellas disfrutaban y yo también, qué escandalera armamos, me volvieron las fuerzas, y así, descocada y desconocida, tuve valor suficiente para decirle a Emilia:

            -Bueno, queridas mías, ahora me toca a mí el turno de las peticiones, no me lo negaréis después de haberos dado gusto en todo, así que... Emilia, vas demasiado vestida, quítate el body, por favor...

            -Quítamelo tú, cariño, si tanto te apetece, hazlo tú misma, Leo, yo no tengo orgullo suficiente para hacerlo sola; no tienes más que tirar de un lazo y se deshará como una ilusión, querida, pero, recuerda, te lo permito sólo una vez, tienes que acertar a la primera, sólo vale uno de los lazos, deshaz tú misma el nudo gordiano y descubre mi piel desnuda, Leo, no lo olvides, sólo una vez o te estaré vedada, si fallas seré el fruto prohibido de nuestro paraíso...

            -Demuéstrale lo que vales, Leo -me animó Luisa.

            Me incorporé para sentarme y Emilia comenzó a moverse a mi alrededor. Su body tenía varios lazos, arriba en la espalda, en los laterales, por encima de los muslos desnudos, en el busto, qué picardía, sólo uno deshacía el intríngulis, era un body con sorpresa, con su hilo de Ariadna y su laberinto... Emilia se explayó en mostrarme el problema, así que tuve tiempo y estímulos suficientes para atajarlo; de uno de los costados salía una especie de cenefa más oscura que el resto bordeando toda la prenda. Vacilé. O ese o ninguno... ¿Y si fallaba?

            Tiré del lazo con fuerza y, efectivamente, la prenda entera se vino abajo como por ensalmo; salvo las medias rojo suave engalanando sus piernas secas, Emilia quedó casi tan desnuda como yo, pero, nueva sorpresa, mientras tiraba del lazo salvador, ella se volvió de espaldas para ocultarme sus ansiadas delanteras y, flexionando las piernas, se puso a cuatro patas, como una gatita juguetona:

            -Aquí me tienes, Leo, demuéstranos lo que llevas aprendido, hazte digna de nuestra cofradía...                      

            Era un reto, había superado la primera prueba y ahora venía la segunda, mucho más consistente; fui capaz de aguantar el delirio que me provocaron en los pechos, después resolví el laberinto del body de Emilia, sí, me estaban probando las muy pillas como en una ceremonia iniciática, y ahora tenía que mostrarme como ellas. Primeramente me despojé de la faldilla, no estaba bien ir más vestida que Emilia; después me atreví a quitarme los guantes, dulce esclavitud, pero al fin y al cabo molestos. Ella volvió la vista y pareció complacerse con mi acción, mira, Luisa, le dijo, mira qué musguillo tan tentador el de Leo, tan débil como el de una quinceañera, cómo te lo haces para conservarlo así, perdida... Sus ojos mostraban el lustre de la lujuria; las nalgas, lo único que se pasaba de tamaño en aquel cuerpo enjuto, comenzaron a moverse en un pandeo incitador. Tenía los codos y los antebrazos apoyados en la alfombra, las mejillas igualmente, y se las rozaba contra el suelo como un felino en celo... Me eché suavemente sobre ella y la cubrí con mi cuerpo; Luisa nos observaba con todo el esplendor del suyo abierto de par en par, también se había despojado del juboncillo, sólo nos quedaban las medias, y ellas además los pendientes. Qué suavidad entre mis manos, al fin libres, qué chispas brotaban al rozar su piel a lo largo y ancho de aquel cuerpo lleno de justezas, mujer contra mujer, ahora comprendía mejor su delirio; me acoplé contra ella, contra las nalgas, amarrada de sus pechos casi ausentes, nos movimos en vaivén, adelante y hacia atrás, como dos remeras de un bote fantasma bogando sobre las olas encrespadas de nuestra pasión ardiente, mis mejillas contra sus espaldas, a proa y a popa sin parar, del esfuerzo comenzamos a rezumar un sudor incipiente, bajamos el ritmo lentamente, aproveché para alargarme y buscar su rostro, enfrentamos las mejillas floridas por el acaloramiento, luego nuestros labios se encontraron, nos perdimos en su dulzura embriagadora, al soltarnos provoqué la locura de Emilia deslizando mis pechos a lo largo de sus espaldas, yo también tenía perdido el juicio, íbamos bien, estaba aprobando mis asignaturas con buena nota, cómo caían a plomo sobre ella, yo los sentía colgantes, tirando con fuerza de mi cuerpo, los pezones me tomaron largura y consistencia con aquel roce maravilloso, nos arrullamos, era espeluznante, ambas con la carne de gallina y los pelitos de los brazos tiesos, como los gatos desafiantes, sobre las pálidas espaldas de Emilia quedaron un par de regueros sonrosados, yo estaba embebida en ella, la boca bien abierta para mejor tomar el aire, las ventanillas de la nariz desplegadas igualmente, la mirada perdida, por eso casi no me di cuenta de su maniobra y de repente me la encontré cara a cara, Emilia se había dado la vuelta solicitando atenciones en otras partes, estaba tendida sobre el suelo, expectante, sudorosa, con la respiración hecha de suspiros... Luisa aprovechó para situarse frente a mí, detrás de la cabeza de Emilia; finalmente tenía al alcance de mis ojos el objeto esperado, una leve prominencia en las postrimerías del bajo vientre de Emilia, como una duna sahariana en medio de la llanura desértica, así aparecía su montículo de Venus, y, en la misma cima, el nacedero del antro femenino, nada más que un leve surco sobre la palidez del terreno, de momento sólo las sombras de la foz misteriosa en los comienzos de su recorrido...

            Mientras yo disfrutaba de la incipiente vista, ellas ya distraían sus labios en el dispendio de cálidas dulzuras; no me importó en absoluto, no había celos de ellas para mí, paradójicamente, sus besos calmaron mis ansiedades. Emilia abrió entonces los muslos y pude así gozar de todo su panorámica; aparecieron ahora, a ambos lados, un par de cornisas, rojizas de la excitación, tan calvas como el resto del territorio, y, entre ellas, la falla de la carne hundiéndose en sus abismos de misterio, incitándome a que me arrojara en ella para descubrir sus secretos...

            Me acerqué, atraída irremisiblemente por el encanto de aquella gruta pelada; hasta mí llegó enseguida su aliento inconfundible. Podría haber sentido algún reparo por tratarse de una semejante, pero no, en absoluto; las formas, el aspecto desolado, las emanaciones, su aire infantil, todo llamaba a desvelar y disfrutar sus más recónditos primores... Todo eran alicientes para explorar las interioridades de Emilia, qué emocionante, cómo se le movían las piernas a resultas de sus acaramelamientos con Luisa, estaban embebidas la una en la otra, y yo a punto de allanar los secretos ocultos del propio sexo, cuántas los ignoran y carecen del menor conocimiento de sus adentros, yo misma hasta aquel día... Ya estaba rozándola con las mejillas; qué tacto tan primoroso, qué aromas, deslicé mis labios sobre los otros, guardianes de tesoros y ladrones de mis gozos, los besé, los recorrí con la lengua, yo temblando ante el pórtico de aquel templo animal consagrado a lo femenino, estaban tibios, tuve valor y los eché a un lado con mis dedos alterados, obedecieron, profundicé con la lengua y empecé a notar un calorcillo de lo más gratificante, percibí un sabor salino, qué latidos los de mi corazón, parecía que el pecho fuera a saltarme, di con humedades deliciosas, qué tacto, aún más blando que el de mi lengua, continué explorando aquellas negruras, lamiéndolas engolfada, qué ayes los de Emilia, y Luisa tampoco la soltaba, además de amarrarla por la boca le obsequiaba los senos, ahora perecían haber despertado y se mostraban como los de una mocilla, los pezones no, la delataban, larguísimos y oscurecidos, se me antojaron cómicos, dos antenas, Emilia no sabía dónde echar las manos, si al aire, a sus caderas o agarrarme del pelo, salí de allí para tomar el respiro que me faltaba, ella se retorcía como una endemoniada, Luisa también la tuvo que soltar, nos miramos, qué caras las suyas, y yo no podía verme pero seguro que también, entonces vino lo mejor, porque pude contemplar a cielo abierto toda la oculta anatomía de Emilia...

            Sí, allí estaba materializada la más pura esencia de su ser mujer, el atractivo natural de nuestro género, el sumidero de las pasiones de la humanidad, la sima donde todo comienza y acaba; mientras Emilia se recuperaba unos momentos de sus deleites quedó abierta de par en par, mostrándonos todas sus formas y fulgores. Me quedé extasiada contemplándola; fue como un descubrimiento inesperado, porque Emilia, abandonada a sí misma, hizo todo lo que estaba a su alcance para mostrarla en pleno auge. Sí, allí estaban los pliegues del portal abriéndose por sí solos, y dentro sus hechuras de venera teñidas de grana encendido, relucientes por la excitación, desplegándose con tímidos aleteos, palpitantes, evidenciando los fuegos internos de su dueña, y dentro el pasadizo que no había sido pensado para nosotras, cavilé, allí su cuerpo se hundía en oscuridades vedadas a las mujeres, incluso a las íntimas, lo teníamos prohibido por la Naturaleza... Entonces, ¿qué nos quedaba?, me pregunté. No, no podemos penetrarnos, es evidente; sentí cierta debilidad, no lo ocultaré. Pero al fin nuestros ojos se encontraron, los de Emilia y los míos; ella no me debió ver suficientemente entusiasmada, parecía insinuar que me estaba perdiendo lo mejor. Volví de nuevo al antro. Efectivamente, jamás había reparado en ello, qué desconocimiento de nosotras mismas, Dios mío, rematando la abertura, y a modo de dintel, algo llamó mi atención, un saliente entre dos repliegues, una especie de diminuta aldaba, sí, un orgánulo masculino, un penecillo incipiente refugiado en su abrigo, que, a pesar de la atrofia, daba la impresión de desafiarme en busca de pendencia, allí, desde su hornacina, todo el conjunto semejaba una gran mariposa nocturna, sí, abajo, las ninfas batían levemente sus alas mostrando sus premuras, pero yo, extasiada y novicia, no era capaz de comprender el mensaje ni las urgencias que evidenciaban. Emilia volvió a apremiarme con el fuego de su mirada, pero yo andaba paralizada contemplando aquel paisaje enternecedor; no sin cierta desgana la tomé por los muslos, no sentía sus prisas ni su desesperación, además me recordó a los hombres y sus deseos intempestivos, aunque esto era otra cosa, Emilia me estaba sugiriendo una pseudofellatio, pero yo aún no podía comprenderlo. Qué supina ignorancia la mía, en cuanto tomé aquella minucia entre los labios se produjo un cataclismo general en todo su cuerpo; esto ya estaba mejor, me sorprendí como una chiquilla de que el resultado fuera tan perturbador. Aunque no era otra cosa que un pene en miniatura, y pese a tratarse de una imitación, su sensibilidad se hallaba tremendamente exaltada; qué superioridad la de sus efectos, lo notaba erecto, con su delantera en forma de diminuta bellota, sí, realmente éramos andróginas, una razón más de superioridad frente a lo masculino, pero no andaba ahora para divagaciones, Emilia se estaba transformando en un volcán, resultaba maravilloso verla patear contra el suelo, no podía ver su cara, pero debía ser de patíbulo, qué frenesí de gozos la debían estar enloqueciendo, mucho más que antes y sólo con haberme centrado en aquella nadería de su cuerpo, verdadera pieza maestra de la anatomía femenina, increíble lo que estaba descubriendo, sus manos tiraban de mis cabellos como un jinete de las riendas sobre una cabalgadura desbocada, así estaba ella, lanzada al galope y sin freno, y a pesar de todo silenciosa, ni siquiera se la oía respirar... Habría temido por Emilia si no fuera porque se estaba contorsionando entre mis manos, hasta levantaba las nalgas que no podía más; en medio de la convulsión vino Luisa a participar de mi acción, le hice sitio y allí se juntaron nuestras dos lenguas y el orgánulo de Emilia, fue el colmo de nuestros desvaríos, cómo nos tiraba a ambas de los pelos, sentía que me desmoronaba de nuevo, no podía soportarlo, era demasiado para mí, desfallecía entre ellas en semejante tesitura, lo último que noté fue que Luisa me atacaba por los labios, entonces todo mi cuerpo quedó invadido por el deliquio y perdí la conciencia para sumirme mejor en un mar de gozos...

            Aquella noche dormimos las tres juntas. Me fue difícil conciliar el sueño hasta bien entrada la madrugada; había sido demasiada historia, vivimos demasiadas emociones en una sola jornada. Temía que llegase la mañana, y con ella, nuestra despedida. Habríamos detenido el tiempo para hacer eterna aquella noche y no tener que separarnos jamás, pero el reloj del salón siguió dando las horas una tras otra, inexorable...

            Al día siguiente, ya en la calle, la frescura del aire me contrajo el rostro mientras andaba junto a Emilia, las dos con los brazos cruzados sobre el pecho camino de nuestras respectivas casas. Me movía como un autómata; era peor el frío de la soledad obligada que el de la calle, estaba tiritando en pleno mes de julio...                                                                                                                                              

            Yo cogí mi autobús y Emilia el suyo. Me estaba viniendo la llorera, lo notaba, pero la reprimí como un hombre; por primera vez en nuestras vidas estábamos en medio de un ambiente hostil y no podíamos manifestar nuestro cariño con entera libertad... En la misma parada comencé a ser consciente de que ya no era la misma del día anterior, sino otra, una Leo nueva, y, en adelante, debía apechugar con las consecuencias.

           

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