COMO DOS GOTAS DE AGUA
Capítulo 14
A la luz de
El regreso a casa fue necesariamente rápido por lo avanzado de la hora. Desandamos lo andado por la tarde presurosas, con el Sol cercano al horizonte. Según descendíamos por el camino y nos adentramos en la hondonada, desapareció; enseguida la sensación de frescura se hizo más intensa, de modo que con la escasa ropa que llevábamos encima no tardó en entrarnos la tiritona.
Cruzamos el río por la toma
de agua de
-Brrrrr.... Agosto, frío en rostro -dije mientras me castañeteaban los dientes. Ella paró mi marcha y se quedó mirando absorta valle abajo, como si hubiese descubierto hacia allí algo fantástico.
-Mira, Azucena,
Era cierto, allí estaba el disco a rebosar, rojizo y majestuoso, emergiendo enigmático de las entrañas del horizonte.
-Es como un parto. Nace y
sale a la luz abandonando su claustro de las tinieblas de bajo tierra -dijo
Susa solemne, con la mirada fija hacia
Nos quedamos ensimismadas contemplando la pesadez de su movimiento, aún así perceptible. No tardó en perder contacto con el horizonte, quedando entonces suspendida, como un globo.
-Ahora ya no se aprecia desplazamiento, da la impresión de que esté flotando en el aire misteriosamente. Me encanta mirarla así, me emboba la luna llena, me atrae -siguió Susa-. La estaría contemplando horas y más horas, me quedaría aquí toda la noche, tú, yo y ella, las tres juntas hasta el amanecer...
-Pero no podemos, amor, a mí también me gustaría, pero ahora tenemos obligaciones en casa, anda, vamos, por favor...
-Bésame. Bésame, Susi, con
Ya iba a ponerme en marcha cuando ella se amarró por la boca contra mí toda golosa, estrujándome. Según fui cediendo a su voluntad el beso ganó en ternura y quedamos más sueltas, dirigiendo esta vez nuestras miradas hacia la reina de la noche. La sensación de frialdad desapareció por instantes de nuestros cuerpos, siendo sustituida por el agradabilísimo calor vital de la cercanía del ser más querido.
Estábamos sobre el muro del salto de agua, seco en la parte superior a causa del estiaje, rodeadas de adelfas en plena floración. Hasta nosotras llegaba el inconfundible aroma de los humedales. Olía a río limpio y lleno de vida, se oía el rumor del agua discurriendo cauce abajo y el croar de alguna que otra rana. Cuando al fin nos soltamos me preguntó:
-¿No te gustaría tener alas
para poder volar hasta ella, hasta
-Para eso ya me tienes a mí, tonta, puedes volar hasta esta mujer enamorada cuando te apetezca, yo soy tu Luna para todo lo que gustes...
-¿Sabes? Esta noche podríamos hacer una de las nuestras. Cuando todos estén dormidos escapar de casa y venirnos aquí las dos juntas a pasar todo el tiempo que nos apetezca, bien abrigaditas, a disfrutar de una noche de luna llena sin más compañía que ella, la propia Luna...
-Vale, de acuerdo. Es una locura, pero... ¿qué importa una más? Eres fantástica, siempre se te ocurren a ti las mejores ideas...
Los primeros murciélagos se descolgaban ya sobre nosotras amenazadores, indicando que se nos hacía más tarde de lo esperado. Echamos a correr sendero arriba, trillado de tanto como estábamos pasando por él a lo largo de nuestra estancia en el valle. Casi a ciegas, porque ya se había adentrado la noche sin darnos cuenta y la visibilidad era muy escasa. Pero conocíamos al detalle los desniveles, los recodos, los cardos y los tojos laterales a evitar, las rocas incrustadas sobre la tierra. Podíamos caminar por él a ciegas, así que rápidamente ganamos la casa.
Allí nos esperaba una agradable sorpresa: nuestros hijos se hallaban en pleno trajín de preparar la cena. Paco estaba en la ducha, y como siempre, nada más aparecer nosotras comenzó a refunfuñar. Estas mujeres, dónde se meten, siempre llegando a deshora, en fin, ninguna novedad en él. Sin duda, los hijos eran mucho más comprensivos con nosotras.
Cenamos dentro de casa, ya que fuera caía abundante el relente de la noche y apetecía recogerse. Se notaba que era agosto adentrado en fechas. Nosotras nos encargamos de que la sobremesa fuera breve para poder huir cuanto antes de allí. Todos estábamos muy cansados del día y nos fuimos a dormir sin tardanza. Susa lo había dicho antes, necesitábamos alas para volar.
Y cuando todo el mundo dormía, con el mayor de los sigilos abandonamos la casa. Resultó fácil: la fría y mortecina luz lunar se filtraba por todos los rincones a través de las ventanas. En el exterior, pese a su curso bajo sobre el cielo, inundaba el valle por completo. Además, yo ya tenía amplia experiencia en aquel tipo de huidas nocturnas.
Los tonos plateados infundían al paisaje un aspecto irreal, de ensueño. En las laderas montañosas, los pinos, más oscuros que los olivos, parecían a nuestra imaginación viejos soldados vigilando los campos. Al movernos daba la sensación de que fueran ellos los que se desplazaban. En los remontes, viejas sabinas dispersas daban la impresión de ser centinelas espiando nuestra fuga.
A lo lejos, el cárabo
dejaba escapar su canto tétrico y espeluznante. ¡Uajajaja...! ¡Uajajaja...!
Nosotras estábamos acostumbradas a él desde pequeñas, pero aún así no dejaba de
erizarnos la piel, solas en la madrugada, en medio del valle. Caminando por el
sendero
-¿Te acuerdas? De pequeñas
creíamos que
-Claro, tonta.
Todo era fantasmagórico, teníamos ambas la impresión de no hallarnos en condiciones de discernir si estábamos soñando o despiertas. Protegidas por los claroscuros era la primera vez que podíamos caminar a nuestras anchas, sin preocuparnos por otros ojos que los de los animales nocturnos. Abrazadas, dándonos tiernos besos, haciéndonos arrumacos, descendíamos hacia el río. También teníamos ganas de nosotras mismas, así que las manos se nos distraían sin reparos por los rincones más inquietantes de nuestros cuerpos.
Pese a lo intempestivo de
la hora nos invadió una sensación de desahogo, de libertad absoluta. Me sentía flotando,
y por supuesto, para nada se dejaba notar la frialdad de la madrugada y el
relente. No recordaba unos instantes tan felices, estábamos las dos en otro
mundo, así que nos entregamos a nuestras impaciencias camino del azud de
Percibía con claridad la exaltación de mis cinco sentidos; estar concentradas en nuestros galanteos no nos impedía en absoluto detectar las rapaces nocturnas o los ruidos poco perceptibles de los animalillos terrestres. Incluso pudimos ver una lechuza que se quedó inmóvil sobre su puesto de vigilancia a nuestro paso. Recuerdo el giro completo que dio su cabeza cuando la sobrepasamos y los enormes ojazos del ave, al acecho de alguna presa. Susa no pudo aguantar las ganas y le soltó un "hola": el pobre animal echó a volar espantado, dejando escapar su aullido característico. ¡Menuda sorpresa se llevó la rapaz al sentirse sorprendida en su rama!.
Finalmente llegamos a
nuestro claro del bosque, el escenario de tantos encuentros vespertinos. El
césped se hallaba impregnado de rocío, y además, el lugar estaba demasiado
escondido para poder contemplar
-¿Sabes? -le dije-. Ahora ya no parecemos un par de clandestinas huyendo para esconder aquello que más aprecian. Ahora estamos las tres juntas, es estupendo, me parece que vaya a echar a volar en cualquier momento.
-Estoy feliz de venir aquí contigo, ha sido una idea excelente.
-Y tuya.
-Ven, sentémonos, aquí, en el ribazo, sobre el borde de la acequia. ¡Qué bien, qué paisaje tan fantástico! Esta noche no se nos va a olvidar nunca, Susi.
Yo me había traído un termo lleno de café con leche caliente para quitarnos el frío de la noche. Lo abrí y bebimos compartiendo el vaso del tapón. Me resulta difícil describir lo que yo sentía en aquellos momentos, las dos allí, juntas, infinitamente próximas, impregnándonos de aquel ambiente nocturno que para muchos habría resultado hostil. Pero nosotras no podíamos pedir más, habíamos desafiado la suerte al abandonar voluntariamente nuestras familias para permanecer a solas junto a la otra, y ahora nos empapábamos de la magia del lugar y de la luz lunar.
Allí permanecimos mudas,
distraídas y absortas, quietas, inmensamente quietas, como si al permanecer
igual que estatuas intentásemos congelar el paso del tiempo. Yo diría que
caímos en una especie de éxtasis, porque al salir de semejante estado
-Tengo algo para ti, Susi. Lo he traído del Japón.
Era cierto. En sus manos había una especie de paquetito envuelto en papel de regalo, lleno de fantasía oriental. Y no, no había caído en la cuenta de que lo llevara consigo, eso da idea de mi estado de transporte, similar al suyo.
-Como esta mañana tenías malos humos lo dejé para mejor ocasión, y creo que esa ocasión ha llegado. Este es el momento, Susi.
-¿Ahora?
-Sí, ahora. Es una prenda para ti, una nadería pensada con toda la intención. Espero que te guste, amor mío.
Estábamos las dos emocionadas, ella de conocer y yo de ignorar de qué se trataba. ¿Qué podría ser? Era muy ligero, apenas pesaba. Puso el paquetito en mis manos. No tenía ni la menor idea de lo que había dentro. Nos besamos una vez más, nos disfrutamos, nos apuramos hasta lo más profundo. Nos acaramelamos una sobre la otra. Deshice el nudo, desenvolví el contenido y finalmente pude verlo a la luz tenue de nuestra inseparable compañera. Era una prenda de tejido vaporoso, doblada casi cabía en una mano y sobraba espacio. La desplegué para salir de dudas; se trataba de un corsé de cintura de avispa con sus correspondientes medias a juego, todo en color blanco, que hacía resaltar más aún a la fría luz lunar todos los motivos vegetales y las transparencias.
Era un primor de prenda lo que tenía entre las manos y un puro disparate ponérmelo en semejantes circunstancias. Pero precisamente por eso mismo no lo dudé un solo instante, nunca encontraríamos más adelante una situación comparable a la de aquella madrugada.
-¿Te lo pondrás para mí? -preguntó Susa.
-Pues claro, amor, ahora mismo, para ti y también para mí, y para la compañera nocturna que nos ilumina.
Era de locos desnudarse en medio de la frialdad de la madrugada, bañadas por la humedad casi viscosa del fondo del valle y del río, pero a la vez un desafío, y por tanto estimulante. Desnudarme y vestirme para ella, para las dos, para las tres. Ponerme el corsé resultó fácil con su ayuda, lo dificultoso fue ajustar los lazos en zig-zag para cerrar el delantero. Más laborioso fue calarme las medias, pero con cuidado y ayudada por ella lo conseguí, pese a la escasa iluminación.
-Ahora los broches
sujetando las ligas, ajá, así... Azucena, estás preciosa, única, pareces una
diosa, una divinidad del amor erótico,
-Me faltan unas braguitas a juego.
-¡Ah, no, eso no! Ya es suficiente con lo que tienes, así tú puedes gozar mostrando y yo viendo, ¿no te parece, amor? Preciosa del todo, Susi, y enormemente atractiva, y tan predispuesta a todo... Es mucho más excitante así, amor, los pechos a medio vestir que escapan de tan llenos por arriba, tan apretados realzando su volumen, y los pezoncitos, como a mí me gustan, así, traslúcidos bajo el tejido, ni sí ni no, la cintura entallada y ajustada, siguiendo las curvas de guitarra que tienes, y el vientre al final desprotegido para mí, oh, qué regalo para el tacto y para la vista, déjame tocarlo, déjame pasar los dedos y palparte, qué columnas las piernas, deliciosas de tan suaves así revestidas, una provocación, Susi, una provocación para mí, y estas barbas tan negras y espesas en el vértice, qué peligros sobre mis mejillas, sobre mis labios, y las nalgas aquí detrás, como dos enormes lunas llenas apretadas una contra la otra, déjame tocarlas, déjame acariciarlas, así, así, Susi, eres un auténtico veneno para mí y no puedo resistirme, no puedo...
-¿Me consentirás un capricho? -pregunté-. A mí también me harías feliz si te probaras la prenda, si la lucieras para mí, me agradaría verte igual que yo, debes estar fantástica, irresistible...
Pude frenarla a tiempo y así consintió que le traspasara el juego de inconsistentes prendas. Le ayudé a desnudarse mientras nos llenábamos de roces, de insinuaciones, estábamos excitadas como dos gatas en celo. Qué tremendo cubrir su piel sin tapar nada y dejar a la vista lo más peligroso, o revestir sus piernas de blanco inmaculado y distanciarme un poco para percibirla con suficiente perspectiva...
Desnuda por completo no sentía el frío exterior en absoluto, así que me acerqué para besar su vulva libre de toda protección, suave y lisa como la de una niña, una perdición para mí cada vez que la veía o la imaginaba en su estado presente... Centré allí la atención, y cuando menos lo esperaba, ella susurró:
-Ahora el capricho me lo vas a consentir tú, Susi...
-Lo que quieras, lo que te plazca, cariño...
No nos perdíamos la vista, como siempre en los instantes más recogidos e íntimos, sus ojos clavados sobre los míos, cuando sucedió lo que menos podía esperar: ella, abriendo ligeramente el arco de las piernas, dejó escapar un chorrito de orina sobre mi cara, tan cercana a su antro femenino. Percibí el calor del líquido y su olor inconfundible, pero no sentí asco ni apuro alguno, al contrario, era agradable, como cualquier cosa que viniera de ella. Varios regueritos me recorrieron el rostro y, cayendo por la barbilla gota a gota, descendieron hacia mis pechos: entre ambos, las diversas venillas de líquido se hicieron una sola corriente y, colándose, siguieron su curso descendente. Susa hizo una pausa, esperando mi aprobación.
-Más, quiero más -le dije en tono suplicante.
De nuevo otro chorrito sobre mi cara, enternecedor, qué calorcillo y qué sensaciones me recorrían todo el cuerpo, estaba invadida por una paz y una tranquilidad absolutas, adorable, ella estaba adorable haciendo manar sobre mí el líquido dorado, qué expresión la de su rostro concentrado en la acción, nunca hubiera imaginado que aquello pudiera ser tan agradable, me acerqué más y más al tierno brocal para no dejar escapar al aire ni una sola gota...
Recibí su calor vital inundándome el rostro, percibía el apacible ruidillo del choque del líquido contra mi cara, lo sentí recubriéndome todo el cuerpo, disociador, sólo con eso ya estaba fuera de mí pero quería más, quería más y, cuando las últimas gotas de orina brotaron del nacedero, eché allí mis labios para hacerme con ellas. Finalmente, enjugué con la lengua cualquier resto del preciado líquido que hubiera podido quedar retenido entre los pliegues de la maravillosa oquedad...
Me tomó por los cabellos estirando hacia arriba, a lo que respondí poniéndome de pie frente a ella. Nos fundimos de nuevo en un eterno beso de reconocimiento mutuo:
-Eres lo que más quiero del mundo, lo que más deseo, nunca tendría suficiente contigo, jamás te diría basta -me decía ella al oído con voz vacilante.
Cediendo espontáneamente a nuestros impulsos echamos entonces a correr por el césped ribera abajo, una en pos de la otra simulando una persecución implacable, como dos colegialas en plena pelea dentro del patio escolar. Pero ahora ya no había entre nosotras ni el silencio ni el recogimiento íntimo de las horas anteriores; en plena madrugada avanzada llenamos nuestro rincón favorito de risas y grititos que se fueron haciendo más y más desinhibidos, más y más escandalosos... ¡Ay, que me pillas, ay que me coges, ay que no llego, ay que no puedo! Y las risas pronto fueron carcajadas descontroladas, y los gritos a buen seguro llegaron a todos los rincones del valle. Menos mal que todo el mundo debía dormir profundamente, corríamos y corríamos de aquí para allá en el bosquecillo sin darnos tregua ni tener en cuenta el sofoco de tanto esfuerzo, ni menos aún sentir el frío de la madrugada y la fuerte humedad del lugar. Finalmente pude pillarla por uno de los lazos del corsé que Susa llevaba ya medio deshecho con tanto jaleo, ella hizo como que caía rendida sobre el espeso herbazal y entonces rodamos por el suelo las dos en medio de gran estrépito...
Estábamos sudadas y exhaustas con tanta carrera y tanto alboroto, pero allí no acababa todo. Para ella, eso de rodar desnuda por el césped cercano a la orilla del río fue un descubrimiento y continuó ahora su locura dando vueltas y más vueltas sobre el suelo. Yo la imité en la acción, de modo que seguimos el ajetreo bañándonos ahora en el copiosísimo rocío que ya se había depositado sobre la cubierta vegetal. Rodé tras ella, y nuevos gritos y nuevas risotadas volvieron a romper el imponente silencio y la inmensa quietud de la noche. Como era de esperar, el vaporoso corsé quedó enganchado enseguida entre unas zarzamoras.
Cuando las fuerzas nos abandonaron quedamos tendidas sobre la hierba, sin resuello, la respiración forzada y dificultosa, pero cercanas una a la otra, como siempre, lo suficiente para poder sobornarnos ahora con el mudo lenguaje de la mirada y jugar con nuestras manos, una vez recuperado el aliento y el sosiego...
¿Recuperado el sosiego? Las sorpresas aún no habían terminado aquella noche. Susa se levantó para buscar el extraviado corsé y, sin importarle lo más mínimo, extrajo de él todo el cordón del delantero que cerraba la prenda en zig-zag. ¿Qué se proponía ahora? No tardé en saberlo.
-¡Levanta, Susi, ponte de pie! -ordenó con tono autoritario.
Me ató las manos por las muñecas detrás de la espalda, sin dar ninguna explicación. Soy su prisionera, el juego continúa, delicioso, pensé. Aquello no debió convencerla del todo, así que me llevó a un chopo cercano, deshizo mis ataduras y volvió a rehacerlas, pero dejándome ahora amarrada al tronco. ¿Me dejará abandonada aquí y se irá dejándome sola? ¿Será capaz de hacer semejante cosa? Mientras me hacía estas preguntas llegó el inicio del broche final a nuestra noche de plenilunio:
-¿Quieres que hagamos el amor como sólo dos mujeres pueden hacerlo? ¿Lo deseas, Susi?
-¿Y aún me lo preguntas?
La inmovilidad y la postura en que me había dejado invitaban a ello. Recostada sobre el chopo, que había perdido la vertical a favor del viento dominante del Norte, me tenía por completo al alcance de sus deseos, que por supuesto eran también los míos. Atada al tronco y a merced de sus caprichos, sin otra alternativa que entregarme a ella tras toda una noche de desvaríos, me descompuse de tal manera que estuve a punto de tener un orgasmo sólo de verme en tal situación, absolutamente idílica para mí en aquellos momentos.
-Abre un poco las piernas y deja que me encaje sobre ti... Así, muy bien, ¿ves, tonta? No hace falta ser un hombre para poder cubrirte y llenar tus vacíos... Perfecto...
Acoplamos nuestras vulvas tanto como nos fue posible, ella me tomó con sus manos por la cintura, y con sólo ese acto ya experimenté la primera descarga gozosa de la sesión.
-Deja que me separe un poco de ti para sentir el roce de tus greñas, así, oh, qué vergel de negruras acariciando mi piel recién afeitada, oooh...
Siguió frotándose sobre mí con diferentes niveles de intensidad y cercanía, sus manos encajadas en mi cintura de continuo. Poco a poco nos fuimos acoplando más y más, y al calor de la fricción pudimos sentir nuestros vacíos henchidos contra los invasores entrantes de la otra, terso sobre terso, suave sobre suave, y por supuesto, nuestras miradas siempre fijas en la contraria, engatusándonos con los ojos, como de costumbre, que nos devorábamos con ellos más que por otros medios... Acompasando los movimientos de avance y retroceso, nuestros cuerpos, espoleados por la pasión, ejecutaron los interminables actos de aquella sinfonía recién aprendida hasta sufrir sucesivos cataclismos internos...
¿Cuántos terremotos estremecieron nuestras bien agasajadas entrañas? No podría asegurarlo y tampoco importa ahora demasiado, pero las dos tuvimos entonces el mismo parecer: ningún hombre hubiera sido capaz de nuestra femenina continuidad en los prolongados festejos que nos dimos aquella noche, ni se le habrían ocurrido las fantasías con que nos mimamos, ni podría habernos aportado la serie de gozosos finales con que culminamos cada uno de nuestros actos. Ni nos hubiera llevado a aquella sensación de estar fuera del mundo, de escapar de lo cotidiano, de perder la noción del tiempo, sólo lo lográbamos con nosotras y entre nosotras en cada encuentro amoroso...
Susa había empleado aquella noche lo aprendido con una extraña el día anterior, era evidente después de haberse sincerado conmigo. No fue una improvisación, pero tampoco me importó, al contrario, nuestra relación se enriqueció y ganó en solidez momentáneamente...
Al final se nos había hecho
tan tarde que ya se presentía el final de la noche.
Hacia el Este ya se
perfilaba la inconfundible forma de uve de la entrada del valle, con el
Farrubio a nuestra derecha y
-¿Te acuerdas de esas tres estrellas en línea? -preguntó Susa-. Son las Tres Marías, nos lo enseñó papá de pequeñas, cuando nos quedábamos a dormir aquí en el tiempo de la trilla.
Era cierto. Estábamos aún melosas, no hubiéramos marchado de allí por nada del mundo. Pero era preciso volver a casa antes de que Paco se levantase y evitar así ser descubiertas. Todo volvía a la normalidad... tan sólo por unas horas.
Habíamos pasado la noche en
blanco y teníamos una cita pendiente con Miguel y Adrián allí mismo, en la toma
de agua de
Estaba claro, nos encontrábamos pasando una segunda y maravillosa etapa juvenil, una réplica de la ya casi olvidada adolescencia.
Nuevas sorpresas nos esperaban en las inmediatas horas.