EL RELÁMPAGO

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Capítulo XI

Sin abrir los labios, en rápida decisión, el duque tomó a Lúa y la cargó sobre sus brazos; camino del baldaquín fijaron sus ojos sobre los del otro, manteniendo firmes las miradas, unas miradas abrasadoras e incitadoras, auténtico punto de partida de sus licencias...

            El aristócrata descorrió los velos del dosel, y antes de recostar sobre él su femenina carga, ambos se entregaron a un primer beso en los labios, corto pero tierno; llegó así su primer intercambio de goces y el primer licuamiento de aquel par de bocas anhelosas... La tendió sobre el lecho y, acto seguido, se desprendió Lúa de la ropa que ocultaba su cuerpo, sin prisas, derramando poco a poco las delicias de su anatomía gentil sobre los atentos ojos del duque...

            -Disculpad mi prontitud, la cual espero no os resultará enojosa; vos todavía no conocéis mi cuerpo, que, aunque discreto, os ofrezco por entero para disfrutarlo en vuestra compañía. Sois el primer hombre a quien lo presento, y no dudéis ni por un momento que vuestro será el privilegio de la exclusividad. Venid, si así os place, yo misma seré la esclava que os despoje de vuestras ropas, pues entregada por completo y rendida ante vuestro infinito atractivo me tenéis.

            El duque accedió a los ruegos de su solicitadora y fue a sentarse junto a ella, mulléndose sobre el edredón.

            -Primero las botas, mi señor, por limpieza y porque temo llevar mis manos a otras partes más comprometidas, que sólo de pensar en ellas me consumo; así, muy bien, una... Y ahora la otra.

            Lúa se abalanzó sobre los pies desnudos del duque y los llenó de besos y caricias que parecía fuese a devorarlos; pero se contuvo, y seguido dirigió prestos sus dedos a desabrochar los botones de la casaca. Abierta la promesa de un pecho irresistible, se la retiró por completo, y lo que tan sólo eran indicios se manifestó en todo su esplendor. Lúa ya conocía aquellos senos tentadores insertados sobre el cuerpo indefinidamente masculino del duque, pero sólo de vista, así que, ahora, sin más interludios, los besó con viva complacencia, los lamió y los sorbió; como si fuesen suyos y nada más que suyos, se amarró a ellos como el náufrago a la tabla de salvación...

            Por su parte, el duque la acogió en su regazo rodeándola con los brazos, y así permanecieron hasta que el estruendo de un trueno muy superior a los demás los sacó del ensimismamiento, a la vez que el fuerte golpeteo del agua contra el tejado y las cristaleras producía ya un ruido semejante al de la cascada de un río.

            -No os distraigáis con menudencias, mi señor, que el mundo ya no existe para nosotros; permitidme...

            Despojado del resto de prendas, el duque quedó en holgada desnudez mostrando su espléndida androginia, ya familiar para Lúa, quien descompuesta a no poder más distrajo sus dedos en palpar el retoño viril, golfo y desbaratado, moroso en el despertar, suave y blando, a la espera de ser sacado de su ofensiva somnolencia.

            No contenta con aquella primera exploración de lo que tan novedoso podía resultar a quien hasta entonces había renegado de lo masculino, se acercó más, e inclinando la cabeza lo cubrió con sus labios henchidos por la lujuria para prodigarle múltiples besos sin vergüenza ni pudor alguno, ajena por completo a cualquier eventualidad no relacionada con sus imperiosas apetencias...

            -Vagabunda soy de vuestro cuerpo afortunado, Eva, la más dichosa entre las mujeres me considero al poder disfrutar de tanta magnificencia. Pero encuentro a vuestra virilidad como desfallecida y sin ganas, y eso me preocupa, pues hay una flor en mis jardines que debéis recoger con ella y nada más que con ella.

            -¿Me mostraréis ese tesoro antes de tomarlo? ¿Seréis generosa para con mis ojos y permitiréis que me extasíe en su contemplación? ¡Ah, Lúa, Lúa! Tanta malicia y tanta inocencia reunidas en una sola persona... Que siendo la amante de mi esposa me recompensáis eligiéndome como el único afortunado pour decouper votre fleur... Ciertamente, habéis desafiado mi virilidad inconsistente, pues barrunto un bullicio dentro de mí que a no tardar se manifestará en imparable erección, y esta vez sin otro artificio que ver y recibir vuestro generoso ofrecimiento.

            Apaciguados momentáneamente los fuegos de Lúa ante los buenos presagios de su consorte, se recostó sobre los cojines de la cabecera, y en radiante desnudez, abrió por vez primera las piernas, dejando libre para la vista el asiento principal de su ser mujer; complacida en el mostrar, sonreía al duque mientras retiraba la frondosidad de negros y volubles zarcillos tras la que se ocultaba su femenina hendidura. La cueva primordial, pensó el duque para sí, he aquí la caverna de los misterios, el símbolo universal de la Naturaleza generadora...

            Dando tiempo para provocar la impaciencia del compañero de lecho, rozó con sus dedos las cercanías vedadas una y otra vez, pasando los índices a lo largo del augusto portal, hasta que aquella demora pasó a convertirse en desesperante tortura para el duque; por fin, se abrieron las puertas del bien guardado refugio y aparecieron unos labios lozanos, sonrosados, cubiertos del rocío de sus entrañas dispuestas para la entrega, luminosos y pletóricos. Cuando por sí solos se desplegaron como una flor al presentir el alba, Andrés Otero pudo contemplar un magno velo defendiendo la entrada, emblema de su doncellez, que no de pureza inexistente, apenas rasgada por una falla larga y curva, como creciente de luna...

            Bajo las luces y los fragores de la tempestad desencadenada, aquella prueba de la virginidad de Lúa se asemejaba más a una ordalía que a un simple cebo de la cortesana para vivificar el tardo instrumento de su acompañante; el propio duque, visto y comprobado lo que el más crédulo entre los crédulos hubiera dado por falso, detectó a través de las percepciones sensoriales el despertar del león dormido que habitaba su cuerpo. Sobre las bolsas lampiñas se irguió su vástago como una serpiente perezosa; poco a poco fue creciendo en tamaño y firmeza, hasta que, finalmente, dejó escapar de la vaina su más agresiva avanzadilla, asomando una testa rosicler que al poco ya era grana. Lúa no perdió detalle de aquella maravillosa transfiguración, y a pesar de su arraigada inversión, deseó por primera vez en la vida ser invadida por aquel miembro que se le antojaba descomunal para sus angostas y bien fortificadas entrañas... Pero, en su eclecticismo, el movimiento de la voluntad pudo más que los temores, sobre todo después de que el duque la alentara con las siguientes palabras:

            -¡Ay, Lúa, libertina, perversa y enamoradiza, que habéis abrevado de mil mujeres diferentes allá donde el amor pierde su nombre! Ni el más conspicuo y celoso de los maridos levantaría sospecha de vos, madura y entera, que nadie ha descorrido todavía de vuestro cuerpo el velo de la doncellez... Y me concedéis a mí, precisamente a mí, el privilegio de vuestra desfloración. Mas, ¿acaso no habéis reparado que si como hombre me halaga, como mujer me repugna lastimar vuestra integridad mutilando con empuje vigoroso ese admirable rasgo de vuestro ser?

            -¡Oh, Eva de mis desvaríos, no me regañéis de nuevo con otra reprimenda! Yo disiparé vuestra duda; venid aquí y tendeos, seamos comprensivas, dejaos llevar por mí. Ambas haremos de nuestra devoción un acto lleno de ternura, y así, yo misma daré muerte al amor, cabalgando encima vuestro.

            -Queréis decir que todo el dolor que os cause el percance corre por vuestra cuenta... ¡Oh, gracias, querida! Me quitáis un lastre de encima, porque a veces, semejante tarea no es fácil, y mi femenina naturaleza la rechaza, aunque la otra se complazca en ello. Venid, que habéis operado en mí el milagro de la hombría...

            Sin más palabras el duque se tendió boca arriba para recibir a Lúa, quien, de rodillas, enfrentó sexo contra sexo, macho contra hembra, y, doblando el cuerpo, se abalanzó para llenar el de su contrario con besos y caricias llenos de veneración; de esta manera el duque se aprestó para jugar su doble papel, pasivo y activo a la vez, y la cortesana a romper una condición que iba para vitalicia.

            Senos contra senos, Lúa experimentaba el inefable deliquio del sometimiento unívocamente femenino, suave sobre suave, tierno sobre tierno, atractivo sobre atractivo, y a la vez, como contrapunto, en armoniosa concordancia, la novedosa sensación de la arrogante masculinidad del duque llamando a su puerta, pidiendo paso.

            Lúa enardecida y el duque entregado, poniendo ambos en juego la elocuencia de sus cuerpos pletóricos, trataron de llevar a cabo la delicada operación; el duque plantó su herramienta, y Lúa, incorporándose sobre la propia posición, buscó introducirse en ella. Mas... ¡ay!, que aunque la llave era buena, la cerradura necesitaba de algunos toques para eliminar las rebabas sobrantes...

            El duque notó el tope enojoso obstaculizando su avance; Lúa, al echar todo su peso encima, reprimió con un gesto de dolor lo que un grito lastimero podría haber sido. Dejóse caer de nuevo y juntaron sus cuerpos tratando de ensamblarlos; Lúa sollozaba a causa del laceramiento provocado en partes tan delicadas por la falta de previsión y el exceso en las prisas; el duque, con labios llenos de ternura, enjugó sus lágrimas, las besó y así la reconfortó por completo; de esta manera Lúa cobró bríos suplementarios, y olvidando el sufrimiento se dispuso a asesinar su doncellez con un nuevo intento.

            Otra maniobra, pero más calculada y menos impulsiva, y ambos pugnaron por redimir aquel antro jamás explorado anteriormente beneficiando su contenido con las primeras delicias; un pequeño avance permitió a Lúa apuntalarse sobre el masculino pivote, repetidamente, tanto, que el propio lecho las acompañaba en su movimiento.

            Creció el dolor en sus entrañas vulneradas, pero también el impetuoso deseo de que resultasen arrolladas, vencidas y ocupadas, que el invasor las saqueara y ganase para sí el inigualable botín, la preciada flor de la doncella; viendo que abría brecha, Lúa comenzó a sonreír, y ofreciendo sus manos, ambos las entrelazaron con un mohín de reconocimiento.

            Minada la integridad de Lúa, a punto de reventar el último bastión, el duque le salía al encuentro cada vez que ella descendía sobre su cuerpo, y de este modo, sumadas sus fuerzas en una sola, acabaron por ceder las resistencias femeninas más consistentes; el beligerante invasor derribó el parapeto, y atravesando el umbral de la inexplorada galería, se las llevó por delante. Desmoronado el obstáculo, Lúa lanzó un gemido ahogado a causa del irreparable daño producido; en cuanto al duque, viendo el sufrimiento y la expresión quejumbrosa de su compañera de liza, la atrajo para sí, proporcionándole el consuelo de unos besos fervorosos, llenos de atención y cariño.

            La paciente recobró ánimos y compensó las penalidades sufridas con aquellos afectos, pero todavía quedaba un buen trecho por recorrer para culminar la operación, que no había hecho sino comenzar. Andrés la dispuso otra vez sobre sí para que el propio peso de Lúa facilitase la penetración; en cuanto lo hizo el dolor volvió al rostro de la cortesana, que no había experimentado ningún placer desde que acometiera la locura del suicidio de su virginidad a manos de aquel andrógino de ensueño. En instantes tan críticos empezó a rumiar la posibilidad del abandono, mas comprendiendo que el desgarro no tenía otro motivo que las estrecheces de sus entrañas jamás antes ocupadas, juzgó necia la apreciación anterior y le acometieron nuevos bríos para llevar a término lo iniciado, que inútil y sin objeto habría sido todo de dejarlo interrumpido y a medias.

            -Tened valor, tened valor, querida mía, que a causa del dolor vuestras interioridades no destilan los jugos de la pasión y el avance se hace poco menos que imposible.

            -Me encuentro rota y sangrante por dentro, mi señor, y la desgana se apodera de mi cuerpo, las fuerzas me abandonan.

            -Tened fuerte unos instantes, que yo daré cura a vuestra aflicción, Lúa de mis desventuras.

            El duque la embistió desde su yaciente posición; Lúa cerró los ojos y los puños, y hasta hubo de morderse los labios para aguantar el dolor de los furiosas empellones de su consentido amante. Inesperadamente, las paredes del invadido pasadizo sufrieron una convulsión intermitente; era el primer síntoma placentero para Lúa después de tanto sufrimiento. A continuación se vieron inundadas por una efusión tibia y agradable, prolongada en repetidos derramamientos que tuvieron el maravilloso efecto de dulcificar las heridas producidas durante el acoso.

            Tras recibir el mejor vulnerario posible, la paz y el sosiego se dibujaron nuevamente en el rostro de Lúa; su campeón quedó desgarbado sobre el lecho tras el enorme esfuerzo realizado, y su compañera de aventura aprovechó la fluidez recobrada para penetrarse a sí misma sin laceración alguna, suavemente, intentando quedar clavada sobre el masculino espigón del duque... Pero aquél no pudo llegar hasta el fondo inescrutable, pues abandonó enseguida su estado de esplendidez para retornar a la habitual modestia, misérrima e insignificante, con gran desesperación para Lúa que comenzaba a presentir un nuevo mundo de deliciosas gratificaciones; el hasta entonces belicoso ocupante, abandonó el nido del modo más indigno.

            Lúa se echó al lado del desfallecido andrógino mientras restañaban sus heridas, dichosa y dolida a la vez, con la esperanza de que la recuperación de su par pudiera proporcionarle las satisfacciones que acababa de vislumbrar...

            -¡Oh, Eva querida, no me abandonéis a mi suerte...! Aunque oí hablar algunas veces de los padecimientos que conlleva la pérdida de la doncellez, jamás imaginé que pudieran resultar tan atroces; estoy segura de que en manos de otro hombre no habría sido capaz de soportarlo... En mi ignorancia, confieso haber sido víctima de los fantasmas de los sentidos al esperar el gozo inmediato de vuestra maravillosa duplicidad, pues al parecer, el cruce de los sexos requiere el pago de sufrimientos multiplicados en la mujer, y yo no estaba preparada para ellos...

            Aplacadas sus estancias masculinas, el duque sonrió mirífico, como un dios ante su virgen, y sin decir una palabra llevó los labios a holgar por entre las magulladas partes objeto del asalto; las besó, las recorrió, las enjugó, y, de ese modo, un estremecimiento feliz llenó el escenario de la anterior batalla amorosa...

            -¡Ay, Lúa, que estos trances son mejor de pasar en la primavera de la vida que en su otoño! Pero ahora ya se ha cumplido lo peor y sólo os queda disfrutar del propio cuerpo, pues como habéis comprobado, el fin del placer tiene por comienzo el sufrimiento. Y no es que la Naturaleza haya descargado este castigo sobre la mujer únicamente como una maldición, según quieren hacer ver algunos, querida mía; de entre vosotras, muchas lo pasan sin casi enterarse a causa de su especial constitución, igual que hay hombres en los cuales la estrechez del prepucio o la presencia de un frenillo excesivo, les impide total o parcialmente la penetración, mientras que otros no sufren de estos molestos inconvenientes en el bálano. Pero el clero santurrón y dogmático restringe el castigo bíblico única y exclusivamente sobre la hembra, con la excusa burda de la leyenda de la manzana del relato bíblico, y el vulgo ignorante ha forjado así el mito de la desfloración traumática... Desgraciadamente, Lúa, vos estabais en la mala parte, pero eso ya pertenece al pasado, a vuestro pasado, y también, cómo no, al mío... Ahora os espera la gloria, Lúa querida, la más deslumbrante de las luces y el más radiante de los porvenires, y todo ello simplemente por vuestra condición de mujer. ¿Sonreís? ¡Ah, ciertamente conocéis el alcance de mis palabras! No se os escapa que el cuerpo de la mujer es el primordial asiento del placer; por contra, en el hombre, no es sino una caricatura, un eco entrecortado, una sensación abortada, porque el cuerpo del macho no constituye terreno propicio para que arraiguen esas insuperables sensaciones que a vosotras os alcanzan... El varón cae agotado tras el esfuerzo, como ahora yo mismo, después del estallido de su ser, y la estancia en aquel reino gozoso resulta para él tan fugaz como uno de estos relámpagos que nos iluminan; pero en la mujer... ¡Ay, en la mujer...! ¡Qué envidia despertáis en esos clérigos tripones, en esos predicadores crápulas y nocherniegos que tan bien conocen estos asuntos! Desde sus cátedras y púlpitos os vituperan, sabedores de la imposibilidad de disfrutar en el propio cuerpo de esos éxtasis inacabables que a vosotras os diluyen en el júbilo derretidor de los sentidos... No hay palabras para describir ese estado de extrema postración en el que queda la mujer huida del mundo, tras alcanzar la cima del eretismo femenino... Tal es la desgracia del varón, que siendo el inductor de semejantes dichas, no puede compartirlas mas que en una ínfima parte, y, si acaso, conmoverse contemplándolas...

            Tras el breve discurso sellaron sus labios en un nuevo beso; levemente incorporados de costado, empezaron a restregarse los pechos entre sí, contorsionando sus cuerpos con la dinámica de la lascivia... Afuera, las furias de la tempestad no cesaban, pero ambos consortes habían traspasado ya las fronteras del espacio y del tiempo; permanecieron anclados en las golosinas de sus cuerpos, por completo ajenos a otra cosa que no fueran las disciplinas de las artes amatorias...

            -Venid, Lúa, que ahora vais a saber bien lo que un hombre puede inducir sobre el cuerpo de una mujer. ¿Estáis preparada para resistirlo? ¿Podréis soportar tanta dicha?

            -¡Estoy preparada, amor mío!

            Dicho esto la tendió espaldas arriba con las manos apoyadas sobre los cojines; el duque se echó encima, para así acceder a su compañera desde posición atrasada.

            -¿Qué me vais a hacer?

            -Disfrutar, únicamente disfrutar, Lúa, disfrutar como no podéis imaginar siquiera, vos que os habéis entregado siempre a los insípidos placeres de otras féminas.

            Siguieron con los festejos en esa composición, Lúa volviendo la cara para mejor fundir sus labios con los del duque, y cuando la escondía bajo los cojines, era para ofrecerle otras partes clamando por ser atendidas; sobre la nuca, los flancos del cuello y otras proximidades igualmente sensibles, el incierto varón le provocó una corriente de estremecedores goces, que se dispersaron huyendo a lo largo de su cuerpo bienaventurado...

            Privada así de sosiego, una desazón creciente cundió por toda ella, y además de entregarse sumisa a cuantos tiernos manejos dispuso tan dulce verdugo, sus nalgas comenzaron a inquietarse buscando sobre ellas el viril instrumento del duque; arqueaba la espalda para levantarlas e ir en pos suyo con el objetivo de acoplarlo de nuevo en sus concavidades, suspirando, pero no encontró nada, nada sino una masa informe y fuera de servicio, blanda, sin fuerzas, agotado su potencial por el anterior esfuerzo...

            -Hacedme vuestra, Eva, por favor, hacedme vuestra, poseedme con el hierro de vuestra virilidad...

            Demasiado había hecho ya anteriormente el perezoso para cumplir su misión, sin necesidad de las habituales estimulaciones externas, como para demandarle una segunda monta y sin apenas descanso; el duque se vio en el apuro de poder defraudar a Lúa y arruinar sus instintos al exclusivo amor lésbico para siempre. Mas, ¿no estaban al pie del baldaquín los hilos salvadores, capaces de transportar el fluido sutil y vivificar sus órganos, faltos del potencial necesario para entrar de nuevo en liza? ¿Y allí mismo, la manecilla conectora que realizaría el milagro al accionarla?

            Lúa no pudo verlo dada la postura en que se encontraba, pero el duque anilló sus muñecas con ambos hilos, y a continuación accionó la palanca que los unía al reservorio eléctrico; con el suave flujo de la corriente se produjo la inervación de la sustancia nerviosa en el miembro adormilado, y a la incitación respondió éste con su característico comportamiento: tomó forma y consistencia, dureza y altura, y una vez en pie de guerra amenazó el centro femenino que tan al alcance tenía.

            Al roce del combatiente sobre la estrecha garganta en que reposaba, Lúa se vio recorrida por un delicioso escalofrío; fue un maravilloso tónico para sus contrariedades, realmente espeluznante... Recobrada la confianza y viéndose en trance de desembocar en un final de albricias, levantó grupas de nuevo con renovado ahínco, en un desesperado esfuerzo por consumar la unión estrecha entre sus cuerpos; hasta ella llegaba también el hormigueo provocado por la conexión eléctrica, pero, tan centrada como se hallaba en busca de su objetivo, ni siquiera reparó en ello, pensando que era una particularidad producida por los varones...

            A pesar del difícil acceso y ser novel en semejante comercio, tan sintonizados estaban ambos, que el acoplamiento se produjo. A cada empuje del duque, Lúa gemía invadida por una singular mezcla de ligero dolor y mayor parte de placer, hasta que, finalmente, las angosturas se dieron y pudieron alojar holgadamente el huso masculino de principio a final; fue trabajoso, lento y no exento de dificultades, pero el esfuerzo tuvo su premio y el penetrador llegó hasta el fondo.

            Traspasada por el deleite una vez que la carrera del intruso en sus entrañas se hizo fácil, incrementaron el ritmo de los embates con que mutuamente se acometían; la respiración de Lúa se tornó dificultosa, hecha de suspiros, aunque apenas audible por la tronada y el aguacero. El campeón andrógino de la cortesana permanecía impasible, ocupado únicamente en regalarle el triunfo de su virilidad en eclosión; ella, a causa del prolongado esfuerzo, mostraba la frente perlada por el sudor.

            -Ahora cerrad las piernas, cariño -susurró el duque al oído de su enardecida consorte.

            Así hizo Lúa, provocando el estrechamiento del invadido túnel y, con ello, un contacto todavía más intenso; unos cuantos vaivenes de añadido, un incremento del traqueteo del lecho, y el estallido de masculinidad se repitió sobre la caverna que acababa de perder su condición virginal.

            Triunfante, el duque se incorporó tensando los brazos y, en posición rampante, vació sobre Lúa toda la reserva seminal que aún le quedaba, exhibiendo toda la arrogancia del macho que acaba de someter a la hembra.

            Al sentir el derramamiento dentro de sí, Lúa respondió con el eco de las contracciones de su interna cavidad, causando en el ocupante una sensación de aprisionamiento, como si ella tratara de retenerlo allí eternamente; se diría que aquella experiencia única podría desterrar en la cortesana su afición por las féminas para el resto de sus días, tras conocer las posibilidades únicas que un hombre entregado es capaz de ofrecer a la mujer, pero...

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