A M O R SIN T I E M P O
Capítulo I I I
Era martes a primera hora de la tarde, con calor de junio, la hora de la siesta y mucha chicharrina en la calle, pero ella no parecía sentirlo, porque entró como una bala en el piso nada más abrir yo la puerta. Llevaba un paquete bajo el brazo, del tamaño de una caja de zapatos.
-¡Lo he conseguido, Julia, lo he conseguido!
-Pero, ¿qué te pasa, por qué vienes como una moto?
-¡No te lo podrás creer! Mira, las llaves de la lancha de mi padre. ¡Nos las ha prestado para esta tarde! ¡Podremos ir a dar una vuelta por ahí, en alta mar, como dos bucaneras, yujuuu...!
-¡Ay, cómo vienes! ¿No me das ni un beso, correcaminos?
-Pues claro, tonta. Además, mira, para que hables, traigo un regalo para ti. Me he pasado toda la mañana a vueltas con él...
-No me digas que me has comprado un par de zapatos.
-Sí, sí, de zapatos... ¿Dónde hay un enchufe?
-¿Para qué necesitas ahora un enchufe?
-Tú calla y mira. Y baja un poco más las persianas, que hay demasiada luz.
No tenía la menor idea de lo que se proponía hacer, pero era un regalo, mi regalo, y eso me llenaba de satisfacción. Parecía que intentase proyectar algo sobre la pared blanca, estaba realizando las mismas operaciones que para pasar una sesión de diapositivas, pero aquello no era más que una caja de zapatos, aunque con ella no había manera de saber nunca por dónde podría salir.
-No mires, Julia, no mires, es una sorpresa... No mires o te vendaré los ojos. Vuélvete de espaldas... Por favor, Julia...
Tuve que hacerlo ante tanta insistencia. Esperé con los brazos cruzados, sonó el clic de un interruptor y de inmediato aumentó la luz de la sala. Ahora el invento, ya puedes mirar, Julia, dijo llena de ilusión. Me volví y pude ver mi rostro aumentado sobre la pared, se trataba de un primer plano. Un haz de luz salía a través de un círculo perforado en una de las caras más pequeñas de la caja de zapatos, convertida ahora en improvisado proyector; un cable entraba por la cara opuesta y ya tenía fabricado un cinexin casero de lo más rudimentario. Pero funcionaba, allí estaba yo, de dónde habría sacado la foto, no, Julia, aún no es todo, aguarda; un nuevo clic y apareció otro primer plano mío, ella tan sonriente mirándome en la penumbra, como si estuviese comparando las imágenes con la realidad. Me abalancé sobre ella y la cogí del cuello por detrás, te quiero, Domi, no puedes imaginar cuánto te quiero ni todo lo que significas para mí, yo también te quiero, Julia, te necesito, respondió, ya ves, anoche no pude dormirme hasta dar con el inventito...
Cómo nos acaramelamos las dos, qué gozo tan extraordinario de sentirnos juntas nuevamente; la hubiese devorado allí mismo pero tenía que guardar la compostura. Demasiado joven, demasiado tierna, su cuerpo era para mí una llamada al desatino, nuestras mejillas rozándose, a cual más suave de las dos, tuve que conformarme con eso, y ella cogiéndome por los brazos, después nuestros dedos se enredaron, las dos en la intimidad de la penumbra disfrutando de unos momentos llenos de dulzura...
-Y... ¿lo has hecho tú con tus propias manos? -pregunté.
-Pues claro... La idea me vino a la cabeza de repente, al acostarme, porque seguía pensando en ti después de todo lo de ayer... No te podía quitar del pensamiento... Lo demás fue coser y cantar: un poco de óptica, un poco de pre-tecnología... La caja de zapatos, un cable, un enchufe, lámpara y portalámparas, unos taquitos de madera, un par de lentes de baratija, pegamento y alguna que otra herramienta de la leonera de mi padre... Sí, no te rías, es un forofo del bricolage...
-Y todo lo que sientes por mí, que es lo principal. Gracias, Domi, muchas gracias, no sabes cómo me llena, estoy orgullosa de ti, de tu cariño, estás hecha toda una mujer. Necesito decírtelo otra vez, todas las veces que haga falta: te quiero, te quiero, te quiero...
Volvimos a abrazarnos, a besarnos, a estrujarnos; Domi también comenzaba a sentir mis inquietudes, mis desasosiegos, estaban empezando a despertarse sus fuegos de hembra, pero todavía era pronto para ella, la situación aún tenía que madurar...
-¿Y las diapositivas? ¿De dónde las has sacado?
-¡Ah...! Eso es secreto, profesora.
-Va, mujer, no seas así, dímelo, me tienes intrigada.
-Mírala como se muere de curiosidad... Pues no te lo pienso decir. Top secret.
-De alguna fotografía... De alguna fiesta... ¿Del cumpleaños de Daniel? ¿A que sí?
-Caliente, caliente... Pues claro...
-¿Y cómo has conseguido los primeros planos en diapositivas?
-Aaaaaaah...
-Ahí ya has debido necesitar ayuda...
-Caliente, caliente...
-¿Quién ha sido el cómplice?
-Adivínalo.
-El propio Daniel, el Rata... Su padre es fotógrafo... ¿Me quemo?
-Te abrasas, profesora,
egregia discípula de aquellos barbudos griegos, de los primeros jipis que
-Me imagino el faenón que te habrá dado el montaje. Sencillo, pero hay que hacerlo.
-No veas, ajustar la distancia focal, las ranuras de los marquetes, fijarlo, la instalación eléctrica...
-A partir de ahora me toca usarlo a mí. Necesito unas diapositivas tuyas, así podré verte cuando no estés.
-A mí también. Sólo de pensar que te irás el viernes y posiblemente ya no volvamos a vernos más, que viene todo un verano por delante... Quién sabe dónde estarás tú y dónde pararé yo el curso que viene, nos separan demasiadas cosas, Julia, tenemos las horas contadas...
Tan vivaracha ella y se le había precipitado todo un mundo en cuestión de instantes sólo de pensarlo. Domi poseía una enorme capacidad de discernimiento, era una realista acabada pese a su juventud, así que procuré animarla:
-Vamos, Domi, alegra esa cara. En un instante estoy lista y podremos irnos.
-Eso, más vale no pensar y disfrutar del poco tiempo que nos queda. Aún es buena hora.
La abracé de nuevo y nos estrechamos tan candorosas como dos niñas. Me puse el bañador y lo demás, en un periquete estuve lista. Preparar la excursión era para mí un regreso a la infancia, nos esperaba una tarde de aventura marina y la oportunidad de descubrirnos a nosotras mismas; quién lo hubiera dicho, yo estaba botando de puro contento...
Bajamos a la calle con nuestras bolsas playeras, cogimos mi coche y nos dirigimos hacia el puerto. Ella lucía sus gafas de sol; no la había visto nunca con ellas, pero le daban un aire más que interesante. Aparcamos como pudimos, siempre el eterno problema, y buscamos la lancha varada entre cientos de ellas. En el muelle me aguardaba una nueva sorpresa; de estar sola no habría dudado un solo instante, porque allí estaba su nombre dándoselo a una de las embarcaciones: Dominique. En el camino hasta ella no faltó su comentario puntilloso:
-¿Te has fijado en el contraste que hacemos?
Otra vez me hablaba y yo no atinaba a comprender el sentido de sus palabras. Hice una mueca, mientras caminábamos presurosas, como si algo nos urgiera.
-Tú rubia y blanca como la leche, yo negra como el chocolate.
-Y caminando al trote.
-Tú madurita y yo una criaja.
-Es como para dar que pensar, ¿no?
-A quien le pique que se rasque.
-Y lo peor es que nadie puede imaginárselo.
Sí, era cierto, podíamos llamar la atención. Estábamos al margen de la ley, al borde de nuestros peligros; era una sensación nueva para mí, y, por qué no decirlo, tenía algo de desafío, me sentía realmente a gusto haciendo lo que hacía, nada me hubiera podido parar. Eso era lo mejor, la tentación de lo irresistible, por nada del mundo hubiera renunciado a la ocasión que se me presentaba. Pero ya la embarcación oscilaba al recibir nuestro peso, y ahora el problema era dominarla y emprender viaje a alguna parte.
-¿A dónde vamos? -pregunté.
-Salgamos de aquí y busquemos una caleta tranquila. ¿Te parece?
-Fantástico, me encantaría. Lo que tú digas. ¿La has conducido alguna vez?
-No te preocupes, me he criado a bordo de este cascarón. Soy una loba de mar.
-Ten cuidado, Domi, por favor.
-¿No te fías de mí?
No, no las tenía todas conmigo. Arrancamos y salimos de aquel enjambre de embarcaciones. Era cierto, ella dominaba la lancha como si nada, yo de secano, claro, me pegué a su lado vigilando y temiendo lo peor como una pueblerina.
-¿Sabes una cosa, Julia?
-¿Qué?
Teníamos que gritar, el ruido del motor tapaba nuestras voces.
-Estás muy guapa con el cabello hacia atrás, te favorece.
Sí, la brisa y el movimiento de la lancha hacía que el aire nos viniese de cara, era refrescante y muy de agradecer en aquellas horas calurosas.
-¡Ojo no nos dé un mal aire!
-Ponte algo encima si tienes frío.
Poco a poco nos fuimos alejando de tierra firme. Atrás quedó la silueta recortada de la playa de Alicante con su inconfundible forma de media luna, de frente sólo el horizonte inmenso.
-¿No nos alejamos demasiado? -pregunté.
-Tranquila, enseguida llegaremos a un lugar encantador que te fascinará, seguro. Espero que podamos estar tranquilas, allí sólo se puede llegar desde el mar, y no hay urbanizaciones cerca.
-Pues será de los pocos, ¿no?
-Aún quedan sitios vírgenes, pocos pero los hay.
-Creía que el turismo ya lo había invadido todo.
-Mira, es allí, detrás de aquel saliente. Pero hay que alejarse primero de la costa para evitar los escollos.
-Lo conoces muy bien.
-Ya te lo dije, pero no me creíste demasiado.
-Tonta...
La cogí por los hombros y Domi me tomó de la cintura, mejilla contra mejilla,sí, debiera haber tenido más confianza en ella. Ahora que ya me sentía más segura la besé y Domi sonrió sin quitar la vista del frente, vigilando el rumbo. Ya se divisaba la caleta, abrigada entre dos salientes bajo una cortadura del terreno, arriba un pinar que parecía haberse hundido algún día en el mar, la playa con la arena justa, pero desierta, prometedora...
-Ya verás lo bien que lo vamos a pasar las dos solas -insinué.
-Desde luego. Podemos tomar el sol, pescar, nos bañaremos, merendaremos...
-¿Tú traes algo de comer?
-Ya veo que ni siquiera se te ha ocurrido. La playa es muy aburrida si sólo se tumba una a tostarse como una gamba. Como yo ya lo estoy, he venido preparada... Bocadillo de atún y queso, no te preocupes, lo podemos compartir...